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miércoles, 12 de agosto de 2015

La metafísica del acabamiento de la Metafísica

Vuelvo a mis reflexiones acerca de la situación actual de la filosofía, fijándome en la tantas veces considerada pero no del todo aclarada ni “solucionada” dicotomía entre “analíticos” y “continentales” o, como prefiero identificar a este segundo eje, “hermenéuticos”.

Seguramente no muchos lectores de filosofía hacen habitualmente el ejercicio de leer por la mañana (¿o por la tarde?) a autores como, por ejemplo, Peter van Inwagen, Timothy Williamsons, Derek Parfit o Ronald Dworkin, y, por la tarde-noche (¿o por la mañana?) a autores como Jean-Luc Nancy, Alain Baidou o Giorgio Agamben, en la idea de que están leyendo, por la mañana y por la tarde, textos pertenecientes al mismo género y que tratan de los mismos asuntos, esto es, de los asuntos centrales de la filosofía, en un sentido no equívoco de la palabra. Aunque cada vez más intérpretes, sobre todo en el ámbito analítico, ensayan hábilmente el ejercicio de poner en diálogo a autores de sendos continente filosóficos, los propios filósofos principales de uno y otro lado parecen habitar, no ya en continentes o islas separados, sino en diferentes e incomunicables mundos, y ni siquiera creen que el mundo que habitan los otros sea un mundo posible. Desde luego, ni en, por ejemplo, Material Beings de van Inwagen, ni en The Philosophy of Philosophy de Williamson, ni en Justicia para erizos (Justice for Hedgehods) de Dworkin o en On what matters de Parfit, encontrará uno referencias a Nancy, Badiou o Agamben, ni, menos aún, en, por ejemplo, Être singulier pluriel de Nancy o en Court traité d’ontologie transitoire de Badiou, se hallará eco de aquellos. Si dejan la cortesía a un lado y dicen lo que piensan al respecto, los primeros se mueven entre cierta humilde confesión de su incompetencia para entender a los segundos y, sobre todo, un honesto reconocimiento de que piensan que estos ni razonan con pulcritud y claridad ni lo hacen sobre temas relevantes, sino que escriben de manera vaporosa, oracular y “literaria” acerca de cosas, cuando no incomprensibles, anecdóticas; entre los segundos también algunos (aunque muchos menos y mucho menos) admitirán cierta falta de competencia o entrenamiento para comprender a los primeros pero, sobre todo, confesarán que ven a aquellos como unos perfectos ingenuos y unos simples que viven en un mundo filosófico en realidad hace ya mucho tiempo muerto. Los primeros, adiestrados en los más rigurosos métodos lógico-matemáticos y en los modos del hacer científico-natural en general, creen que quien no se atiene a estos métodos cambia pensamiento riguroso por palabrería pseudo-iluminada, y que todo lo que tiene que ver con la historia de las palabras y sus connotaciones es una especie de adorno, en el fondo insustancial e innecesario. Los segundos, adiestrados en los más exigentes métodos de hermenéutica y lectura, piensan que la filosofía es esencialmente o quizás solo lectura e interpretación de “textos” (los textos pueden ser instituciones o acontecimientos históricos, porque “todo es texto”) y que quien ignora la hermenéutica y cree que puede usar los términos filosóficos asépticamente, está en estado virginal.

Estoy convencido de que ambos se equivocan en su unilateralidad: ambos explotan aspectos diferentes de la escritura y lectura filosófica, del pensamiento filosófico, pero ambos carecen de lo que tiene el otro y, peor aún, ambos ignoran y pretenden seguir ignorando este hecho, y absolutizan así aquello único que hacen. Por usar un símil (pero es solo un símil) sería como si quienes trabajasen en la lingüística se repartiesen, como de hecho es frecuente, entre quienes se dedican a la pura gramática (formal, sincrónica o anacrónica –incluso cuando es histórica-…), y los que se dedican a la interpretación literaria (diacrónica, atenta a la connotación…), y ambos grupos pensasen que podían prescindir del o ignorar al otro. Pero la lengua es ambas cosas, gramática y hermenéutica, sincrónica y diacrónica, y, sin ambas, ni se sabe hablar ni se entiende lo que se dice.

Como quiera que es cierto que los métodos adecuados tienen esencialmente que ver con la cosa (no solo en filosofía, también en la ciencia o en cualquier otro ámbito, con toda seguridad, pero desde luego igualmente y quizás más –aunque menos aparentemente- en filosofía) es lógico tener la percepción de que no se está hablando del mismo asunto que quien usa un método muy distante del nuestro. De hecho, por el lado de la filosofía hermenéutica es muy fácil caer una y otra vez en la tesis de que nadie está hablando de lo mismo nunca. La filosofía analítica, dada su vocación ahistórica y univocista, es más propensa a tender o buscar puentes, en una continua extensión de la llamada “caridad hermenéutica”.

Me parece obvio, sin embargo, que, más allá de las apariencias, ambos mundos filosóficos están tratando de los mismos asuntos, e incluso a veces de una manera mucho más próxima de lo que quieren creer. Se sigue tratando, sí, de ontología, de epistemología, de ético-política, de estética… Y, lo que es más, se siguen sosteniendo las mismas tesis, aunque expresadas en otras palabras (lo que no es anecdótico o prescindible). Aunque, en el ideal, método y cosa son lo mismo, en las prácticas humanas no es así, si bien tampoco lo contrario. Los métodos humanos intentan ser lo mismo que la cosa, pero cada uno de nosotros la aborda desde un cierto lugar, porque no los abarcamos todos. Parafraseando la imagen que Parfit ha utilizado para figurar su buscada convergencia entre el consecuencialismo y el kantismo éticos, se puede decir que unos y otros, analíticos y hermenéuticos, suben la misma montaña por diferentes caras. Esto no quiere decir que sea posible subirla solo por un lado porque lo importante sería la cima. Sería preferible, quizás, subirla en círculos, y no ser así ni lo uno ni lo otro sino todo, como lo son algunos grandes pensadores de la historia, paradigmáticamente Platón.

¿Por qué, entonces, unos y otros creen estar hablando de asuntos diferentes, y, en el caso de los filósofos hermenéuticos, incluso de algo diferente a lo hablado en cualquier otro momento de la historia del pensamiento? La causa es, a mi parecer, una serie de confusiones, de confusiones propiamente filosóficas que deben ser discutidas filosóficamente.

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Para observar estas confusiones tomemos, por ejemplo, el tema de la Metafísica. Mientras que los filósofos analíticos, después de un breve periodo positivista y pretendidamente antimetafísico en la primera mitad del siglo pasado, hace ya mucho que  creen estar haciendo metafísica, los filósofos hermenéuticos siguen viviendo plenamente bajo la tesis, remotamente kantiana y más próximamente nietzscheana y heideggeriana del acabamiento de la Metafísica, generalmente unido al dictum de la muerte de Dios. Los filósofos hermenéuticos creen que los filósofos analíticos solo pueden seguir haciendo o haber vuelto a hacer metafísica bajo una completa ignorancia de los acontecimientos o, más bien, del Acontecimiento moderno-postmoderno. Los metafísicos analíticos, por su parte, creen que los hermenéuticos solo pueden seguir sin hacer metafísica, o, acaso, seguir creyendo que no la hacen, bajo el influjo de una hipertrofia de interpretación histórico-literaria. Aunque ambos tienen su parte de razón, en esta cuestión creo que los analíticos están más cerca de la verdad (entre otras cosas porque casi solo ellos siguen sosteniendo que la filosofía busca la verdad). Será interesante intentar desentrañar la confusión o confusiones del hermeneuticismo en este asunto. En otro momento se tratará de la confusión o confusiones analíticas. Por decirlo en pocas palabras, la filosofía hermenéutica o, mejor, hermeneuticista, cree en la muerte irreversible de la Metafísica porque vive bajo el dogma de la absoluta historicidad. Esta hipertrofia del aspecto histórico del Texto le impide hacer un análisis relevante de las eternas cuestiones (Verdad, Justicia, etc.), a las que se dedica apenas a “deconstruir”, y, de paso, le impide ver que ella misma, la filosofía hermeneuticista, sigue “presa” o, mejor, habita, como no podría ser de otro modo, en la Metafísica. Veámoslo.

¿Qué es la Metafísica, de qué trata? Desde Aristóteles sabemos que lo que luego se llamó Metafísica y él llamaba “sabiduría primera” es el estudio o la “ciencia” del ser en cuanto tal (no de este o aquel género o tipo de ser) y de las propiedades que en cuanto tal le corresponden. La Metafísica se plantearía, pues, si el ser es, en último extremo, uno o múltiple o ambas cosas y en qué modo, material o inmaterial o ambas cosas y en qué modo; qué tipos y categorías estructuran el ser, etc. Desde Kant, sin embargo, se consolida otro género de definición de lo que es “metafísica”, que da lugar a una cascada de cambios de significación, a cada cual más pernicioso:

Kant, quizás queriendo ante todo combatir las meditaciones metafísicas racionalistas, define la metafísica como la indagación de realidades suprasensibles. Es esencial dejar claro que este no era el sentido aristotélico. La prote sophia del aristotelismo comenzaba por la consideración más general y menos comprometida ontológicamente del ser. Solo en segunda instancia se indagaba la existencia o no de realidades suprasensibles o inmateriales, y la respuesta no tenía por qué ser positiva. Cuando Kant cree estar haciendo algo radicalmente nuevo con su análisis de las categorías lógico-trascendentales, no está haciendo más que la vieja ontología, pero con los términos subjetivistas propios de la modernidad. La motivación de Kant para cambiar más de palabras que de temas es el fundamentalmente engañoso giro gnoseológico moderno, que cree que tenemos que desconfiar de un acceso directo a la realidad. En el fondo de esta desconfianza está el fuerte dualismo triunfante en la fundación de la modernidad mediante el galileanismo y el luteranismo de la mano, según el cual el Sentido o valor de las cosas es algo total y radicalmente Otro, otro que el objeto de conocimiento. Volveremos a encontrar este “oscurantismo” en todas las etapas posteriores. El propio Kant fue quizá consciente de que su “giro” no lo era hacia una mera teoría del conocimiento, sino hacia una ontología e incluso metafísica. No obstante, el sentido negativo y limitado de metafísica tuvo éxito. He aquí un primer capítulo de la confusión moderna acerca de la Metafísica. Llamémoslo la confusión oscurantista-subjetivista.

El segundo capítulo importante en la cascada moderna de malversaciones del término “metafísica” podemos localizarlo en Nietzsche, o quizás antes en Feuerbach y en Marx. En un paso más en el camino de su hipostatización, Nietzsche caracteriza a la Metafísica como la creencia voluntaria y cobarde en otra realidad diferente de la del cuerpo y el devenir. Ahora, en lugar de “Lógica trascendental”, lo que procede es, según Nietzsche, hacer una “genealogía” que desmonte la pretensión metafísica, empujando al asunto, de paso, al terreno de la praxis (lo que ya estaba presente, cuando menos, en Kant, y es otra cara del sino moderno). Pero, por supuesto, tal como las tesis “trascendentales” de Kant son ontología y, por tanto, dicho correctamente, metafísica, las tesis de Nietzsche también son metafísica. En esta metafísica del devenir, sin embargo, y a diferencia de en Kant, ya no hay más categorías eternas que las de esa propia metafísica, y la pulsión de constante cambio lo impregna todo bajo la forma mitológica de “muerte de Dios”. Es el oscurantismo-devenir.

El último capítulo esencial en esa cascada de cambios del término y del concepto de Metafísica se da en Heidegger. La confusión heideggeriana es múltiple, y múltiple, a mi juicio, el “daño” que ha hecho. Heidegger define la Metafísica como el olvido del Ser y su confusión con el ente (o, en el mejor de los casos, como la “confusión” de lo ontológico y lo óntico-primero, la “onto-teología”). En su lugar propone, no una Lógica Trascendental (como Kant) ni una Genealogía Inmanentista (como Nietzsche) sino una Ontología (o Analítica ontológica) Hermenéutica. Pero ¿qué quiere decir Heidegger con todo esto del acabamiento de la Metafísica?

Lo más promisorio en términos de inteligibilidad me parece que es su caracterización del ente de los metafísicos como lo presente: la Metafísica confundiría el ser con la presencia, ocultando lo que “hace posible” (las condiciones de posibilidad) de la presencia. Esto parece una exigencia kantiana. Efectivamente, Heidegger pretende un nuevo y más radical (y, por tanto, fuertemente dualista y, en último extremo, oscurantista) giro trascendental. Pero ¿qué quiere decir ahí “presencia” y, sobre todo, qué es lo otro que la presencia? No podemos conformarnos, obviamente, con interpretar que lo que se presenta no es lo que es y que lo que es auténticamente lo que es nos queda oculto. Desde luego, este motivo oscurantista está operando esencialmente en el pensamiento heideggeriano, como paralelamente en el de Wittgenstein (el sentido del mundo está fuera del mundo, y sobre él no cabe hablar, porque todo lo que decimos es y no puede dejar de ser sobre el ente, y oculta al ser) pero, digo, no podemos conformarnos con esta tesis, porque queda aún muy poco “clara” e inmotivada, y es, además, en último extremo inconsistente (como el propio Wittgenstein supo ver).  Si, al menos, buscamos la “argumentación” heideggeriana de este oscurantismo ontológico (que ha dado, como prole, toda la serie de pensadores marcados por el pathos de lo desconocido aún por venir pero del que nadie sabe nada ni puede saberse sin puede saberse algo) obtenemos la “Diferencia Ontológica”: la Metafísica olvida, o, más bien, consiste en el olvido, del Ser porque –argumenta Heidegger- ignora la diferencia radical entre ser y ente: el ser no puede ser, no es un ser (más –¿ni menos?-). Aquí llegaríamos a la primera tesis estructural (o, al menos, más manejable) del pensamiento heideggeriano (como se sabe, la Diferencia también ha tenido una importante prole durante el siglo XX y lo que va del XXI). Sin embargo, esta tesis, en cuanto mera tesis (dejando aparte su contenido) es una confusión. Por si fuera poco, va unida a otra confusión, que no era necesario unirle aunque sí muy fácil: el “análisis” de las distintas tesis acerca del Ser tiene que ser un análisis, dice Heidegger, hermenéutico, es decir, de interpretación histórico-literaria. Veamos ambas confusiones.

La tesis de la diferencia ontológica radical es una confusión en cuanto tesis pretendidamente no metafísica (o, al menos, en cuanto –ambiguamente expresada- tesis pretendidamente meta-metafísica sin implicaciones metafísicas). En el viejo lenguaje de la metafísica pre-malversada, la tesis de la diferencia ontológica es sencillamente la tesis de la equivocidad entre el ser y los entes. Ni mucho menos es una tesis desconocida: Platón la discute una y otra vez, y conoce perfectamente la aporética de esa dialéctica. Si lo que da el ser a los seres (o lo que da el tipo de ser-A a los entes que son A) es también ser (es también A, se participa a sí mismo) entonces pertenece al conjunto, con los otros, y no es la Propiedad de ese conjunto. Si, en cambio –porque Platón es consciente, dialécticamente, del “si, en cambio…”-) el Ser es diferente de los entes (si el ser-A es diferente de las cosas que son A, si el ser-A no es A o participa de lo A) entonces queda en un completo misterio tanto cómo entender al Ser (o al Ser-A) y cómo el Ser hace ser a los entes (como el Ser-A hace ser-A a las cosas que son A). Se trata, en fin, de un viejo asunto metafísico, en el sentido correcto de esta palabra, y será metafísica su continua y futura discusión.

A la confusión ontológica (o, a lo sumo, metaontológica) se añade, en Heidegger, la Confusión Hermenéutica (con mayúsculas) y varias confusiones hermenéuticas con minúscula. La Confusión Hermenéutica con mayúsculas es la hipostatización de la hermenéutica, es decir, la tesis de que el Ser y la Metafísica (o la Ontología, o como se la quiera llamar) no solo tiene historia sino que es su historia (aunque se pretende que historia tiene, desde luego, un sentido no-metafísico). Es un hermenéuticismo absoluto, donde la hipertrofia de lo histórico pretende convertir en ontológicamente inconmensurables los diferentes pensamientos sobre el ser: ya no estaríamos hablando de lo mismo que Platón, etc. Mediante esta esencial confusión propiamente moderna, cuya motivación (semejante a la del giro copernicano de Kant) es la presión historicista de la modernidad en su rechazo luterano de la Metafísica racional y el ansia de novedad radical (que se extiende por toda la modernidad como escatología secularizada), el heideggerianismo intenta desplazar las discusiones ontológicas a disputa sobre lecturas histórico-literarias, ignorando así la propia dialéctica que existe entre la Metafísica (u Ontología o como se la quiera llamar) y la Historia. Por supuesto, Platón conocía también perfectamente bien esta aporética, que es la que está detrás de que sus textos sean una síntesis dialéctica de diálogo ahistórico y texto “literario”. Pero, nuevamente, Heidegger reduce el asunto a un solo polo, y desencamina así sus pasos hacia el bosque de lo indecible. La tesis heideggeriana de que la Metafísica es la confusión ontoteológica es ella misma la confusión (metafísica) de la ontohermenéutica.

Junto a la Confusión Hermenéutica están, por último, las confusiones hermenéuticas concretas, sumamente importantes, también, y bastante bien conocidas: me refiero a la desencaminada y desencaminante lectura que Heidegger hace de prácticamente todos y cada uno de los filósofos, especialmente de los griegos.

Resumamos, entonces, la confusión o serie de confusiones que conducen a la tesis del acabamiento de la Metafísica y al error de ignorar que la propia filosofía hermenéutica es o supone una metafísica:

  • Primero está la (doble) confusión kantiana de que la metafísica tradicional es la búsqueda de lo suprasensible y que es necesario anteponerle una “Lógica Trascendental”. En verdad –digámoslo una vez más-, ni la metafísica tradicional era tal cosa (sino que contenía un análisis previo y fundamental del ser en general, del ser en cuanto ser…), ni es posible simplemente anteponer una crítica del conocimiento (subjetiva) a la metafísica, ni se trata de una confusión inocente. La “Lógica” kantiana e idealista en general resulta ser el heredero-sustituto de la vieja ontología, convirtiéndose en una ontología inconsciente de sí misma, y su motivación es soportar el oscurantismo y voluntarismo moderno.
  • Después está la confusión nietzscheana que, en primer lugar, malinterpreta, igual que Kant, lo que es la metafísica (atribuyéndole nuevamente no el análisis del ser sino la búsqueda de lo suprasensible), y, en segundo lugar, de modo similar a Kant pero más radical y equivocadamente, cree que se puede hacer preceder o, más bien, se puede sustituir la metafísica y la ontología (incluida la ciencia como una consecuencia suya) por una “genealogía” (o “psicología”, etc.) que, obviamente, no es ciencia, sino oráculo puro. Así, Nietzsche produce, como no tenía más remedio que producir (y pienso que él fue consciente de ello) una metafísica más (“el devenir no deviene”), que tiene, por tanto, que dirimirse frente a las otras opciones metafísicas y recibir la cobertura de la metafísica en último extremo.
  • Por último, Heidegger acumula las confusiones: como Kant, malinterpreta la metafísica tradicional y propone una (inconsciente de sí misma) metafísica de la diferencia radical; y como Nietzsche, introduce una perspectiva irreduciblemente histórica en la cuestión. Como toda la tardo-modernidad, el designio es un oscurantismo voluntarista y anti-racionalista.


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 Veamos, por último, cómo opera este juego compuesto de confusiones en dos recientes metafísicos del fin de la metafísica. Tomemos, por ejemplo, a Giorgio Agamben y a Jean-Luc Nancy (aunque igualmente podríamos haber tomado a otros de sus compañeros de viaje, como Derrida, Jean-Luc Marion, etc., e incluso algunos que no lo son tanto, como Alain Badiou).

Tanto en Agamben como en Nancy es clara y explícita la tesis de que vivimos en tiempos irrevesiblemente postmetafísicos. En Nancy esto va muy claramente unido al tópico nietzscheano de la muerte de Dios: Dios está muerto definitivamente. Es más, el propio Cristianismo, dice Nancy en un alarde de torsión (¿o tortura?) hermenéutica, tiene y tenía desde el principio el designio (el telos debería decirse aunque Nancy no quiera que se diga), de deconstruirse a sí mismo.

Pero ¿qué tipo de tesis es esta de la muerte irreversible de Dios? ¿Se trata –como podría creerse a primera vista- de una tesis historiográfica, esto es, de una especie de predicción según la cual, por razones históricas, culturales, o incluso “esenciales” (de la esencia de Occidente), se fue para no volver la idea de que el mundo tiene su sentido en algo trascendente? Por supuesto que no es una tesis historiográfica, que podría ser falsada y verificada con los acontecimientos. En el supuesto de que, durante los próximos dos mil años mucha gente siguiese creyendo, o cierta mucha gente en Occidente volviese a creer, que el mundo tiene un trasunto axiológico no inmanente, Nancy (o Agamben) podría(n) mantenerse impertérrito(s) afirmando que toda esa conducta es propia de zombis que no saben (o hacen o quieren hacer como que no saben) que irreversiblemente “Dios ha muerto” (Nancy encuentra incluso hastiador el presunto retorno de lo religioso, y augura o parece augurar que se trata solo de los últimos estertores, pero no descarta un muerto que indefinidamente simula estar muy vivo). Si muchos filósofos en los próximos dos mil años siguen escribiendo libros de metafísica (como se hace en las universidades del mundo anglosajón) Agamben y Nancy, y sus compañeros de viaje, pueden permanecer impertérritos afirmando que todos esos filósofos ignoran que sus temas están ya irremediablemente pasados, carentes de sentido… No es, pues, una tesis historiográfica. Ni siquiera podría serlo, porque, para Nancy y compañía de viaje, vale la tesis nietzscheana de que la propia historiografía, en cuanto ciencia, es ella misma parte o deudora de la metafísica. Todas las categorías que podrían estructurar la especulación racional, tales como Verdad, Demostración…, también Justicia, etc., son objeto de deconstrucción.

Pero, entonces, ¿de dónde sacan su legitimidad las tesis de Nancy y compañía? Más allá de cómo cada uno de ellos llame a su “método” (genealogía, arqueología, deconstrucción, análisis…), si buscamos la argumentación más rigurosa posible, encontramos, en realidad… vieja ontología o metafísica.

Nancy, por ejemplo, en Ser singular plural, donde no oculta su pretensión de hacer (con nuestra participación) una nueva “filosofía primera”, nos comunica que el ser es, en verdad, el ser-con, una pluralidad de singularidades en indefinidamente múltiples conexiones o contactos, red por la que circula el sentido, y más allá, después o antes de la cual no hay un ente primero, ni el gran Uno ni el gran Otro. El mundo no tiene un sentido antes y fuera de él, sino que el sentido es esa circulación de significaciones que es el vivir en comunidad con los otros irreducibles. He aquí la ontología de Nancy.

Recordemos también, muy brevemente, la metafísica de Agamben, bastante afín a la de Nancy (y resto de compañeros). En La comunidad que viene quizás más claramente que en ninguna otra parte (pero consistentemente con todos los otros lugares posteriores de su obra, creo yo) Agamben nos proporciona una descripción de la correcta ontología: lo real es el “cualsea” o cualquiera, el “ejemplo”, un ser que no es ni universal ni particular, en el que no se reconoce la escisión “metafísica” de espíritu y nuda vida, etc.

El asunto no es, ahora, si estas ontologías o metafísicas (en el viejo y correcto sentido de la palabra, insistamos) son preferibles a, por ejemplo, una ontología platónica, o una aristotélica. El problema es cómo pueden ser válidas de alguna manera. ¿Son válidas porque resultan ser la ontología más coherente y que mejor explica los hechos? En ese caso, son válidas supuesta la validad general y ahistórica de la propia ontología o metafísica, y su verdad queda pendiente de la, siempre a la vez eterna e histórica, discusión metafísica. Pero entonces, por tanto, no pueden dar soporte a la tesis (ni histórica ni metafísica, pues) de la irreversible muerte de Dios y, menos aún, del acabamiento de la Metafísica.

Seguramente ni Nancy ni Agamben estarán satisfechos con hacer depender la verdad de sus tesis (porque a la verdad aspiran) de la validez incondicional de la metafísica u ontología. De hecho, creen, la metafísica está acabada, y ello incluye o debe incluir cualquier forma de la ontología, no solo la extrema tesis de la muerte de Dios (suponiendo que aceptasen que son diferentes estas cosas). Entonces, la validez de la tesis del acabamiento de la Metafísica y de la muerte de Dios no pueden depender de una metafísica u ontología del ser singular-plural o del cualsea, sino que es una tesis independiente e incondicionada. La muerte de Dios y el acabamiento de la metafísica solo podrían tener una “justificación” por sí mismas, como “Acontecimiento” impensable racionalmente pero indudable. Este es el que venimos llamando oscurantismo historicista. Oscurantismo que no tenemos ninguna razón para aceptar, y que es inconsistente consigo mismo, pues no puede ser llamado ni verdadero ni falso, ni argumentado o contraargumentado.

Así pues, tenemos que desenmascarar el discurso, propiamente patológico (pleno de pathos), del acabamiento de la metafísica y de la muerte de Dios. La Metafísica sigue perfectamente vigente incluso pretendiendo sostener pero no sosteniendo los discursos de su propia muerte, que son discursos puramente metafísicos, aunque negativos, como es metafísico ese otro inmanentismo más propio del mundo analítico, el naturalismo. Por tanto, cuando los filósofos analíticos, superando el error kantiano del giro copernicano y, desde luego, “superando” o simplemente ignorando el error historicista-hermenéutico que ha irrigado o plagado el grueso del pensamiento germánico y francés, se dedican a la Metafísica, están en su pleno derecho y en su obligación. Sin embargo, también ellos ignoran algo que deberían aprender del otro mundo. Y ambos, continentales y analíticos, ignoran la dialéctica que los une y separa, aunque esto lo ignoran más los analíticos. Pero todo eso lo trataremos en otra ocasión.


Podría insinuarse esta (también vieja) objeción: una ontología pluralista es, por esencia, antimetafísica, pues deconstruye la propia metafísica. En todo caso, se añadirá, es una meta-metafísica. Esta objeción no es correcta. No es preciso llegar a la extrema posición defendida por Ronald Dworkin, según la cual el escepticismo moral relevante es interno a la moral, es decir, es una posición moral más (aunque negativa), de modo que la metaética sería propiamente una confusión, para distinguir con precisión una tesis meta-metafísica de una tesis metafísica: una tesis que, como las antes recordadas, usan como términos temáticos “ser”, “singular”, “relación”, etc., son tesis intrínsecamente metafísicas. Tesis metametafísicas son las usan como términos temáticos, no los términos de los objetos de la metafísica, sino los términos que nombrar a la propia actividad metafísica (tales como “conceptos”, “ideas”, “argumentación dialéctica”, etc). Y, además, es fácil mostrar que cualquier posición metametafísica implica una posición metafísica, sin que (como querría Dworkin) sea directamente una tesis metafísica. Como argumenta van Inwagen al comienzo de su libro de texto Metaphysics, si alguien afirma que no hay hechos ontológicos últimos (tales como que el ser es singular plural, o bien es universal, etc.), ese alguien está haciendo una afirmación acerca de, precisamente, el carácter último de la realidad.  

jueves, 5 de marzo de 2015

De otro tiempo y lugar, IV (Agamben)

Recordemos a Giorgio Agamben a propósito de nuestro asunto del otro tiempo y el otro lugar, el del final, o el de “después de” la historia, ese otro tiempo en que el mal o el sufrimiento, quedan abolidos, incluso salvados. De ese tiempo, Agamben habla como de “otro” tiempo, un tiempo posthistórico y mesiánico, un tiempo de felicidad, festividad e inoperosidad; pero no un tiempo “otro” en sentido metafísico, es decir, no un otro-tiempo trascendente, sino un tiempo, aunque distinto de este que contamos los humanos como nuestra historia, a la vez inmanente, corpóreo, ateo. Hay que agradecer al pensador italiano que se haya atrevido (cuando no era, ciertamente, “correcto”) a hablar bella y prolijamente, además de con gran erudición, del final de los tiempos, o, como él mismo advierte, del tiempo del final (porque se trata de mesianismo, y no de apocalíptica), desarrollando intuiciones e indicaciones de, sobre todo, Walter Benjamin (si Jean-Luc Marion es un heideggeriano contra Heidegger y un husserliano más allá de Husserl, y Derrida un heideggeriano contra Heidegger y un levinasiano más allá de Levinas, Agamben es un heideggeriano contra Heidegger y un benjaminiano… no contra ni más allá de Benjamin, sino con y en Benjamin, expresando y desarrollando ideas de Benjamin).

Esto que llamamos hombre tiene, efectivamente, que ser “salvado”, redimido. Todo el sentido de la creación procede de la redención: el profeta y el Mesías es, según lo expresa una tradición islámica, “anterior” o superior al ángel, lo que se traduce en que también en cada uno de nuestros actos es, más que el poder demoníaco por el que nos dedicamos a crear, la potencia más “humilde y corpórea” por la que somos criaturas, la que nos da “sentido”.

Pero, ¿en qué consiste  la redención y salvación de los hombres y resto de las cosas, y cómo figurársela? De varios modos o desde diferentes conceptos o “signaturas” ha expresado Agamben esa transformación mesiánica que hay que esperar, que incluso no tiene más remedio que llegar y hasta tiene que estar próxima, dado que la humanidad, con los fascismos y la democracia actual, ha llevado al extremo su maquinaria antropológica, esto es, su escisión, en el “interior” de una criatura, entre la mera vida desnuda y las formas de vivir (a esto es a lo que Foucault habría llamado biopolítica). Todas esas formas de figurarse el tiempo mesiánico, que propone Agamben, no solo son coherentes entre sí, sino que se iluminan unas a otras.

De una manera, tenemos que pensar la post-historia como el tiempo y lugar en que, en términos lógico-ontológicos, no existe ni lo universal ni lo particular, sino una figura que escapa a esa dualidad: el cualsea (quodlibet), comunidad sin universalidad, singularidad sin particularidad:

“El ser que viene es el ser cualsea. (…) El cualsea que está aquí en cuestión no toma, desde luego, la singularidad en su indiferencia respecto a una propiedad común (a un concepto, por ejemplo: ser rojo, francés, musulmán), sino sólo en su ser tal cual es.” (La comunidad que viene, pre-textos, traducción de J. L. Villacañas y Claudio La Rocca, Pre-textos,  pg. 9)

Diversos autores postmodernos han reivindicado, de alguna u otra forma, esa singularidad irreducible (presuntamente) a la lógica clásica. Así, por ejemplo, Jacques Derrida o Jean-Luc Nancy (Ser singular plural). No obstante, sabemos que hace ya mucho tiempo, Hegel también sostuvo con contundencia que la realidad no es ni el universal ni el particular, sino su síntesis, que los encierra y supera a ambos: el individuo, con “todas sus propiedades” (como también caracteriza Agamben a su figura ontológica). ¿En qué sentido el singularismo postmoderno es diferente, e incluso radicalmente diferente, al singularismo o “individuísmo” hegeliano y quizá marxiano (y lo mismo podríamos decir aristotélico, tomista, platónico…, pues no es más que un pobre tópico que los filósofos metafísicos ignoraron la singularidad), de modo que la posthistoria de la que habla, por ejemplo, Agamben, o la comunidad inoperante o “desobrada” (désouvrée) de Nancy, o la democracia por venir de Derrida, sean radicalmente diferentes del final de la historia que imagina Hegel (o Marx, si existe una lectura no post-moderna de su “utopía” o ucronía)? Creo que este es un asunto insuficientemente considerado, pero esencial para valorar la seriedad de toda propuesta que se pretenda “post-metafísica”. Zizek piensa, de hecho, que necesitamos a Hegel (Pero ¿y si Hegel –como el mismo Hegel pensaba- es también Aristóteles…?) Quizá podríamos decir que, lo que Hegel (y la tradición) consideran una síntesis “positiva” de los contrarios (universal y particular), la postmodernidad prefiere encararlo, más bien, como una meramente negativa liberación de ambos extremos. ¿El cualsea sería algo así como el “negativo” de la individualidad hegeliana? Entonces, este “personaje” (o “ayudante”, como lo describe Agamben en uno de los artículos de Profanaciones), que se ha desprendido tanto de su universalidad como de su particularidad para quedar como mero “ejemplo”, no daría lugar a un fin de la historia donde se enlazasen armoniosamente intereses contrarios, sino donde, “al contrario”, se disolverían simultáneamente todos los intereses… Una especie de contra-Paraíso o contra-consumación, no una consumación de seres dueños de sus actos, sino de im-béciles o im-potentes, en un sentido no-negativo de este “in-”.

Porque, efectivamente, y todavía en términos ontológicos, tenemos que pensar el “otro” tiempo, según Agamben, como el tiempo en que la dualidad potencia / acto, entendida -según la tradición metafísica- desde la superioridad del acto, y la destinación de la potencia a pasar necesariamente a él, es sustituida por la comprensión de que la potencia precede y desborda al acto, y que, más allá de la potencia de hacer algo, está la im-potencia o potencia de no. El cualsea, tras la historia, vive en la impotencia no negativa, en la positiva inoperosidad, ni necesaria ni contingente:

“Esto implica que la necesidad y la contingencia, las dos cruces del pensamiento occidental, han desaparecido a la vez del mundo post iudicium. El mundo es ya, por los siglos de los siglos, necesariamente contingente o contingentemente necesario. Entre el no poder no ser, que sancionó el decreto de la necesidad, y el poder no ser, que definió la vacilante contingencia, en el mundo finito despunta una contingencia elevada a la segunda potencia, que no funda libertad alguna.  (Ibid., pg. 29)

Así, de hecho, se han figurado siempre los hombres el día de fiesta, el Shabat. Por eso, ese tiempo y lugar puede entenderse también como aquel en que el cuerpo, el órgano corporal, ha sido independizado de su función o finalidad, y es usado, como lo harán los beatos después del Juicio -según se esmeraron en razonar los teólogos medievales-, solo para exhibirlo:

“En la inoperosidad, no es la potencia la que es desactivada, sino sólo los objetivos y las modalidades en los que su ejercicio había sido inscripto y separado. Y es esta potencia la que ahora deviene el órgano de un posible nuevo uso, el órgano de un cuerpo cuya organicidad se ha vuelto inoperosa y suspendida. Usar un cuerpo y servirse de él como instrumento para un fin no son, de hecho, la misma cosa. Pero tampoco se trata aquí de la simple e insípida ausencia de un fin, con la que muchas veces se confunden la ética y la belleza. Se trata, más bien, de volver inoperosa una actividad destinada a un fin, para disponerla a un nuevo uso, que no abole el viejo, sino que insiste en él y lo exhibe. Tal como hacen el deseo amoroso y la así llamada perversión cada vez que usan los órganos de la función nutritiva y reproductiva para desviarlos -en el acto mismo de su ejercicio- de su significado fisiológico hacia una nueva y más humana operación. O el bailarín, cuando deshace y desorganiza la economía de los movimientos corporales para reencontrarlos en su coreografía intactos y, a la vez, transfigurados” (“El cuerpo glorioso”, en G. Agamben, Desnudez, Adriana Hidalgo editora, 2011, pg. 150)

A esto puede llamársele, también, profanación: el tiempo de después de la historia, es el tiempo del vivir profanando. Es el tiempo del uso, como en los verdaderos franciscanos, no de la propiedad (Altissima povertà). Es, desde luego, un tiempo post-político:

“La "vida feliz" sobre la que debe fundarse la filosofía política no puede por eso ser ni la nuda vida que la soberanía presupone para hacer de ella el propio sujeto, ni el extrañamiento impenetrable de la ciencia y de la biopolítica modernas, a las que hoy se trata en vano de sacralizar, sino, precisamente, una "vida suficiente" y absolutamente profana, que haya alcanzado la perfección de la propia potencia y de la propia comunicabilidad, y sobre la cual la soberanía y el derecho no tengan ya control alguno”. (Medios sin fin, Pre-textos, 2001, pg. 97)

Nuevamente en términos teológicos, puede decirse que los hombres del otro tiempo “estarán” como están los niños no bautizados en el limbo, ni premiados ni castigados, felices olvidados de Dios y la Justicia:

“La pena más grande -la carencia de la visión de Dios- se vuelca así en alegría natural: definitivamente perdidos, habitan sin dolor en el abandono divino. No es que Dios los haya olvidado, sino que ellos lo han olvidado a Él desde siempre, y el descuido divino resulta impotente contra su olvido. Como cartas que han quedado sin destinatario, estos resucitados han quedado sin destino. Ni bienaventurados como los elegidos, ni desesperados como los condenados, están llenos de una alegría para siempre sin destinación (La comunidad que viene, pg. 11)

Esta “visión” agambiana conlleva, necesariamente, una interesante meditación sobre el tiempo. En El tiempo que resta, por ejemplo, Agamben caracteriza ese tiempo del final, el tiempo mesiánico del que habría hablado Pablo, como un tiempo que “se contrae”, y un “resto” de tiempo (un tiempo ya no histórico y todavía no escatológico, es decir, una escisión en el tiempo que no lo divide simplemente en dos, sino que divide la división misma, como en el “corte de Apeles”). Es en ese tiempo en el que realmente somos. Agamben lo llama también, siguiendo al filólogo Gustave Guillaume, el tiempo “operativo”. Aunque, justo por eso, es el tiempo del vivir “como no” (hos me): siendo esclavos como no siéndolo, estando casados como no estándolo… En ese tiempo, puede decirse, lo que cambia es que no ha cambiado nada, o “casi nada”… apenas un aura: todo es como ahora, pero como desconectado de su pulsión. Como lo expresó una vez Benjamin, recordando una anécdota de un rabino, “Todo será como ahora, sólo que un poco diverso” (este vaso estará en esta mesa, solo que un poco más allá, y así con todo, decía aquel rabino).

Ahora bien, ¿es esta escena de “abandono” (Gelassenheit), una solución posible, y deseable? Desde luego, recuerda al Jardín de las Delicias y las diversas edades de Cronos. Platón advirtió, en El político, que es mala teoría política la que olvida o no quiere recordar que no vivimos en esa edad, sino que, como diría Cesare Pavese, “trabajar cansa”. Claro que, por lo mismo, si lo que queremos no es una teoría política sino una visión postpolítica, entonces lo que conviene es, justamente, aprender a estar en ese estado. Pero Platón también nos advirtió de que no debemos confundir nuestros deseos con la realidad, como hace el sofista. ¿Es posible un mundo donde solo existe la “felicidad”, es decir, donde los hombres son capaces de vivir de continua fiesta, y esto en un tiempo material y natural? ¿No es, más bien, esto un sueño infantil? ¿O se trata, en realidad, de una especie de amor fati, proyectado al futuro (y, en esa medida, inconsecuente) en el que se quiere lo que ocurre, y eso es todo lo que cambia, o sea, no cambia nada más que la mirada, que ahora acepta sin juzgar? Porque si todo lo que tiene que cambiar es nada, salvo apenas el aura que otorgamos a las cosas, su desactivación funcional, el verlas como profanas, esto no debería presentarse como una promesa, sino hacerse ya, según dijo (pero no consiguió o quizá ni siquiera intentó) hacer Nietzsche…

La otra cuestión es: de ser posible ese estado, ¿es deseable, satisfactorio, salvífico? Platón tiene sus dudas: habrá que saber, dice, si aquellos hombres de la edad de Cronos se entregan a la filosofía o no. Si es que no, no diría Platón que viven mejor que en nuestra edad de trabajo y sufrimiento. Pero, añade irónicamente, como no lo sabemos, sigamos con nuestro intento de una teoría política.

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Suponiendo, no obstante, que ese estado fuese una promesa suficiente para quienes aún podemos o pueden aspirar a vivirlo, hay algo que ahí no ha quedado salvado: ese algo es ni más ni menos que todo lo que ha pasado ya, y todo lo que pase antes de ese momento. ¿Qué podemos decir de ese resto de las cosas, de todas las que sufrieron, siguen sufriendo y sufrirán aún, hasta que el hombre “aprenda” a vivir profanamente, hasta que aprenda a desaprender, como decía Agustín García Calvo (y ¡cuántas veces leyendo a Agamben no me ha parecido que ya o también Agustín dijo todo esto! Será cuestión de hacerle justicia algún día, en algún otro tiempo)?

Los pasajes que Agamben dedica más explícitamente a este asunto, al menos tal como los interpreto yo, nos dicen, nuevamente, que las cosas se “salvan” precisamente perdiéndose: salvarlas es abandonarlas, dejar que se vayan, más allá de todo interés, como una estrella que huye de nuestro horizonte, porque ese es el sentido de la creación. El abandono por el que los sujetos mesiánicos viven “como no”, es también el abandono por el que todas las cosas se salvan en lo insalvable. Comprender la salvación de las cosas es comprender su insalvabilidad, y que eso “está bien”, o que es lo que “debería” ser, porque solo eso era la “razón” de haberlas creado. Si es esto satisfactorio, justificatorio de todo el cruel dolor que el mundo acumula, lo dejo a criterio del lector. Permítaseme ahora citar por extenso las bellas palabras de Agamben:

“¿Qué significa aquí "salvar"? Puesto que no hay nada, en la creación, que en última instancia no esté destinado a perderse. No sólo la parte de aquello que a cada instante se pierde y se olvida excede ampliamente la piedad de la memoria y el archivo de la redención: el cotidiano derroche de pequeños gestos, de sensaciones ínfimas, de lo que atraviesa la mente en un relámpago, de palabras trilladas, desperdiciadas; sino que también las obras del arte y del ingenio, fruto de un largo y paciente trabajo, tarde o temprano están condenadas a desaparecer. Según la tradición islámica, es sobre esta masa inmemorial, sobre el caos informe e inconmensurable de lo que está perdido, que Iblis, el ángel que no tiene ojos más que para la obra de la creación, no deja de llorar. Llora, porque no sabe que lo que se pierde es de Dios, que cuando todas las obras hayan sido olvidadas y todos los signos y palabras se hayan vuelto ilegibles, la obra de la salvación quedará sola, imborrable. (…) ¿Qué es una potencia "salvada", un poder hacer (y no hacer) que no pasa simplemente al acto para consumirse en él, sino que se conserva y perdura (se "salva") como tal en la obra? La obra de la salvación coincide aquí punto por punto con la obra de la creación, que aquella deshace y des-crea en el instante mismo en que la lleva y la acompaña al ser. No existe gesto ni palabra, no hay color ni sello, no hay deseo ni mirada que la salvación no suspenda y vuelva inoperosos en su amoroso cuerpo a cuerpo con la obra. Lo que el ángel forma, produce y acaricia, el profeta lo reconduce a lo informe y lo contempla. Sus ojos ven lo salvo, pero sólo en cuanto se pierde en el último día. Y así como, en el recuerdo, lo amado se hace de improviso completamente presente pero a condición de ser desencarnado en una imagen, también la obra de la creación está ahora en cada detalle suyo íntimamente atravesada de no-ser. ¿Qué es, entonces, aquí, lo propiamente salvado? No es la criatura, pues esta se pierde, no puede más que perderse. No es la potencia, pues esta no tiene otra consistencia que el des-crearse de la obra. Más bien, estas entran ahora en un umbral en el cual ya no pueden ser distinguidas en modo alguno. Esto significa que la figura última de la acción humana y divina es algo en lo que creación y salvación coinciden en lo insalvable. Puesto que sólo se da coincidencia si no existe, para el profeta, nada que salvar, ni, para el ángel, nada más que hacer. Es decir, insalvable es esa obra en la cual creación y salvación, acción y contemplación, operación e inoperosidad insisten sin residuos y a cada instante en el mismo ser (y en el mismo no-ser). De aquí su oscuro esplendor, que como una estrella se aleja vertiginosamente de nosotros para no volver. El ángel que llora se hace profeta, el lamento del poeta acerca de la creación deviene profecía crítica, es decir, filosofía. Pero precisamente ahora que la obra de la salvación parece recoger en sí como inolvidable todo lo inmemorial, también ella se transforma. Esta, es cierto, permanece, puesto que, a diferencia de la creación, la obra de la redención es eterna. En cuanto ha sobrevivido a la creación, su exigencia no se agota, sin embargo, en lo salvo, sino que se pierde en lo insalvable. Nacida de una creación que ha quedado inconclusa, termina en una salvación inescrutable y sin más objeto. Por eso se dice que el conocimiento supremo es aquel que llega demasiado tarde, cuando ya no nos sirve. Ese, que ha sobrevivido a nuestras obras, es el fruto extremo y más precioso de nuestra vida, y, sin embargo, de algún modo ya no nos concierne, como la geografía de un país que estamos a punto de dejar. Es -al menos hasta que los hombres no hayan aprendido a hacer de él su más bella fiesta, su sábado eterno- un asunto personal, que debe realizarse deprisa y a escondidas. Y nos deja con la extraña sensación de haber comprendido por fin el sentido de ambas obras y de su inexplicable división, y de no tener, entonces, nada más que decir. (Desnudez, pg.13 y ss)

jueves, 27 de marzo de 2014

¿Una Analogía ejemplar? (Dialéctica y Analogía en la "arqueología" de Giorgio Agamben, II)

Según la concepción que vengo encontrando más convincente desde hace unos años, la Filosofía (es decir, nuestro pensamiento dedicado a la búsqueda de una comprensión de la esencia y realidad última del Todo) se define por, al menos, los dos rasgos de la Dialéctica y la Analogía: la realidad, o naturaleza de las cosas, es dialéctica (no permite una separación o abstracción de sus elementos esenciales, sino que cada uno de ellos está en su contrario) y analógica (no unívoca, matemática, extensional). Y ambos rasgos, dialéctica y analogía, se implican el uno al otro, aunque en una relación asimétrica, también dialéctica y analógica. Por eso, que un pensador como Giorgio Agamben recurra en sus meditaciones más autorreflexivas o “metodológicas” a una caracterización en cierto modo semejante, en la que la noción de analogía vendría a “resolver” o aclarar la inevitable dialéctica del pensamiento, es una feliz coincidencia (en el buen sentido, no en el de “una improbable casualidad”) y me obliga a una lectura atenta y un diálogo cuidadoso con sus ideas.

Agamben aborda la cuestión de su método tardíamente (él mismo lo explica: en cuestiones filosóficas y hermenéuticas la reflexión metodológica es última o penúltima, cuando ya se tiene el contacto habitual y familiar con la cosa), en el libro Signatura rerum, publicado originalmente en 2008 y traducido al castellano en 2010. Aunque, como era de esperar en un autor tan coherente (o, dirán otros, que no sabe escapar a su propio pensamiento impensado), las ideas que encuentra en estas penultimidades estaban desde mucho antes en sus otras obras.

Agamben se plantea desde el comienzo del libro la aporía que acecha a quien, como él, ha venido haciendo análisis y proponiendo tesis (tales como que la Historia y la Política han llegado a su final) aparentemente “historiográficas” pero que, en realidad, tienen un apetito de universalidad y totalidad, de fundamentalidad, que las hace inasequibles a cualquier tratamiento científico-positivo, pero cuyo resultado es, paradójicamente, la disolución de la dualidad universal-particular, normativo-fáctico…, o, más bien, de su separabilidad.

El autor nos advierte, en efecto, de que sus tesis nunca tuvieron una pretensión historiográfico-positiva. El término de “arqueología” con el que llama a su “método” no tiene ahí, por tanto, el sentido que tiene cuando nos referimos a la ciencia positiva homónima, sino que hay que considerarlo, más bien, como método o estrategia filosóficos, sea esto lo que sea, menos ciencia positiva. ¿No sería más correcto, entonces, no usar el nombre de ‘arqueología’ para lo que hacen, por ejemplo, Foucault y él, puesto que ese uso da pie a la “confusión” de que se trata de la práctica científico-positiva que conocemos con ese nombre? (Este tipo de usos de nombres de ciencias positivas para filosofías que no quieren llamarse “metafísica”, “ontología”, etc., es frecuente en la filosofía moderna, desde Kant para acá: piénsese en el “psicólogo” Nietzsche, o en el “análisis del Lenguaje” de los filósofos “del Lenguaje”, etc.). Sin embargo, seguramente tampoco sería correcto pedir a esos pensadores que acepten, a priori, una radical heterogeneidad entre lo que hacen ellos y lo que se llama Arqueología, Psicología, Historia… o Ciencia en general: precisamente se trata de ver si hay, y cómo, una tal heterogeneidad: si existen ciencia pulcramente atemporal, si existe epistemología y metafísica pulcramente no-histórica. Por eso, quizás es preferible algún expediente como el de escribir la palabra ‘arqueología’ entre comillas (¿qué sería de la Filosofía sin las comillas?) cuando nos referimos a lo que hacen Foucault o Agamben. La Archeologie es “Arqueología”.

Las aporías para la “Arqueología” son las que -hemos visto- afectan a toda filosofía de alguna u otra manera: en su caso, las de quien niega una instancia separada de Ideas, Identidades, Universalidades-necesarias, etc., que serían Paradigma trascendente o condición trascendental de posibilidad de lo dado o inmanente. Recordémoslas una vez más: la “Arqueología”, tanto por su nombre como por sus hechos, parece buscar el “origen” (y el final) de algo dado, de algún fenómeno o serie de fenómenos. Ese origen o ese final no son simplemente cronológicos, sino, más bien, lo que un filósofo sin miramientos llamaría un fundamento, una ley, una causa primera y un fin último con validez necesaria y  universal: es decir, una “auténtica” arkhé (pues, no casualmente, la “Arqueología” no quiere prescindir de la vieja idea –fija- atribuida ya a los primeros filósofos) y un “auténtico” telos (un final, no cronológico sino de la Cronología, no histórico sino de la Historia, no temporal sino del Tiempo, al menos tal como lo hemos concebido los últimos casi tres mil años de tiempo cronológico-histórico; un final, por ejemplo, “mesiánico”). Sin embargo, a la vez también, tanto por su nombre como por sus hechos, la “Arqueología” pretende desmontar o relativizar o “modular” la división “metafísica” entre el fundamento y el hecho. De esta manera, la “Arqueología”, en cuanto se hace auto-reflexiva, se ve enfrentada al viejo problema metafísico que, en una de sus formas abstractas, conocemos como “de los Universales”: ¿cómo podría concebirse lo dado, que está en devenir, sin ideas inmutables?; y ¿cómo puede la propia “Arqueología” pretenderse verdadera, universal y necesariamente verdadera, si ninguna idea, ni siquiera por ejemplo la de Verdad, está exenta al cambio y a la relatividad? Pero, como sabemos, también la posición filosófica que salva lo universal y absoluto está sujeta a sus aporías: ¿cómo podemos nosotros, seres finitos, relativos, perspectivos… poseer un discurso absoluto, o afirmar siquiera que existe? ¿Cómo podemos garantizar la absolutidad de nuestros propios axiomas?

¿Cómo se “soluciona” o se comprende, entonces, la dialéctica entre lo universal y lo particular, entre lo normativo y lo fáctico, entre validez y dato…, desde la “Arqueología”? Agamben toma de otros y usa varios términos (ejemplos, signaturas… diría seguramente él) para explicarlo: Paradigma-Ejemplo, Signatura, Enunciado… (Es una cuestión interesante preguntarse si usa estos términos también en un sentido traslaticio y filosófico, y si debería hacerlo así o no). La noción de Analogía aparece en el primero de los tres ensayos que forman el libro (“¿Qué es un paradigma?”), asociada a la idea de Paradigma “o” Ejemplo (‘ejemplo’ es, en efecto, la traducción más literal del uso corriente de la palabra griega ‘paradigma’, pero ¿es una buena traducción para su uso filosófico, en Platón por ejemplo? Esto me parece más que cuestionable, y por eso pongo entre comillas la partícula disyuntiva que aparenta unir sinónimos). Los diversos hechos o tópicos que Agamben ha tratado a lo largo de sus textos (tales como el homo sacer, el Estado de Excepción, o las Reglas de Vida monásticas más recientemente…) no se pretenden, decíamos, hipótesis historiográfico-positivas, pero tampoco serían explicaciones metafísicas. Son “paradigmas” o “ejemplos”. Y ejemplos en los dos sentidos que distinguían los latinos: tanto en el sentido de ejemplares o modelos como en el de ejemplos-caso.

Pero ¿qué es un Paradigma o Ejemplo? Agamben nos recuerda que ya en los Primeros Analíticos (69a 13-14) Aristóteles señaló que el Ejemplo no funciona ni como un todo respecto de la parte ni como una parte respecto del todo, sino como parte respecto de la parte. Ni de lo universal a lo particular ni de lo particular a lo universal, ni deducción ni inducción, el ejemplo es movimiento aclaratorio que circula de una parte a otra. Pero Aristóteles no habría profundizado en el asunto tanto como para advertir que la noción de Ejemplo pone en radical cuestionamiento la distinción entre universal y particular y pertenece a un ámbito que, siguiendo a Enzo Melandri, diríamos que no es el de la Lógica sino el de la Analogía. La Analogía debe ser entendida como una relación, irreducible a la lógica dicotómica clásica, que otorga a los elementos de la eterna dialéctica del pensamiento (universal – particular, normativo – fáctico…) el papel de polos indisociables de un campo de intensiones, constituido por tensiones “vectoriales”:

“En La linea e il circolo [La línea y el círculo], Melandri ha mostrado que la analogía se opone al principio dicotómico que domina la lógica occidental. Contra la alternativa drástica «o A o B», que excluye al tercero, la analogía siempre hace valer su tertium datur, su obstinado «ni A ni B». La analogía interviene, pues, en las dicotomías lógicas (particular / universal; forma / contenido; legalidad / ejemplaridad, etc.) no para componerlas en una síntesis superior, sino para transformarlas en un campo de fuerzas recorrido por tensiones polares, en el cual, del mismo modo en que ocurre en un campo electromagnético, éstas pierden su identidad sustancial. Pero ¿en qué sentido y de qué modo se da aquí un tercer término? Ciertamente, no como un término homogéneo a los dos primeros, cuya identidad podría definirse a su vez por una lógica binaria. Sólo desde el punto de vista de la dicotomía, el análogo (o el paradigma) puede aparecer como un tertium comparationis. El tercero analógico se afirma aquí ante todo a través de la desidentificación y la neutralización de los dos primeros, que se vuelven entonces indiscernibles. El tercero es esta indiscernibilidad, y si se busca aferrarlo a través de cesuras bivalentes se llega necesariamente a un indecidible. En este sentido, es imposible separar con claridad en un ejemplo su condición paradigmática, su valer para todos, de su ser un caso singular entre los otros. Como en un campo magnético, no se trata de magnitudes extensivas y graduales, sino de intensidades vectoriales”. (Signatura rerum, traducido por Flavia Costa y Mercedes Ruvituso, Anagrama, Barcelona, 2010, p. 25 y 26)

Pensemos, nos propone Agamben como ejemplo (como ejemplo del ejemplo -y a ejemplo, en esto, de Platón, quien también solía poner a letras y palabras como ejemplos ejemplares, según nos recuerda el propio Agamben-) en el paradigma gramatical: el término ‘rosa’, paradigma de la llamada primera declinación latina, debe ser desconectado de su denotación para, sin dejar de ser un caso particular, representar a toda la primera declinación. ¿Se aplica la regla al ejemplo? Es difícil de contestar a esto, porque precisamente el ejemplo está funcionando como un no-caso-particular. El ejemplo es, dice nuestro filósofo, la contracara simétrica de la excepción: mientras que esta se incluye a través de su exclusión (la excepción solo está dentro de la regla porque está fuera), el ejemplo se excluye a través de la exhibición de su inclusión. Agamben recuerda aquí también la Crítica del Juicio, donde Kant habla de lo estético como un ejemplo del que es imposible dar la regla. El ejemplo, a la vez que supone la imposibilidad de formular la regla, presupone la regla. La “regla”, entonces, no preexiste a los casos particulares.

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El autor ya había presentado mucho antes estas ideas, si bien no de manera tan sistemática (o tan “ejemplar”) como aquí. En una entrevista de 2003, concebida para presentar su libro Estado de Excepción a los lectores en lengua castellana, escribía:

“Mi método es arqueológico y paradigmático en un sentido cercano al que utilizaba Foucault, pero no completamente coincidente con él. Se trata, ante las dicotomías que estructuran nuestra cultura, de salirse más allá de las escisiones que las han producido, pero no para reencontrar un estado cronológicamente originario sino, por el contrario, para poder comprender la situación en la cual nos encontramos. La arqueología es, en este sentido, la única vía de acceso al presente. Pero superar la lógica binaria significa sobre todo ser capaces de transformar cada vez las dicotomías en bipolaridades, las oposiciones sustanciales en un campo de fuerzas recorrido por tensiones polares que están presentes en cada uno de los puntos sin que exista posibilidad alguna de trazar líneas claras de demarcación. Lógica del campo contra lógica de la sustancia. Significa, entre otras cosas, que entre A y no-A se da un tercer elemento que no puede ser, sin embargo, un nuevo elemento homogéneo y similar a los dos anteriores: él no es otra cosa que la neutralización y la transformación de los dos primeros. Significa, en fin, trabajar por paradigmas, neutralizando la falsa dicotomía entre universal y particular. (Estado de Excepción, Adriana Hidalgo editora, 2005, p. 12 y 13)

La noción de Ejemplo aparece, igualmente, jugando un papel ontológico fundamental en, por ejemplo, La comunidad que viene:

“Un concepto que escapa a la antinomia entre el universal y el particular y que resulta siempre familiar: eso es el ejemplo. En cualquier ámbito que haga valer su fuerza, lo que caracteriza al ejemplo es justo que vale para todos los casos del mismo género y, en conjunto, incluso entre ellos. El ejemplo es una singularidad entre las demás, pero que está en lugar de cada una de ellas, que vale por todas. Por una parte, todo ejemplo viene tratado, de hecho, como un caso particular real; pero, por otra, se sobreentiende que el ejemplo no puede valer en su particularidad. Ni particular ni universal, el ejemplo es un objeto singular que, por así decirlo, se hace ver como tal, muestra su singularidad”. (La comunidad que viene, traducción de J. L. Villacañas y C. la Rocca, Pre-textos, Valencia, 1996, p. 13  –el original es de 1990-)

También el motivo (el ejemplo o paradigma) central de muchas de las obras de Agamben, el de la vida desnuda y el homo sacer, consiste en la denuncia de esa bipolaridad, del “misterio de la separación” entre, por un lado, la vida desnuda, y las formas-de-vida, por otro, separación que ha producido al Hombre de la Metafísica y la Historia.

Las nociones y tesis ontológicas centrales en Agamben, pues, son plenamente coherentes con su concepción metodológica (y lo mismo podría decirse de la propuesta “política” (postpolítica) que se deduce de, o, más bien, hace juego con todo eso: la comunidad del cualsea, etc.) Queda por preguntarse en qué medida nos resultan aceptables, correctas, verdaderas…

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Cualquiera que trate de la idea de Paradigma y Analogía tiene casi la obligación de ponerla de algún modo en relación con Platón (quien, aunque no emplea el término para referirse a su pensamiento, ha elaborado quizás una teoría paradigmática del Paradigma), y también, creo yo, con Tomás de Aquino y su escuela, que sí usan la palabra en su central teoría de la analogia entis. En efecto, enseguida en el texto que estoy comentando, Agamben se dirige a Platón. En cambio, que yo sepa, en ningún lugar confronta su concepción del Paradigma, de la Analogía, con la del tomismo (enlazar). Supongo que, de hacerlo, Agamben intentaría distanciar la analogía tomista de la suya: en Tomás y sus seguidores se trataría (los autores de esta escuela han sido muy explícitos al respecto) de una analogía interna a la Metafísica más clásica y que se pretende plenamente compatible con la lógica clásica o dicotómica: en la analogía tomista queda a salvo un elemento de absoluta pureza, originariedad, ahistoricidad y principalidad (Dios, el ens realissimum, analogado primero), sin que la dependencia de los entes finitos respecto de Él se vea entregada a una auténtica dialéctica o contradictoriedad esencial. Como insistiera Derrida (ver, por ejemplo, Cómo no hablar) la analogía neoplatónica (Dionisio Areopagita, Eckhart) está dedicada a salvar la superesencialidad de un ser pleno y absoluto, del cual los entes son participaciones relativas. Todo esto, desde luego, no es lo mismo que la Analogía de la que nos habla Agamben. Pero ¿no es, en cambio, lo que quería Platón, y que Tomás habría imitado (de lo cual Tomás habría participado) bastante adecuadamente?

Sin embargo, Agamben no solo “evita” –según yo sé, insisto- al tomismo en este asunto, sino que le evita o parece que le quiere evitar también a Platón la cercanía con el tomismo: cuando se dirige al filósofo de Atenas, el pensador italiano, en uno de sus brillantes ejercicios de originalidad hermenéutica, encuentra allí una paradigmática o paradigmatología similar a la que él mismo nos está proponiendo.

Ya algunos estudiosos, nos recuerda, han señalado la paradoja de que en Platón, unas veces la idea es el paradigma de lo particular, y otras, a la inversa, lo particular es el ejemplo de la idea. La Idea es Ejemplar, o sea, modelo al que las cosas imitan o se parecen. Pero, por otra parte, cada cosa es (un) ejemplar de la Idea, y solo esta ejemplaridad de las cosas múltiples hace inteligible de alguna manera la Idea. En El Político, por ejemplo, se usa ese segundo tipo de ejemplaridad: el ejemplo del arte de tejer sirve para facilitar o posibilitar la comprensión del arte político. Y, en el mismo diálogo, Platón usa, como paradigma o ejemplo del (funcionamiento del) paradigma o el ejemplo, el paradigma o ejemplo de las letras en el aprendizaje: a semejanza de como los niños aprenden las letras, los ejemplos nos sirven para entender la Ley. Esta paradoja platónica se soluciona, cree Agamben, si se interpreta la dialéctica de Platón desde la noción de paradigma o ejemplo. Tratar las hipótesis como hipótesis (que es lo que, según República VI, hace el dialéctico) es exponerlas en cuanto tal, tratarlas como paradigmas. La aporía (señalada ya por Aristóteles) de que la idea es paradigma de lo sensible y este, a su vez, de la idea, se soluciona en que la idea no es otro ente: es lo sensible considerado como paradigma.

La idea de paradigma o ejemplo permitiría iluminar también otras paradojas filosóficas. Por ejemplo, la del “círculo hermenéutico”. La hermenéutica sabe que no existe nunca la posibilidad de situarse en un lugar exento, ajeno al hecho de la precomprensión. También este círculo se aclara si entendemos la hermenéutica como paradigmatología.

Los paradigmas de la “Arqueología”, concluye Agamben, no buscan ni una arché histórica ni una arché suprahistórica, sino que se sitúan en el cruce entre sincronía y diacronía. Los paradigmas no son ni universales ni particulares, y son ambas cosas inseparablemente. Por ello y además, el ejemplo como método filosófico vuelve inteligible no menos al investigador que al hecho indagado.

Si se pregunta si son algo subjetivo u objetivo habría que responder que ni lo uno ni lo otro: los paradigmas son ontológicos, hay una Ontología paradigmática.

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Hasta aquí, la paradigmatología o el ejemplarismo o analogismo de Agamben. Los otros dos ensayos que forman el libro Signatura rerum se ocupan, paralelamente, de otras dos nociones ejemplares del método filosófico: la de Signatura y la misma noción de Arqueología. Aunque la que me interesa aquí es, sobre todo, la noción de Analogía, recordaré rápidamente estas otras, que reflejan la misma tesis de fondo y pueden ayudar a iluminarla, aunque no sea más que mediante la redundancia.

La primera de esas nociones es desarrollada en el segundo de los ensayos, “Teoría de las Signaturas”. Según creía Paracelso, las cosas tienen una signatura que revela sus cualidades invisibles (siendo la Lengua el Arte de las Signaturas y las humanas las signaturas principales). Sin signaturas no habría visibilidad, comprensibilidad ni nombrabilidad de las cosas: lo invisible y lo dado quedarían incomunicados. Esta noción de Signatura nos permite, sostiene Agamben, resolver la paradoja de la heterogeneidad entre semiótica y hermenéutica: la signatura no expresa simplemente una relación entre significante y significado (salto insalvable si se supone la dualidad o heterogeneidad de ambos elementos), sino que, más bien, no coincidiendo plenamente con esa relación, la desplaza y disloca, y la inserta en una nueva red de relaciones pragmáticas y hermenéuticas. Los signos no hablan si las signaturas no los hacen hablar. La novedad incomparable de la Arqueologie es que Foucault toma explícitamente por objeto lo que llama “enunciados”, que no se reducen a semántica, pues se distinguen tanto de las frases como de las proposiciones: el enunciado sería lo que queda una vez extraída la estructura de la proposición, un “elemento residual”. Claro que Foucault se daba cuenta (de ahí sus constantes dudas) de que el enunciado que pretende no es un ámbito más de lo lingüístico.

Todo se aclara, insiste Agamben, si se les entiende como signaturas, es decir, ni meros signos ni todavía discurso. Los enunciados deciden pragmáticamente un destino y una vida de los signos que ni la semiología ni la hermenéutica logran agotar. El derecho sería, entonces, el lugar por excelencia de las signaturas, en el cual la eficacia de la palabra prima sobre su significado, y los speech acts, solo una reliquia de esa naturaleza de signatura del Lenguaje. Todas las investigaciones en ciencias humanas tienen que ver con las signaturas, pues los conceptos implican signaturas, sin los cuales permanecen inertes. Muchas de las doctrinas filosóficas del siglo XX implican una práctica más o menos consciente de las signaturas.

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El tercer ensayo (“Arqueología filosófica”) se ocupa, en fin, de la noción de “Arqueología”. Es en Kant en quien aparece por primera vez la idea de una arqueología filosófica, y, como el propio Kant advierte, la paradoja es que se trataría de una historia a priori, de modo que nunca puede identificar como dato histórico el principio que pretende encontrar. Todo aquel que practica una investigación histórica se encuentra, tarde o temprano, con esa heterogeneidad constitutiva de su indagación. No es posible acceder a las fuentes, de un modo nuevo, sin poner en cuestión al sujeto histórico que debe acceder a ellas.

En Nietzsche, la genealogía y la historia, Foucault es consciente de que la arkhé que se busca no es histórica, que lo que el “genealogista” encuentra no es (no puede ser) una “identidad preservada de su origen”. Pero ¿qué encuentra, entonces, si lo que busca es un lugar donde las cosas se han constituido? Encuentra, dice Agamben, que la constitución o emergencia “tiene lugar en el no-lugar”. Podemos llamar “Arqueología” a toda aquella indagación que no se las ha con el origen sino con la emergencia del fenómeno. No hay, pues, un pre-derecho, que fuera a la vez anterior a todo derecho histórico y fundamento suyo, ni una pre-religión que sea algo así como una proto-religión primitiva, igual que el indoeuropeo no es una lengua más arcaica, anterior a las lenguas indoeuropeas que “derivan” de él. Hay la emergencia de un hecho, y esa emergencia implica, o, mejor, consiste en la disociación simultánea entre lo normativo y lo fáctico. La “arqueología” foucaultiana, dice Agamben, invierte el procedimiento normal de explicación (o sea, interpretar un código desde otro supercódigo) y vuelve la exposición del fenómeno inmanente a su descripción. Esto implica un decidido rechazo del metalenguaje, es decir, de toda instancia puramente trascendental (y, por supuesto, trascendente) que no tenga un esencial aspecto inmanente.

Agamben compara el proceder de la “Arqueología” con lo que ocurre en el Psicoanálisis. Tal como la regresión psicoanalítica debe remontarse al momento en que el evento se bifurca en consciente e inconsciente, la “Arqueología” es lo contrario de una “racionalización”: es una regresión a la escisión entre historia e historiografía. Pero nuestro modo de representarnos el antes de la escisión está determinado, claro, por la escisión misma, así que nos imaginamos el “antes” como estado feliz o edad de oro. En cambio, más acá o más allá de la escisión, en el diluirse de las categorías que determinan su representación no hay otra cosa que “la imprevista y luminosa apertura de la emergencia”, el revelarse del presente como lo que no hemos podido vivir sin pensar. Pero un pasado que no ha sido vivido, no es técnicamente pasado, es presente. La estructura temporal de la “arqueología” es, entonces, un futuro anterior (un pasado futuro): se trata de acceder, por primera vez, al presente. El arqueólogo retrocede, por así decirlo, hacia presente.

La relación entre “Arqueología” e Historia es, dice Agamben en especulaciones ya teológicas, análoga a la que hay entre creación y redención (este asunto lo ha tratado también en otros lugares, como, por ejemplo, en “Creación y salvación”, incluido en su libro Desnudez, Adriana Hidalgo editora, 2011, p. 5): la obra de la redención (la salvación, el profetismo…) es superior a la de la creación, e incluso es la “razón” de que haya creación alguna, por más que el momento de la creación pertenezca cronológicamente al pasado: la creación carece de sentido si no es para la salvación. Remontar la obra histórica, como hace el “arqueólogo” filosófico es “restituirla a su salvación”. La “Arqueología” es, entonces, el a priori inmanente de la historiografía, y el gesto del “arqueólogo” es el paradigma de toda acción humana.

domingo, 23 de marzo de 2014

Ontología, Historia y (ni) una cosa (n)y la Otra. Dialéctica y Analogía en la "arqueología" de G. Agamben, I

Cuando alguien (un filósofo, sin duda) afirma cosas tales como que la Metafísica está ya acabada o que ha llegado a su fin la Historia, lo mismo que cuando alguien sostiene que las diversas concepciones de la realidad son las formas inconmensurables en que las diversas épocas o lugares inventan su mundo, o que las nociones de Realidad, Verdad, o Historia… son (en verdad, en realidad) esencialmente idiosincráticas de una cultura o de una lengua concretas…, quien esto dice se ve directamente conducido a dos aporías principales, o dos formas de la misma aporía: la primera consiste en la dificultad, si no imposibilidad, de explicar cómo el devenir y la inconmensurable diversidad pueden dar lugar al nacimiento y podrían dar lugar a la muerte de semejantes conceptos e instituciones que tomamos por eternos y universales, y que son imprescindibles para entender el propio devenir y la propia multiplicidad de concepciones, culturas, cosmovisiones…; la segunda (forma de la) aporía, que tiene un carácter autorreferente, es esta: ¿qué ocurre con su propia tesis, la de la historicidad o la de la absoluta relatividad o inconmensurabilidad de concepciones?, ¿en qué medida es una tesis posible y correcta, aceptable…?

Fijémonos algo más en esta segunda forma de esta eterna y universal paradoja. Por un lado, una tesis historicista y relativista solo puede tener, según ella misma, un valor históricamente incardinado, o relativo y provinciano, y no debería ser aplicable a ninguna otra época o contexto ni conmensurable con otras concepciones (por ejemplo con las que, contrariamente, en otras épocas o lugares –y ¿por qué no en esta y ahora?- no creen que haya concepciones inconmensurables). Sin embargo, incluso eso mismo (que la propia tesis historicista o relativista, coherentemente, ha de ser histórica, inconmensurable, relativa a contexto) solo será correcto o, antes incluso, posible, suponiendo que, al contrario de lo que dice, ella misma tenga un valor universal, tras-histórico y no-local. Porque, si no lo tiene, si ella misma no es una tesis con (presunta) validez absoluta, ni siquiera puede extraerse la conclusión de que también a ella debe aplicarse la misma medida. Esta paradoja la expuso ya Platón en el Teeteto, como refutación de Protágoras. Como todas las refutaciones filosóficas, existe desde siempre pero no termina de vencer nunca (lo mismo le pasa, claro está, a su contraria).

Es evidente que ese tipo de tesis (la de la historicidad de las Ideas, y el inmanentismo en general) es, al menos en un cierto sentido importante, heterogéneo al de las tesis historiográficas y científicas en general. La ciencia positiva no cae ni puede caer en esas paradojas (aunque ellas le hacen temblar en la inevitable “crisis de fundamentos”), porque, por su propia constitución, la ciencia positiva no aborda ni puede abordar un asunto semejante, omniabarcador y, por tanto, absolutamente autoincluyente, como reconoce el científico (“eso pertenece a la filosofía”). No es lo mismo hacer la historia o la descripción fáctica de algo, que reducir ese algo a Historia o a factum, e incluso cuando una ciencia se ocupa de sí misma (por ejemplo, en una Historia de la Historiografía) da por supuesta su propia definición o esencia, así como la del método correcto. Más bien parece, pues, que las teorías científico-positivas presuponen criterios y conceptos tras- o meta-históricos, tanto en el aspecto metodológico como en el ontológico, lo que prestaría apoyo a las tesis filosóficas contrarias al inmanentismo: algún trascendentalismo debería ser correcto, entonces. No obstante, en otro sentido esto no es así, porque las ciencias positivas no suponen, como un ingrediente interno suyo, como un postulado científico, ni una cosa ni la otra, ni un trascendentalismo ni un inmanentismo. Eso, decíamos, se lo dejan a la Filosofía. Y es en este sentido en el que hay que decir que “la ciencia no piensa”.

He recordado las aporías de las filosofías inmanentistas. Pero sus adversarias (es decir, toda aquella filosofía según la cual hay algo tras- o meta-histórico, universal y necesario, que sirve de condición normativa de posibilidad o incluso de paradigma ideal a las proposiciones acerca de lo histórico y lo natural), están sujetas también a sus propias aporías correspondientes: primero, no saben cómo conectar lo uno con lo otro, lo universal con lo temporal, lo eterno con lo histórico, lo normativo con lo fáctico (¿cómo pudo lo eterno “caer” en el tiempo?, ¿cómo podemos nosotros, simples mortales, hacernos una idea de algo universal?); y, segunda aporía, autorreferente (más difícil de percibir, no obstante, que su correspondiente inmanentista, ya que la tesis de que existe lo meta-histórico, siendo ella misma una tesis meta-histórica, no cae en auto-contradicción sino que, antes bien, se auto-cumple): ¿puede una tesis tras- o meta-histórica, meta-física, justificarse a sí misma? Parece que una proposición o tesis circular, autoidéntica, no puede ser una auténtica proposición o tesis, porque (como señala el Extranjero eleata en El Sofista de Platón) cualquier proposición implica la distinción entre aquello de lo que habla y lo que dice de ello. Si lo universal y necesario se dice (se piensa) a sí mismo, no es, al parecer, ningún pensamiento, al menos ninguno que pueda salir del más puro solipsismo.

Esta dialéctica entre (por mencionar algunas de sus formas) Universal y Particular, Uno y Diverso, Normativo y Fáctico, Necesario y Contingente, Ser y Devenir, Idea y Fenómeno... es constitutiva de la Filosofía, su primer momento esencial. Platón la expuso paradigmáticamente en el Parménides: tanto si afirmamos como si negamos lo Uno-Idéntico (lo Universal, lo Necesario, la Idea), su relación consigo mismo y con lo Múltiple-Otro dará lugar a aporías. La dialéctica no tiene, para nosotros los seres “finitos”, escapatoria. Tampoco tiene una “solución” unilateral y abstracta, es decir, que elimine como completamente falsas algunas de las alternativas: estar vivo es, para un “mortal”, el arte de recorrer, cada vez más conscientemente, cada una de esas vías, apurando sus aporías.

Pero, aunque no tiene “solución”, la Dialéctica tiene, creo, una “integración”, gracias a la Analogía, es decir –según lo entendemos aquí-, gracias a la idea de que, entre los dos polos de la dialéctica no hay una relación de Univocidad-Equivocidad (relaciones estas que se co-implican: si hay al menos dos nociones, y se quiere que sean de manera completamente unívoca cosas, tienen que ser también equívocamente diversas), sino una relación intensional irreducible a medida, a extensión o cantidad , y –según una cierta concepción de la Analogía- en la que lo múltiple (lo otro, devenir, fenómeno…), es y no-es, participa, de lo uno (idéntico, idea…), de manera “asimétrica” a como lo uno, idéntico, idea, se muestra o se expresa en lo múltiple.

Hay, entonces, diversos grados de consciencia filosófica. Como estadio mínimo, todo filósofo, a diferencia del científico, se plantea el auténtico problema de la totalidad, se encuentra con sus elementos, lo uno y lo otro, lo universal y lo particular, lo normativo y lo fáctico…, e intenta ponerlos en el mejor de los entendimientos; pero la mayor parte de los filósofos toman unilateralmente una de las vías de la dialéctica sin ser plenamente conscientes de sus aporías (las creen solubles, aparentes…, a diferencia de las aporías de los otros). El despertar a un segundo grado de consciencia filosófica comienza, pues, cuando el filósofo se pregunta, dialéctico-reflexivamente, por las aporías de su propia tesis (así distinguen, por ejemplo, los estudiosos, un Platón “pre-crítico” o dogmático, y uno crítico o, mejor, dialéctico). Pero el despertar no acaba ahí: alcanza un nivel superior cuando el pensador comprende que no hay solución unilateral. Y tampoco este es el último estadio de vigilia: aunque toda filosofía se hace cargo, de manera más o menos consciente, de las aporías o dialéctica de la Totalidad, solo las mejores filosofías, a mi parecer, se hacen cargo, también, de la Analogía.

La filosofía moderna, cuyo punto de partida es fundamentalmente inmanentista (tanto Descartes como Occam, racionalismo moderno y empirismo, parten del dato, de la “certeza”, de la representación), ha frecuentado casi solo dos de las cuatro vías de la dialéctica: el inmanentismo puro y el inmanentismo impuro o moderado o “dualista”. El primero es la tesis de que lo universal y necesario no existe en absoluto, es pura ilusión…: su conclusión lógica es el nihilismo. El inmanentismo moderado, para evitar tan “destructivas” consecuencias, segrega y “salva” lo universal, la forma, como algo necesario pero desontologizado, y al que se considera emergido, de alguna misteriosa manera, a partir de lo natural y lo histórico

En el ámbito de la filosofía analítica (es decir, de la filosofía inspirada en la metodología de las ciencias matemático-naturales o mecánicas) el inmanentismo puro se presenta como la tesis del Naturalismo (naturalismo ontológico, naturalismo epistemológico), y el “impuro” como todos aquellos sistemas que, más o menos conscientemente, pretenden salvar una diferencia irreducible entre analítico y sintético, necesario y contingente, normativo y fáctico, sin aceptar un compromiso ontológico para ese elemento no sometido al tiempo. En la filosofía “continental” o fenomenológico-hermenéutica (es decir, la filosofía que se inspira en la metodología de las ciencias, “humanas”, de la historia y la cultura, la interpretación, la psicología…), el inmanentismo adopta sobre todo la forma de algún Historicismo o Culturalismo. Tanto del inmanentismo puro como del moderado, y tanto en una corriente filosófica como en otra, cualquiera que esté familiarizado hasta cierto punto con la filosofía de los últimos ciento y pico años, ha apurado ya la dialéctica que les corresponde.

En cuanto a la Analogía, ha sido menos atendida que la Dialéctica, lo que es “lógico” tanto por razones históricas (por la orientación abstracta, matematicista, univocista-equivocista… propia de la modernidad) como por razones tras-históricas (el propio carácter más esotérico de la Analogía). La filosofía analítica siempre ha sido reacia a la Analogía, dada su pulsión cientificista, univocista y extensionalista: las analogías, entendidas como símiles, son, para la mentalidad científica, precisamente aquello que es, a la vez que lo más eurístico (a veces inconfesablemente), también lo que más puede desencaminarles de la cientificidad. Solo recientemente, y de una manera insuficiente (aunque interesante) ha empezado la filosofía analítica a hacerse eco de la Analogía.

Más sorprendente es, en principio, su escasa presencia como noción central en la filosofía continental (si bien a veces es usada sin ese nombre, en todos los “como si” que, de alguna manera u otra, ayudan a suturar las brechas de los pensamientos hermenéuticos). Las ciencias humanas, ni en sus más rigurosas y positivistas formas han podido pasarse sin la analogía, y cabía esperar que las filosofías que se inspiran en esas ciencias (filosofías que tantas veces han alabado, por lo demás, lo Poético frente a lo Matemático), hubieran sentido más atracción por ella, por la Analogía. La razón para esa cuasi-ausencia no es solo ni principalmente que la Analogía sea un concepto central de una filosofía “ya caduca” y a la que no conviene asociarse, como es el tomismo, ni solo (aunque quizás también), como denuncian los tomistas, el simple desconocimiento profundo de esa idea tan esotérica, sino una más importante, y que delata el carácter de la filosofía moderna: la analogía choca fuertemente con la tendencia equivocista del inmanentismo dominante incluso en el ámbito de las ciencias del espíritu: nociones como Diferencia, destrucción, abismo, etc., han resultado más seductoras. Al fin y al cabo, se “percibía”, inconscientemente, que la Analogía tiende un puente, representacional y casi-figurativo, entre lo Universal y lo Particular, entre el Ser y el Devenir, y es, por ello, una idea casi irreconciliable con la Diferencia Radical preferida por el pensamiento equivocista, desde los tiempos de Lutero hasta hoy. Por eso, la Analogía ha tendido a aparecer cuando se llegaba al momento conciliador, después de la destrucción: es, por ejemplo, cuando Kant se siente llamado a conciliar el fenómeno con el noúmeno, cuando acude al “como si”, y a la relación arquetipo-ectipo. La Historia de la Filosofía Moderna no sería, según esto, la Historia del olvido de la Diferencia, sino la Historia del olvido-evitación de la Analogía. La diferencia entre la Filosofía moderna y la Filosofía que la sustituirá o debería sustituirla, es la Diferencia en la concepción de la Diferencia. Es necesario rescatar la Analogía, la comunicación entre lo dado y su Ser, una comunicación que, respetando la irreducibilidad a matemática de la relación ontológica, salva sin embargo la representabilidad del Ser.

La Analogía tiene un gran potencial hoy. Seguramente el diálogo más prometedor entre los filósofos de tradición analítica y los hermenéuticos provendría del acercamiento a través de ese concepto. Sería preciso, en un primer paso, encontrar lo que ambos tipos de pensamiento filosófico tienen en común, que es mucho más de lo que creen: ambos son pensamientos no-analógicos, equivocistas: equivocismo matematicista, el uno, y equivocismo poeticista, el otro. Y solo después sería más fácil ver lo que a ambos les falta pensar más a fondo: la Analogía metafísica (aunque, incluso para quien esté dispuesto a aceptar un papel central para la analogía, se presentará el conocido hecho de que la propia analogía es analógica, y hasta puede ser entendida de maneras casi equívocas, o con poca relación entre ellas).

El último Derrida, pese a que se confronta con el asunto en varias ocasiones, se resiste todavía, sin embargo, a dejar que la khora o la différance hagan algún tipo de paces con la Analogía:

“Lo que se anunciaba de esa manera como “différance” tenía de singular lo siguiente: acoger a la vez, pero sin facilidad dialéctica, lo mismo y lo otro, la economía de la analogía –lo mismo únicamente diferido, reemplazado, aplazado- y la ruptura de toda analogía, la heterología absoluta”. (“Como si fuese posible”, en Papel Máquina, Trotta 2003, p. 276)

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El libro Signatura rerum, de Giorgio Agamben  (traducción de Flavia Costa y Mercedes Ruvituso, Anagrama, Barcelona, 2010), me ha sorprendido gratamente en ese sentido: en sus reflexiones (de tipo últimas o penúltimas, dice el autor) acerca del “método”, Agamben recurre precisamente a la noción de Analogía (entre otras nociones con ella relacionadas –analógicamente-), para explicar en qué consiste la “arqueología” que el filósofo italiano ha venido años practicando, según él tras las huellas de Foucault y Enzo Melandri. En verdad, no se trata en este libro Signatura rerum de reflexiones “meramente” metodológicas (no hay reflexiones meramente metodológicas en filosofía, por el carácter completamente autorreferencial de la propia tarea). Agamben lo reconoce cuando, hacia el final del libro, dice que hay una “ontología paradigmática”

La noción que de la Analogía presenta Agamben, asociada a las de Paradigma y Ejemplo, no es esa que Derrida considera irreconciliable con la différance, o sea, la Analogía “platónica”, neoplatónica y tomista, analogía de la philosophi perennis (aunque Agamben, en un alarde de pericia interpretativa, intenta atribuírsela al mismísimo Platón), y  precisamente eso la hace más digna de un diálogo cuidadoso. En una próxima entrada de este blog intentaré leer su interesante propuesta.