sábado, 12 de noviembre de 2016

Arte y Filosofía: de su relación dialéctica, I


¿Qué relación hay entre la Filosofía y lo que llamamos todavía Arte (literatura, teatro, música, danza, artes plásticas, arte gastronómica, perfumística…)? Dejaremos a un lado muchos de los aspectos que se incluyen bajo ese nombre, para quedarnos con lo más especí­ficamente estético, o, como sería más correcto decir, calético, y a lo que seguimos asociando con el ámbito trascendental de lo bello (to kalón), específicamente de su «producción» y contemplación, entendido todo ello en el sentido más abierto y, a la vez, sustancial posible, que se tratará de caracterizar después.

Aunque la categoría de lo bello está y no puede dejar de estar presen­te de alguna manera en toda acción y vivencia de un ser pensante, hay ciertas actividades suyas que tienen lo estético como objetivo principal o esencial, cada una usando unas materias propias. De entre ellas, tal vez en ninguna está lo estético o calético de manera menos confundible que en lo que llamamos «Música» (el menos verbal y «conceptual» de los lenguajes), por lo que sería conveniente tener en mente este arte durante nuestras reflexiones. Sin embargo, en otro sentido es en la Poesía, dado su carácter «verbal» o más literalmente lingüístico, donde se sitúa el límite más dialéctico entre Arte y Filosofía. Lo más conveniente, para nuestra reflexión (y creemos que refleja la naturaleza de las cosas) sería intentar pensar la Música como «verbo» y la Poesía como «música».

No se da por supuesto aquí que lo bello sea fruto exclusivo de la acti­vidad del arte humano: hay cosas bellas en la naturaleza, la naturaleza es bella; y el criterio de belleza es el mismo que en el arte humano. El arte humano sería solo la producción humana de belleza. En el arte humano juzgamos lo bello hecho por el hombre. Quedaría por discutir si puede pensarse la belleza (como la que de hecho manifiesta la naturaleza) sin in­tencionalidad, y si, entonces, la belleza no «artificial» remite a una inten­cionalidad no-humana (sea de otros animales, sea de otras consciencias) o recibe la intencionalidad de nosotros, sus contempladores.

La actitud de la Filosofía hacia la Poesía, como la de la Poesía hacia la Filosofía, ha sido siempre ambivalente. Para el filósofo, la Poesía es un (uso del) lenguaje muy seductor (solo comparable en seducción con el lenguaje técnico-científico), pero también el em­brujo que más hay que evitar. Allí donde el pensamiento encuentra dificultades esenciales para decir la idea, recurre al símil e incluso a la metáfora; reconocemos en los poetas el mismo interés por la ver­dad fundamental de la que se ocupa la sabiduría primera; la Poesía —dice Aristóteles— es superior a la Historia, puesto que se ocupa de lo posible, no de lo meramente efectivo; un texto filosófico acaba o empieza citando unos verso que, en realidad, hacían innecesaria tanta palabra... Pero, a la vez (y es de pensar que por lo mismo) no hay nada más alejado de la reflexión y el argumento que la «locura» inspirada, la maña, consciente o no, para hacer pasar por verdadero lo que es «solamente» bello y cambiar placer por certidumbre, opi­nión por saber, imaginación por razón. El poeta miente mucho, o no sabe lo que dice; su producción está alejada tres pasos de la ver­dad, es solo una manera primitiva de pensar… Así que, con todo el dolor de nuestra alma, la expulsaremos de la ciudad de los filósofos (aunque no dejemos de darle asilo en nuestro texto).
Ese es el dilema en su forma más griega. La forma europea o «moderna» también tiene esos dos rostros, aunque se va extreman­do a medida que camina hacia la tardo-modernidad, como ocurre en la edad postclásica de todas las civilizaciones: por una parte, y en primera instancia, nos pide distinguir claramente especulación teórica de vivencia poética… pero para acabar, por otra, instándo­nos a comprender que, en el fondo, Pensador y Poeta se dedican a lo mismo (aunque el primero tiende a ignorarlo y el segundo no necesita saberlo): crean lenguaje, no representan realidades. Y es el poeta o músico, a juicio de muchos, quien lo hace con más autenti­cidad y menos mala consciencia. Pervive siempre, no obstante, una corriente, a veces aparentemente marginal pero irreducible, que conserva la insistencia en que Filosofía y Poesía no tienen nada im­portante en común, y por razones similares a las del racionalismo antiguo, aunque exacerbadas. La cartesiano-galileana separación radical de Ciencia y Poesía (objetividad y subjetividad, referencia y connotación…), por una parte, y de, por otra, Ciencia y Filosofía (lo verificable y lo inverificable) ha presionado en alguno de los dos sentidos: el del acercamiento de la Filosofía al Arte (alejándola de la Ciencia) y el de su radical alejamiento (acercando la Filosofía a la Ciencia).
Por su parte, el músico o poeta observa la misma «ambigüedad» en su relación con la Filosofía. Aunque presiente y aprecia la honda afinidad que tiene con ella, también sabe y quiere la absoluta auto­nomía de su tarea propia. Admira la reflexión acerca de la Belleza y de la propia naturaleza del Arte, y le entusiasma la expresión que él mismo, poeta, músico…, logra dar a los más profundos pensamien­tos, pero no puede tolerar que filósofo alguno, aunque sea él mismo, le prescriba el qué o el cómo de lo que «crea» artísticamente. No deja de sentirse incómodo cada vez que uno de ellos se acerca para decirle que (como quizá él mismo no sepa) es depositario de la más alta verdad. ¿No es más bien él, el músico, el poeta… quien hace sin saber lo que hace? Cuando el propio artista intenta pronunciar «su» filosofía, por lo general solo logra balbucear algo no mucho mejor que lo que consigue un filósofo cuando intenta expresar poé­ticamente sus ideas. Entre los versos del poeta, solo con una buena dosis (o sobredosis) de caridad hermenéutica es posible encontrar teoría explícita o consciente, salvo cuando son contenidos filosóficos tomados como asunto por el artista, pero que, entonces, ni aportan valor poético al poema ni reciben de él más verdad que la que ya tuvieran. En las alegorías, lo poético está en relación inversa a la explicitud de su intención pedagógica o doctrinaria.
Arte y Filosofía están más cerca, el uno del otro y cada uno de sí mismo, cuanto más guardan su diferencia, y más se distancian, tanto del otro como de sí mismos, cuanto más se confunden. ¿Dónde está y cómo es esta identidad-diferencia?

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Empecemos por lo que, de acuerdo con buena parte de la tra­dición y con la visión más popular, es la forma más inmediata y general de esa diferencia: la que hay entre lo Verdadero y lo Bello, entendido esto, a su vez, en términos de «facultades psíquicas», como la diferencia entre lo que es prioritaria o esencialmente cog­nitivo o teórico, y lo que es principalmente emotivo y «expresivo». Ambos, Filosofía y Arte, se harían cargo del sentido de las cosas, pero mientras que la Filosofía lo haría en el modo de búsqueda de la verdad, que es objeto propio del conocimiento, el Arte trataría con ello en tanto que expresión de belleza, apreciable esencialmente mediante el gusto. Una actividad es arte, según eso, solo desde el momento y en la medida en que «expresa» y causa (o es capaz de causar) adecuadamente (ciertas) emociones. Ni su capacidad de portar verdad, ni su papel en el ámbito de la justicia o la utilidad, ni cualquier otra implicación que una producción artística pueda tener, son suficientes ni necesarias para definirla como arte. Es más, todas esas implicaciones deben ser puestas entre paréntesis para que haya experiencia o «juicio» estéticos o caléticos. En tér­minos de Lenguaje, el eje principal a que se dedica el poeta, el mú­sico, el pintor… es el de la función expresiva, no el de la referencial (o cualquier otro).
Por supuesto, esta tesis es tan universal como problemática e incluso —sostendremos en breve— unilateral y, por ello, errónea. Pero intentemos antes apreciar su «parte» esencial de verdad. Se tra­ta, recordemos, de salvar el «hecho» de que no se puede, hablando literalmente, confundir al Arte con la Filosofía (ni con cualquier otra cosa), por más que cada uno de ellos esté de alguna mane­ra (incluso esencial) en el otro. Quienes pretenden que Poesía y Filosofía son «lo mismo», no quieren decir, obviamente, que esa identidad sea una tautología, sino que la consideran una verdad profunda, «sintética». Debe tratarse, pues, de una identidad que respete la diferencia, una identidad dialéctica (como, por lo demás, es toda identidad). ¿Dónde situar esa diferencia?
Todos «sabemos» bien en qué consiste el estado de, por ejemplo, escuchar, interpretar o componer música o poesía, y sabemos dis­tinguirlo claramente del acto de reflexión filosófica (acerca de, por ejemplo, esas mismas vivencias estéticas). Si nos pusiéramos ahora a tocar un instrumento, o a bailar, y nos sintiéramos «raptados» por el transporte musical, se suspendería en nosotros, por eso mismo, la prioridad de todo juicio racional, y nos concentraríamos en las emociones, más o menos «tranquilas», que las formas poéticas o musicales nos provocasen. El problema de si lo que estábamos es­cuchando es, en algún sentido, verdadero o falso, no se plantearía en ese momento, ni tiene apenas sentido: si hay ahí alguna verdad, lo es de manera implícita, no-consciente, no refleja.
No debe confundirnos aquí el Arte Poético. Los poetas, artistas de la palabra, «dicen» cosas que pueden ser literalmente verdaderas o falsas (aunque también pueden ser «absurdas»), pero, en realidad, no es solo y primordialmente eso lo que hace al poema, poema. La manera en que el poeta vive y da vida a la palabra es distinta a la que es propia de la Filosofía o de la Ciencia. Términos y proposiciones no están en la Poesía fundamentalmente por su capacidad de refe­rirse a ideas o cosas, o estados de cosas, ni efectivos ni posibles. Esto no quiere decir que la metáfora sea un uso lingüístico tal que en él la palabra conserve solo su sentido «literal» pero este no tenga nada o apenas nada que ver con la función poética: en la metáfora el término tiene su sentido literal, desde luego, pero también y sobre todo un sentido metafórico o figurativo (y, por tanto, representa­cional), que tiene una relación necesaria con su valor estético. Aho­ra bien, el valor cognitivo de una metáfora no es explícita y plena­mente veritativo. Y está íntimamente relacionado con ello el hecho de que su valor se localice nuclearmente en, o al menos pase por, su capacidad de emocionar. La verdad de la que la metáfora sería portadora no es aquella que las proposiciones del poema vehiculan explícitamente, ni siquiera en el símil: sería la verdad de su sentido profundo, pero precisamente la metáfora y el símil no tienen nunca en la obra poética un sentido explícito. El sentido de la «literatura» no es el «literal», aunque esté completamente relacionado con él, de manera análoga a como los sonidos no están, en la música, en cuan­to sonidos «naturales» —con una significación natural—, o como los sabores no están, en la gastronomía, en cuanto asociados direc­tamente al apetito natural por ciertos nutrientes, aunque tanto el sonido musical como el sabor «dependan» de o estén relacionados necesariamente con el sonido y la nutrición naturales. Si usásemos los sabores para comunicarnos proposiciones, es decir, verdades o falsedades (lo que no sería imposible: «bastaría» con hacer cons­ciente alguna sintaxis y unos criterios de referencia en las secuencias de sabores), tal uso cognitivo y veritativo inhibiría la capacidad de ese lenguaje para portar en ese momento una experiencia estética, aunque podría volverse a hacer «poesía» con él, si lo usásemos poé­ticamente, es decir —según explicaremos enseguida—, en cuanto figura, y no en cuanto proposición o «lekton completo».
La verdad no es, explícita y «conscientemente», condición ni sufi­ciente ni necesaria para que haya belleza. De ninguna obra de arte se sabe, de hecho, qué «quiere decir». «Ni siquiera» y principalmen­te lo sabe el propio artista. Y no lo sabe ningún filósofo, aunque to­dos tengan hipótesis diversas. Si algún día se descubriese un algorit­mo que proporcionase una traducción o destilación, a partir de lo dicho por el poeta, de su contenido de verdad (suponiendo que lo tenga), lo así encontrado sería insuficiente e incluso irrelevante para darle o quitarle valor artístico. La «comprensión» de la realidad que supone la obra de Arte (si es que se puede hablar así) es completa­mente otra que la de la Filosofía. Ideas como realidad, verdad, be­lleza… y toda otra idea, en verdad, le son ajenas, o solo las entiende o usa como puede hacerlo el Arte. El Arte busca lo bello, pero no «sabe» ni se pregunta qué es la Belleza o qué es él mismo. Solo la Filosofía se pregunta eso, y, para ello, tiene que estar fuera del Arte. Es también la Filosofía la que piensa las otras relaciones dialécticas que el Arte guarda (con la Política, la Religiosidad, la Ciencia…). Y solo la Filosofía, por tanto, puede preguntarse, como nos estamos preguntando ahora, qué relación hay entre ella y el Arte.
Pero, ¿no es verdad que la reflexión filosófica, llevada a cabo por el propio artista, influye sustancialmente en su «creación»? ¿No ocurre, incluso, que mucho arte, sobre todo reciente, solo cree ser y, en cierto modo, solo es «inteligible» y estéticamente apreciable si va acompañado del prospecto filosófico, elaborado a menudo por el propio artista? Es verdad. Y también son capaces de influir, en su obra, hechos y actitudes políticas, religiosas, etc. Pero se trata de una relación y una influencia que, siendo efectivamente sustancial, incluso infinitamente sustancial si se quiere, permanece, no obstan­te, también siempre externa: el criterio que acabará determinando si algo es bello musicalmente, poéticamente, plásticamente…, será el propio criterio musical, poético, plástico…, es decir, en un as­pecto esencial, el gusto. Es más, en cierto aspecto es muy justo el reproche esteticista corriente de que la reflexión filosófica (o el uso político o de otro tipo, de la obra de arte) mata la vivencia estética: si la reflexión pretende ocupar el lugar de la obra, sustituirla como algo mejor, o siquiera iluminarla, sencillamente «cambia de tema». Por fortuna, la obra es irreducible a cualquier explicación filosófica.
De manera semejante, en sentido inverso, solo indirectamente puede el Arte influir en la Filosofía. Que se tienda a pensar que una idea fea no puede ser verdadera y que la belleza de una tesis o una argumentación es indicio de su verdad, no significa que se pueda cambiar o confundir una cosa por o con la otra. Puede, incluso, decirse que no hay una sola proposición o palabra filosófica que no esté totalmente teñida de lo estético, pero, con todo, es filosófica la palabra o la proposición que sabe mantener eso en el nivel de la resonancia armónica, y no de la nota fundamental.


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Este texto es un fragmento del libro De la filosofía como dialéctica y analogía, Ápeiron Ediciones, 2015 , páginas 137 y ss

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