Se ha publicado en el número correspondiente al primer semestre de este año de la revista Análisis (Arif) mi artículo "En defensa del mundo. Notas críticas a la ontología hiperpluralista de Markus Gabriel", dedicado a comentar críticamente la propuesta ontológica del joven y exitoso filósofo alemán Markus Gabriel, tal como la desarrolla en varias de sus obras, especialmente en El mundo no existe. Más concretamente, el artículo se centra en el aspecto pluralista de la filosofía de este autor, dejando para otra ocasión su "neorrealismo", que comparte con otros filósofos de moda como Quentin Meillassoux.
Tanto a Gabriel como a Meillassoux hemos dedicado alguna atención en este blog.
Comentarios al artículo pueden hacerse aquí. Todos ellos serán bienvenidos.
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jueves, 4 de agosto de 2016
lunes, 9 de marzo de 2015
De otro tiempo y lugar, V (Q. Meillassoux)
Los valores reencuentran vida porque están ligados al ser por venir; la esperanza funda la unidad de la comunidad humana, dándole un proyecto común; cada hombre, por fidelidad a sus desaparecidos íntimos, actúa con vistas a conservar la comunidad y la espera de su última posibilidad, y se esfuerza por ser digno, él mismo, del retorno del amado o la amada.
Creer en Dios porque no existe. No había sido jamás defendido sistemáticamente. Es cosa hecha.
Dios, en adelante, puede designar la posibilidad de una vida filosófica, despierta y en espera, más allá tanto de la creencia religiosa como de las leyes naturales. Una vida, en fin, sin fe ni ley
Para oír
algo nuevo de lo que los filósofos tengan que decirnos sobre el asunto que hemos recordado, es decir, el de qué esperanza cabe para el sufrimiento del
mundo, el de la pensabilidad de “otro” tiempo y lugar donde todo sea redimido o
justificado, me dirijo ahora a la potente, casi “salvaje”, especulación de
Quentin Meillassoux, y más concretamente a su libro-tesis doctoral L’inexistence divine, texto no publicado
pero que circula entre filósofos y es ávidamente leído, como antaño lo fueron los
cuadernos de Wittgenstein, y que citaré prolijamente (en una traducción mía y solo provisional) (una sumaria
expresión de algunas de las ideas que vamos a leer se pueden encontrar también
en un breve ensayo “Deuil à venir, dieu à venir” Critique, 2006/1).
Es
lícito pensar, además, que, pese a la manera en que principalmente se suele abordar a este joven filósofo (como el más potente representante del Nuevo
Realismo, es decir, como, ante todo, una nueva especulación ontológica), el polo que orienta su pensamiento se encuentra precisamente en
nuestro tema, en la explícita forma de una defensa contundente de la
racionalidad de la esperanza de un futuro renacer a la inmortalidad de todos
los hombres, o, en otros términos, de la espera de una (futura) venida a la
existencia divina. Así lo indica ya el título de la obra, cuya tercera y última
parte está íntegramente dedicada a una “ética” inseparable de la escatología y
la “divinología”, y respecto de la cual, todas las páginas anteriores,
dedicadas a argumentar la necesaria y radical contingencia de todo (tesis de la
factualidad), aparecen como un
trabajo preparatorio.
Efectivamente,
para Meillassoux el problema de un futuro de renacimiento e inmortalidad de los
hombres, es tanto una posibilidad perfectamente real como una exigencia
esencial de la ética. No puede negarse lo chocante de ambas tesis para el
pensamiento moderno y postmoderno. En cuanto a la parte ontológica, hace mucho
que había quedado proscrito todo hablar de otra
existencia humana que no fuera la que describe la ciencia natural. La posibilidad
de la resurrección e inmortalidad corpórea, había quedado apenas para la
teología, que, sobre todo en su forma más protestante, lo ocultaba en el
terreno de la más “inconfesable” fe, si no es que incluso se sentía empujada a deconstruirla
como mito: ¿qué otra cosa que un mito puede ser hablar de una existencia humana
trascendente? Y, en cuanto a una existencia inmanente pero renacida e inmortal,
si no es una contradicción en los términos (nada en la ciencia natural lo es,
he aquí su humildad), sí es algo, por decirlo cortésmente, altísimamente
improbable, algo que solo un loco o un hipócrita podría contemplar como
posibilidad.
En
cuanto a la parte ética de la tesis, también sabemos que hoy uno puede básicamente
ser, o bien kantiano, y entonces es para él una exigencia fundamental separar
ambos asuntos, el de qué debo hacer y el de qué me cabe esperar (siendo este último,
para la ética, a lo sumo un postulado irrepresentable), o bien
consecuencialista de algún tipo (utilitarista, hedonista, comunista incluso…),
pero sensato, es decir, naturalista y cientificista, lo que significa que toda
la esperanza que uno puede poner en las futuras consecuencias de su acción se
refiere solo a una vida humana, más feliz, pero mortal y esencialmente igual a
la que ya conocemos. Tampoco las éticas de las virtudes, herederas de los
grandes filósofos griegos, osan referirse a la escatología, como la que sí deja
aflorar aquí y allá Platón en lenguaje “mítico” pero a la que ya renunció el
mismo Aristóteles.
Sin
embargo, Quentin Meillassoux, a quien no le caracteriza el temor o la
reverencia ante ningún pensamiento prohibido, afirma contundentemente, como
recordaba antes, que una vida ética sin la esperanza de la inmortalidad, es una
ética sin sentido, y que la negación de la real posibilidad de la inmortalidad
futura del hombre es fruto solo del pensamiento religioso y metafísico, aunque
sea en forma de crítica o deconstrucción de la metafísica, es decir, según él,
de un pensamiento, en último extremo, religioso, que no se atreve ni nos deja
pensar:
“Toda antifilosofía, todo positivismo, todo cientificismo, todo logicismo, son de esencia religiosa, a la manera espectacular del logicismo de Wittgenstein: decretando que ninguna racionalidad es legítima fuera del marco científico, estas teorías condenan a la razón a no poder ni dar cuenta de la facticidad de las leyes, en el seno de las cuales la ciencia se despliega siempre ya, ni responder a las cuestiones esenciales de la existencia. Esta especie de sinsentido domina hoy el pensamiento, a través de las diversas empresas de destitución de la metafísica, con una fuerza quizá inigualada en la historia, puesto que nadie, apenas, osa todavía defender la filosofía en la integridad de sus ambiciones: comprensión absoluta del ser en tanto que ser y aprehensión conceptual de la inmortalidad del hombre. (L’inexistence divine, pg. 384, traducción mía, solo provisional)
Pero
Meillassoux se atreve a pensar, aunque lo que piense el filósofo sea locura
para el creyente y para el metafísico.
****
Empecemos
por la exigencia de la ética (en el
doble sentido del ‘de’). ¿Por qué una ética exigente exigiría también el
renacer y la inmortalidad futuros de los hombres? ¿Qué sabemos de la justicia?
Para comprender qué es ella, Meillassoux nos propone mirar allí donde conocemos
manifiestamente su contrario: la terrible injusticia, por ejemplo y sobre todo,
de los que fueron asesinados o murieron tempranamente, sin tener la posibilidad
de vivir una vida como la nuestra. Esos muertos prematuros reclaman nuestro
duelo, pero que para su tragedia no parece haber justificación alguna en el
mundo. Todos podemos reconocer que la justicia encierra el concepto de la
igualdad entre los hombres: aunque somos diferentes unos de otros, sin embargo,
en cuanto seres racionales, somos iguales. Mi vida no es digna si no va
acompañada de la vida digna de los demás hombres.
Ante
este problema, tanto el ateo como el creyente, tanto quien niega como quien
afirma la existencia de Dios y la inmortalidad humana, permanecen, sin embargo,
en un impasse. Ninguno de los dos tiene una respuesta satisfactoria para la
exigencia ética. El teísta, como correctamente alega el ateo, nos quiere hacer
creer que un Dios omnipotente ha creado el mundo y permite todos los
sufrimientos que acontecen en él. Que el teísta nos intente consolar
asegurándonos que ese Dios nos tiene destinado un paraíso, no hace, para una
persona realmente sensible a la justicia, sino aumentar el horror: ¿ser
inmortales bajo el auspicio y gobierno de un ser tan cruel? Esto es
inaceptable. Pero el ateo tampoco tiene nada que ofrecer, puesto que, como
alega el creyente, negando toda esperanza para los muertos, hace imposible para
nosotros, los vivos, seguir viviendo con dignidad: mi vida depende de que
también aquellos, los que no pudieron vivirla, tengan, antes incluso que yo,
alguna esperanza. ¿Hay alguna salida a este impasse?
La cuestión es, entonces, propone Meillassoux, si podemos demostrar la pensabilidad
de la inmortalidad, exigida por la ética, sin caer en el problema del creyente.
Lo que tenemos que mostrar, pues, es que a) el renacer y la inmortalidad son
una posibilidad plenamente real, y b) que no son una necesidad garantizada por
un dios existente. La tesis que responde a ambos requerimientos es la tesis de
la in-existencia divina: Dios no existe, todavía; pero su existencia futura es
una posibilidad plenamente real, una posibilidad que hay que esperar.
****
¿Es
concebible la posibilidad de un renacimiento e inmortalidad futura para los
hombres? Para nuestra admiración, Meillassoux declara que tal demostración es
cosa fácil, si tenemos la teoría ontológica correcta:
“¿Cómo demostrar que esta vida posee en sí misma la dimensión de la inmortalidad? Esta demostración –y ahí reside, sin duda, su mayor extrañeza- está enteramente libre de dificultad, una vez dado lo que ya se ha establecido” (Ibid. pg. 290)
Lo que
ya “se ha establecido” previamente (a lo largo de más de doscientas páginas), o
sea, la factualidad de la realidad, consiste en la tesis de que la única
necesidad real es la de la absoluta contingencia y falta de necesidad de todo. No
hay nada necesario, más que la propia contingencia de las cosas. Las más firmes
constantes de la naturaleza podrían cambiar, y podrían hacerlo en el instante
siguiente; cualquier surgimiento es totalmente posible, si no es contradictorio;
todas las leyes naturales son contingentes, no-necesarias. Esto es lo que
planteó Hume como problema (la ausencia de conexión necesaria entre los
sucesos), pero él le dio una respuesta escéptica, como si fuera una impotencia
de nuestro pensamiento, porque, en realidad, también él permanecía preso de la
pulsión metafísica, que querría que la realidad estuviese gobernada por la
necesidad. Nosotros, en cambio, tenemos que atrevernos a hacer una auténtica
inversión del platonismo, a aceptar la potencia del pensamiento, a rechazar definitivamente
la validez del principio de razón suficiente en todo, y a desprendernos de ese
residuo de constancia, que es la constancia esperada en los fenómenos, para
descubrir la realidad como un Caos en el que todo puede surgir.
El otro
error del que debemos desprendernos es el de que, con una ontología tal, de la
radical facticidad de todo, solo cabría esperar un continuo caos, frente a la
constancia y regularidad que observamos en el universo. El error procede aquí de
que concebimos la existencia como gobernada por la probabilidad. Ahora bien, la
probabilidad solo tiene sentido en el marco de la necesidad. Pero no hay
necesidad alguna, por tanto, tampoco existe ninguna probabilidad de que el
mundo siga constante. No es más probable que el curso de los acontecimientos se
mantenga como si fuera acorde con leyes durante largos periodos de tiempo, que la
posibilidad de que surja algo nuevo a cada instante.
Un
futuro en que, mediante un surgimiento ex nihilo, renacen los hombres para una
vida justa es algo tan simple y puramente posible, tan ajeno a cualquier
cálculo probabilístico, como el surgimiento de la vida o la consciencia, para
cuyos surgimientos tampoco se daba nada, en el mundo de inercia precedente, que
fuera razón suficiente. La vida surgió, y las condiciones materiales
acompañaron ese surgimiento, pero no permitían deducirla necesariamente. Y lo
mismo puede decirse de la consciencia:
“No solamente el renacimiento es posible, sino que además no puede ser considerado como improbable: pues si el renacimiento surge, debe surgir a la manera en la que un nuevo universo de casos surge en el seno del no-Todo del mundo. El renacimiento es, pues, asimilable al surgimiento improbabilizable de una nueva constante, a la manera en que la vida surge de la materia, o el pensamiento del vivo. Es una acontecimiento que no sería más sorprendente que estos surgimientos, que, de hecho, han tenido lugar. (Ibid. pg. 290)
Esperar un
futuro de renacer e inmortalidad de los hombres es análogo, podríamos decir, a
esperar que, a partir de un punto, la serie de decimales de un número real se
mantenga repitiendo indefinidamente un mismo número o una misma secuencia de
números. Esto no es ni menos ni más probable que cualquier otra alternativa
(que los números no se repitan), porque esa secuencia es infinita. De hecho, algún
número real tiene que ser tal que, a
partir de un cierto punto, se expresa con la repetición de indefinidamente el
mismo decimal (y nada hace menos probable a ese número real que a cualquier
otro). Por tanto, esa es una posibilidad real, simplemente. Solo nuestra falta
de perspectiva nos hace creer en la necesidad de la estabilidad de las leyes
naturales y en la improbabilidad de un surgimiento semejante.
A ese
surgimiento posible de un mundo de justicia, de hombres renacidos e inmortales,
Quentin Meillassoux lo denomina Cuarto Mundo (tras el inercial, el de la vida y
el de la consciencia).
La
posibilidad real de ese Cuarto Mundo nos permite solucionar, por cierto, varios
problemas filosóficos. Por ejemplo, el viejo problema del estatuto ontológico
del Bien como reino de fines. Hasta ahora, ese estatuto había sido colocado en
un lugar trascendente o ideal, o bien negado. Ahora:
“Lleguemos a la solución factual de la relación entre el Bien y la verdad: la verdad del Bien, como Cuarto Mundo, no designa ni una realidad, ni una imposibilidad, ni una posibilidad controlable: el Bien designa la verdad de una posibilidad no controlable”. (Ibid. pg. 296)
El
carácter factual de la realidad nos permite también pensar adecuadamente la
dignidad del hombre y la libertad. La dignidad del hombre estriba,
precisamente, en que piensa la universal factualidad:
“El hombre, puesto que sabe lo eterno, adquiere valor. Pero el hombre no obtiene su valor del objeto de su conocimiento, es decir, de lo eterno mismo: no es lo eterno lo que es valor, pues lo eterno no es sino la contingencia ciega, estúpida, y anónima de toda cosa. El valor es el del saber mismo: el hombre vale no por qué sabe, sino porque sabe. Y ese saber es solo aquel, teórico y absoluto, de las verdades lógicas y ontológicas, y ese, inquieto y atento, de la mortalidad. (Ibid. pg. 318)
Por
decirlo en términos heideggerianos, el hombre es el ente destinado a pensar la
diferencia entre ser y ente, es decir –según lo traduce Meillassoux-, entre la
necesidad de la contingencia de todo, y la contingencia de cada cosa. Lo que -también
muy heideggerianamente- significa que su ser para la muerte tiene un valor
esencial para su vida. Pero, yendo más allá de la angustia heideggeriana, Meillassoux
encuentra ahí el fundamento de la esperanza:
“El factual muestra (…) que el pensamiento posible de su propia muerte, redirige la capacidad del hombre a contemplar la naturaleza real de la contingencia como la posibilidad de toda cosa. El saber negativo de su propia mortalidad conduce así al saber positivo de su renacer posible. Saber que deja de designar la triste consciencia de su propio límite para redirigir a la posibilidad jubilosa del franqueamiento de tal límite. (Ibid. pg.318)
También
la libertad, decíamos, encuentra su explicación en la ontología factual. Ni
necesidad ni azar ciego, surgimiento de potencia (como la vida o la consciencia),
en el ámbito del mundo de la consciencia o Tercer Mundo. Y no se trata de la libertad como uso
de los medios, sino una libertad “positiva” y plena:
El hombre es un ser pensante, no solo ni principalmente en cuanto ejerce sus diversos talentos intelectuales, sino más esencialmente en cuanto puede aprehender lo que importa: el hombre piensa cada vez que sabe que sabe que en el hombre se trata de un Contingente Último. La libertad no es otra cosa que el acto que opera según esta verdad eterna de que lo último es factual, es decir, a la vez irrebasable y frágil. (Ibid. pg. 319)
Demos
por adquirida la racionalidad de la posibilidad simplemente real de un futuro
renacer y una inmortalidad para los hombres. Pero ¿cómo proporciona esta
esperanza un fundamento para la ética? ¿No podría pensarse, más bien, que tal
esperanza desactive la propia ética: de qué tengo que preocuparme, si, al fin y
al cabo, puedo esperar que todo vuelva a nacer y todo el mal quede resarcido? A
este problema, kantiano, Quentin Meillassoux contesta con la idea de que la espera(nza)
de los hombres tiene que ser activa, de otra manera no puede ser, no sería
acreedora de ese renacer:
“La condición para que lo universal advenga es, pues, que sea deseado en acto. Esperar pasivamente lo universal es precisamente no esperarlo. Pues es hacer de lo universal un objeto extraño al hombre, reificado exteriormente a él –es, pues, hacer de lo universal lo que no es, y vuelve imposible su advenimiento. Pues, remarquémoslo bien, si el renacer adviniese pese a que ningún acto de justicia hubiese exigido su espera, no se encontraría ahí nada de universal: no nos encontraríamos más que con un ciego recomienzo, un simple Eterno Retorno, impuesto desde el exterior al hombre. Que el Cuarto Mundo advenga exige que advenga como objeto de esperanza de nuestro mundo, pues, incluso si esta espera no puede actuar sobre el último surgimiento, sólo ella le da el estatus de un nuevo surgimiento, esto es, de un surgimiento de la justicia esperada por el hombre, y no de una simple vuelta repetitiva de la vida”. (Ibid., pg. 327)
En
resumen, repitámoslo, la posibilidad real de ese Cuarto Mundo llena de sentido
la existencia, ética, del hombre:
El hombre se halla, pues, depositario de una doble espera que se revela como la estructura vi-faz de la acción. Espera, antes que nada, el renacer justo del hombre. Así pues esta espera significa el deseo de ser digno del retorno del amado o la amada y apela a la ética más vigorosa en vistas a adquirir tal dignidad. El amor de los desaparecidos se torna en acción para con los vivos, acción que solo ella vuelve digno de su retorno. (Ibid. pg. 348)
****
Vayamos
ahora, desde la ética, y pasando por la escatología, a la “divinología”. Quentin
Meillassoux describe la futura inmortalidad de los hombres en términos cristológicos,
pero interpretados, como era de esperar, de una manera radicalmente diferente a
como lo han interpretado tanto la metafísica como la religión: interpretado
desde el concepto de inexistencia divina.
Ese
futuro de inmortalidad, que Meillassoux describe como la llegada del niño (l’enfant), no es un tiempo en que inmanencia y la finitud quedan
abolidas. Contrariamente a la figura tradicional, según la cual lo infinito se
hace finito (“carne”) para llevar de vuelta al hombre a lo infinito, el devenir
de lo divino consiste, dice Meillassoux, en que lo finito se hace infinito (con
el renacer y la llegada del tiempo de la inmortalidad) pero para renunciar a su
infinitud y omnipotencia y permanecer en una inmanencia, ahora justa:
“Siendo la contingencia como tal la expresión misma de la necesidad, su Cristo no supera la finitud, sino, al contrario, la omnipotencia del infinito surgimiento, y esto por el gesto en el que, lejos de abandonar su humanidad por la divinidad, supera esta divinidad suprimiendo su propia potencia, según el movimiento finito – infinito – finito, hombre – Dios – hombre. En efecto, el Niño es el hombre contingente que adquiere momentáneamente la omnipotencia acorde con el dios religioso, pero que la supera con su abandono en vistas al cumplimiento de su propia humanidad. (…) La finitud del Niño, como la de todo hombre, se haya finalmente enriquecida por el abandono de la omnipotencia expresada por el Dios religioso, por el gesto que expresa su extrema posibilidad”. (Ibid., pg. 334)
Y es que
la visión tradicional no ha proyectado en su Dios la esencia de los hombres, como
erróneamente dice la crítica a la religión (Feuerbach y Marx), sino, más bien, su degradación, la posibilidad de su propia omnipotencia, es decir, no el cumplimiento de su
humanidad, sino de su inhumanidad.
Puede
causar extrañeza que ese inmanente que siempre conserva la muerte como
posibilidad, sea lo llamamos “inmortalidad”. Pero Meillassoux distingue aquí
entre inmortalidad y sempiternidad. La inmortalidad no suprime la mortalidad. Es
siempre necesario que yo pueda morir, pero no lo es jamás que yo muera
efectivamente.
Todo
esto nos permite redefinir el divino
filosófico, el Dios del filósofo o de la especulación, por oposición al
Dios trascendente tanto de la religión como de la metafísica:
“Hasta hoy el término Dios no ha designado para nosotros más que su expresión religiosa: Dios de misterio y de poder. Pero el Dios de los filósofos, el Dios vilipendiado por Pascal, se define como el movimiento completo hombre-Dios-hombre descrito por el niño: designa a la vez el reino inmanente del Mundo de justicia, y el gesto fundador del hombre destituyendo en él mismo la tentación del Dios de la potencia. (Ibid., pg. 335)
Y es ese
Dios de los filósofos, el que también distingue al filósofo del ateo. Ateo es quien ha
aceptado que el lamento se dé en su propio campo; filósofo es quien no acepta
tal cosa. Así pues, lo divino filosófico no es ni religión ni ateísmo:
“El divino filosófico no es ni una religión -¿se ha visto alguna vez a un creyente negar la existencia de Dios?- ni un ateísmo -¿se ha visto alguna vez a un ateo creer en Dios? Lo divino lleva a sus consecuencias últimas el ateísmo y la religión para desvelar su verdad: Dios no existe y hay que creer en Dios. Más profundamente, lo divino liga esas dos aserciones, que solo con ese lazo alcanzan su verdad. (Ibid., pg. 384)
Decir
que Dios existe es una verdadera blasfemia. Es preciso creer en Dios justo porque no existe. Acabemos citando una vez más, por extenso, al propio Meillassoux:
Blasfemia. Decir que Dios existe es la peor de las blasfemias, pues es decir que Dios reina en el mundo entregado a la gran política sin haber tenido jamás la debilidad de modificar sus designios a fin de impedir las atrocidades que en él ocurren. Es decir que este mundo es tal que Dios lo ha querido en sus proyectos, proyectos impenetrables para el hombre justo, porque de una crueldad efectivamente incomprensible. Es hacer de la esperanza divina del hombre un objeto de temor, e insultar la esencia misma de la bondad con los sofismas más inquietantes. Es, a la manera terrible del teólogo, intentar demostrar al incrédulo de Dostoievski que, de alguna manera, hay una cierta bondad divina en dejar a un niño ser ser devorado por los perros.
Es justo porque la blasfemia contra Dios consiste en identificarle con el creador de este mundo, fusionando al dios verídico, que no es más que amor, al dios religioso, que no es más que poder, que los mejores de entre los creyentes han intentado siempre, mediante razonamiento de una sutileza trágica (pues la sutileza es siempre la gestión de un impasse) de separa a Dios de la existencia,, de hacer un ser de una tal trascendencia que estuviera fuera del ser, más allá del ser, indiferente al ser. En breve, de evitar el enunciado blasfemo Dios existe, pero intentando evitar el enunciado inmanente Dios no existe. Lo divino no tiene necesidad de estos virtuosismos, sabiendo que la creencia en Dios es la responsabilidad tomada por el hombre para con el niño todavía por nacer, y que el enunciado, claro y puro como la luz del mundo, de la inexistencia divina, garantiza su esperanza tanto tiempo como un justo permanezca en vida. El Dios digno de ser esperado es justo el que tiene la excusa de no existir. (Ibid., pg.387)
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martes, 28 de octubre de 2014
¿Realismo sin Metafísica? Comentarios a Après la finitude, de Quentin Meillassoux. I
Lo que sigue son unas notas críticas a algunos aspectos
esenciales del pensamiento de Quentin Meillassoux, tal como aparece expresado
en su (por el momento) libro capital Après
la finitude, que hemos resumido en otra entrada. Recordemos, primero,
brevemente, las ideas principales de esta obra.
Bien -deberíamos responder-, en realidad, nosotros no podemos pensar un triángulo cuadrado, aunque intentemos pensarlo como “inexistente”. Y la inexistencia de un triángulo cuadrado no es un simple añadido a su "esencia", sino que emana precisamente de ahí, de su in-esencia: un triángulo cuadrado es imposible (no puede existir) porque sus propiedades son incompatibles. De la misma manera que deducimos necesariamente la inexistencia del triángulo cuadrado a partir de la incompatibilidad de sus predicados, deducimos la posibilidad o la contingencia de existir de todos aquellos sujetos cuyos predicados no son incompatibles (como vida en otro planeta, por ejemplo, o, a nuestro juicio, que todo lo que vemos no sea más que virtual). Y de la misma manera, por último, se infiere de la esencia de un triángulo que sus tres ángulos suman 180 grados (en un plano euclídeo), y se inferirá la existencia necesaria (no contingente) de un sujeto del cual no es solo que sus presuntas propiedades sean consistentes, sino que sería inconsistente pensarlas separadas.Esto, salvo que la propiedad de la existencia sea radicalmente en diferente en ese aspecto: es decir, que no pudiera entrar en relaciones de contradicción, contingencia y necesidad, con las propiedades de la esencia.
Meillassoux cree que tenemos que abandonar lo que llama el
Correlacionismo, es decir, la tesis que afirma que no tenemos ningún acceso directo
a la realidad u objetividad, a las cosas en sí mismas, sino que todo lo que conocemos
es, a lo sumo, la correlación entre el pensamiento y el ser, es decir, la
representación, en la que es imposible disociar lo objetivo de lo subjetivo. Frente
a eso, Meillassoux nos propone un Materialismo Especulativo, decididamente
realista, según el cual los enunciados empírico-matemáticos proporcionan
conocimiento de las propiedades objetivas e independientes del observador. Incluso
poseemos un conocimiento absoluto: que lo único necesario que existe en la
realidad, es la no-necesidad y la falta de razón, o "irrazón", de todas las
cosas.
Meillassoux comparte uno de los tópicos más aceptados de la
Historia de la Filosofía, según el cual, tras siglos premodernos de pensamiento
ingenuamente realista en que los filósofos creían estarse ocupando inmediatamente
del Ser, la filosofía moderna, explícitamente desde Kant, se torna radicalmente subjetivista. Paradójicamente, señala Meillassoux, ese giro verdaderamente
“ptolemaico”, tiene lugar en el mismo periodo en que la Ciencia
empírico-matemática está protagonizando la revolución realista que nos asegura,
por primera vez, un conocimiento del mundo sin la presencia humana. Desde
luego, esa inversión del sentido de la Filosofía no es una coincidencia, sino
que, piensa Meillassoux, es una suerte de “venganza” del filósofo, al ver arrebatada de sus manos la sanción de lo Real. El filósofo cambia de estrategia
y acepta que los enunciados científicos son, sí, verdaderos, pero, añade
inmediatamente, solo relativamente a un nosotros.
El Correlacionismo habría adoptado diversas formas: el
Correlacionismo crítico o trascendental afirma la pensabilidad de la cosa en
sí, aunque no su cognoscibilidad; el Correlacionismo Absoluto (Idealismo de
Hegel y similares) rechaza incluso la pensabilidad de la cosa-en-sí y
absolutiza y eterniza al Sujeto; el Correlacionismo Fuerte rechaza la
absolutización de toda representación (pues –aduce- el sujeto, en su condición
fáctica, no puede probar que lo que le resulta impensable sea imposible). Así
se llega a una completa facticidad del conocimiento que, sin embargo, deja
abierta e inasequible a la crítica racional la posibilidad de un absoluto no
racional sino fideista. Pues bien, ahora, según Meillassoux, se debe superar
también esa última posición correlacionista, y superarla desde sí misma. A eso
viene la nueva filosofía del Realismo, cambiando la mirada y haciendo ver que
hay algo absolutamente real: la propia facticidad objetiva del correlato, que el propio correlacionismo tiene que dar por supuesta.
Aunque haya que dar paso a un nuevo realismo, el
Correlacionismo no fue, sin embargo, un error innecesario, y no se trata de
volver al dogmatismo metafísico: efectivamente, confirma Meillassoux, la Metafísica
ha muerto. ¿Por qué? Porque Metafísica, según la define nuestro autor, es la
creencia en y la búsqueda de algún ente necesario, que proveería de una necesaria
razón suficiente a todos los demás entes. Así, Descartes y Leibniz apoyan todo
su sistema en Dios, cuya existencia necesaria sería demostrable mediante el
argumento ontológico. Pero el argumento ontológico, dice Meillassoux, no
resiste a la duda hiperbólica correlacionista (¿cómo sabemos que la necesidad
que le atribuimos a la existencia de un ser perfecto no es solo una necesidad "para nosotros"?),
y, por otra parte (y como ya habría probado Kant) es inválido, porque no es
contradictorio suponer que un ser perfecto no existe, como no es
contradictorio pensar sujeto alguno como no existiendo, ya que la contradicción
solo puede darse entre las propiedades del sujeto. Un triángulo cuadrado, por
ejemplo, solo es contradictorio si suponemos que existe, no si lo suponemos inexistente; pero no hay ninguna
propiedad que confiera prodigiosamente la existencia. Con el argumento ontológico se hunde el principio de razón y la Metafísica, y deja solo lugar a un realismo contigentista radical, aunque no por ello a un mundo inestable.
****
Antes de entrar en una consideración crítica de la cuestión
Correlacionismo / Realismo (lo que dejo para próximas entradas de este blog),
me detendré en lo último que acabo de reseñar: las consideraciones que de la
metafísica hace Meillassoux. Ofreceré dos tipos de observaciones críticas:
La primera es esta: la forma en que Meillassoux entiende y
define la Metafísica, me parece inadecuada, aunque esté, ciertamente, bastante extendida
en la filosofía continental. Si llamamos Metafísica a lo que se trata en los libros
de Aristóteles y, después, entre los escolásticos, concepto que, con buen
juicio, han rescatado los metafísicos analíticos de los últimos decenios (tales
como D. Lewis, D. Amrstrong, P. van Inwagen, K. Fine, E. J. Lowe, Ted Sider,
Timothy Williamsons y mil otros), la Metafísica no es ni solo ni principalmente
la búsqueda de un ente necesario, sino antes y más fundamentalmente, el estudio
de las características básicas o fundamentales (de la estructura, de las
categorías máximas…) de la realidad o del ser en general, del “ser en cuanto
ser y las propiedades que como tal le corresponden”: si el ser es unívoco, equívoco
o análogo, qué es la esencia (las propiedades) y qué la existencia, cómo se
estructura la realidad en general, qué es causa, etc., son sus primeros y
principales asuntos. Citemos a algunos metafísicos contemporáneos. Lowe, por ejemplo, define así:
Traditionally, metaphysics has been thought of as the systematic study of the most fundamental structure of reality—and, indeed, that is the view of it which I should like to support. Understanding the aim of metaphysics in this way makes defending the possibility of metaphysics a substantial and problematic task, and for that reason one well worth exploring. (The Possibility of Metaphysics. Substance, Identity, and Time CLARENDON PRESS · OXFORD 2001, p.1)
Peter van Inwagen, aunque advierte que no hay una definición
completamente satisfactoria, dice:
When I was introduced to metaphysics as an undergraduate, I was given the following definition: metaphysics is the study of ultimate reality. This still seems to me to be the best definition of metaphysics I have seen. (Metaphysics, Westview Press, 2009 –tercera edición-)
Kit Fine, más extendidamente, escribe:
There are, I believe, five main features that serve to distinguish traditional metaphysics from other forms of enquiry. These are: the aprioricity of its methods; the generality of its subject-matter; the transparency or ‘non-opacity’ of its concepts; its eidicity or concern with the nature of things; and its role as a foundation for what there is. (“Wath is metaphysics?” Contemporary aristotelian metaphysics Cambridge University Press 2012)
Se podrían citar muchos otros ejemplos de metafísicos
contemporáneos analíticos, y sería difícil encontrar una importante disensión
en esto. La Metafísica contiene, antes que nada, el análisis, no comprometido existencialmente
ni siquiera necesitarista (no más que ninguna ciencia), del ser en general, es
decir, lo que podemos llamar también Ontología general, y que es una parte de
la Metafísica. El problema de si existe o no un ente real necesario (motor
inmóvil, causa primera, ser perfecto, etc., es decir, la teología), como el
problema de si existe un alma inmortal (psicología metafísica), o si el mundo
tiene un origen temporal o es eterno (cosmología metafísica), pertenecen solo a la parte
especial de la Metafísica. Precisamente porque la Metafísica alberga
ambos tipos de cuestiones, las del Ser en general y las de los máximos tipos de
entes sustanciales, le hace ganarse la acusación heideggeriana de que es una
confusión onto-teológica. Pero no tiene nada de confusión: la
dialéctica entre el Ser en general y el ser especial es la esencia misma de la
Metafísica.
¿De dónde procede, entonces, la idea estrecha de Metafísica
que maneja Meillassoux, junto con la mayor parte de la filosofía continental? Su origen hay
que remontarlo a Kant, aunque se encuentra allí de una forma un tanto inconsecuente. Kant, en la Crítica de la Razón pura, define
(negativamente) la Metafísica como un pretendido conocimiento de objetos mediante solo la razón, y le atribuye los
tres objetos específicos o “ideas” de Alma, Libertad y Dios. Inconsistente o
ambiguamente, sin embargo, Kant usa también el término ‘metafísica’ (ahora positivamente)
con el significado de especulación de los
principios constitutivos de cada ámbito trascendental, y él mismo elabora
tanto una “Metafísica de la Naturaleza” como una “Metafísica de la Moral”: por
tanto, le encuentra al término una acomodación dentro del esquema
crítico-trascendental. Sin embargo, Kant no acepta el carácter positivo de lo
que irónicamente llama “campos exuberantes de la Ontología”, es decir, de la
Metafísica general, porque él cree que las categorías generales del Ser no son
más que las categorías generales del
Sujeto Trascendental. Pero precisamente la Ontología es lo que constituía
el momento primero y quizá más importante de la metafísica aristotélica y
clásica en general. ¿Por qué Kant no hizo con la Metafísica general lo que
había hecho con las especiales, es decir, redefinirla trascendentalmente, para
referirse al análisis de las estructura, no de la Cosa en sí o del Ser, sino de
la Subjetividad Trascendental? Parece inconsecuente. Y, sin embargo, de esta
inconsecuencia procede, seguramente, el estrecho sentido tardomoderno del
término ‘metafísica’. De modo que, si
hoy quisiéramos rescatar a la especulación ontológica de las turbias aguas del
Subjetivismo o del Correlacionismo, tendríamos todas las razones para rescatar
el término Metafísica para esa especulación. Desde luego, Meillassoux puede usar
el término en el sentido estrecho. Pero, a falta de que se muestre que esta es
una mejor caracterización de la Metafísica (en principio nada indica que la
Metafísica, en cuanto Ontología, implique la defensa de la existencia necesaria
de algún ente sustantivo), nos parece un error.
¿Por qué es, a nuestro juicio, tan importante esta cuestión,
aparentemente terminológica? Porque, además de que no hace justicia a las
categorías epistemológicas, alimenta la idea de una historia del pensamiento en
sentido fuerte, es decir, de una evolución con cambios cualitativos y sin
posible vuelta atrás, quizá incluso cambios inconmensurables (como quieren
muchos hermenéuticos): por ejemplo, alimenta el tópico de la muerte de la
Metafísica. Sin embargo, la Metafísica no estaría superada aunque estuviese muerta
la Metafísica especial a la que se refieren Meillassoux y los filósofos
continentales: quedaría intacta la parte general, la que trata de la estructura
básica de la realidad. Lo que el mismo Meillassoux hace, y a lo que llama
“especulación”, no es ni más ni menos que ontología o metafísica. En las dos consideraciones
metafilosóficas del libro, no aborda una caracterización esencial de lo que es la
“especulación”. ¿Qué relación guarda, por ejemplo, con la Ciencia? Se le puede
atribuir, quizá, una idea semejante a la que sostienen los
neo-quineanos acerca de lo que llaman, precisamente, metafísica: se trataría de
aquellas consideraciones que, por estar más alejadas del tribunal de la
experiencia, parecen completamente apriorísticas. En cualquier caso, Meillassoux
no lo precisa.
Tampoco aborda –y esto es más importante- el contenido
nuclear de lo que es la Metafísica general u Ontología, y que, era de esperar,
constituyese también el núcleo de toda especulación semejante. Y esta es una cosa
sorprendente, sobre la que volveré en otro momento. En efecto, se echa en
falta, en una obra de pretensiones tan fundacionales, un análisis
de conceptos como esencia, existencia, objetividad…, conceptos tan discutidos
por los metafísicos antiguos y contemporáneos, y que Meillassoux usa
pero no tematiza, lo que nos hace sospechar que la discusión no se sitúa en el nivel más general y fundamental de la Ontología (sino en uno
más concreto: en la dialéctica ser-pensar). ¿Puede encararse una discusión del
argumento ontológico sin ofrecer una
definición y discusión de los conceptos de “existencia” (si es un predicado o
no, si es lo mismo que la cuatificación…), “necesidad” (si es de re o solo de dicto…), qué son las propiedades de una cosa y qué relación
guardan con la sustancia de la que son propiedad, qué tipo de existencia o
no-existencia tienen las entidades matemáticas y qué relación guardan con los
objetos materiales a los que formalizan…? Todo esto está ausente del libro que
analizamos. El autor, desde luego, no tiene por qué tratar de todo en el mismo
libro, y puede dejar pendientes ciertas cosas para otra ocasión, aunque sean
esenciales para la intelegibilidad y defensa del proyecto. Pero, obviamente,
esto no es una superación de la Metafísica general, es decir, de aquello a lo
que Aristóteles dedicó los más densos libros de su filosofía primera.
Tampoco queda ni puede quedar superada la Metafísica en su
sentido estrecho, es decir, en el de la metafísica especial (en lo que se refiere,
por ejemplo, a la existencia de un ente sustancial necesario). Hay un
importante sentido en que, de hecho, esto no está ni puede estar superado, es decir, resuelto
ni disuelto, porque para ello se requeriría que las objeciones que Meillassoux
ofrece contra el argumento ontológico fuesen definitiva e incuestionablemente
correctas. Es decir, no solo que fuesen convincentes de momento, sino que fuesen
infalibles. Lo cual es algo que no puede siquiera pretenderse. Quizá
Meillassoux aceptaría que, en este
sentido, la Metafísica, efectivamente, no está muerta, sino que siempre puede
resucitar (¿creen los filósofos continentales, especialmente los hermenéuticos,
que la Metafísica podría renacer?). Ahora bien, ¿está la Metafísica, al menos,
suficientemente en coma?
****
Con esto pasamos a nuestra segunda observación acerca de la
tesis de Meillassoux sobre la Metafísica: ¿es inválido el argumento ontológico? Nos haremos una pregunta más "sencilla":¿Acierta la crítica de Meillassoux contra este argumento (y, por extensión,
según pretende, contra todo necesitarismo “metafísico” –en el sentido
estrecho-)? Pues bien, dicha crítica me parece insatisfactoria.
En primer lugar, se nos dice que el argumento ontológico no
resiste a la duda correlacionista hiperbólica, o, habría que decir, super-hiperbólica: ¿cómo sé que lo que me resulta impensable es también imposible? Meillassoux piensa, sin embargo, que la duda hiperbólica no afecta a las proposiciones
físico-matemáticas. ¿Por qué? No
veo cómo pueda aceptarse esto. Si un super-genio super-maligno o una epojé
hiper-crítica pueden hacer que nos equivocásemos o dudemos incluso cuando razonamos
con un argumento de necesidad o contradicción (como es el argumento ontológicov cartesiano),
¿por qué ese genio o esa epojé no serían fuertes contra nuestra creencia de que
existieron dinosaurios hace millones de años y podemos comprobarlo? Meillassoux
insiste, a lo largo del libro, en que lo impensable no es imposible: así argumentan
los correlacionistas fuertes, que deflacionan incluso la Lógica. Pero,
entonces, ¿cómo puede llegar a demostrarse que algo es verdadero y supera la duda
hiperbólica? ¿Cómo se puede aceptar que, según sostiene Meillassoux, puede
demostrarse indiscutiblemente que existe una (única) necesidad (a saber, la
facticidad e irrazón de toda cosa)? El sorprendente argumento de Meillassoux
dice que la verdad del realismo se infiere de que el correlacionismo es
auto-contradictorio (puesto que cualquier correlacionismo supondría la realidad
objetiva de la misma facticidad del correlato). Supongamos que, efectivamente,
el correlacionismo sea auto-contradictorio. ¿Por qué este es, a mi parecer, un
argumento sorprendentemente débil? Porque argumenta con algo que, según
Meillassoux, no garantiza la verdad: la contradicción de la tesis contraria.
Sin embargo, puestos a suponer genios hiper-malignos o dudas
super-críticas, cabe suponer que lo que a nosotros, realistas, nos parece necesario porque su contrario
es auto-contradictorio, no es, sin embargo, por ello necesariamente verdadero,
sino que solo ocurre que es impensable su contrario. Quizá, entonces, nada es realmente necesario, ni siquiera la
contingencia de todo, aunque eso nos resulte inconcebible porque incurre en
auto-contradicción: al fin y al cabo contradicción (o auto-contradicción) no
implica imposibilidad. Pero si rechazamos este tipo de duda super-hiperbólica,
tenemos que rechazarla también para con el argumento ontológico: si nos parece que es contradictorio aceptar un ente perfecto inexistente, entonces tenemos que creer que realmente existe un ente perfecto. El
asunto se desplaza, pues, a si, efectivamente, como pretende Descartes, es
contradictorio suponer un ser perfecto inexistente.
Y aquí pasamos a la refutación directa de la
materia del argumento ontológico, en la que Meillassoux sigue a Kant:
no hay ningún predicado que confiera necesariamente la existencia, luego no
puede probarse ninguna existencia necesaria, porque, arguye, nosotros podemos
pensar sin contradicción, por ejemplo, un triángulo cuadrado, siempre que lo
pensemos como no-existente.
Bien -deberíamos responder-, en realidad, nosotros no podemos pensar un triángulo cuadrado, aunque intentemos pensarlo como “inexistente”. Y la inexistencia de un triángulo cuadrado no es un simple añadido a su "esencia", sino que emana precisamente de ahí, de su in-esencia: un triángulo cuadrado es imposible (no puede existir) porque sus propiedades son incompatibles. De la misma manera que deducimos necesariamente la inexistencia del triángulo cuadrado a partir de la incompatibilidad de sus predicados, deducimos la posibilidad o la contingencia de existir de todos aquellos sujetos cuyos predicados no son incompatibles (como vida en otro planeta, por ejemplo, o, a nuestro juicio, que todo lo que vemos no sea más que virtual). Y de la misma manera, por último, se infiere de la esencia de un triángulo que sus tres ángulos suman 180 grados (en un plano euclídeo), y se inferirá la existencia necesaria (no contingente) de un sujeto del cual no es solo que sus presuntas propiedades sean consistentes, sino que sería inconsistente pensarlas separadas.Esto, salvo que la propiedad de la existencia sea radicalmente en diferente en ese aspecto: es decir, que no pudiera entrar en relaciones de contradicción, contingencia y necesidad, con las propiedades de la esencia.
No abordaremos aquí esta cuestión. Baste con ver que la
refutación kantiana y meillassouxiana del argumento ontológico es inconcluyente.
Para aclarar la situación haría falta pensar a fondo la existencia: si es, y en
qué sentido, una propiedad, y qué relación tiene con las (otras) propiedades de las cosas. ¿Es una superpropiedad o una subpropiedad que unas
veces podemos inferir a partir de otras propiedades (por ejemplo, algo, además
de consistente lógicamente, es constatable por mí –como en el caso de esa puerta
o del número pi-), o no es una propiedad, pero qué es? Como decía, falta una
consideración de este problema en Après la finitude. Por tanto, Meillassoux no parece tener razones suficientes para considerar superada a la Metafísica.
miércoles, 22 de octubre de 2014
La real, absoluta y necesaria contingencia y falta de razón de toda cosa. El pensamiento de Quentin Meillassoux
Quentin Meillassoux es un joven filósofo al que ya algunos
consideran una estrella en el firmamento del pensamiento contemporáneo. Es el cabeza
de fila de una nueva concepción filosófica, el “Realismo Especulativo”, que se
pretende una revolución respecto de toda o prácticamente toda la filosofía habida
desde Kant (aunque Meillassoux prefiere llamar a su propuesta “Materialismo
especulativo”). Su obra principal, hasta ahora, es el libro Après la finitude (Éditions du Seuil,
Paris, 2006), lo que podríamos traducir por “Después de la finitud”, y que
lleva por subtítulo “Ensayo acerca de la necesidad de la contingencia”. Ha
escrito, también, varios artículos (alguno de suma originalidad), un libro
sobre Mallarmé (Le nombre de la sirène),
en el que sostiene haber hallado la codificación numérica de un poema del críptico
poeta francés, y un libro aún no publicado, pero que circula por ahí, titulado L’inexistence divine. Se le augura una
obra futura de gran relevancia. Meillassoux tiene un estilo bastante sobrio
(sobre todo, para ser francés), contundente, “cartesiano”, pero con pasajes,
también, de gran belleza concentrada. Se respira en sus escritos una calurosa
frialdad, un apasionado antidramatismo, una muy racionalizada prédica de la falta
de razón de todas las cosas, una profunda intuición de la superficie. Retomando
la frase de Quine (en “Acerca de lo que hay”), diríamos que es uno de esos
pensadores que, como el propio Quine, gusta de paisajes desérticos, aunque
Meillassoux es mucho más “especulativo”: una extraña mezcla de cientificismo y
metafísica postmetafísica, que recuerda también a su maestro, Alain Badiou. Ofrece
argumentos fuertes y expresiones lapidarias en el buen sentido. A veces uno tiene
la duda de si no está ante un argumento insuficiente, pero
normalmente acaba constatando que el argumento tiene más fuerza de lo que parecía. En
ocasiones nos asalta también la sensación de que se están ignorando referencias
muy importantes (especialmente de la última filosofía analítica), pero siempre
se constata su pericia para no ser ni analítico ni “continental”, sino
meramente filósofo. En todo caso, leer a Meillassoux es una auténtica aventura
filosófica, de las que no es fácil encontrar entre pensamientos endebles o
sistemas escolásticos autorreplicantes. En lo que sigue, recogeré las ideas de
su Après la finitude, de manera
concisa (para hacer honor al libro) y sin mucho comentario, dejando para otro
momento una discusión crítica. La lectura directa de esa obra no es, sin
embargo, sustituible.
1. Realismo contra Correlacionismo
Meillassoux empieza sosteniendo, para sorpresa de casi
cualquier lector filosófico de hoy, que hay que rescatar la vieja distinción
protomoderna entre cualidades secundarias o sensibles (como el color o el olor)
y cualidades primarias o matemáticas (aunque no definidas como “extensión”, según
hace Descartes, sino en un sentido más “extenso” o general de lo matemático: lo
formal cuantitativo). Estas últimas, a diferencia de las primeras, describirían
las cosas en sus propiedades reales, sin mediación subjetiva, como son “en sí”.
Las cosas, digamos, no tienen en sí color o sabor, pero sí fecha y ubicación
espacial.
“Todo aquello del objeto que puede ser formulado en términos de la matemática, tiene sentido pensarlo como propiedad del objeto en sí” (Après la finitude, p. 16)
Esta es una de las tesis básicas del autor. Llamémosla (pero
el autor no le pone nombre concreto) REALISMO MATEMATICISTA. En cierto modo,
todo el trabajo argumentativo del libro está encaminado a hacer inteligible e
irrefutable esta tesis. Es, obviamente, un tipo de MATERIALISMO (al menos si se
le añade, como el autor hace tácitamente, un “solamente” al comienzo de la
frase).
¿Por qué esta tesis del Realismo Matematicista parece inaceptable,
incluso absurda, para un filósofo actual? –se pregunta Meillassoux-. Porque -se
responde- parece una tesis prekantiana, dogmática, metafísica. Desde Kant (e
incluso desde Berkeley) “sabemos” que es imposible, contradictorio, buscar un
“en-sí”, pues todo lo que conocemos es siempre nuestra representación de las
cosas. No podemos salir de ella, al Afuera. Este pensamiento es común al
kantismo, a la fenomenología, a la filosofía del lenguaje y, en general, a toda
filosofía desde Kant hasta hoy, afirma Meillassoux. La verdad no puede ser,
según todo ese pensamiento, adecuación a la cosa, sino, a lo sumo, consenso
intersubjetivo. Meillassuox introduce aquí un término, que ha tenido un enorme
éxito: el de CORRELACIONISMO. Toda filosofía que considera irrebasable la
correlación de ser y pensar, es correlacionista (Correlacionismo parece equivaler,
pues, a lo que en la filosofía reciente se ha llamado ANTIRREALISMO –Putnam y
Dummett, por ejemplo-, de modo que no se trataría tanto de un concepto nuevo como
de una nueva denominación, de la que cabría preguntarse si, o en qué sentidos,
es más iluminadora). Hay siempre, piensa el correlacionista, un “círculo
correlacional” entre cosa y sujeto. La prioridad de la relación, del co-, sustituye
a la antigua prioridad de la sustancia. La disputa entre poskantianos no
consiste ya en cuál es la sustancia fundamental (la Idea, el Átomo…), sino en
cuál es la forma más fundamental de la Correlación. Aunque las filosofías de la
consciencia o del lenguaje parecen remitir a algo externo, en verdad permanecen
enclaustradas en la representación. Como si sufriesen el duelo de haber perdido
el Gran Afuera precrítico, los modernos insisten en una referencia a un en sí
al que, sin embargo, no reconocen ninguna propiedad independiente. Esto vale también
para la filosofía de Heidegger: el Ereignis es esa correlación o copertenencia
de ser y ente.
Pues bien, es el Correlacionismo,
en todas sus variantes, lo que Meillassoux quiere rechazar, sin por ello
regresar a la Metafísica (tal como la entiende él, esto es, como afirmación
de la existencia de algún(os) ente(s) necesario(s) –definición que me parece sumamente discutible-). En
este sentido, Meillassoux nos propone un pensamiento nuevo, que no se habría dado nunca en
la historia: un pensamiento postmetafísico pero también post-correlacionalista.
Para ello, ofrece enseguida un argumento, que será considerado básico a lo
largo de toda la exposición. Es el siguiente:
La ciencia experimental da unas cifras de datación
absolutas: el comienzo del universo, por ejemplo, tuvo lugar hace 13,5 millones
de años; la formación de la Tierra ocurrió hace 4.56 millones de años; la
aparición del homo habilis, hace 2
millones. Llamemos ANCESTRAL a toda realidad anterior a la aparición del
hombre, y ARCHI-FÓSIL a las realidades materiales que testimonian existencia
material anterior a la aparición del hombre. La cuestión es: ¿qué sentido hemos de dar a los enunciados
científicos que tratan de realidades ancestrales, apoyándose en esos archi-fósiles?
Meillassoux cree que el Correlacionismo, en cualquiera de sus versiones, es
incapaz de ofrecer una respuesta aceptable: el realismo inherente a ese tipo de
enunciados sería incompatible con la tesis de que todo conocimiento lo es para
un sujeto y no hay acceso al en-sí.
Confieso que este argumento me pareció, desde el principio,
sorprendentemente débil e incluso ingenuo. Cuando uno tiene esa sensación ante
un filósofo, debe pensar cautamente que el problema está en uno mismo. Y, no
obstante mis sucesivas relecturas y reflexiones del argumento, y pese a que el
autor, muchas páginas más adelante, lo mejorará sustancialmente en algún (no
sustancial) aspecto (¿por qué, en efecto, habría un problema especial con los
enunciados acerca del pasado –y no del futuro- o por qué, siquiera, dependería
de que haya humanos o no?), lo cierto es que mi opinión sobre el argumento no
ha mejorado mucho. Quizá sea debido a mi incomprensión. Pero dejo esto para
otro lugar.
¿Qué puede decir, pues, el Correlacionismo, acerca de los enunciados
de ancestrales? Distingamos, nos pide el autor, entre dos tipos de
correlacionismo: un correlacionismo trascendental (kantiano) y uno “especulativo”
(hegeliano o idealista). El segundo hipostasia y, por tanto, eterniza al
Sujeto. Para él, los enunciados científicos acerca de realidades ancestrales no
suponen un gran problema: son, todos, acerca de realidades para una consciencia, una consciencia eterna o Testigo Ancestral.
Pero, para un correlacionismo “estricto”, esa es una hipótesis ilegítima, pues,
en verdad, no tenemos consciencia de tal sujeto eterno. Nosotros no estábamos
allí cuando se formó la Tierra, ni sabemos, desde nuestra subjetividad actual,
si estaba un Dios de testigo. Por tanto, el problema persiste.
Los enunciados ancestrales tampoco presentan, a priori, un
problema para el dogmatismo prekantiano: de lo que sucedió antes de la
existencia del observador, nos dirá un cartesiano, podemos saber lo que nos
dicen las mediciones matemáticas, pues estas son objetivas (no así las
cualidades secundarias, que solo existen desde que hay sujetos sensibles: antes
de la existencia del hombre las cosas no eran rojas u olorosas, pero sí tenían
las propiedades matemáticas que tienen y les descubre la ciencia). El problema
con el dogmatismo metafísico es que, como se verá, carece de justificación ante
la crítica kantiana. Si es así, si no podemos recurrir ni a la metafísica ni al
idealismo absoluto ¿qué puede decir el Correlacionista estricto de aquellos
enunciados científicos?
Una esencial observación más, antes de dirigirnos de frente
al correlacionista: el científico nunca dirá que sus enunciados son
indiscutiblemente verdaderos. Como sabemos, la ciencia es falible, falsable y
corregible. Pero lo importante es que siempre, en cualquier revisión, presuponen
su verdad objetiva. Porque la ciencia no busca enunciados que susciten consenso
o acuerdo intersubjetivo, sino realidades objetivas.
Pues bien, un postkantiano, o un correlacionista en general,
no pueden, sin embargo, aceptar la pura objetividad, la realidad independiente,
de las proposiciones científicas. Aunque los filósofos modernos –ironiza
Meillassoux- han aprendido a ser humildes ante la ciencia, y afirman que los
enunciados científicos son legítimos “en su ámbito”, el filósofo se reserva una
“pequeña” corrección a ese realismo “ingenuo”, el filósofo añade su codicilo: “lo
que dice la ciencia es así –dice- pero
solo “para nosotros”, para un sujeto, porque no puede haber un dato o dación
anterior a la dación, y no hay dación sino para un sujeto”. El pasado, aunque
la ciencia lo toma como anterior a e independiente del sujeto, es, en verdad,
una retroyección de este. Sin embargo, afirma Meillassoux, para el científico, el sentido realista del enunciado ancestral es su
sentido último. Preguntemos solo esto: ¿Hace 4.56 millones de años tuvo
lugar el surgimiento de la Tierra, sí o no? El correlacionista tiene que
contestar que sí y no: es un
enunciado científicamente verdadero, sí,
pero cuyo referente no pudo existir
como dice ese enunciado. Lo cual es, simplemente, un contra-sentido (non-sens). El correlacionista
consecuente tendría que decir que lo que dice la ciencia simplemente no es verdadero. Así, el Correlacionismo
moderado converge con el idealismo puro y duro, y –vuelve a ironizar
Meillessaoux- ambos se parecen peligrosamente a esos creacionistas que piensan
que la Tierra tiene 6000 años. Hasta aquí el argumento, que podemos resumir
así: los enunciados científicos acerca de realidades ancestrales presuponen la
realidad de su referencia; el correlacionismo no admite realidad alguna
independiente del sujeto; luego el correlacionismo es, por más que lo disimule,
incompatible con la ciencia (“o” no explica cómo es posible la ciencia).
El problema de la ancestralidad nos conduce a un problema
más profundo: ¿cómo pensar la capacidad
de las ciencias experimentales para producir un conocimiento de lo ancestral?,
o, en otros términos: ¿qué permite a un discurso matemático describir un mundo
desierto sin humanos (ni otros seres conscientes)? Ese es el enigma: la
capacidad de las matemáticas para acceder al Gran Afuera. Se trata de una
cuestión de apariencia trascendental, pero cuyo presupuesto es, precisamente,
el abandono de lo trascendental. Se sitúa equidistante ante el realismo ingenuo
y lo trascendental. No rechaza el enunciado trascendental, sino que se
sorprende de él. Ante un enunciado sobre lo ancestral, la única diferencia
entre la Filosofía y la Ciencia es que la Filosofía puede sorprenderse, en
sentido fuerte, del sentido literal del enunciado ancestral.
“La virtud de lo trascendental no es volver al realismo ilusorio, sino volverlo sorprendente” (p. 38)
Como se ve, Meillassoux imita a Kant en desestimar a priori
(y sin siquiera una palabra) la cuestión de “si es posible la ciencia” (esto se da como un “hecho”: su éxito lo
demostraría), y deja toda la cuestión en “cómo
es posible la ciencia” y en “si es y cómo es posible la filosofía”. En
principio, del argumento anterior podría deducirse que no es posible la ciencia
puesto que es incompatible con la verdad del Correlacionismo. Meillassoux tiene
que demostrar que la filosofía correlacionista o antirrealista es
intrínsecamente contradictoria, y no solo incompatible con la ciencia. Así no
tendrá que hacer una mera petición de cientificismo.
2. A la busca de un absoluto no metafísico ni oscurantista
Pensar la ancestralidad nos obliga, decimos, a pensar un
mundo sin pensamiento, un mundo sin dación de mundo. Rompemos así con el
moderno “ser es ser un correlato”, y pasamos a pensar un absoluto, pero un
absoluto que la ciencia nos provee. Este es un segundo elemento fundamental del
pensamiento de nuestro filósofo. Podemos llamarlo, ABSOLUTISMO ONTOLÓGICO. Es
totalmente coherente con su REALISMO. Ahora bien, podría plantearse: ¿es una
necesidad lógica defender el absolutismo si se defiende el realismo?
Meillassoux cree, contra el positivismo, que sí: el conocimiento científico no
puede ser todo él relativo ni finito: algo lo sabemos de manera absoluta.
¿No nos conduce esto de nuevo al dogmatismo o la metafísica?
No –responde Meillassoux-, ese retorno es ya imposible. Veamos por qué. Descartes (tomado aquí como representante
paradigmático de la metafísica, en su versión última) justifica la realidad
absoluta de la extensión pasando por otro absoluto, Dios, ser perfecto y, por
tanto, incapaz de engañarme. Pero el argumento ontológico, cree nuestro autor,
no resiste a la crítica correlacionista, que objeta que la presunta necesidad
de que exista Dios no es más que necesidad “para nosotros” y no una necesidad
del en-sí, ya que siempre cabe la duda hiperbólica de si no nos equivocamos en
cualquier razonamiento, incluido el argumento que pretende probar la existencia
de Dios.
Kant, es verdad, no refuta así a Descartes, y la interesante
razón de ello, arguye Meillassoux, es que Kant, aunque no cree que la cosa en
sí sea cognoscible o demostrable, sí cree que es pensable, esto es, que es
no-contradictoria. Por eso tiene que refutar la “materia” del argumento
cartesiano, mostrando que no hay contradicción en pensar a Dios (o a cualquier
otro sujeto) como inexistente: no es contradictorio, por ejemplo, un triángulo
de cuatro lados, si es un triángulo inexistente. No hay ningún predicado
“prodigioso”, capaz de conferir a priori existencia al sujeto. Con ello, Kant
refuta no solo la existencia de Dios, sino toda existencia necesaria, es decir,
toda metafísica.
Ahora bien, la prueba ontológica dependía del principio de razón, según el cual toda realidad existente tiene una
necesaria causa suficiente, que en último
extremo debía ser una causa sui. La
refutación del dogmatismo es el rechazo del necesitarismo (y, por ello –añade
Meillassoux, en una de las pocas notas políticas del libro-, de toda
“ideología”, es decir, de toda afirmación de la necesidad de una situación
social dada). Por tanto, nuestra búsqueda post-correlacionista de un absoluto
no puede ser la búsqueda de un existente necesario. Si llamamos ESPECULATIVA a
toda búsqueda de un absoluto, diremos que, aunque
toda metafísica es especulativa, no toda filosofía especulativa puede ser
metafísica.
Pero aún tenemos que vencer un pensamiento desabsolutizador
más peligroso, y que es más propio de nuestros tiempos: el Correlacionismo Fuerte.
Si el débil (crítico, kantiano) mantiene todavía la pensabilidad (aunque no la
cognoscibilidad) del en-sí, el fuerte niega la legitimidad de incluso esa
pensabilidad: no es demostrable que tenga que haber algo más allá de los
fenómenos. Mientras que Kant piensa que lo en-sí no podría ser contradictorio,
el correlacionismo fuerte rechaza esa pretensión de saber: podría haber un Dios,
aunque impensable para nosotros, que cree contradicciones. Vacío de sentido no
es lo mismo que imposible. El Correlacionismo Fuerte absolutiza la correlación:
sea el Espíritu hegeliano, la Voluntad de Schopenhauer, la voluntad (o
voluntades) de poder de Nietzsche, la Vida de Deleuze, etc., y por más que a
menudo se presente como crítica del sujeto, supone siempre el primado de la
inseparabilidad de cosa en sí y para-nosotros. El Correlacionismo Fuerte solo
puede distinguirse del Idealismo absoluto porque afirma también la facticidad
del propio correlato. Afirma, no solo la facticidad de todas las formas, con
Kant (y frente a Hegel, que las cree todas deducibles), sino que, contra Kant,
afirma la facticidad también de la propia forma lógica. Téngase en cuenta –esto
es muy importante- que esa facticidad de todas las formas no es equivalente a
la perecibilidad o contingencia de las cosas materiales, pues esta última
contingencia, relativa, se basa en un saber positivo, mientras que la
facticidad fuerte concierne a las mismas invariante estructurales de la
realidad, incluida la Lógica.
Tal facticidad radical del Correlacionismo Fuerte nos abre
el acceso a la “posibilidad” de un Totalmente-Otro, incomprensible e impensable,
o, más bien, nos muestra nuestra incapacidad de establecer la imposibilidad de
algo así. Esa es la marca de nuestra finitud esencial. Se puede resumir el
Correlacionismo Fuerte diciendo:
“Es impensable que lo impensable sea imposible” (p. 56)
Esto tiene una importante consecuencia: con el
Correlacionismo Fuerte se vuelve racionalmente ilegítimo descalificar un
discurso no racional sobre lo absoluto so pretexto de su irracionalidad. Aunque
el Correlacionismo Fuerte no funda ninguna creencia, las salva a todas, en el
sentido de que las vuelve inasequibles a la crítica racional. Desaparece “solo”
la pretensión de pensar el absoluto,
no desaparece el absoluto mismo. Por
eso, el fin de la metafísica ha traído consigo el retorno exacerbado de lo
religión. Supone un fideísmo esencial, una “enreligación” (enreligement es el neologismo de Meillassoux) de la razón, su
subordinación no-metafísica a la piedad. La filosofía se hace, motu proprio,
sierva de la religión. Toda la crítica que cabe contra el fanatismo es un
rechazo moral. El oscurantismo es incriticable. Moderno, podría decirse, es
aquel que se enreliga a medida que se descritianiza. Wittgenstein y su “lo
Místico”, y Heidegger y la teología sin el Ser, que estaba siempre tentado de
escribir, se inscriben perfectamente en esta superioridad de la piedad sobre el
pensamiento. A medida que recula el dogmatismo metafísico, crece el
oscurantismo religioso, gracias al Correlacionismo Fuerte. Es preciso recuperar
“un poco de absoluto” en el pensamiento, sin aceptar el oscurantismo y sin
volver por ello a la metafísica.
3. El único absoluto necesario: la absoluta facticidad y falta de
necesidad de todo
¿Cómo puede la razón recuperar algo de absoluto, y racional
(no fideista), una vez muerta la metafísica? Para alcanzar esa roca, debemos
seguir, en primera instancia, la ola del idealismo, en su absolutización de la
correlación: todo es representación, no hay cosa-en-sí. Pero, una segunda ola
de correlacionismo fuerte reducía a facticidad también la propia correlación:
lo concebible no agota lo posible. Pues bien, para saltar a la roca, digamos,
necesitamos comprender que no es el
correlato, sino la facticidad, la que es absoluta. Lo único absoluto y
necesario es la radical facticidad y contingencia de todo. A esta tesis central
del pensamiento de Meillassoux podemos llamarla ABSOLUTISMO DE LA FACTICIDAD, o
FACTICIDAD ABSOLUTA o RADICAL. La facticidad no es la experiencia de nuestros
límites, sino de un saber de lo absoluto. Esto exige una “conversión de la
mirada”: situamos en la cosa lo que creíamos una incapacidad del pensamiento. No
podemos encontrar nada como necesario porque nada es necesario, todo carece de razón necesaria. La ausencia de razón
es una propiedad ontológica absoluta:
“La ausencia de razón es y no puede ser más que la propiedad última del ente” (p. 73)
Nada, en verdad, tiene razón de ser o permanecer así más que
de otra manera. Nada: incluidas las leyes físicas y lógicas. Y ello no en
virtud de una ley superior, sino en ausencia de toda ley así.
Pero el correlacionista nos objetará inmediatamente que no
podemos demostrar que la contingencia sea una propiedad del en-sí más que de
nuestro modo de conocerlo. Meillasoux enfrenta esta esencial objeción probando
que el propio correlacionismo supone el
carácter absoluto de la contingencia de la dación.
Para explicar esto con
un ejemplo (pero no cualquier ejemplo, desde luego), el autor nos pide que
simulemos una disputa, entre varios personajes, acerca de la condición post mortem. Un dogmático creerá que
puede ofrecer una demostración de la necesidad de la pervivencia (o de la
aniquilación). El correlacionista kantiano le dirigirá, entonces, la consabida objeción
de que es una ingenuidad creer que podemos acceder a un en-sí, y sostendrá que
todo lo más a que podemos aspirar es al agnosticismo. Pero aparece un nuevo
interlocutor, el idealista subjetivo, que desenmascara, en los tres anteriores,
la creencia de que podría existir un en-sí. No, no hay ningún en-sí, solo un
para-mí o para-nosotros, por tanto, el sujeto, yo, existo siempre, y siempre
como soy ahora, porque soy el para-sí que sustenta toda representación: soy
inmortal. El agnóstico solo puede rechazar esta tesis idealista aduciendo que
no tengo más razón para creer en una cosa que en otra, en mi persistencia que
en algo totalmente diferente. Entonces aparece un último interlocutor, el
filósofo especulativo (Meillassoux, por ejemplo), que sostiene que lo absoluto
es, precisamente, el poder-ser cualquier otra cosa, tal como lo acaba de
teorizar el agnóstico contra el idealista. Esta posibilidad no es un “posible
de ignorancia”, sino el saber de la
posibilidad de cualquier estado, según ha admitido implícitamente el
agnóstico, pues para él tiene que ser un absoluto, independiente de nosotros y
del acto de pensar, el hecho de que podría suceder tanto la pervivencia como la
aniquilación post mortem. Luego él tiene que aceptar el carácter absoluto de esa
contingencia o facticidad.
“Ese posible abierto –ese “todo es igualmente posible”- es un absoluto que no se puede desabsolutizar sin de nuevo pensarlo como absoluto”. (p. 79)
El correlacionista crítico tiene que admitir que podemos
acceder a un poder-ser / poder-no-ser totalmente otro. Si, contra el idealismo,
desabsolutiza la correlación, absolutiza la facticidad. Este es quizá el poder
más sorprendente del pensamiento humano: ser
capaz de acceder a su posible no ser, saberse mortal. El absoluto
especulativo, no metafísico, dice pues, no que algún ente tenga necesariamente
que existir, sino que es absolutamente necesario que todo ente pueda no
existir.
“El absoluto es la imposibilidad absoluta de un ente necesario” (p. 82)
Frente al principio de razón hay que sostener la verdad del “principio de irrazón (irraison)”: nada
tiene una razón de ser o de permanecer así. Este es un principio
anhipotético, pero no al modo de Platón o Aristóteles (que argumenta el
principio de contradicción solo como la impensabilidad de lo contrario, con lo
que queda a merced de la refutación correlacionista), sino absoluto,
inasequible a cualquier escepticismo, concerniendo al en-sí y no solo al
para-nosotros. Esto puede entenderse mejor, quizá –dice Meillassoux-, pensando
en el Tiempo: en él todo puede abolirse todo (incluidas las leyes físicas) sin
obedecer a ninguna ley, pero el tiempo no puede abolirse.
Puede, pues, demostrarse, la necesaria y real contingencia
de toda cosa. Y esta contingencia no es como la contingencia empírica o
“precaria”, que se enmarca dentro de unas leyes no contingentes (lo que, por
tanto, sigue en el marco de la metafísica), sino una contingencia radical, una
absoluta irrazón de todo:
“No hay nada más acá o más allá de la manifiesta gratuidad de lo dado – nada más que la potencia sin límite y sin ley de su destrucción, de su emergencia, de su preservación”. (p. 86)
4. Las “leyes” del (hiper-)Caos: no hay seres contradictorios
Por medio de la facticidad radical salimos, pues, del enclaustramiento
correlacionista al Afuera. Pero ¿no es esto una victoria pírrica? Pues ese
absoluto que hemos descubierto es un Caos, o, mejor, un hiper-Caos:
todo-poderoso pero ciego, sin saber ni bondad. Una realidad así, a diferencia
del Dios veraz de la metafísica, no parece garantizar el conocimiento
matemático que, sin embargo, hemos puesto como objetivo. Su tiempo es
impensable por medio de la física, pues no tiene regla alguna. No es, siquiera,
el tiempo heracliteo: es un tiempo que podría destruir incluso el devenir y
traer lo estático, la muerte.
Reparemos, no obstante, que ahora sabemos ciertas cosas
absolutas: sabemos que la contingencia es
necesaria, luego eterna; y que ella es lo único necesario. Por tanto, lo
que el hiper-Caos nunca podrá producir es un ente necesario. Incluso si en su
seno surgiese un ente aparentemente necesario, sempiterno, en verdad ese ente estaría
tan sometido a la contingencia como cualquier otro: sobre él pesaría siempre la
posibilidad de desaparecer. Este hecho introduce una auto-limitación en el
Caos. Gracias a ello, dice Meillassoux, podemos demostrar dos importantes tesis
que Kant solo pudo afirmar sin justificar: a) que la cosa en sí es no
contradictoria, y b) que hay una cosa en sí.
La primera tesis se prueba así: si hubiese un ser contradictorio,
sería necesario; pero no hay nada necesario más que la contingencia; luego es
imposible un ser contradictorio. Antes de entrar en la materia del argumento
(en la demostración o aclaración de la primera premisa –pues la segunda ya la
habíamos alcanzado-), Meillasoux se hace cargo de que habrá muchos que piensen
que este es un argumento innecesario y/o circular, pues, por una parte, lo
contradictorio no es pensable, y, además, la validez del principio de
no-contradicción se da por supuesta en cualquier pensamiento. Pero Meillasoux
insiste, una vez más, en que no se trata solo de la no-pensabilidad de la
contradicción, sino de algo más fuerte: de su no existencia real. De hecho, ¿no
hay filósofos que defienden la contradicción de lo real y un flujo soberano? Y
ello porque comparten la tesis correlacionista fuerte de que lo impensable no
es lo mismo que lo imposible.
Sin embargo, argumenta Meillassoux –y esta es la materia de
su argumento -, un ente contradictorio no podría experimentar ninguna
alteración, pues no tendría alteridad a la que pasar. No le pasaría nada, sería
perfecta y necesariamente eterno. Luego la tesis del devenir no se aviene en
absoluto con la contradicción de lo real (por eso Hegel, el mayor pensador de la
contradicción, concluye en una absoluto estático). Para que la realidad pueda
cambiar, es preciso que no exista nada contradictorio. Un ser contradictorio
sería una especie de agujero negro ontológico, que engulliría toda diferencia.
Por tanto, es el hecho fundamental de la absoluta facticidad de todo lo que
permite deducir la imposibilidad de lo contradictorio:
“El principio de irrazón nos muestra que es porque el principio de razón es absolutamente falso por lo que el principio de no-contradicción es absolutamente verdadero” (p. 97)
En cuanto a la segunda tesis antes enunciada (la existencia
de la cosa en sí), Meillassoux la identifica con la cuestión leibniziano-heideggeriana
de por qué hay algo en vez de nada, pero para darle una solución no metafísica
ni fideista. Hay –dice- que desdramatizar esta cuestión: no es tan central como
parecen creer los filósofos con sus grandes gestos (se refiere, obivamente, a
Heidegger), aunque tampoco es un problema nulo. Su solución pasa por ver que la
propia facticidad no es un hecho o factum más, a añadir a las facticidades. El
principio de irrazón no se puede tomar en sentido débil (“si algo existe,
necesariamente será contingente”) sino en el fuerte: “necesariamente existe lo
contingente”, porque la idea de que la facticidad fuese fáctica (no necesaria)
se autocontradice, ya que solo es posible dudar de la necesidad de una cosa si
la facticidad de alguna cosa es pensable como absoluta. Para pensar que el
mundo entero pueda no ser, tengo que admitir que su posible no ser (su radical
facticidad) es pensable por mí como un absoluto. Alguien podría objetar que
puede suponerse que no existe nada aunque todo pueda existir. Pero hay que
responder que pensar la facticidad o contingencia es pensar ambas, la de
existir o la de no existir, luego la no-existencia no puede ser necesaria y
eliminar al otro polo. La respuesta a la cuestión leibniziana es, pues:
“Es necesario que haya alguna cosa y no nada porque es necesariamente contingente que haya alguna cosa y no alguna otra. La necesidad de la contingencia del ente impone la existencia necesaria del ente contingente” (p. 103)
La especulación demuestra, pues, la contingencia de las
formas trascendentales de la representación, y deduce, de la absoluta
facticidad de estas formas, las propiedades del en-sí.
Aquí inserta Meillassoux una observación metafilosófica,
acerca de su ESPECULATIVISMO: la filosofía consiste en la invención de
argumentos extraños, al límite de la sofística. La especulación implica siempre
la necesidad de nuevas reglas de control de esos argumentos, lo que repercute
en una mejora de estos. Por ejemplo, respecto de nuestro argumento de que no
existe ningún ente contradictorio, se nos podría objetar que hemos confundido
contradicción inconsistencia. Los lógicos contradictoriales desarrollan
sistemas formales consistentes, aunque contengan contradicciones. Por tanto,
mundos contradictorios son pensables. Esta crítica nos permite profundizar
especulativamente. En un primer estadio, corregiríamos nuestra anterior tesis:
lo que rechazamos –diríamos ahora- es la posibilidad de la inconsistencia. Sin
embargo, en un segundo momento, tenemos que dirigirnos a la propia
contradicción, y preguntarnos si hechos contradictorios (que en la lógica son
pensables como fallos en la comunicación) pueden aceptarse también como reales.
Meillassoux no desarrolla este asunto: lo usa para probar que el principio de
irrazón no solo no conduce al irracionalismo sino que enmarca una argumentación
precisa.
A continuación introduce una término nuevo: llama
factualidad (factualité) a la esencia especulativa de la facticidad, es decir,
a la no-facticidad de la facticidad. Es preferible hablar así para distinguir
la facticidad de la contingencia interna a la metafísica.
5. Las Leyes del (hiper-)Caos: el problema de Hume y la
estabilidad de los hechos
Cada vez que alimentamos la idea de que existe una razón de
ser, alimentamos la superstición metafísica, y cada vez que rechazamos esa
necesidad metafísica alimentamos el oscurantismo religioso. ¿Cómo escapar a
esto? La filosofía de Meillassoux nos dice que hay que abandonar la creencia,
común a platonismo y antiplatonismo, de que el devenir está del lado de los
fenómenos: todo está sujeto al devenir, incluidas las leyes. Pero la objeción
que se nos dirige inmediatamente es que, de ser así, debería esperarse que todo
esté continuamente cambiando. Puesto que no vemos tal cosa, y las meras leyes
matemáticas no nos permiten inferir un mundo más que otro (hay infinitos mundos
matemáticamente posibles), hay que creer que existen leyes físicas que “rigen”
los hechos y explican la permanencia y constancia de las cosas. Se trata del
llamado problema de Hume: ¿puede demostrarse que de las mismas causas se
seguirán, en el futuro, mismos efectos? Puntualicemos que la necesidad de las
leyes de la uniformidad de la naturaleza no ha sido realmente puesta en duda
por los epistemólogos. El falsacionismo no admite que las leyes pudieran
cambiar sin causa. Tampoco el indeterminismo o probabilismo afecta al principio
de uniformidad de la naturaleza.
Al problema de Hume se le han dado tres tipos de repuesta.
La respuesta metafísica (cartesiana, leibniziana) pretende demostrar la
existencia de un principio de razón, del que emanaría toda otra necesidad. La
respuesta escéptica (la del propio Hume) rechaza el principio absoluto de razón
de Leibniz y ofrece una explicación psicológica: la costumbre. Por último, la
respuesta kantiana o trascendental intenta reducir al absurdo la posibilidad de
la ausencia de necesidad causal: en ese caso, todo cambiaría constantemente,
contra lo que vemos. No solo la trayectoria de las bolas de las que habla Hume,
sino todo el marco de esas bolas, sería inestable, y la realidad carecería de
estructura.
Por diferentes que sean estas respuestas, dice Meillassoux,
las tres comparten algo en común, a saber, la necesidad de la relación causal.
Esto ni siquiera Hume lo pone en duda: lo que argumenta su escepticismo es que
no podemos conocer esa necesidad. Es este postulado común el que el sistema
especulativo de Meillassoux rechaza. Tenemos que hacer aquí algo semejante a lo
que ocurrió con el nacimiento de las geometrías no-euclidianas: pretendiendo
reducir al absurdo las alternativas a la geometría euclidiana, se construyeron
otras (la de Lobatchevski, primero) que resultaron ser consistentes. De la
misma manera, si seguimos a Kant en suponer un mundo sin necesidades físicas,
encontramos un mundo… sin necesidad, pero
no sin estabilidad. De la falta de leyes necesarias no se sigue la
inestabilidad más que la estabilidad. ¿Por qué, entonces, a Kant (y a casi
cualquiera) la estabilidad del mundo le lleva a inferir la necesidad de las
leyes? La razón, explica Meillassoux (apoyándose en las tesis de Jean-René
Vernes en Critique de la raison aléatoire)
es que se piensa al mundo como uno entre infinitos posibles (en un Universo de
universos) y se aplica un razonamiento probabilístico. Efectivamente, hay
ínfimas probabilidades para que se dé un mundo con tanta constancia, sin que
haya algo que incline a ello (sin que el dado esté marcado o trucado). Por eso,
los partidarios de la necesidad causal piensan que hay una necesidad
extramatemática, física, o sea, que el dado está trucado. Hay quienes refutan
ese argumento (el que probaría la necesidad causal a partir de la regularidad
observable) aduciendo que una tal regularidad bien podría ser fruto del azar
(¿cómo sabemos nosotros sobre qué cantidad de hechos se calcula la
probabilidad?). Ahora bien, esta no puede ser nuestra estrategia, dice
Meillassoux, pues el azar o aleatoriedad está plenamente dentro del marco
teórico de la necesidad. La refutación especulativa pasa, precisamente, por
rechazar el temor que se apoya en la probabilidad y la aleatoriedad. La contingencia de la facticidad no se puede
reducir a azar, pues la contingencia afecta incluso a las leyes con las que
funciona la aleatoriedad. Pero la filosofía especulativa no se contenta con
un resultado así, negativo, sino que busca una respuesta positiva a nuestro
problema (el de Hume).
La solución positiva pasa por las matemáticas. Existe en la
matemática una condición precisa para la estabilidad manifiesta del Caos: es lo
Transfinito. La explicación probabilística o frecuencial de las filosofías
antes rechazadas, presupone que el conjunto máximo de las cosas es una
totalidad numérica: si el mundo, como un todo, tiene una cardinalidad, entonces
la probabilidad se aplicará en él. Sin embargo, desde Cantor (desde su Teorema
más famoso, el que lleva su nombre) sabemos que cualquier conjunto, por grande
que sea, es menor que su conjunto potencia (es decir, que el conjunto de todos
sus subconjuntos). Esta destotalización del número supone una revolución sin
precedentes, como ya ha señalado Alain Badiou (L’Être et l’Événement). El teorema cantoriano nos permite pensar,
al menos como hipótesis, una respuesta no frecuencialista al problema. Ya no es
legítimo pasar lógicamente de la estabilidad observable a la necesidad de leyes
físicas, porque no puede postularse una totalidad cardinalmente cerrada. A esta
otra tesis central del pensamiento de Meillassoux podemos llamarla
TRANSFINITISMO, NO-TOTALIZACIÓN o CANTORIANISMO.
6. Especulación sin metafísica
De una manera semejante a como hemos resuelto el problema de
Hume, deflacionista –dice Meillasoux-, se abandonan todos los problemas
metafísicos. Solo el abandono del principio de razón permite dar respuesta a
todos esos problemas.
“Los problemas metafísicos se revelan (…) habiendo sido siempre verdaderos problemas, puesto que admiten una solución. Pero no lo son más que con una condición precisa y altamente constringente: admitir que a las cuestiones metafísicas que preguntan por qué es así y no de otra manera, la respuesta “por nada” es una respuesta auténtica. No reír o sonreír ante las cuestiones “¿de dónde venimos?”, ¿por qué existimos?”, sino rumiar el hecho relevante de que las respuestas “De nada. Por nada” son efectivamente respuestas. Y descubrir, por este hecho, que tales cuestiones eran efectivamente cuestiones – excelentes. No hay ya misterio. No porque no haya ya problema, sino porque no hay ya razón”. (p. 151)
Volviendo a la cuestión inicial: ¿cómo son posibles los
enunciados de ancestralidad?, o, generalizándolo (porque –explica ahora
Meillassoux- el problema afecta tanto al tiempo pre-humano como al post-humano),
¿cómo son posibles los enunciados diacrónicos de la ciencia? Esto ha sido
posible, respondemos, gracias a la revolución galileana, que ha generalizado la
posibilidad de hacer hipótesis verificables diacrónicamente, por medio de la
matematización completa del mundo. Con la extensión cartesiana el mundo se
presentaba por primera vez como capaz de subsistir sin presencia humana o
consciente. La revolución copernicana supuso descentrar al hombre, dejar de
otorgarle el punto de referencia, y habría la desolación de un mundo sin
necesidad de hombres.
Pero aquí sucede una fuerte paradoja: el “giro copernicano”
que Kant lleva a cabo en la filosofía es completamente inverso al giro
copernicano de la ciencia. Kant nos lleva a referir toda realidad a su
correlación con el Sujeto, justo mientras la ciencia nos permite conocer un
mundo sin el hombre. Se trata, en verdad, de una contra-revolución ptolemaica
en la filosofía. Cuando la filosofía ha pasado el testigo de la referencia
realista a la ciencia, ha habido como una catástrofe o rotura (schize). La filosofía ha reducido el
tiempo de la ciencia, capaz de destruirnos, a un tiempo “vulgar”, secundario, y
supone una temporalidad superior, donde todo está presente ahora. ¿Cuál es el
sentido de esta contra-revolución? Solo se necesita escuchar a Kant, acerca de
qué le despertó de su sueño dogmático: fue Hume, es decir, el peligro de que
desapareciese toda necesidad del principio de razón
“…para salvar la posibilidad de los enunciados a priori hay que dejar de asociar el a priori a las verdades absolutas, para hacer de ellas la determinación de las condiciones universales de representación” (p. 174)
Se ha creído que el fin de la metafísica implicaba el fin de
los absolutos, pero la ciencia nos provee de absoluto. Estamos frente a la
exigencia, concluye Meillassoux, de una doble absolutización de la matemática.
La primera, óntica, implica que todo enunciado matemático describe un estado
contingente susceptible de existir en un mundo sin humanos. La segunda consiste
en absolutizar el no-todo cantoriano, y es ya ontológica, porque dice algo acerca
de la estructura misma de lo posible, y no de esta o aquella realidad posible.
Y eso significa que, aunque otras axiomáticas matemáticas rechacen el
transfinito, el no-todo no es una posibilidad entre otra. Solo las teorías
matemáticas que entrañan el no-todo pueden tener un importe ontológico:
“Si el problema de Hume despertó a Kant de su sueño dogmático, queda esperar que el problema de la ancestralidad nos despierte de nuestro sueño correlacionista, y nos induzca a conciliar pensamiento y absoluto” 178
Realismo materialista no-metafísico, matematicismo
cantoriano, facticidad absoluta, contingencia e irrazón de todo, menos de la
propia facticidad contingente. Este es el pensamiento que nos propone Quentin
Meillassoux.
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