miércoles, 15 de febrero de 2012

De probetas, prácticas y cavernas

¿Cómo sé que no soy un cerebro en una probeta, al que unos malvados científicos están suministrando experiencias? O, mejor dicho (dado que quien piensa no es el cerebro, sino la mente) ¿cómo sé que mi mente no está bajo el poder de una mente maligna superior, que me induce con sus poderes mentales (quizás superadoctrinamiento escolar) a creer en un mundo ficticio?

Algunos filósofos modernos, de inspiración wittgensteiniana, como H. Putnam (y, a su manera, D. Davidson), han argumentado que eso es imposible porque el lenguaje no puede ser privado, sino que es algo social. Estas teorías “socialistas” solo tiene de verdad lo que coincide con lo que piensa Descartes (y es eso, una coincidencia): tienen de verdad que hay una parte del lenguaje, lo racional, universal, etc., que no puede ser fruto de una entidad contingente, aunque sea un sujeto consciente. La razón es universal. Pero, por la misma razón, tampoco puede ser social: ninguna sociedad tiene facultad para prescribir qué es lógico y qué no. Por tanto, estos sociofilósofos confunden el hecho de que la sociedad, como no podía ser menos, aplaude nuestras conductas racionales, con que es ella la que las sanciona (de hecho, si la sociedad no aplaude lo que a mí me parece razonable, peor para la sociedad). Ese sociologismo es tan falso como que si hubiese un solo sujeto en el mundo, yo por ejemplo, debería respetar la lógica y pensar racionalmente.
Es más, toda la parte equivocada de estos filósofos, consiste en que yo no puedo siquiera tener la certeza de que estoy comprobando cómo una comunidad asiente a mis usos: ¿Y si soy un cerebro individual en una probeta, al que los malvados genios le están suministrando la creencia de que ve a otras personas asentir? Esto podría ser cierto, pero no influye nada en la lógica y en la capacidad racional en general. Descartes tiene razón, y los intentos anticartesianos de los últimos decenios, fracasan.

Volvamos entonces a la pregunta: ¿cómo sé que las ideas que me hago acerca del entorno material (que tengo este cuerpo, que el mundo tiene estas o aquellas propiedades) son correctas? Como dije en la entrada anterior, mis alumnos y yo (en una especie de coincidencia que no puede ser una coincidencia) vimos una salida mediante el concepto de Acción. Aquí pondremos a bailar en corro a Descartes con Aristóteles y con (lo mejor d)el pragmatismo.
Todos tenemos un conocimiento de primera mano de lo que es actuar: cuando actuamos nuestras representaciones (voliciones) preceden a lo que ocurre. Yo deseo mentalmente mover el brazo, y el brazo va y se mueve. Es más, como dicen los aristotélicos (esos filósofos mil veces más sabios que la mediocridad de la filosofía contemporánea que los desprecia) operar y ser son lo mismo: el ser es energeia. Yo soy idéntico a mi voluntad, es decir, a mi acción. Las representaciones pasivas, es decir, aquellas en que yo no soy la causa, pueden ser ficticias. Pero mi acción no puede ser ficticia: si alguien pudiese fabricar mi acción, simplemente me estaría fabricando a mí mismo. Por eso, la manera que tengo de poner a prueba la realidad es actuar sobre ella (interactuar con ella). Este es, en esencia, el método científico: creo reales aquellas cosas que responden a mi acción, a mi experimentación. Cuanto es mi acción y coherente con mi acción, es real.

Ahora bien, ¿eso me permite discriminar si el escenario en que me muevo es la última realidad, y no más bien un escenario intermedio, dado que mi libertad de acción es siempre limitada? No, no parece. Por tanto, toda parte de la realidad que sea contingente (es decir, que podría ser de otra manera), puede ser un sueño. De hecho, es una caverna, porque, como dice Platón en el Fedón, vivimos en una de las muchas simas de la realidad. Y aquí cito la parte de mi libro donde me ocupo de ese pasaje:

M.–Según Sócrates, nosotros, los humanos, vivimos en una de las muchas simas de diferente profundidad que hay en la Tierra, en la auténtica Tierra, que es esférica. No vivimos en la superficie, sino en un hueco inundado de agua y comunicado con otros mediante conductos subterráneos. En la superficie auténtica todo tiene un color y unas cualidades mucho más brillantes y puros que en nuestro lugar, porque lo que nosotros vemos aquí son copias de aquellas cosas perfectas de la verdadera superficie. Lo que tomamos aquí por aire es, en realidad, un medio más denso, algo así como el agua para quienes habitan en la superficie real. Para ellos, nosotros vivimos sumidos en el mar, como los calamares. Lo que ellos llaman aire es más puro que nuestro aire, es éter. Entre los habitantes de la superficie hay también templos, pero con la diferencia de que en ellos habitan realmente los dioses. ¿Qué os parece?
Beatriz.–Que es mucha la imaginación de Platón.
A.–¿Y qué dices que significa todo eso?
M.–Me parece fácil. Está claro que esa Tierra, toda, no es ni más ni menos que toda la Naturaleza, de la que nosotros somos una parte. La Tierra completa, es decir, el mundo, es esférico, y por fuera comunica solo con el éter, o sea, con el cielo perfecto o mundo de la realidad real. Todos esos huecos que hay en la tierra, habitados por diferentes tipos de seres ¿qué pueden ser?
A.–¡Cavernas!, ¡como en el símil de la caverna, ya lo veo!, porque has dicho que las cosas que se ven aquí son imágenes de las de la superficie.
M.–Exacto. No es ni más ni menos que lo que Platón ha dicho en otros lugares: habitamos un antro, un hueco oscuro de la realidad redonda. Todo ese inmenso cielo que vemos por las noches, lleno de estrellas, es solo un hoyo del ser. Hay otros muchos mundos o, mejor, trozos de mundo, unos más puros y otros menos, y todos forman uno solo, la Tierra completa.
A.–Me recuerda a los físicos que hablan de otros mundos paralelos, o convergentes… Pero ¿por qué inundado de agua?
M.–Creo que bastaría con que quisiera significar que el medio en que vivimos es más denso que el que habitan quienes tienen una inteligencia perfecta. Sócrates dice que por causa del agua los objetos se corrompen.
A.–Tenemos ciencias oxidadas.
M.–Eso es. Pero el agua tiene, quizá, más cosas que decir. Siempre he asociado esto con unos fragmentos que se conservan del luminoso Heráclito, en que identifica las almas con el agua. También hay que tener en cuenta que el agua es intermedia entre la tierra, que es lo más denso y pobre, y el fuego.
Beatriz.–A mí me recuerda al cuento de la Sirenita. También ella es mitad animal y mitad humano, o sea, mezcla de irracional y racional, como nosotros, según tú. Además, aspira a ser humana y casarse con el príncipe.
A.–Eso está bien visto.

lunes, 13 de febrero de 2012

¿Se puede salir de una "realidad ficticia" (aunque sea con ayuda divina)?

Estaba discutiendo esta mañana con mis alumnos de Bachillerato acerca de Descartes, y nos hemos enredado un buen rato en un asunto, sin que pudiéramos salir del atolladero:

Empezando por el principio, Descartes ve claro que está pensando y, por tanto, existiendo en este momento. Ni el más extravagante de los escépticos, ni el más poderoso de los genios malignos, dice, puede hacerme creer que estoy pensando y existiendo ahora si, en verdad, no existo ni pienso ahora. Ni Dios, digamos, puede hacerme dudar de ello. Para creer en esto parece que no necesito garantía alguna.

Pero ¿qué más puedo saber? ¿Puedo saber si el mundo que veo, el sol y las estrellas, todo este teatro, existen realmente y no son solo un engendro de mi mente? Parece que no. Lo que tienen de perfectos todos esos cuerpos inconscientes es inferior a mi mente, así que puedo habérselo dado yo: podrían ser un sueño mío. Eso sí, del hecho de que no sé si son un sueño mío, del hecho de que dudo, infiero que yo no tengo toda la perfección. Pero, como la idea de perfección tiene que ser objetiva (si es que puedo objetivamente discriminar entre pensamientos correctos e incorrectos), y como toda idea tiene que tener una causa real, que posea formalmente lo que mi idea tiene realmente, infiero que existe un ser perfecto, Dios, causa de mi mente y de todas las cosas.

Ahora advierto, dice Descartes, que un ser así no puede permitir que yo me engañe sistemáticamente, es decir, que el genio maligno no puede ser el causante de que yo viva en un mundo ficticio ni siquiera en lo que se refiere a la existencia del mundo de los cuerpos. Dios vence al brujo. Eso sí, advierte Descartes, quien no admita la existencia de Dios, de un ser perfecto y bondadoso, carecerá siempre de justificación para creer lo que ve, porque bien podría estar en manos de un genio o mago malvado.

Dejando al lado la aparente circularidad en la que incurriría Descartes por decir que necesitamos la garantía de Dios para creer nuestros pensamientos claros y distintos, cuando él (Descartes) no recurrió a esa garantía (ni podía hacerlo) cuando aceptó sin duda que pensaba luego existía (uno de mis alumnos, Asensio, solucionó brillantemente esa apariencia de circularidad: Dios solo es garantía necesaria para lo que no sería absurdo negar –es absurdo negar que existo ahora, pero no que tengo cuerpo-) la cuestión es la siguiente:

Supongamos que somos, como los personajes de Matrix, habitantes de un mundo virtual. Una especie de genios o magos, muy listos, nos tienen encerrados en una “realidad ficticia”. ¿Seríamos capaces de averiguar, antes o después, que esa realidad en que habitamos no es la realidad física última? Y, ¿de qué nos serviría creer en la existencia de Dios, de un ser totalmente perfecto, para ello? Al final de clase llegamos a ciertas conclusiones que nos parecieron sólidas, pero me gustaría saber la opinión de los posibles lectores.

domingo, 12 de febrero de 2012

Por qué hay que rechazar el Relativismo (panfleto filosófico)

Por qué hay que rechazar el Relativismo (panfleto filosófico)

miércoles, 8 de febrero de 2012

Es necesariamente falsa la creencia de que quizá todas nuestras creencias sean falsas

Puede que estemos equivocados en todo… ¿Puede que estemos equivocados en todo?, ¿que todas y cada una de nuestras creencias sean falsas, incluida, por ejemplo, la de que yo ahora estoy pensando? Sí, dicen unos; no, dicen otros. ¿Quienes estarán equivocados? Si estuviesen equivocados los segundos, necesariamente lo estarían los primeros, pues ya tendríamos una certeza indudable. Por tanto, quienes dicen que quizá estemos equivocados en todas y cada una de nuestras creencias, o bien están equivocados o bien están equivocados: no podemos estar equivocados en todo:

La versión teológica de nuestro humilde (falsamente humilde) reconocimiento de pequeñez, dice que Dios, puesto que Él (o sea, Yo) es todopoderoso, podría haber hecho incluso que lo contradictorio fuera cierto, ¡cuánto más cualquier conocimiento más “sintético”, con más carne de intuición! A no ser gracias a la fe (o sea, a mi fe), todo colapsaría en un caos de creencias indiscriminables. La versión “moderna” secular dice que, puesto que somos contingentes y todo lo que tenemos es una creencia después de otra, y dado que todo lo que nos hace creer en la bondad de una creencia es un contingente sentimiento muy fuerte de que es buena (como si apretásemos mucho los ojos o nos pusiésemos serios), y como quiera que ese sentimiento podría ser engañoso, porque es concebible que no lo tuviésemos (sino que tuviésemos justamente el contrario), todas y cada una de nuestras creencias podrían ser falsas. Incluso las que me costaría mucho apretón de ojos creer equivocada, como, por ejemplo, que ahora estoy pensando, o que existe algo.

Ahora bien, ¿puede estar equivocado también quien dice que podemos estar equivocados en todo?, ¿puede ser una creencia equivocada la que dice que puede ser que estemos equivocados en todas y cada una de nuestras creencias? ¿Podría ser falso que quizá todo sea falso?, ¿podría fallar el falibilismo?

Una de dos: o el falibilismo puede fallar, o no.

     - Si no puede ser falso (si no puede estar equivocada la creencia de que todas y cada una de nuestras creencias podrían estar equivocadas), entonces es falso, puesto que ya tendríamos una creencia que no puede estar equivocada. No puede ser una verdad incontrovertible que todas las creencias son controvertibles.

     - Si puede ser falso (si puede estar equivocada la creencia de que todas y cada una de nuestras creencias podrían estar equivocadas), entonces tiene que poder ser verdadero que algunas de nuestras creencias no estén equivocadas. Debe de poder haber verdades incontrovertibles.

Obviamente, la única salida razonable, en este momento, para el falibilismo, es la segunda: el propio falibilismo debería poder estar equivocado, si no quiere ser infalible. Así que, pese a ciertas expresiones falibilistas como “todo pensamiento humano es falible”, lo más que podría decirse es “Puede ser que todo pensamiento humano sea falible”, o, más bien (para que no haya nada que parezca infalible) “puede ser que pueda ser que… todo pensamiento humano sea falible”.

El problema se desplaza, entonces, a si podemos averiguar si una teoría (el falibilismo o su contraria) es correcta. Quizá el falibilismo esté equivocado, pero nosotros no podamos saberlo nunca, porque todas nuestras creencias acerca de si está en lo cierto o no podrían estar equivocada. Quizá nunca tengamos un criterio seguro o infalible para saber si el falibilismo es cierto o no, lo que, paradójicamente, confirmaría al falibilismo.

Nuevamente, una de dos: o podemos o no podemos saber si una teoría es acertada o equivocada:

     - Si no podemos llegar a saber si una teoría (el falibilismo, por ejemplo) está equivocada o no, entonces el falibilismo es infalible. Será infaliblemente cierto que “no podemos saber si una teoría es cierta o no”.

     - Si podemos llegar a saber si una teoría (el falibilismo, por ejemplo) está equivocada, entonces debemos poder encontrar criterios incontrovertibles o infalibles para determinar si una creencia (el falibilismo o su contrario) está equivocada o no. Y el falibilismo solo podrá expresarse como “puede ser que pueda ser que… no encontremos nunca criterios para determinar si una teoría está equivocada o no”.

Podemos repetir esto hasta el infinito. En cada estadio, para que el falibilismo no sea una postura dogmática e infalible, necesita suponer que podría estar equivocado, y que podría haber criterios ciertos e infalibles para determinar de manera cierta e infalible la veracidad de una creencia. Pero ¿qué pasa con el recurso ad infinitum? ¿Cómo afecta al falibilismo?

En realidad, el aplazamiento sine die de la respuesta, supone la infalibilidad del falibilismo, Para que el propio falibilismo sea falible, siquiera en principio, debe ser concebible alguna situación en la que alguien tendría una certeza absoluta de que aquella creencia en que estuviese creyendo, no podría estar equivocada. Si no es concebible una situación así, no es concebible que se pueda dirimir entre el falibilismo y su contrario, así que cualquier posición, incluido el falibilismo, sería infalible e irrefutable.

Pero el falibilista no puede aceptar que sea concebible esa situación, porque entonces habría algo más que la simple creencia subjetiva de que eso que creo es cierto, y ya sería cierto, ahora, que tenemos una manera concebible de distinguir entre lo verdadero y lo falso. Él dice (y es todo su argumento) que, por muy vivo que sea su sentimiento de seguridad, Descartes podría estar equivocado al creer “estoy pensando” (quizá no entiende bien los términos que usa, o los métodos deductivos no son válidos, o…). Ahora bien, no hay ninguna situación concebible en que no pueda hacerse la misma operación de duda. Si al falibilista se le apareciese Dios, y aunque le cortase una pierna o le pusiese alas para intentar demostrarle que efectivamente es Dios, el falibilista podría responder (casi)impertérrito que quizá todo eso no es más que una ilusión suya, o de nadie, porque quizá él mismo no existe ni está pensando en este momento, porque quizá no hay nada de nada en ningún sitio. Quizás.

El resultado de esto es que el falibilismo es infalible. Aunque, en un primer momento, simule aceptar que también él podría estar equivocado, de hecho no puede admitir ninguna situación en la que podría mostrarse que está equivocado. Ante cualquier situación, él siempre podría poner en duda esa evidencia, y salir infalsado e infalible. Porque si aceptase que realmente es falible, tendría que aceptar una manera de mostrar eso.

No gana nada el falibilista con introducir un “actualmente” en su tesis.

     - o bien no concibe actualmente ningún criterio por el que podría distinguirse si el falibilismo está actualmente equivocado o en lo cierto,

     - o admite actualmente que hay algún criterio por el que podríamos distinguir si el falibilismo está o no en lo cierto.
En cualquiera de los dos casos, el falibilismo es actualmente infalible.

Tampoco gana nada con decir que todas las creencias son falibles excepto la propia creencia falibilista, porque (aparte de que una creencia implica lógicamente muchas otras) el criterio que usa para su creencia falibilista (la evidencia con que lo percibe –incluida la consistencia lógica-) es trasladable a cualquier otra creencia. En especial, es evidentísima toda la argumentación precedente.

El falibilismo es, pues, infalible e irrefutable, y, por tanto, contradictorio. En verdad, es una tesis metafísica y epistemológica absolutista: todo es contingente y toda creencia es contingente. Menos él. ¿Y cuál es su base? La errónea idea de que cualquier cosa que yo pueda decir que pongo en duda, está puesta en duda. Realmente, el falibilista no puede conceptualmente poner en duda que está pensando. Solo puede hacerlo verbalmente.

Por tanto, tenemos que rechazar el falibilismo. Es necesariamente falsa la creencia de que todas y cada una de nuestras creencias podrían ser falsas. El no-falibilismo es infalible, como, en buena lógica, era de esperar.

martes, 7 de febrero de 2012

Evolución musical

El arte, decía, es la actividad de descubrimiento y plasmación de lo bello, esto es, de lo ideal en su aspecto figurativo o “imaginal”, es decir, de la unidad y el orden expresable figurativamente (en sentido amplio). Se trata, en términos abstractos, de lograr la mayor síntesis de completitud y unidad, lo que implica el mayor grado de jerarquía. De acuerdo con ese criterio puede establecerse los rasgos generales de lo que es, a priori, evolución artística.

En esto no hay mayor misterio que en el hablar de una evolución moral y política, o una evolución científica, de la humanidad a lo largo de la historia. En todos los casos se presuponen criterios a priori de lo que es evolución moral o evolución científica, y se mide con ellos lo sucedido. Así podemos calificar de “primitivos”, “decadentes”, etc., políticamente o científicamente, a tales o cuales estadios culturales de tal o cual civilización, si, por ejemplo, en ellos está más o menos protegidos los derechos de las personas y la equidad, o si en ellos prolifera o no la producción de teorías, son capaces de producir más tecnología, etc.

La evolución, en el arte como en todo, consistirá, pues, en un camino hacia dos rasgos antitéticos pero mutuamente implicados (dialécticos): la universalidad y la discriminación o diferenciación. Esto es la evolución lógica, o, más bien, la lógica de la evolución. Lo contrario (tender a representaciones con un valor y sentido menos universal, y a la confusión de los elementos) es involución. Sencillamente, la evolución es orgánica (como la que observamos en la vida: tendencia al orden, a la universalidad y la diferenciación).

El arte tenderá a expresar algo cada vez más universal y de un modo más universal, y lo hará distinguiendo los elementos que estaban confundidos o mezclados indiscriminada o inconscientemente. Dentro de esta forma general caben, desde luego, muchas variaciones, dependiendo, por ejemplo, de aquellos elementos históricos o contextuales de los cuales parte el artista, de sus concepciones filosóficas o ideológicas, etc. Esto podemos, luego, “constatarlo” en la historia. En realidad, es una constatación en el inocente sentido de que comprobamos que ciertos procesos culturales responden a lo que, a priori, repito, es evolución; igual que constatamos que tal o cual sociedad está más evolucionada política o científicamente.

En una fase primitiva, todas las actividades intelectuales están confundidas. Religión, ciencia, arte, política… todo es lo mismo. La misma idea se expresa mediante una amalgama de elementos figurativos, conceptuales, prácticos… que, en fases posteriores, se verán como separables. Hay una connivencia inconsciente de todos esos elementos, que el pensamiento “primitivo” no sabe discriminar. Las primeras lenguas, o los primeros estadios del lenguaje, son, en lo que se refiere al sonido, tonales (es decir, no distinguen canto de prosodia), semánticamente figurativos (los conceptos no están separados como elementos abstractos).

En la evolución del arte pasa lo mismo. Al principio todas las formas artísticas estaban mezcladas, sobre todo, obviamente, las que atañían al mismo medio sensible (por ejemplo, las artes musicales). La historia de la evolución del arte supone la progresiva discriminación de aspectos, y la jerarquización progresiva de lo antes indistinto.

En el ámbito concreto de la música, la evolución ha significado, a la vez que una universalización de los elementos esenciales, una simultánea separación de aspectos: separación de voz e instrumentos, separación de tiempo, melodía, timbre… En todos los casos acabamos reconociendo como distintos, aspectos que antes no se era capaz de separar.

Un caso ejemplar, en la evolución de la música, es el descubrimiento de la polifonía y el contrapunto (que tiene su análogo plástico en la perspectiva). Las formas primitivas son esencialmente monódicas. Supone un auténtico descubrimiento desenvolver y hacer explícito lo que en cada nota estaba implícito en forma de armónicos. El oído percibía inconscientemente la complejidad de la nota, pero no distinguía en ello lo tímbrico de lo melódico. Un paso intermedio lo constituyen los instrumentos con cuerdas resonantes por simpatía, como uno de mis instrumentos preferidos, el sarangi indio, tocado inmejorablemente por Pandit Ram Narayan, que tiene muchas cuerdas de resonancia:



¿Ha ocurrido en la música una evolución cualitativamente comparable con el descubrimiento de la armonía? Desde luego, el serialismo no lo es. El uso de los doce tonos, o incluso de microtonos, me parece más un ahondamiento en lo ya descubierto. Lo que es cierto es que no podemos imaginar lo que supondría un descubrimiento cualitativo. Solo los genios lo consiguen. Pero, cuando lo descubren, en poco tiempo las generaciones saben reconocerlo como lo más natural del mundo.

lunes, 6 de febrero de 2012

Presentación de Diálogos de Filosofía.

El jueves, 2 de Febrero, tuvo lugar (y tiempo) la presentación en el Ateneo de Cáceres de Diálogos de Filosofía, Editorial Manuscritos. Esteban Cortijo, Víctor Bermúdez y José Antonio Santiago hablaron sobre mi libro, con demasiada condescendencia. En la mesa había uno de los cinco dibujos, regalo de mi amiga Marien Sauceda, que ilustran el libro.

Esteban hizo la presentación del “acto”, advirtiendo a la gente que tuvo el valor de ir (pese al frío antifilosófico que corría), que se trata de un libro de filosofía, que no se ahorra densidades. Y dejó planteada una pregunta que luego no hubo ocasión, por desgracia, de desarrollar: ¿qué es lo que quiero decir en el libro, cuando hablo de que hay que rechazar las nociones de Culpa y Pena? ¿Es que no vemos hoy muchos culpables, de la crisis por ejemplo?

Víctor Bermúdez, mi amigo del alma y excelente filósofo y profesor de Filosofía en Mérida (¡qué suerte tienen sus alumnos, como he comprobado a veces cuando me ha dejado asistir a sus clases! -y como tiene oportunidad de comprobar cualquiera que visite su excelente blog, Filósofía para Cavernícolas-) después de compararme con la comparación que de Sócrates hace Alcibíades (es decir, después de llamarme sátiro) resumió perfectamente la intención de mi libro: decir haciendo lo que dice, que es, a la vez, decir cómo Platón hace lo que dice cuando dice que la realidad es dialéctica (identidad y contradicción de lo Uno y lo Múltiple), y analogía (semejanza, participación de lo Uno por parte de lo Múltiple). Y eso lo hace Platón magistralmente en todas sus obras, en que el texto adopta la forma de la dialéctica (el diálogo, socrático) y la analogía (los mitos, las metáforas…). Mi libro, a su vez, intenta remedar, sin simplemente imitar, lo que hace Platón, intentando ser una participación de aquella casi inaccesible sabiduría.

José Antonio Santiago, con una enorme generosidad, buscó en el libro lo que él y yo tenemos en común, que es muchísimo, sin olvidarse de señalar en qué disentimos, que es lo que nos hace todavía más amigos. Compartimos, sencillamente, la reivindicación de la filosofía, contra toda postmodernidad y todo pensamiento débil, para el cuál todos los discursos son iguales, toda búsqueda de la verdad es dogmatismo y todo intento de aprender o enseñar es adoctrinamiento. Contra toda esa sofística, es necesario rescatar el diálogo socrático y la filosofía sustantiva, hecha por primera vez, a juicio de José Antonio, por Platón. Y él ve en mi libro un aporte en ese camino.

Después hablé brevemente yo. Pero lo más vivo de la tarde fue el debate, que se suscitó a continuación, entre los ponentes y el público, acerca de la educación de la ciudadanía. ¿Tiene el Estado derecho a educar moralmente, o a adoctrinar, como dicen otros? Unos pensaban que cualquier intento por parte del Estado de educar al ciudadano, es intolerable: al ciudadano se le presupone la educación política, y el Estado que se convierte en educador, se hace “fascista” con el tiempo (si es que no lo empieza siendo ya). Otros, en cambio, creíamos que la educación política es necesaria y, de hecho, se practica desde siempre y hasta ahora en las escuelas: ningún profesor consentirá tratos discriminatorios, o antidemocráticos. Y dudábamos de que los padres tengan más derecho a adoctrinar a sus hijos, aunque se trate de sus “padres espirituales”. ¿No fueron Sócrates y Platón los que lucharon contra la tesis demagógica de que la única enseñanza posible es la enseñanza técnica, incluida y en primer lugar la técnica del lenguaje que te permite convencer a cualquiera de cualquier cosa, mientras que el asunto de lo bueno quedaba reservado a la inescrutabilidad del individuo?

Este debate era tan interesante que tuve que recordar a la gente que yo había venido a hablar de mi libro. También alguien tuvo que recordar que se nos enfriaba la cena y los chistes acerca del queso del Casar y el vino extremeño ya estaban preparados.

Muchas gracias a todos. Sobre todo a los que compraron algún libro.