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martes, 17 de enero de 2012

Inteligencia y Gusto en el arte

En estas reflexiones estéticas estaba como dando por hecho que lo que define al arte, y a la experiencia estética, es esencialmente el gusto. ¿Es esto así?

El arte, se dice, expresa emociones y, sobre todo, tiene como finalidad principal suscitarlas. Sin embargo, el gusto, aquí como en todos los temas (por ejemplo, en el ámbito de la verdad –la fruición contemplativa- o en el ámbito moral –la felicidad-) depende de las características de aquellas cosas que lo suscitan. No ocurre misteriosa y aleatoriamente que sentimos gusto por esto igual que por lo otro. En una entrada anterior he situado el lado “objetivo” de la relación sujeto-objeto estética, en los rasgos figurativos o imaginales de las cosas.

Ahora podríamos plantearnos, ¿qué es más esencial a la estética, el Gusto (el aspecto emocional) o la Forma-Figura (el aspecto intelectual-imaginativo)? ¿Podría hablarse de belleza donde no hubiese una experiencia de gusto? ¿Puede alguien calificar de bello algo que le deja emocionalmente indiferente? Me gustaría, para aclarar un poco este asunto, comparar el caso de la Estética con el de la Teorética y con el de la Ética.

     - En el hecho teórico, están involucrados un sujeto y un objeto. Hay ciertas propiedades del objeto (propiedades “reales”), y ciertas capacidades del sujeto (la capacidad teórica, de comprender, juzgar y argumentar) que dan lugar a la experiencia teórica o creencia (en sentido amplio, no como opuesta a “saber”, sino incluyéndolo). Para una versión teoreticista, bastará con esto. Ahora bien, las demás facultades psíquicas, como la volición o la emotividad, no están en absoluto ausentes de ninguna experiencia teórica. Parece imposible separar la comprensión de una proposición (tenida por) verdadera, del sentimiento de gusto por esa comprensión. Las dudas suscitan desasosiego, y las decepciones teóricas (el mostrar que cierta hipótesis creída cierta, es falsa) suscitan, en un primer momento, dolor. ¿Podría darse actividad teórica sin las emociones que la acompañan? Es fácil creer que no.
Es más (se planteará el suspicaz), ¿no será, al fin y al cabo, que la convicción de verdad no es nada más que el efecto necesario de lo que nos gusta creer? ¿No depende todo el “saber” de la certeza y no será la certeza más que un sentimiento muy vivo y gustoso? Aquí se habría consumado el hedonismo o sentimentalismo teorético. Por supuesto, pocos se atreven a tanto. Esa “teoría” reduce toda teoría a pura ilusión emocional. Pero, entonces, ¿cómo sabemos, de hecho, qué emociones sentimos, si también esto son creencias? Y ¿cómo podemos justificar nuestra teoría sentimentalista, si toda la “justificación” de una teoría es que me guste o no? Tenemos buenas razones para rechazar este reduccionismo-a-lo-peor. Diremos, más bien, que la emotividad acompaña siempre a la intelección, a la actividad teórica más abstracta, pero no como causa, sino como efecto o como necesario "bien colateral" (o como sincronizada, como el alma y el cuerpo según Spinoza). Aceptamos que un teórico se deje guiar heurísticamente por el olfato de su gusto, pero no admitiremos eso como justificación de sus tesis. No confundiremos el síntoma con la etiología.

     - Pasando al hecho moral, aunque desde un punto de vista autónomamente moral lo que legitima una elección son ciertos criterios morales, es tan inconcebible o más que en el caso anterior una actividad moral que no vaya necesariamente acompañada de una experiencia sentimental. Una elección que creemos correcta nos produce autosatisfacción (el “contento de sí”), y una elección que creemos injusta nos produce el desagradable sentimiento del arrepentimiento. Por eso, todavía más que en el caso de la actividad cognoscitiva, ha habido quienes han cifrado toda elección en el motivo determinante de los sentimientos. Nuevamente, esta teoría sentimentalista convierte a la libertad y a la moral en una ilusión. Pero nuevamente es, creo yo, una falacia. Como señaló Kant, una cosa es que la felicidad siga siempre (si es que lo hace) a la (considerada) buena elección, y otra muy diferente que esa (expectativa de) felicidad sea la causa de la elección. Todos sabemos que es una inferencia, no ya injustificada sino imposible, la que va de “esto me produce felicidad” a “esto es correcto”. Lo primero porque normalmente elegimos algo sin siquiera especular cuánta felicidad nos reportará; e imposible porque incurre en la falacia naturalista (psicologista) o, más bien, de confusión de géneros o metábasis, pretendiendo extraer normatividad volitiva a partir de hechos emotivos. Incluso para aquellos que anteponen a toda otra cosa la persecución de su felicidad, esta es ya una elección moral autónoma, que ya ha identificado la felicidad como lo correcto. No es lo mismo “esto me gusta” que “esto lo quiero porque quiero lo que me gusta”. Otra vez, haremos bien en considerar a las emociones como la respuesta adecuada y necesaria (el síntoma) de la elección correcta, pero no su causa.

     - Algo análogo, creo yo, podría decirse de la Estética, aunque aquí es todavía más difícil verlo. En la experiencia estética, el sujeto contempla unas determinadas propiedades de las cosas y las valora como bellas, de acuerdo a criterios estéticos (generalmente inconscientes –como por lo demás pasa en el caso de la actividad cognitiva y de la actividad volitiva-). Esta apreciación tiene un momento indudablemente intelectual o racional: a un ser inteligente no le pueden gustar cosas “estúpidas”. El nivel de complejidad formal de las obras de arte que una época o un individuo aprecia es coherente con el nivel de complejidad en otros ámbitos, en el del conocimiento y en el de lo político-moral por ejemplo. Cuando los críticos de arte o los artistas hablan de las propiedades valiosas de una obra, no mencionan directamente los sentimientos que suscita, sino las propiedades formales de la obra y, en todo caso, los sentimientos que “expresa”, pero incluso en ese caso se aprecia más la maestría o genialidad con que los expresa que a los sentimientos mismos así expresados. Desde luego, es casi inconcebible separar la (valoración de) belleza, de su capacidad de suscitar sentimientos. Las obras bellas despiertan placer, y las obras feas, desagrado o, en el mejor de los casos, indiferencia. Incluso quizá pueda decirse que las emociones que nos causan las obras de arte (y esto es quizá especialmente llamativo en el caso de la música) son más intensas que las que nos causa una actividad intelectual (comprender la demostración de un teorema, o una pregunta fundamental) o hasta las que nos causan los hechos morales y políticos. Aquí, más que en ningún sitio, existe la tentación (en la que se ha caído muchas veces) de tomar a este placer estético por causa y fin de la obra de arte. Pero ¿no habría que, trasladando a lo estético el movimiento moral kantiano (y platónico), advertir de no confundir la causa con el efecto? El placer estético es, seguramente, la respuesta emocional adecuada y necesaria (el síntoma) de la percepción de belleza, pero la (percepción de) belleza consiste, antes (etiológicamente antes) en las propiedades figurativas del objeto y de su manifestación en la imaginación.

Si  todo eso es así, podemos entonces entender de la siguiente manera en qué consiste la educación del gusto (lo que, en otro caso, es un misterio completo): la forma de educar el gusto es capacitando al sujeto para que sea capaz de ver y discriminar las propiedades figurativas en toda su complejidad. A quien reciba esta educación, el gusto se le dará por añadidura, porque va necesariamente unido a la percepción correcta de las formas (“correcta” en el sentido emocionalmente aséptico, es decir, correcta desde el punto de vista puramente intelectual). Por supuesto, siempre puede darse una educación sentimentalista, que se base en la coacción emocional del sujeto, dándole a entender, ante diversos modelos, cómo se espera que responda emocionalmente a cada uno de ellos. El sujeto puede, sometido a tal adiestramiento, o bien rechazar esos modelos (a mí no me gusta eso), o bien, dado que es expuesto a modelos en verdad canónicos, puede casualmente encontrar, de manera más o menos consciente, las propiedades formales objetivas que deben suscitar esta o aquella respuesta. Aquí pasa como con cualquier educación. Uno puede aprender algo o bien de oídas (repitiendo lo que sabe que satisfará a los que tienen en sus manos satisfacerle a él), o bien comprendiendo ese algo.