Esta
dicotomía categorial de Logos y realidad apenas ha sido puesta en duda. Como
recuerda Davidson (en Truth and Proposition –libro al que querría dedicar un
comentario, en el futuro-) empieza en la filosofía occidental, como mínimo, con
la distinción “platónica” entre Cosas e Ideas, y ha sido perfeccionada, pero no
preterida, por el análisis actual en la dicotomía Sujeto / Función.
Puede,
quizás, buscarse y encontrarse más estructura que esa, pero no menos. De la
síntesis de al menos esos dos elementos del Lenguaje, surge la unidad de la Proposición , que es la
unidad completa mínima para decir algo verdadero o falso. Y sin esa síntesis o
complejidad de la proposición, sería inexplicable el lenguaje teorético (diánoia,
en terminología platónica), que consiste en describir los fenómenos mediante propiedades
universales, y en pasar de unas verdades a otras apoyándose en el término medio
y en el juego de la cuantificación (silogismo, deducción e inducción…)
Toda
proposición aparentemente incompleja, escondería esa necesaria estructura.
“”Llueve” debería analizarse, por ejemplo, como “hay (ahora,
aquí) lluvia”. ¿Y la frase que se atreve a decir la diosa en el poema de
Parménides: “es”? Como han hecho la mayoría de los traductores a lo largo de la
historia, enmendando la plana a Parménides y, lo que es peor, a la propia
diosa, habría que entenderlo como “el Ser es”, cosa que, si bien no dice mucho
(o quizás no dice nada), al menos no contraviene la norma gramatical que exige,
en toda proposición correcta, un sujeto y un predicado distintos (aunque, a la
vez, paradójicamente, el mismo).
Demos
por válido todo lo anterior. Ahora querría fijarme en las implicaciones metafísicas
¿Qué implica eso, por ejemplo, para mí, para mi problema existencial? Para
describir, o simplemente expresar lo que me pasa o lo que soy, tengo que decir,
siempre, algo de algo, es decir, unas cuantas “cosas” o características, de mí.
Yo, la cosa o sustancia, este ser que está pensando acerca de sí mismo, el
sujeto (y el sujeto de la proposición que habla de mí), soy equivalente (equivalencia
expresada por la cópula, o por los paréntesis en ‘P(x)’) a la intersección de
un montón de ideas (animal, pelón, filósofo…), que vienen expresadas en el
predicado. Se supone que yo puedo ser reducido, exhaustivamente, a los
predicados convenientes; y que solo así soy accesible, para los demás y también
para mí. Si no conociese mis propiedades, mi “esencia” y mis circunstancias, yo
no me conocería. Con más razón, hay que decir eso de todas las otras cosas o
sujetos que no son yo.
Sin
embargo…, es claro, si lo pienso un poco, que a la vez que, sí, yo soy una
intersección de propiedades, a la vez yo no soy ni puedo de ninguna manera ser (“solo”)
eso; sino que, antes que nada y sobre todo, yo soy yo, y punto: yo soy (el) que
soy, simplemente. Ninguna intersección de propiedades o universales (animal,
pelón, filósofo…) puede equivaler a una sola cosa, a una unidad, a mi unidad e
identidad. Aunque es razonable pensar que, cuando el número de universales que
uno meta en el saco de mi definición tienda a infinito, la diferencia entre eso
y yo (entre mi esencia y mi sustancia) se vaya reduciendo a nada, a la vez
ambas cosas, mis propiedades y yo, serán absolutamente diferentes. Es como
intentar cuadrar el círculo, inscribiendo polígonos, que es lo que hacen los
matemáticos. Si inscribimos, en el círculo, polígonos con cada vez un mayor número de lados, en el
límite nos acercaremos a aquello donde la tangente cambia en cada punto (es
decir, en cada lugar indivisible e inextenso), nos acercaremos a aquello que es
el círculo. En la vida cotidiana a veces nos basta y nos sobra con una
precisión pequeña, pero, puede creer el filósofo, la precisión puede hacerse
indefinidamente mayor. Y es verdad, pero eso significa también que siempre está
a la misma distancia de aquello que intenta apresar. El miriatero está a la
misma distancia de su círculo que lo está el triángulo. El círculo es
inconmensurable por los polígonos, como el punto lo es por el segmento. Y, de
la misma manera, una definición muy precisa está a infinita distancia de la
sustancia a la que intenta ser equivalente, y una intersección infinita de
propiedades no puede ser jamás una unidad e identidad. Cada cosa es
inconmensurable por otras. Animal pelón de tal o cual medida… aunque sea yo,
nunca es exactamente lo mismo que yo.
Veámoslo
de otra manera. Las propiedades de las cosas son intrínsecamente relaciones, y
significan a las cosas de manera intrínsecamente relativa. ¿Por qué? Porque
toda propiedad involucra a otras. Pongamos el caso más simple: que algo (yo)
tenga cierta propiedad (Animal, Pelón…). Ser pelón es algo que yo comparto con
otras cosas. Si no, el predicado carecería de utilidad. Pero, entonces, para
conocerme a mí como ser pelón, tengo que conocer a otros (en realidad,
infinitos, aunque solo sea “en potencia”). Y lo mismo puede decirse de todos
los predicados. Nunca llegamos así al sujeto.
(El sujeto,
admite la tesis convencional, el auténtico, no puede predicarse de nada. ¿Cuál
es ese sujeto que no se predica de otro? Ya seguramente Aristóteles vio que no
era Sócrates (aunque esto no casa con el hecho de que Aristóteles pensase que
decir “está aquí” es un predicado de alguien). Pero al menos la mayoría de los
modernos filósofos han admitido (insistido, en el caso de Wittgenstein I y el
Russell del atomismo lógico, en) que propiamente los nombres propios no son
nombres propios, porque las cosas, lo individual, no pueden cambiar, o, si se
quiere, no pueden permanecer (porque serían ideas), así que es el “esto” el
único aspirante a nombre propio, pero precisamente el esto es inefable, y, como
dijo Hegel, lo más general de todo…)
Pero
las cosas, yo por ejemplo, no pueden ser intrínsecamente relativas. No puede
haber relaciones sin cosas no relativas, y nunca las relaciones exhaustan al
ser. Así que, aquello absoluto y no-relativo que es en sí misma cada cosa, es
inexpresable con el lenguaje, que solo opera con relaciones y abstracciones
(conceptos genéricos, que nunca son las cosas), con el lenguaje articulado y
categorial; y aquello que podemos entender y expresar, al menos con el modo
convencional de entender, no es la sustancia misma. La sustancia es
incognoscible, decía en una de sus profundidades Aristóteles. La sustancia es y
no es lo mismo que la esencia.
¿No
habría que pensar, entonces, en otro modo de “conocimiento”, una especie de
acceso a las cosas no mediato, no raciocinante, sin distinción entre sustancia
y esencia, entre la cosa y sus propiedades, entre lo uno y lo mucho, lo idéntico
y lo diferente…?
El asunto del pino
apréndelo del pino,
y el del bambú
del bambú.
Entonces
quizás tenemos que dejar sitio a otro nivel, precategorial, del Lenguaje o
Logos. Un nivel a la vez aparentemente inefable y completamente efable, al que estaríamos
dispuestos a llamar “místico”.
¿Cómo
es ese lenguaje? Exactamente como el de la diosa de Parménides, que de ninguna
manera dice (como le quieren hacer vomitar los pobres traductores) que el ser
es, sino que dice, simplemente, ni más pero tampoco menos, que ES (hopos éstin).
Ni sujeto ni predicado.
Y el
platonismo auténtico, heredero de Elea, siempre se ha remitido a un gnosis o
nóesis o “contemplación”, que el Sócrates de La República coloca por
encima de la dianoética o matemática, más allá del raciocinio, y donde la
pluralidad de las cosas es concebida como una, en la unidad de la realidad.
“No es ciertamente la parte de nosotros mismos que ve la que se encuentra impedida, sino otra parte; y así comprobamos que cuando deja de contemplar no concluye su conocimiento de tipo científico, que consiste en demostraciones, en pruebas y en un diálogo del alma consigo misma. Pero no confundamos la razón con el acto y la facultad de ver, porque ambas cosas son mejores que la razón y aun anteriores a ella, como lo es el objeto mismo. En el momento en que el ser que ve se ve a sí mismo, se verá tal como es su objeto; mejor aún, se sentirá unido a él, parecido a él y tan simple como él. (…) Uno mismo el ser que ve con su objeto, acontece como si hubiese hecho coincidir su centro con el centro universal. Pues incluso en este mundo, cuando ambos se encuentran, forman una unidad, y son solo dos cuando se mantienen separados. Y he ahí el por qué nos resulta difícil de explicar en qué consiste esa contemplación, ya que, ¿cómo podríamos anunciar que el Uno es otro, si no lo vemos como otro y más bien unido a nosotros cuando lo contemplamos? (Plotino Enéada sexta, 9, 10)
En
forma de teologemas también lo expresa Proclo, en sus Elementos de Teología:
El número total de los dioses tiene el carácter de la unidad (113). Todo dios es una hénade o unidad completa en sí misma, y toda hénade completa en sí y por sí es un dios (114). Todo dios es una medida de las cosas existentes (117). Todo dios tiene un conocimiento indiviso de las cosas divididas y un conocimiento intemporal de las cosas temporales; conoce lo contingente sin contingencia, lo mudable inmutablemente y, en general, conoce todas las cosas en un modo más elevado que el que corresponde a su posición (124).
Con
la “democratización”, hemos de entender que cada uno de nosotros somos un dios,
en nuestro fondo. Ahí, podemos entender la frase de la diosa: “es”, o a qué se
refiere el poeta japonés con no entender al pino a través del bambú.
En
ese nivel “místico” han estado de acuerdo muchos filósofos sumamente dispares: el
Nietzsche del instante sin conceptos, el individuo absoluto de Occam… Pero los
matices son importantes.
Y,
bajando de la mística a lo más pedestre, ¿qué podemos sacar de todo esto para
el lenguaje, para el más cotidiano y menos ensimismado? Creo que, aunque
tenemos que aceptar que sin estructura y categorías no hay predicación ni
inferencia, tenemos que ser menos escleróticos con lo que estemos dispuestos a
aceptar como decible, como gramaticalmente correcto. No hay, seguramente, por
qué catalogar como absurda ninguna combinación de semas. Lo que aquí puede
hacer el papel de conector, puedo luego ser un sujeto con todas las de la ley,
o un predicado. Esto parece disolver los límites entre ciencia y poesía, y así
es, en cierto modo, pero solo porque, gracias a la analogía que hay en todo el
lenguaje, la poesía es también portadora de verdad, y la ciencia portadora de
imaginería. Siempre que el lenguaje (como la política, el arte, o cualquier
otra cosa) se ha atrevido a desrigidificar sus estructuras, ha encontrado un
orden y una estructura superior, que los amantes del pasado ven con escándalo.
(Eso sí: sacar de aquí conclusiones a favor del constructivismo, el
relativismo, el retoricismo, el falibilismo o, en general el todo-vale-ismo de los pensamientos débiles, significa no haber
entendido nada).

