Mostrando entradas con la etiqueta Deconstrucción. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Deconstrucción. Mostrar todas las entradas

martes, 3 de marzo de 2015

De otro tiempo y lugar, III (Jean-Luc Marion, Jacques Derrida)

Estamos repasando brevemente  algunas de las cosas que la filosofía de los últimos tiempos (de la llamada modernidad para acá) ha tenido que “decir”, a veces más indirectamente que mirándolo de frente, acerca del asunto de los otros tiempo y lugar, tiempo y lugar de otro “pasado”, “futuro”, “presente”, eternidad, intemporalidad… que, según parecemos querer o tener que creer los humanos, reconciliarían a la realidad con lo que es exigible de ella, eliminando y/o redimiendo todo el inmenso sufrimiento que se acumula día a día, minuto a minuto, en este campo de refugiados que parece el mundo. 

Veíamos cómo la vieja teodicea y su resurrección de los cuerpos en un lugar puro e incorruptible (esa Tierra auténtica de la que habla Sócrates poco antes de emprender su viaje de regreso a ella), perdió crédito con el escepticismo ilustrado; Kant, en su giro copernicoluterano, señaló la absoluta heterogeneidad que existiría entre nuestro tiempo y espacio, y el otro tiempo y el otro lugar, en que los espíritus ya han sido juzgados, la felicidad está “sincronizada” con los buenos actos, y el imperativo moral no tiene, por tanto, ningún papel que cumplir en adelante: ese tiempo y lugar solo puede ser postulado, no representado ni demostrado, y mejor así, porque solo así se salvan tanto la praxis ética como la fe de los hombres, monstruosamente amalgamadas, para tragedia de ambas, en lo que llamamos metafísica: tenemos que actuar como debemos (como "tenemos que" actuar), sin que sepamos qué nos cabe esperar; Hegel habría querido disolver o superar esa heterogeneidad luterano-kantiana, con su historia progresiva y finalista del Espíritu, aunque el “precio” que habría que pagar es aceptar la naturaleza contradictoria o dialéctica de todos los conceptos, empezando por el de espacio y tiempo; Marx habría aceptado esa historia con necesario final feliz, y el “precio” o trabajo dialéctico, pero rechazando el fetichismo o la plusvalía del ideal, secularizando el final de los tiempos, encarnándolo, y, con ello, empujando a la acción material sin dilaciones, aunque no por ello haciendo más representable ni completa su escatología o, si se prefiere, su edad mesiánica; Nietzsche habría llevado la secularización o inmanentización, a la vez que la urgencia práctica, al infinito, condenando así a casi cero cualquier ideal y cualquier otro tiempo y lugar: no hay promesa ni esperanza, solo la locura del eterno retorno y el puro amor fati; Heidegger, contra Nietzsche, supone un neo-hiper-kantismo, tanto en el ámbito teórico como en el práctico: el Ser no es ente, presencia, representabilidad…; coherentemente, la acción o decisión del Dasein no puede ni quiere esperar un reino de los espíritus. “Una “filosofía cristiana” equivale a “hierro de madera””. Pero, por eso, y como en Kant, una “fe cristiana” (más concretamente, luterana) es un hierro de hierro, o, mejor aún, una “madera de madera” (de madera de la cruz, digamos, pero no de la cruz de hierro que cruza el Ser): solo un Dios puede aún salvarnos. Como en Kant, la salvación no es negada: al contrario, al ser separada de la representabilidad e incluso de la pensabilidad, es situada en un “lugar” en que no puede ser profanada por las sucias manos de la metafísica ni del pensamiento. Algo paralelo puede decirse del otro gran destructor de la metafísica o teodicea, Wittgenstein. Hasta aquí habíamos llegado. Vamos a ver qué ocurre con algunos postheideggerianos (heideggerianos, por tanto).

                                                           ****

Jean-Luc Marion hace, respecto de Heidegger, algo similar a lo que este hizo respecto de Nietzsche y cada uno ha hecho, de alguna manera, respecto de los anteriores: denunciar que no llegó al colmo de la radicalidad, que, aunque no se puede volver a antes de él, también él dejó un impensado esencial, que, sin embargo, debía seguirse de sus propios planteamientos. Marion (por ejemplo, en Dieu sans l’être, PUF, Paris, 1991) se atreve a considerar el movimiento de Heidegger como una nueva forma de idolatría. Si el ídolo es esa relación con lo divino o sagrado en la que es la mirada la que determina al dios (frente al icono, en el que es lo divino quien dirige la relación), entonces, no solo la muerte de Dios que anunció Nietzsche es solo la muerte del ídolo (sobre todo, y en último extremo, del ídolo conceptual, que es el objeto metafísico), sino que también Heidegger queda encerrado en la idolatría, en cuanto supone que a la consideración de lo divino solo se podría llegar a partir del Dasein. Así, Heidegger seguiría rechazando la posibilidad de una donación genuina, no mediada ni determinada por la mirada o la escucha del hombre. Pero el verdadero Dios de la teología es quien no necesita a ningún ente para darse; al contrario, es dación absoluta, “anterior” incluso al Ser, sin ser. En la concepción postmetafísica de Marion tampoco es, desde luego, el saber el que puede conducirnos a la donación de lo sagrado, sino solo el Amor, una instancia esencialmente no-cognitiva que sirve de fundamento incluso al conocimiento y que, por eso, no puede ser reducido por este. En tal sentido, esta teología postmoderna sigue siendo “pragmatismo”, en la forma, concretamente, de la oración (lo que el hinduismo vedanta llama bhakti yoga). Pero (dejando a un lado si la objeción de Marion vale contra todo Heidegger, o más bien solo contra el de Ser y Tiempo) ¿qué podría decirnos esta teología, radicalmente anti-intelectualista, anti-tomista, anti-platónica, acerca del otro tiempo, de la redención y de la existencia sin sufrimiento? Parece que una teología así renuncia a cualquier tipo de representabilidad de lo que, al menos en otros tiempos, se consideró el capítulo fundamental de la religiosidad: el de las Cosas Últimas o Fin (y Nuevo Principio) de todas las Cosas.

                                                        ****

Otro movimiento, con Heidegger y contra Heidegger (y con Levinas y más acá de Levinas), del que
haré memoria ahora, es el mesianismo sin Mesías de Derrida. Si podemos decir que heideggeriano es quien piensa la cuestión del sentido desde, principalmente, los términos Tiempo, Diferencia y Don, entonces quizá Derrida es el más radical de los heideggerianos, en el sentido, al menos, en que esos tres términos están en su pensamiento más intensamente unidos (y, por tanto, en una mayor dialéctica) que en ningún otro lugar. Por lo mismo, la radical heterogeneidad de ámbitos (el rechazo de toda analogía), la extrañeza o extemporaneidad del tiempo, el “hiperkantismo” moral o político, y la exigencia de silencio hacia lo que consideremos "sagrado", se exacerba en Derrida.

En varios lugares el pensador de la differance se ha ocupado del otro tiempo, o, mejor, del tiempo (de lo (totalmente)) Otro, el de lo Imposible o incalculable, el del quizá, el de la Justicia y la Deconstrucción, que es lo que efectivamente pasa, sucede, ocurre… y hay que esperar que ocurra. Ese sería, en “realidad”, el “auténtico” tiempo, frente al pseudo-tiempo del Derecho y lo Económico. La cuestión del por-venir es la cuestión de la “naturaleza” del tiempo. Y por eso habría que ir más allá de Heidegger, porque ni siquiera Heidegger habría pensado de manera suficiente el tiempo: aunque quiso evitarlo, siguió preso de la que él mismo llamó concepción “vulgar” de tiempo, la que va desde Aristóteles hasta Hegel (“Ousía y grammé”, en Márgenes de la filosofía). ¿Cómo hemos de pensar o concebir, entonces, el tiempo? El tiempo está out of joint, dice Hamlet: fuera de quicio, desajustado, desacordado, in-justo, anacrónico. Ese desajuste no es, como en el análisis de la sentencia de Anaximandro, de Heidegger, un desajuste (in-justicia) que pide o tiene como fin un ulterior ajustamiento, una recuperación de la propiedad de uno (¿no es esto, precisamente, el pensamiento de la metafísica o teodicea, de la pulsión de lo uno?). El desajuste, la des-sincronía del tiempo es, más bien, lo… (¿propio, mismo?) del tiempo. Y es ese desajuste, precisamente, lo que deja aparecer al Otro, al totalmente otro, en cuanto tal otro, lo que es, podríamos decir, la “definición” (e in-definición) misma de la Justicia. Es, pues, casi imposible distinguir entre el des-ajuste del tiempo y la justicia, y entre ambos y el pensamiento de la differance, la deconstrucción:
“Más allá del derecho, y todavía más allá de la juridicidad, más allá de la moral, y todavía más allá del moralismo, la justicia como relación con el otro ¿acaso no supone, por el contrario, el irreductible exceso de una dis-yunción o de una anacronía, cierto Un-Fuge, cierta dislocación out of joint en el ser y en el tiempo mismo, una dis-yunción que, por afrontar siempre el riesgo del mal, de la expropiación y de la injusticia (adikia) contra los cuales no hay garantía calculable, sólo ella podría hacer justicia o impartir justicia al otro como otro? […] Para decirlo rápidamente y para formalizar al máximo las apuestas: aquí […] entraría en juego la relación de la deconstrucción con la posibilidad de la justicia […]” (Espectros de Marx, Trotta, pg. 45)

Es esta diferencia (diferenciar / diferir) del tiempo, esa justicia distinta del derecho (“incluso de los derechos humanos”), esa democracia “por venir” (no “futura”), que es indeconstruible porque es la propia deconstrucción, lo que puede entenderse, propone Derrida, como promesa mesiánica. Pero ¿por qué conservar el término “mesiánico” para esa hospitalidad sin condiciones? ¿Es adecuado un nombre o adjetivo religioso aquí? Quizá, dice Derrida, esta sea la herencia más apropiada (y, por eso la más intempestiva) de ese término. ¿Será porque deconstruye cualquier escatología, sin sacrificar, con ello, el carácter de valor innegociable que porta siempre lo religioso?: 
“La ascesis despoja la esperanza mesiánica de todas las formas bíblicas e, incluso, de todas las figuras determinables de la espera, se desnuda de ese modo con vistas a responder a lo que debe ser la hospitalidad absoluta, el «sí» al (a la) arribante, el «ven» al porvenir inanticipable —que no debe ser el «cualquier cosa» detrás del cual se amparan los demasiado conocidos fantasmas que, justamente, hay que ejercitarse en reconocer—. Abierta, en espera del acontecimiento como justicia, dicha hospitalidad no es absoluta más que si vela por su propia universalidad. Lo mesiánico, incluso bajo sus formas revolucionarias (y lo mesiánico siempre es revolucionario, debe serlo), sería la urgencia, la inminencia, pero, irreductible paradoja, una espera sin horizonte de espera. Siempre puede considerarse la sequedad casi atea de ese mesiánico como la condición de las religiones del Libro, un desierto que ni siquiera fue el suyo (pero la tierra siempre es prestada, arrendada por Dios, jamás la posee el ocupante, dice justamente el Antiguo Testamento, cuya inyunción habría que oír aquí) […]  A ese «mesianismo» que se desespera, algunos —de entre los cuales no me excluyo— le encontrarán quizás un  sabor extraño, a veces un sabor de muerte. Es cierto que ese sabor es ante todo un sabor, un sabor antes del sabor y, por esencia, es curioso. (ibid. pg. 188)


¿Qué puede decirnos este “mesianismo” de eso que nos veníamos preguntando, del otro tiempo donde el sufrimiento ha sido abolido, transfigurado? Nada, es decir, nada “positivo”. Antes bien, y como hemos venido viendo también en otros pensadores modernos, se renuncia “a priori” a que pueda “esperarse” una respuesta. Detrás de ese hiper-kantismo del absoluto respeto al Otro, ni siquiera es posible hacer figura alguna del porvenir. La historia misma, con toda su teleología, debe ser sacrificada a la insondabilidad de lo Otro. Como el propio Derrida dice en el libro que hemos estado citando, la “andadura deconstructiva”, habría consistido desde el principio (por cierto, en varias ocasiones Derrida se preocupa por advertir que pensó así “desde el principio”…. Pero ¿por qué esta preocupación, precisamente en Derrida, por señalar que siempre y sobre todo desde el principio pensó así, como si en el resto de su andadura no hubiera ocurrido realmente nada, salvo el despliegue argumental de lo mismo…? Sería digno, quizá, de análisis), desde el principio habría consistido, decíamos, la deconstrucción, en poner en cuestión tanto el concepto onto-teológico de historia, como también el “arqueo-teleológico de Hegel y Marx, e incluso el pensamiento epocal de Heidegger. Qué quede después de esta limpieza, no sería fácil de adivinar, si no fuera porque el propio Derrida nos lo dice: la irrepresentabilidad misma, la espera de lo totalmente inesperado. Si la exigencia primera es el respeto incondicional a lo totalmente otro, ni siquiera podemos saber a quién nos referimos, a quién podemos y debemos esperar y dar hospitalidad. Pero quienes sufren no son meros totalmente-otros, son también ciertos unos, alguienes, personas, sujetos... Para ellos, la deconstrucción no tiene nada que decir ni prometer.

martes, 21 de febrero de 2012

La deconstrucción del reverso

Si creemos que existe lo Uno, la Idea, la Identidad pura, caemos en la inefabilidad e incomprensibilidad de ese Uno, porque cualquier lenguaje o pensamiento no puede ser más que complejo. Este es el argumento de la deconstrucción: la diferencia (constitutiva del lenguaje) es “más vieja” que el discurso de la unidad.

Pero ¿qué pasa si negamos que exista ese sueño de la razón o de la metafísica que es la Idea, la Identidad pura, lo Uno? Platón, más despierta y conscientemente que ningún otro hombre (que yo conozca), y en el Parménides de manera ejemplar, ha recorrido todas las alternativas del pensamiento, de la dialéctica. Los últimos desarrollos del ejercicio que, para mostrar en qué tiene que ser ducho un filósofo, hace el viejo Parménides en el Parménides, se preguntan por esa posibilidad: ¿y si lo Uno, la Idea, lo Trascendente, lo idéntico a sí mismo, lo invariable, universal y necesario… no existe?

Lo primero que descubrimos es que las propias ideas, las identidades, la unidad, aunque las mencionamos inevitablemente y aparecen mezcladas infinitesimalmente por todo nuestro discurso (“no pueden eliminarse los adornos conceptuales”, que dijo Quine) no podrían en verdad tener lugar ni darse de ninguna manera, puesto que no existen:

-Cuando decimos “no es” ¿qué otra cosa significa sino la ausencia del Ser en aquello de lo que decimos que no es?
-No, sino eso.
-Pero cuando decimos de algo que no es, ¿estamos diciendo que en cierto modo no es y en cierto modo es? ¿O es que al decir “no es” se está significando absolutamente que lo que no es, en modo alguno, por ninguna razón, ni desde ningún punto de vista participa del Ser?
-Absolutamente, sin duda.
-Luego lo que no es no podrá ser ni participar en el Ser de ninguna manera en absoluto.
-Pues no.
-Pero el llegar a ser y el perecer, ¿acaso no son sino tomar parte en el Ser y perder el Ser?
-No son otra cosa. (Parménides 163c y ss)

Nada nace ni perece, porque no hay cosas, no hay identidad para la cosa. Nada es o se vuelve rojo, porque no existe lo Rojo (no es algo uno e idéntico ni un solo instante), nada es y se vuelve vivo, porque no existe la Vida. Todo es una indefinida diseminación. Y tampoco puede haber ciencia alguna, puesto que no hay algo de lo que esa ciencia pueda ser ni algo que esa ciencia pueda ser:

-¿Y qué? Términos como “de él”, “en él”, “algo”, “éste”, “de este”, “de otro”, “antes”, “después”, “ahora”, o “conocimiento”, “opinión”, “sensación”, “razón de ser”, “nombre” o cualquier otro referido a las cosas que son, ¿se las podrá referir a lo que no es?
-No se podrá.
-Así, pues, el Uno que no es carece de toda determinación.
-Pues al parecer no tiene ninguna (164 a)

Ni un deíctico, ni un nombre, nada se puede decir de lo que no existe. Si no existen las identidades o ideas (lo Rojo, la Ciencia, el Hombre…), no podemos referirnos a nada cuando los pretendemos usar como sujetos o predicados de nuestros juicios. Habría que eliminar de nuestro lenguaje toda identidad, todo sustantivo, y toda palabra, porque cualquier palabra es palabra si subsiste más allá del instante, si tiene un significado infinito, inconmensurable por cualquier hecho o conjunto de hechos. Incluso "esto" es un nombre, una identidad, una idea.

Pero ¿al menos quedará lo Otro, lo Diferente, si no existen las idea, las identidades puras? ¿Qué serán esos otros, y respecto de qué serán ellos mismos y serán otros? ¿Pueden ser unos sí-mismos, o al menos unos otros-que-otros?

-Digámoslo todavía una vez más: si el Uno no es, ¿qué afecciones se siguen para los Otros?
-Digámoslo.
-Tendrán que ser otros de algún modo; porque si no fuesen otros, no se podría hablar de los Otros.
-Así es.
-Y si se habla de los Otros, entonces los Otros son diferentes. ¿O no te refieres a lo mismo cuando dices “otro” y “diferente”?
-Desde luego que sí.
-¿Y decimos que lo diferente es diferente de lo diferente, y que lo otro es otro que lo otro?
-Sí.
-Y también que en los Otros, si tienen que ser al menos otros, habrá algo por lo que serán otros.
-Necesariamente.
-¿Y qué será entonces? Pues no serán otros respecto del Uno, ya que no es (existe).
-Pues no.
-Luego serán otros entre sí, pues eso todavía les queda, o bien serán otros respecto de la nada.
-Justamente.
-Luego los Otros son otros según cada pluralidad suya; porque, como el Uno no es, no podrían serlo de uno en uno. Cada masa (onkos) de ellos es, según parece, una pluralidad ilimitada, incluso si se toma lo que parezca más pequeño, como en los sueños de la noche, que en lugar de uno se muestran súbitamente múltiples y en lugar de muy pequeños, enormes por su ilimitado fraccionamiento. (164 b y ss)

Cayendo oníricamente hacia la nada. La indefinida divisibilidad y siempre falta de identidad de la materia, la materia del sueño, que es la materia sin más.
De esta indefinida pluralidad parecerá que hay ciencia y conocimiento:

-Habrá entonces una multiplicidad de masas y cada cual parecerá una, aunque no lo sea, ya que lo Uno no es.
-Así es.
-Y parecerá que tienen número, ya que cada cual parece uno, aunque sea múltiple.
-Sin duda.
-Y parecerá que hay entre ellos algunos que son pares y otros impares, pero no será verdad, puesto que lo Uno no es.
-No, en efecto.
-Y se creerá, decimos, que hay en ellas algo extremadamente pequeño; pero se nos aparecerá también múltiple y grande respecto de cada uno de los múltiples que son pequeños. (164e)

La ciencia de lo material pretende agarrar identidades y ponerles o encontrarles número y átomo (unidad última o primera), que en verdad no existen en lo material mismo.

-Creo que toda cosa que sea captada así por el pensamiento necesariamente se pulverizará al fraccionarse, ya que siempre se captará como una masa carente de unidad (164e).

Pero quizás ni siquiera ese discurso de la indefinida diseminación o deshilachamiento de lo múltiple o material sea viable si negamos que exista identidad pura alguna. Hay que pensarlo una vez más:

-Pero volvamos todavía una vez más al principio y digamos de nuevo: si lo Uno no es, ¿qué tendrán que ser los Otros que el Uno?
-Digámoslo.
-Los Otros, ciertamente, no serán uno.
-¿Cómo podrían serlo?
-Ni tampoco múltiples, porque si fueran múltiples estaría en ellos también lo Uno. Y si ninguno de ellos es uno, su totalidad no será nada, y, por tanto, no serán múltiples.
-Es verdad.
-Al no estar en los Otros el Uno, los Otros no serán ni múltiples ni uno.
-No, desde luego.
-Ni tampoco parecerán uno ni múltiples.
-¿Por qué?
-Porque los Otros no tienen nada en común con ninguno de los que no son, de ningún modo ni bajo ningún respecto; y nada de los que no son se halla en los Otros, porque en los que o son no hay parte alguna.
-Es verdad.
-No habrá pues, de los Otros, ni opinión ni apariencia de lo que no es, ni de ninguna manera en absoluto lo que no es podrá parecer respecto de los Otros. (165e-166b)

Incluso la apariencia necesita un ancla en la realidad, en la identidad. El discurso no puede parecer que tiene identidades si no existe identidad alguna.
Si no hay identidad, lo único legítimo es el silencio, la nada del nihilismo:

-Así pues, ¿no hablaríamos con verdad si dijésemos, resumiendo: si el Uno no es, nada es?
-Exactamente. (166b-c)

lunes, 20 de febrero de 2012

Deconstrucción avant la lettre

La estrategia de la deconstrucción, decía, es el ataque más demoledor que el racionalismo y la metafísica en general han recibido. Derrida, ese nietzscheano-rousseauniano (que es lo que él en síntesis quiso ser, según confiesa) muestra que el sujeto ideal en que debería producirse el discurso puro, idéntico consigo mismo y, por tanto, libre del cuerpo y el tiempo, está calado indefinidamente por el tiempo. Cuando digo “yo soy” (o simplemente “esto es tal o cual”, como también argumenta García Calvo en Lecturas presocráticas I) hay un tiempo, que va desde el yo al soy (o desde el esto al tal-y-cual), y que hiere de “muerte” a la identidad pura. A esa identidad pura que desde Parménides y su escudero Platón ha sido el sueño de la razón.

Sin embargo, precisamente en el Parménides de Platón, ese lugar en alto desde el que se divisa toda la filosofía y todo el pensamiento conocido y quizás posible, el argumento deconstruccionista está pulcra y exactamente presente. Se trata del primer movimiento del “ejercicio” dialéctico, en que Platón deja decir a Parménides qué consecuencias tiene cada hipótesis acerca de si “es lo Uno” (o “es uno”). Si es lo Uno, tiene que ser, razona el ejercicio, indivisible, no un todo (porque un todo es necesariamente múltiple y, en esa medida, falto de identidad). Pero si lo Uno (la Idea, el Sujeto, o cualquiera otra de sus epifanías en la historia de la metafísica) es solo uno y no divisible, entonces no puede tener ninguna propiedad, ni siquiera estar aquí o allí o ahora o luego, porque toda propiedad diferente de la pura unidad lo haría complejo y no-uno, no absolutamente auto-idéntico. Y, en especial en lo que se refiere al tiempo, dice el texto (uso la traducción –imperfecta en varios aspectos, mi juicio- de Guillermo R. de Echandía, en Alianza):

[Parménides] -¡Pues qué! ¿El “fue”, el “ha llegado a ser”, el “llegó a ser” no parecen significar una participación en un tiempo que ya ha sido?
[Aristóteles] -Ciertamente.
- ¿Y qué? ¿El “será”, el “llegará a ser” y “habrá llegado a ser”, en un tiempo futuro?
- Sí.
- ¿Y el “es”, el “llega a ser”, en un tiempo presente?
- Sin lugar a dudas.
- Luego si el Uno no participa de ningún modo del tiempo, antes no ha sido, ni era, ni fue; ahora no ha llegado a ser ni llega a ser ni es; después no llegará a ser, ni habrá llegado a ser ni será.
- Es la pura verdad.
- Pero ¿hay otros modos de participar en el Ser que estos?
- No los hay.
- El Uno, entonces, no participa en ningún modo en el Ser.
- Parece que no.
- Luego el Uno no es de ningún modo.
- Eso parece.
- Por tanto, ni tan siquiera sería uno, porque si lo fuese participaría en el Ser. Pero, según parece, el Uno ni es uno, ni es, si hemos de fiarnos de la argumentación.
- Temo que sea así.
- Pero lo que no es, precisamente por no ser, ¿podrá tener algo en sí o de sí?
- ¿Y cómo?
- Entonces no tiene nombre, ni razón, ni ciencia, ni sensación ni opinión.
- No lo parece.
- Pero ¿es posible que suceda esto con el Uno?
- Me cuesta creerlo. (Parménides, 141d y ss).

Los mismos argumentos de la deconstrucción (la inefabilidad e incomprensibilidad de lo puramente autoidéntico), en el principio de la filosofía. Esto debería obligarnos a leer el resto del Parménides, ¿no?

sábado, 18 de febrero de 2012

La muerte infinita del Yo

El ataque más profundo que ha sufrido la pretendida pureza del “yo pienso” cartesiano (y la metafísica en general) procede de la deconstrucción. Jacques Derrida, en su temprano y bello libro La voz y el Fenómeno (traducido por P. Peñalver, Pre-textos, Valencia, 1995) delata las aporías del idealismo en la forma que toma en el (a su manera) cartesiano Husserl.

Derrida se fija en su teoría del signo, de la expresión de lo que pensamos. Husserl, buscando salvar al lenguaje humano de ser tomado por una especie de señal (es decir, de signo que no expresa o dice –conscientemente- nada), cree encontrar la pureza de la expresión en el monólogo, en la “vida solitaria del alma”. Aquí no habría dudas de que uno sabe lo que quiere decir, y qué es lo que uno quiere decir. El proyecto fenomenológico, en su esencia, es, dice Derrida, ese reducir la objetividad a pura interioridad. Resulta así una primera paradoja: la pureza del querer-decir sólo se da cuando no hay un afuera al que dirigirse, cuando sería vano querer-decirle algo a alguien, pues uno ya debería saberlo (lo que se dice a sí mismo).

¿Por qué intenta Husserl esta reducción idealista? Porque, como pasa en Descartes, solo en la interioridad pura parece estar a salvo la objetividad, es decir, la presencia absoluta. Lo exterior no es diáfano, no se sabe si significa algo o no… Aunque pretende superar la ontología ingenua, la fenomenología no sería, pues, más que un caso más de la metafísica clásica o “de la presencia” (como la identificó Heidegger): lo que no es presente, carece, para el pensamiento metafísico, de valor, es derivado, secundario.

Ahora bien, ¿se consigue esa pureza, ese presente absoluto e inmaculado? Derrida muestra desde varios puntos que no, que el sí mismo está mezclado, hasta los huesos, con lo otro, con la muerte, con lo exterior:

Empezando por el asunto del lenguaje, ¿cómo ha de ser ese lenguaje puro del alma? En el fondo, para Husserl, dice Derrida, la expresión plena del pensamiento tiene que escapar a todo signo, a toda palabra, a todo significante. No nos servimos en el monólogo de palabras reales, cree el idealista, sino sólo de palabras “representadas”, imaginarias, porque las palabras reales, corpóreas, suponen una resistencia y mediación que compromete la expresión pura.
El signo, por puro que sea (como admite Husserl), no es signo si no puede usarse más de una vez. Una vez es ninguna: el signo, para serlo, debe permanecer el mismo a través de (al menos posibles) indefinidos acontecimientos diversos. Luego no hay, en verdad, discurso efectivo alguno sin compromiso con una repetitividad indefinida. Y esto significa que es imposible un lenguaje que quiera abstraerse de toda materialidad y diseminación.

Veamos la aporía desde otro ángulo, desde el ángulo del tiempo y, principalmente (es obvio) del presente. El discurso ideal solo puede (paradójicamente) ser presente, puro presente, idéntico a sí mismo. El principio fenomenológico de la intuición no significa sino que la certeza ideal y absoluta es, para toda experiencia, el presente. Mediante el presente transgredo la existencia empírica, la mundanidad, y, en primer lugar, la mía. Pero esto significa una vez más, dice Derrida, que la inteligibilidad del monólogo del alma depende de entender (para negarla y superarla) mi propia falta de identidad. Es, pues, la relación con mi muerte, dice Derrida, lo que se esconde en este ser como presencia que es posibilidad absoluta de repetición. El “yo soy” es relación con su propia desaparición posible; “yo soy” es, originariamente, “yo soy mortal”; yo soy inmortal es una proposición imposible; “Yo soy el que soy”, concluye espectacularmente Derrida, es la confesión de un mortal.

Repitámoslo (es el argumento principal): lo ideal es lo repetible, pero lo repetible no puede ser presente. Y no pueden ser extraños esa repetibilidad de lo ideal y la asociación de la, tan despreciada por la metafísica, imaginación (por eso Hume ha cautivado progresivamente a Husserl). La repetitividad amenaza la distinción entre uso efectivo y ficticio del signo. No hay criterio para distinguir lenguaje interior de exterior, puro y contaminado.

El presente de la presencia a sí (que es lo que sostiene toda la filosofía tradicional) sería como un parpadeo. Ahora bien, el presente no es simple, no es idéntico consigo mismo. No hay presencia sin recuerdo y expectación. Hay, dice Derrida, una duración del parpadeo, que acoge, en la presencia, la no presencia. Esto excluye la posibilidad de prescindir del signo. La raíz común de la posibilidad de repetición en su forma más general, la huella, habita la actualidad. Una tal huella es, si se puede decir esto, más originaria que la originariedad fenomenológica. Sin ello no hay la posibilidad de reflexión. El sentido, incluso antes de ser expresado, es temporal de parte a parte. Todos los movimientos de la metafísica recubren ese movimiento de la diferance. El sí del presente es una huella, una archi-escritura que opera en el origen del sentido. La temporalización del sentido es, desde el comienzo, un diferir, un “espaciamiento”. El espacio es la pura salida fuera de sí del tiempo.

De hecho, el pensamiento puro nunca se cumple, como Husserl tiene que aceptar. Como lo Ideal es pensado por Husserl bajo la forma de Idea en sentido kantiano (o sea, como regulativo), la sustitución de la no-objetividad por objetividad es diferida hasta el infinito. Todo el sistema idealista de “distinciones esenciales” es teleológico. De hecho, no son respetadas jamás, “su posibilidad es su imposibilidad”. Husserl no ha creído jamás en una parousía, en el cumplimiento de un saber absoluto. El Ideal es una diferancia infinita. Pero el aparecer de la diferance infinita es él mismo finito.

Debemos aceptar, cree Derrida, que hay una clausura en el interior de la metafísica, y que esa clausura ha tenido lugar: la historia del ser como presencia está cerrada. Para lo que comienza más allá del saber absoluto, dice el filósofo francés, se requieren pensamientos inauditos. No quiere decir nada. No sabemos ya, pues, si lo que se ha presentado siempre como re-presentación derivada, como “signo”, “escritura”, no “es, en un sentido necesariamente pero novedosamente ahistórico, más viejo que la presencia y el sistema de la verdad, más viejo que la “historia”.

Muy bonito, desde luego. En otro momento mostraré cómo intentará un metafísico escapar a esto. De momento, me gustaría llamar solo la atención sobre las expresiones con las que la Deconstrucción se refiere a Sí-Misma: “novedosamente ahistórico”, “más originario que el origen”, “la historia de la metafísica está cerrada”, “lo que viene (comienza)-después requiere pensamientos inauditos (¿inaudibles también?)”. (Hay quienes, como Rorty, piensan que se puede evitar un lenguaje así, pero se equivocan)