Un
concepto no es lo mismo que su extensión. Esta es, quizás, mi tesis fundamental aquí.
En
la concepción estándar de la lógica moderna existe un axioma, llamado “de
extensión” que dice que un concepto (una “clase”, en términos más matemáticos)
es igual a (consiste en) su extensión, es decir, el conjunto de todas las
entidades que “pertenecen” a ese clase. Por eso, se dice, dos conjuntos, A y B,
son iguales si, y sólo si, para cada elemento, z, z pertenece a A cuando y sólo
cuando z pertenece a B.
Esta definición o
caracterización de lo que es un concepto (o una noción, o una entidad lógica…
-usaré estos términos indistintamente-) es, en el mejor de los casos, circular
(un poner la carreta delante de los bueyes), porque, para que podamos
identificar a una entidad, z, como perteneciendo a A (frente a cierta entidad,
y, no perteneciente a A) es preciso que z posea una propiedad (que no posee y)
que le hace ser parte de la extensión de A.
Y, desde luego, esa propiedad que
hace de todas las cosas que son (un caso de) A ser (un caso de) A, es ni más ni
menos que A (aunque este asunto no lo discutiré en este momento): lo que hace a
los caballos ser caballos es tener la propiedad de ser caballos, y esa
propiedad es, precisamente, Caballo (no “el concepto-de-caballo” o algún otro
tipo de entidad que tuviera alguna relación lógicamente arbitraria con los
caballos).
Mientras que, lógicamente
hablando, no necesitamos, para conocer a A, conocer la extensión de A (es más,
es lógicamente posible que A no tenga extensión, sino que sea una mera “idea” –un
“posible”-), sí necesitamos conocer a A para conocer a todas aquellas entidades
que la participan.
Y, por supuesto (y esto es también fundamental), para
conocer a esos participantes, para que haya diversos casos de A, es preciso que
cada uno de ellos tenga, además de la propiedad de ser (un (caso de)) A, otras
propiedades, de modo que cada uno resulte individuado.
Por muy estrecha
que sea, pues, la relación entre un concepto (idea, noción, entidad…) y el
conjunto de sus participantes, ambas nociones, concepto y extensión-del-concepto,
no son idénticas. Y es lógicamente anterior la noción del propio concepto, sin
atender a su extensión (que, en caso extremo, puede no existir siquiera).
Por eso propongo
que se comience, no con el axioma de extensión sino con lo que llamo el Axioma
de Intensión. Este axioma dice que una cosa (un concepto, una idea, una entidad...) se define por
aquellos conceptos (ideas, entidades...) de los que participa esencialmente. Caballo no se define por
el conjunto de los caballos, sino por aquellas propiedades más esenciales
(universales, etc.) que hacen que el Caballo sea el Caballo. El conjunto N de
los números naturales no se define por su extensión (o sea, enumerando a los números
naturales concretos) sino por las propiedades esenciales (sean estas las que
sean –en esto consiste la indagación propiamente racional-) que definen al Número
(y, consecuentemente –no antecedentemente-, a todo número).
Comparemos ambos
caminos (el que provee el axioma de extensión -o sea, la consideración
extensional de las cosas- y el que provee el axioma de intensión):
El camino
extensional tiene una clara motivación materialista-empirista. La idea no es más
que el conjunto de las cosas concretas que la participan. Ahora bien, ¿cuáles
son esas cosas concretas? No, como creen algunos ingenuamente, los nombres
propios convencionales (‘Sócrates’, ‘Babieca’), porque estos se aplican múltiples
veces (a los momentos de Sócrates...). En la búsqueda de los verdaderos concretos
o nombre propiamente propios, se llega (como mostró el atomismo lógico, que era
la filosofía más consecuente con el proyecto lógico extensionalista) al
concepto puramente extensional de “esto”. El mundo, la realidad, sería el Todo universal de los Estos totalmente particulares. Todo concepto, todo universal, sería algún conjunto determinado
de “esto”s. Las intensiones se montan sobre extensiones (y debería soñarse,
pues, en reducirlas a ellas).
Lamentablemente, el (los) “esto(s)”, por múltiple
que se lo conciba (lo que es imposible), no permite discriminar a unos
conceptos de otros. Así que, al parecer, las cualidades o universales son
irreducibles. Los materialistas, como se quejaba Aristóteles, no explican cómo
a partid del agua (o de las homeomerías de Anaxágoras, etc.) surge el orden. La
forma es irreducible, y es lógica y ontológicamente anterior a la materia.
Pero, además, el
camino extensionalista conduce a las paradojas (contradicciones) de la extensión.
No es solo que una pura extensión, es decir, una pluralidad de iguales, sea un
imposible (pues no permite discernir a unos de otros) sino que, dándola por
supuesta, no puede impedir conjuntos absurdos, donde nunca se llega al máximo, al conjunto
de todos (porque la suma de las sumas de las partes es siempre mayor que las
partes), y donde un conjunto puede contenerse a sí mismo, creando bucles. Si no
se pone restricciones (tipos, cualidades, formas...), no se puede evitar los monstruos.
La vía
intensionalista (que tiene una motivación idealista y racionalista, “platónica”)
conduce, en sentido contrario al extensionalismo, hasta conceptos (ideas,
entidades…) indefinibles a partir de otros. Algunas nociones tienen que ser intensionalmente
primeras, “anhipotéticas”. Una muestra a posteriori de que esas nociones son
tales es que, cualquier intento de definirlas a partir de otras, las presupone.
Por ejemplo, ideas como Ser, Uno, Otro, se entienden por sí mismas y definen a
todas las demás.
Para el
intensionalismo, una idea es una unidad, no una pluralidad o conjunto. Y cada
idea, noción o entidad que quiera postularse, debe definirse explícitamente
(debe “construirse”, como dirían algunos lógicos y matemáticos). No se puede
ser más económico: hay, propiamente hablando, una sola entidad por género o
esencia. Lo que santo Tomás decía de los ángeles (no hay varios ángeles de una
sola especie, sino solo uno por especie, ya que no tienen materia que los
multiplique) y que Leibniz (y antes Duns Scoto) extendió a toda entidad, es
esencialmente el intensionalismo o platonismo. El concepto de extensión es secundario,
abstracto. Es un pseudoconcepto (idea bastarda, según Timeo) que generamos
cuando no conocemos la esencia individual de una cosa.
Esta vía tiene
su propia aporética: si cada especie es una entidad, ¿cuántas entidades (es
decir, casos de la Idea Ser )
puede haber? Obviamente, solo Uno. Frente a lo Uno puro, la multiplicidad sería,
también un pseudo-concepto, una abstracción.
Pero dejemos esas
profundidades por el momento. Ahora quiero detenerme en una consecuencia muy
importante (mayor que la cual no puede haberla, digamos) de adoptar una fundamentación
lógica intensional: el intensionalismo hace imposibles las paradojas
(contradicciones) de la lógica extensionalista, y, por ejemplo, hace
inaplicable el famoso teorema de Gödel. ¿Cómo es esto?
El
intensionalismo sostiene que cada entidad tiene que ser definida por ciertas
propiedades, y, a la vez, cada entidad es una (nueva) propiedad (resultado, en
el caso de las entidades complejas, de la síntesis o “symploké” de entidades o
nociones más simples). Según eso, ¿cuántos caballos hay? Uno, en principio: el
Caballo. Caballo, decía, no se identifica con una extensión de posibles
caballos indiscriminados, todos iguales en fila hasta la eternidad. Existe un
solo Caballo. Pero existe también Babieca (un solo Babieca), que es una entidad
que participa de Caballo más de alguna otra propiedad. Es decir, cada entidad
tiene que tener una definición precisa.
Vayamos al caso
de los números, que son la madre del cordero de los problemas (porque las
nociones numéricas son, precisamente, las nociones más próximas a la extensión
pura –sin serlo del todo-). El pensamiento extensional se figura que el Número
(limitémonos al número discreto y positivo:) N, es un conjunto, infinito (o
indefinido, si se quiere): 1, 2, 3,… n. Pero, obviamente, nadie ha construido
infinitos números. Los puntos suspensivos (‘…’) y ‘n’ no son números, sino una
abstracción que colocamos en lugar de posibles números. Según el
intensionalismo, esos números no existen para nosotros, pero considerarlos como
existentes (pseudo-existentes) genera las paradojas de la extensión.
El teorema de Gödel,
recuérdese, es válido referido a sistemas que contengan, al menos, el conjunto
de los naturales, es decir, un conjunto infinito, definido de manera
extensional. Pero sería inaplicable si construyésemos la aritmética intensionalmente,
es decir, admitiendo que solo hay un número natural indefinido, es decir, el Número-Natural,
y tantos números naturales concretos como entidades se pudiesen “construir”
formalmente, y que participasen de Número-Natural. Lo que necesitamos, por
tanto, es eliminar la llamada “inducción matemática”.
Por cierto, este
“constructivismo” o “finitismo” intensionalista no es lo mismo que el
constructivismo intuicionista (de Kant y los intuicionistas modernos), que
tienen una base empirista: el intensionalismo no exige que, para construir un número,
podamos “contarlo con los dedos”, sino que podamos definirlo, de manera precisa
y determinada, a partir de ideas más simples o fundamentales.
Dejo al lector
que evalúe si todo esto tiene poco, mucho o ningún sentido y utilidad. En especial, ¿qué consecuencias tendría esto para la Matemática? ¿Lo "deja todo como está" o sugiere otra Matemática...?