Mostrando entradas con la etiqueta Superveniencia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Superveniencia. Mostrar todas las entradas

domingo, 13 de enero de 2013

El problema metafísico de la Libertad, VII. Superveniencia y Subveniencia. Una solución "aristotélica"

Decido levantarme del sofá porque deseo escuchar un CD con la música de la Quinta Sinfonía de Beethoven porque creo que acabo de entender de otra manera cierto pasaje de esa obra. A continuación, mi cuerpo se levanta del sofá. ¿Cómo puede entenderse esto: cómo una serie de creencias, razonamientos y deseos conectados entre sí, pueden causar que se levante mi cuerpo del sofá? El problema no es que mi cuerpo esté determinista o indeterministamente en relación de causa-efecto con otros hechos corpóreos. El problema es que parece ininteligible que cosas como creencias y deseos operen sobre trozos de espacio-tiempo. Es el problema de la “comunicación de las sustancias”. La solución no creo que sea alguna glándula pineal, aunque sea cuántica.

Pero… ¿por qué nos extraña que una representación cause un movimiento o un movimiento cause una representación? Si una relación causal no fuese nada más que una concatenación habitual entre dos fenómenos, pocas cosas podrían extrañarnos menos que el hecho constante de que mis decisiones preceden a mis movimientos o que lo que le pasa a mi cuerpo influye en mis representaciones. Como creo que tenemos razón en extrañarnos, lo que falla es considerar a la relación causal de esa manera tan pobre. En realidad, exigimos con toda razón a una causa que tenga “algo” que ver estructuralmente con el efecto. Uno no puede dar aquello que no tiene.

 En esta entrada voy a proponer, mediante una analogía (muy inadecuada en muchos aspectos -téngase en cuenta- pero no, espero, en un aspecto básico), que podemos entender la relación entre intencionalidad y naturaleza como una especie de correspondencia estructural entre ámbitos irreducibles entre sí. Una comprensión semejante, “aristotélica” podríamos llamarla, me parece un acercamiento, al problema, superior a cualquier naturalismo o reduccionismo en general, y también es algo más que una mera armonía preestablecida, como la de Leibniz o la de Spinoza (o la de Kant), pero no creo que sea el último estadio concebible, para lo cual habría que adentrarse en la visión platónica.

 Pensemos en una pieza musical grabada en un CD. No me refiero ni a la pieza musical en sí (la Quinta Sinfonía de Beethoven) ni a la interpretación concreta de la cual ese CD es una grabación (aunque este hubiera podido ser otro ejemplo para lo que quiero), ni, tampoco, al objeto físico que es el CD (un trozo de plástico y mercurio), sino concretamente a este caso de una versión de von Karajan grabada en este CD. Hay quizás muchos otros CDs de (o “con”) esa misma versión de la Quinta, aunque también este CD podría haber sido copia única (esto no es relevante). El disco podría, también, haber sido de otro material (chocolate, por ejemplo –según vi una vez haciendo el papel del vinilo-), pero es esta versión concreta en este material concreto. Este CD con la interpretación de la Quinta, es una entidad bastante individual, tan individual como lo son las que llamamos habitualmente sustancias individuales (Pedro o Sócrates).

 Esta entidad bastante individual tiene diferentes niveles de “naturaleza”, entidad o sentido. Al menos, dos: es un trozo de plástico, y es una interpretación de la Quinta. Podemos estudiarla físico-químicamente o musicalmente. El físico puede indagar sus cualidades físicas y el orden de causación propio de ese nivel. El musicólogo puede analizar sus cualidades musicales y las causas (intra-musicales, estéticas) por las que la obra está estructurada y “evoluciona” musicalmente como lo está y lo hace. Uno y otro ámbito o nivel de sentido o realidad son diferentes e irreducibles. Pero a la vez son dos ámbitos o niveles compatibles y, en cierto modo al menos, de una “misma” cosa (una identidad relativa). ¿Cómo se afectan, cómo interactúan ambos niveles de realidad o sentido?

 Empecemos por la dirección de afección que parece más fácil de entender (para la mentalidad ruda que ha ido forjando el materialismo moderno), o sea, la dirección causal que va desde el plástico hacia la música. Aunque en general, a lo largo de la vida útil de un CD, las características e historia físico-químicas del trozo de plástico “viajan en paralelo”, digamos, con las características musicales de las que son soporte, puede en algún momento ocurrir que interfieran en o con la naturaleza musical de esa entidad, y causen cambios en ella. El entorno físico (radiaciones, humedad, calor…) afecta al trozo de plástico que es el CD, y, “mediante” él, a la música (al objeto musical) que es este ejemplar de la Quinta. Si el plástico se daña o raya, la música grabada en él puede oírse mal o incluso volverse inaudible. También se puede reparar el plástico para que siga teniendo o soportando la misma música. La música es “inmanente” al soporte. Lo que afecte al soporte, le afecta indirectamente a ella. Y, como entidad bastante individual que es, la historia de este ejemplar es única.

 Mientras dura la “vida útil” del trozo de plástico que es el lado físico-químico del CD, lo que hay, decía, es un “viajar en paralelo”, una suerte de armonía preestablecida (por el creador-fabricante del CD, en buena medida). ¿Cómo soporta el trozo de plástico a la música? Se puede decir que la música superviene al CD. Pero esto sigue siendo poco decir. Dadas las características físico-químicas del CD, se entiende, necesariamente soporta o contiene la música que contiene, y no otra. Y si el plástico no tuviese las características que tiene, no sonaría a la Quinta. Podemos inferir qué va a sonar a partir de lo que es químicamente el CD. Por tanto, las características físico-químicas del CD son causa de que sea la Quinta. La superveniencia es esa cierta relación causal basada en las propiedades estructurales: la estructura de nivel “inferior” soporta una estructura de nivel “superior”.

 Cabe la tentación de decir que la música es un epifenómeno, incluso una ilusión, cuya “auténtica realidad” es el conjunto de sucesos físico-químicos con los que se corresponde, sea en el CD o en el cerebro. Sin embargo, si uno no conociese independientemente lo que es la música, ni siquiera podría inferirla a partir de lo observable en el nivel físico-químico. Si viajásemos al micromundo de los sucesos cuánticos, no habría ninguna razón para discriminar, entre el baile de partículas diminutas, ese super-macro-evento que sería la Quinta. La música habría desaparecido allí, no solo porque sería inaudible, sino también y sobre todo porque no habría criterios individuantes para objetos musicales. La ontología de ese nivel no sugeriría la ontología macroscópica, aunque si, conociendo esta última, la buscásemos en lo pequeño, podríamos en principio identificar qué cúmulos de eventos, de los entre allí observables, se corresponden con ella. Dado que el nivel óntico de lo musical, pese a ser distinto, no es incompatible con el nivel físico-químico, y dado que la música es un aspecto importante de nuestra realidad, debemos evitar la falacia de que la música en verdad es una ilusión. Pero ¿no es al menos verdad que es una especie de epifenómeno, o sea, que todo lo que pueda ser la música de la Quinta lo será en virtud de las características físico-químicas subyacentes? La verdad es que no:

 Vayamos a la relación causal inversa a la que va desde el plástico a la música: la que va desde la música hacia el trozo de plástico. ¿Hay alguna forma en que el aspecto musical del CD afecta o determina a su lado físico-químico? ¿Qué hace o causa la música sobre la química del CD? La música, hemos dicho antes, superviene al plástico. Pero ahora hay que hablar ya de la relación (cuasi-)recíproca a la superveniencia: la subveniencia. Diré que el plástico de este CD subviene a la música. Con esto quiero decir que este plástico es (además de un mero trozo de plástico) el objeto musical que es porque (a causa de que) es capaz de servir de soporte o materialización a la música. Es decir, que dadas las características del objeto puramente musical “La Quinta”, vienen determinados qué objetos físico-químicos son materializaciones o “cuerpos” de la Quinta y qué objetos no lo son ni pueden serlo.

Subveniencia es la relación metafísica que consiste en que las características formales de un objeto ideal determinan necesariamente qué objetos y eventos materiales (o mentales), de cualquier mundo físico (o mental) posible, pueden servir de soporte material (o mental) al objeto ideal. 
 (Las ‘o’ disyuntivas de esta definición son, desde luego, no excluyentes). 

 Este CD es un ejemplar de la Quinta. ¿Cómo puede ser eso? La razón por la que este CD concreto tiene esa música, es análoga a la razón por la que la interpretación de von Karajan es una interpretación de la Quinta (y no de la Pastoral). Todas las versiones de la Quinta comparten una misma estructura o “forma” esencial: la Quinta Sinfonía misma. Cualquier cosa que aspire a ser una interpretación de la Quinta, tiene que ser un objeto (sea ideal, sea mental o como sea) suficientemente isomorfo a la Quinta sinfonía. (Qué sea “suficiente” -y “relevante”- podría ser cuestión de grados o de cierto todo o nada, eso ahora no importa; tampoco es preciso en este momento definir con precisión qué se entiende por isomorfismo: basta una idea muy general, que se da por evidente). Y, de manera semejante, todas las grabaciones de esa versión concreta de la Quinta, son suficientemente isomorfas con la versión de la Quinta (y, por tanto, entre sí). Esto permite discriminar entre qué es una copia de la Quinta de von Karajan y qué no lo es, y entre qué es una buena o una mala copia, una copia correcta y una defectuosa (como dicen los programas de regrabación). No es preciso conocer el origen natural-causal de la grabación para determinar, por puras razones formales o estructurales, si dos CDs son ejemplares de la misma concreta interpretación de la Quinta.

 ¿Qué distingue, entonces, a una interpretación de otra, y a un ejemplar de CD, de otro de la misma interpretación, si lo que los asemeja es ser isomorfos? Entre la Quinta Sinfonía en-sí (es decir, en cuanto entidad ideal) y una interpretación de ella, hay lo que podríamos llamar relativo anisomorfismo asimétrico. La Quinta Sinfonía-en-sí es la estructura pura. Las diferentes versiones son más o menos fieles en la medida en que respetan más esa estructura, especialmente en sus puntos más estructurales, mientras divergen en aquello que la estructura de la Quinta no precisa (las duraciones exactas, las intensidades exactas…). De manera análoga, entre la música y el plástico hay un isomorfismo fundamental: tanto como sea necesario para que el trozo de plástico sea un ejemplar de la música. El resto puede diferir. Puesto que el trozo de plástico tiene su propia historia físico-química, distinta de la historia o “lógica” interna de la música soportada en él, ambas “historias” (la ideal de la música y la material del plástico) pueden desincronizarse estructuralmente, y el CD “estropearse”, es decir, transformarse en un objeto físico no lo suficientemente isomórfico con la música. Mientras está “sano”, y visto desde la música, la causa formal por la que el CD es un CD (no un mero cacho de plástico) y tiene tal o cual surco aquí y allí, o tantos o cuántos surcos, es la música. Si preguntamos al fabricante por qué el CD tiene tantos círculos, no contestará con una descripción de la historia físico-química, sino con algo como: “porque son los círculos necesarios para que el plástico contenga la música”.

 La música es causa formal de cómo es este CD (no de cómo es este conjunto de infinidad de partículas cuánticas, lo cual es otra entidad –si es siquiera “una” entidad- subyacente). El fabricante es otra causa del CD, la causa “eficiente”. Pero no es necesario en principio suponer que todo objeto tiene, además de forma o causa formal, una causa eficiente, y menos aún una causa eficiente inteligente (y también el eficiente –el fabricante- tiene que tener una relación formal, no aleatoria ni simplemente de “pasar por allí” con lo fabricado). He puesto un ejemplo, como el de la música, que parece implicar necesariamente que haya una causa inteligente que fabrique el CD para que sea un ejemplar que contenga esa música, pero podemos figurarnos el mismo CD que se ha hecho “por casualidad”, y sería igual de analizable musicalmente. Esto sirve para cualquier tipo de estructuras o formas.

La estructura o forma causa que las cosas sean así. La estructura matemática que rija para este universo determina que en este universo puedan darse estos o aquellos eventos (aunque esa estructura solo la vemos desplegarse mediante los eventos, y puede erróneamente creerse que la estructura es algo así como un epifenómeno emergente de los eventos). Desde el punto de vista inferior, las leyes supervienen al universo, pero visto “desde arriba” este mundo subviene a ciertas leyes formales (entre las otras posibles), y la causa por la que ocurre lo que ocurre, es la estructura que lo rige.

 El mundo podría haber sido físico-químicamente de otra manera, es decir, podría haber subvenido a otras estructuras. En ese caso no habría habido estos seres que contiene ahora. La evolución podría haber sido de otra forma. En ese caso no habría habido estos seres inteligentes en el universo, es decir, no se habrían dado. Pero si este universo tenía que o podía contener vida e inteligencia y música, necesariamente tenía que tener ciertas estructuras materiales: tales que replicasen las estructuras Vida, Inteligencia, Quinta Sinfonía, etc.

 Hay una cosa fundamental que implica la relación de subveniencia, y en la que quiero insistir. La forma que es la Quinta podría haberse dado en muchas materias, y esa interpretación concreta podría haberse dado en muchos soportes: tantas y tantos como sean capaces de implementar una estructura isomorfa a ellas. En este sentido, la forma o estructura es irreduciblemente autónoma respecto de cualquier implementación suya. Incluso aunque nos mantengamos en una metafísica (“aristotélica”) para la cual las formas son siempre inmanentes a alguna materia, será también verdad que las formas son irreducibles a la(s) materia(s), y que las formas explican causalmente cómo es que es la naturaleza de las cosas. No obstante, hay razones para no estar satisfecho con una versión meramente inmanente o “aristotélica” de las formas o estructuras, sino para sostener, más bien, la completa autonomía de los objetos ideales, tales como la Quinta. Pero no entraré en esta cuestión en este momento.

 Por otra parte, sería una ilusión filosófica creer que ese dualismo metafísico inmanente se anula cuando llegamos al nivel ínfimo de análisis de la naturaleza (lo que podría alentar la esperanza de un monismo materialista): la misma relación que hay entre la música y la partitura o el CD, es la que hay entre la estructura Electrón (que es una estructura o forma) y lo que quiera que sea que subyazga amorfamente a esa estructura. Incluso puede defenderse (pitagórico-¿platónica?-escotista-leibnizianamente) que nada subyace a las formas, más que otras formas, y nada subyace a las formas más ínfimas. Lo más con que se podría haber soñado en el camino reduccionista es con no necesitar estructuras de segundo o enésimo orden (superestructuras), sino conformarnos con estructuras de un solo nivel. Pero, por lo que dije en anteriores entrada, no es posible.

 Pues bien, una manera de entender la relación entre lo mental-intencional (por ejemplo, las decisiones racionales) y lo físico-natural es por analogía con ese ejemplo del CD. Por supuesto, hay múltiples aspectos importantes en los que una persona no es análoga a un CD, ni su alma análoga a un objeto musical. La estructura o forma que define que soy lo que soy es una estructura cualitativamente mucho más compleja: mientras que la Quinta Sinfonía es una estructura inerte e inconsciente, yo soy un vivo consciente. Un ser vivo, a diferencia de un CD, es “autopoiético”. Un CD no se auto-arregla. Un ser vivo tiene una estructura dinámica, mientras que un CD solo la tiene estática (lo más que “hace” es degradarse, o sea, no hace sino que padece). Por eso, un plástico como el del CD no puede ser un soporte adecuado para un ser vivo, y menos aún para un ser consciente (aunque quizás sí para conservar la información suficiente como para fabricar a un vivo).

 Según esta versión, “aristotélica”, soy una entidad psicofísica. La mente superviene al cuerpo, y el cuerpo subviene a la mente. Ambas realidades, mente y cuerpo, tienen sus sendas lógicas internas, con sus órdenes causales propios: las explicaciones intencionales explican primeramente por qué creemos o queremos lo que creemos y queremos; las explicaciones físico-químicas explican primeramente por qué se encuentra el cuerpo en el estado que se encuentra; ambos mundos son irreducibles al otro (concedo esto, aunque lo único que he argumentado es la irreducibilidad de lo mental-intencional, no la inversa); pero, a la vez, hay una relación entre ambos mundos, como inmanentes que son el uno al otro. Una mente es la mente del cuerpo del que es mente, y un cuerpo es el cuerpo de la mente de la que lo es, en la medida en que hay una correspondencia entre ellas, correspondencia que, vista desde uno y otro ámbito, se entiende como la relación, causal-formal, de superveniencia o de subveniencia.

 ¿Cómo es, entonces, que mi voluntad mueve a mi brazo? En el ámbito mental, digo, se suceden una serie de deliberaciones y deseos que conducen a una decisión última concreta (mover el brazo), de manera análoga a como en el nivel musical las variaciones siguen a la exposición del tema. La experiencia representacional o fenomenológica que sigue a una toma de decisión es (suele ser) la constatación de que nuestro cuerpo se ha movido coherentemente con esa decisión (mi brazo se ha movido). Esto solo significa que nuestro cuerpo es el cuerpo sano o adecuado de nuestra mente. Si un CD, como entidad músico-material, tuviese capacidad de pensar, constataría que su lado material sigue el curso esperado para implementar la música que es.

 ¿Qué pasaría si no ocurriese eso, si mi brazo no se levantase? En tal caso, nuestro cuerpo no habría respondido a nuestra voluntad, se habría “desacoplado”. Como esto es, en principio, en ciertos grados y aspectos, posible siempre, algunos filósofos y personas en general creen que nuestros movimientos corporales no permiten juzgar nuestra verdadera voluntad: solo mi consciencia puede valorar la corrección de mi actividad intencional. Análogamente (para lo que se refiere a toda actividad consciente), siempre puede suceder que estemos hablando con un zombi, que no entiende ni jota de lo que dice. Pero, aunque eso es lógicamente posible, no es lo más sensato pensar así, en ninguno de los dos casos. En base a esa posible desconexión puede distinguirse (como hace, por ejemplo, Kant) entre lo ético (“interno”) y lo jurídico (“externo”). Si, en cambio, se produce una descoordinación en el propio proceso (intencional o intramental) de deliberación-decisión, entonces se trata de un fallo mucho más esencial, intrínseco. Puede ser que el sujeto esté falto de suficiente capacidad deliberativa, o quizás tenga una “mala” voluntad, etc. La libertad tiene lugar primordialmente en ese ámbito, el de la deliberación consciente, intencional, intramental. Solo secundariamente se puede decir que un cuerpo es libre, si implementa libertad, es decir, si tiene conductas suficientemente isomorfas con el proceso de deliberación-decisión. El cuerpo es un signo, el mejor signo, del alma.

Decir que somos libres (o sea, que decidimos nuestros deseos de acuerdo a razones y motivos) es, pues, primordialmente, análogo a decir que el movimiento de una sinfonía empieza con la exposición de un motivo y sigue con desarrollo de variaciones, etc.: es la lógica interna a ese tipo de entidad. Lo mismo que la razón o causa por la que el movimiento concluye con tal cadencia es el desarrollo musical anterior, de la misma manera la causa por la que el sujeto decide lo que decide es el proceso deliberativo que le precede, dadas las características de ese sujeto. Igual que hay piezas más interesantes o menos, y desarrollos más lúcidos, profundos, etc., hay sujetos capaces de deliberaciones más lúcidas, profundas, etc.

 Hay que advertir que todo lo que acabo de decir es neutral con respecto a la discusión entre internalismo y externalismo. Putnam y otros han sostenido que los significados (y la vida intencional, en general) “no están en la cabeza”, es decir, en el individuo privado, sino que es algo social. Análogamente podría decirse, en nuestra comparación con la música, que una obra musical lo es en virtud del completo de interpretaciones sociales. Esto solo hace que lo intencional sea más holístico, es decir, que no sea tan fácil decir dónde acaba, y que su correspondencia con el cuerpo sea mucho más difusa: dos cerebros podrían estar en el mismo estado pero corresponderles mundos intencionales completamente diferentes. No voy a discutir esto, aunque no creo que esté en lo cierto.

domingo, 30 de diciembre de 2012

El problema metafísico de la Libertad, III. Precisando las precisiones preambulares


Pido disculpas, pero aún voy a dedicar una entrada más a precisar el problema, tal como me gustaría abordarlo.

Decido coger tal libro porque deseo informarme sobre lo que tal autor piensa acerca del libre albedrío. A continuación, voy a la estantería y lo cojo. Normalmente, no me extraña que suceda materialmente lo que he decidido en mi mente. Si alguien pregunta por qué cogí el libro, responderé diciendo que porque quería informarme sobre lo que piensa ese autor acerca del libre albedrío. Si utilizamos la palabra ‘causa’ (como creo que debemos utilizarla aquí) en el sentido amplio en que una causa C de un efecto E es algo que determina o co-determina que ocurra E, las razones del sujeto son causas de sus actos. Justamente así somos agentes (Donald Davidson ha insistido, correctamente, en este punto: las razones son causas).

Sin embargo, eso que llamamos nuestras acciones (coger el libro) puede describirse, a otro nivel de análisis material, como sucesos químicos o electromagnéticos o cuánticos, donde “coger el libro” o “decidir cogerlo” se convierten (por ejemplo) en sendos enormes bailes de partículas (“en el cerebro”, quizás), en que las nociones “coger”, “libro”, etc. no existen. Ahora, la causa de que se diera el evento microfísico correspondiente a lo que llamamos coger el libro es el estado en que se encontraba la naturaleza en el pasado, o, para decirlo más correctamente, eso más las leyes que rigen la conducta de la naturaleza. Que el cerebro se encuentre en el estado E no es efecto de que el sujeto decidiera nada, sino de que el mundo se encontrase antes en el estado C más las leyes que lo rigen. Si nosotros sabemos (suponiendo que lo sabemos) que una descripción (la microfísica) es “de lo mismo” que la otra (la mental-intencional), es solo porque conocemos ambos cursos de acciones-sucesos y los correlacionamos. Un ser que conociese solo el nivel microfísico de descripción de la naturaleza (si eso es posible) no podría por ello conocer lo que ocurre a nivel mental-intencional, ni un ser que (si eso es posible) solo conociese el mundo mental (no tuviese ni idea de qué es una partícula) no podría figurarse lo que pasa en el ámbito microfísico mientras él piensa o decide.

Tenemos, pues, dos descripciones o niveles de análisis de cosas íntimamente relacionadas, hasta el punto de que cabe la tentación de considerarlas “lo mismo” una que la otra. Pero cada una de las descripciones habita en un mundo de conceptos completamente heterogéneos a los del mundo de la otra, y lo que es relevante en uno de esos mundos, ni siquiera existe en el otro. Ni las intenciones o los razonamientos pintan nada en el nivel cuántico, ni los fenómenos cuánticos pintan nada en un razonamiento (por ejemplo, en mi deseo de coger el libro).

Cuando existen dos descripciones de “lo mismo”, necesariamente surgen las siguientes cuestiones: 
  • ¿Son compatibles ambas descripciones, o bien la una excluye a la otra?
  • ¿Son necesarias ambas, o se puede prescindir de una de ellas (o quizás sintetizarlas en una sola)?

 Por razones lógicas, es deseable no contar con dos descripciones incompatibles. Por razones de economía, es deseable no mantener dos explicaciones si una es prescindible.
Sin embargo, aunque cabría pensar que una respuesta negativa al primer brazo de la primera pregunta implica una respuesta también negativa al primer brazo de la segunda, no es así. Dos descripciones de “lo mismo” (es decir, de dos aspectos, modos, perspectivas… de lo mismo) pueden ser incompatibles y, a la vez, imprescindibles ambas. Un ejemplo es, quizás, la incompatibilidad de las dos grandes teorías físicas de los últimos cien años, la relatividad y la cuántica. Evidentemente, se trata de una situación indeseable: por pura lógica, suponemos que al menos una de las dos teorías es incorrecta, y trabajamos con la hipótesis de reducir esa dualidad.

¿Qué ocurre con la dualidad y la relación entre la descripción intencional de “desear informarse y, por tanto, ver la conveniencia de coger un libro que trata de ese asunto y decidir cogerlo” y la descripción microfísica de lo que pasa en el cerebro simultáneamente? ¿Son compatibles entre sí? Y (sea lo uno o lo otro) ¿son necesarias ambas?

Llamemos ficcionalismo a la tesis filosófica, concretamente ontológica, general según la cual un determinado tipo de conceptos, que quizás usamos habitualmente, en realidad, por razones lógicas o de economía, no deben ser tenidos como reales: son una ficción o ilusión. Un ficcionalismo fuerte argumentará que esas nociones son completamente prescindibles. Un ficcionalismo débil dirá que son nociones que, si bien son, al menos de momento y/o en determinados aspectos, imprescindibles, no son fundamentales, y hay que considerarlas más bien, epifenoménicas.

El ficcionalismo débil es, a mi parecer, mucho menos interesante que el fuerte, y quizás es una teoría inconsistente (aunque quizás, también, “imprescindible” en cierto modo, en filosofía). En principio, no está claro cuál es su criterio ontológico. El ficcionalismo fuerte es claro: si un concepto es inconsistente (consigo mismo o con lo mejor asentado) o innecesario, tenemos que prescindir de él. En caso contrario, tenemos que aceptar que es parte de la realidad y no una ficción: imprescindibilidad teórica implica realidad (es su criterio). Si podemos prescindir de Eolo para explicar lo que pretendía explicar, Eolo no existe; si, en cambio, no podemos prescindir del concepto de energía (o números) la energía (los números) existen. El ficcionalismo débil no es tan claro, es un “sí pero no”: no podemos prescindir de los números, o de los géneros, pero los números, o los géneros, no existen. ¿Por qué? ¿Cuál puede ser la motivación de esta segunda actitud filosófica? Es lógico pensar que o bien el deseo de eliminar incompatibilidades o bien el deseo de simplificación y economía. Pero, empezando por lo primero, ¿cómo pueden considerarse irreales cosas que, pese a ser incompatibles, son necesarias para la comprensión de la realidad? El ficcionalista débil debería presentar un argumento a priori (como a priori es su tesis) que muestre que es esperable reducir esa dualidad (que, por ejemplo, los números serán prescindibles si tal o cual). Mientras tanto, es poco más que un acto de fe. 
Pasando al segundo posible criterio, la simplicidad, es obvio que al ficcionalista le mueve la pulsión minimalista y, en último extremo, monista: debemos postular que el mundo es lo más simple posible, uno solo o de un solo tipo de entidad, a ser posible. No parece deseable que haya tipos heterogéneos e irreducibles de entidad. Esa pulsión monista está en la filosofía desde los primeros filósofos, que todo lo reducían al Agua o a lo Infinito. Y me parece correcta. Pero, además de que necesita argumentos a priori que expliquen por qué uno se decanta por esta o aquella simplificación ontológica, es dudoso que considerar real solo a uno de los diversos ámbitos que no podemos eliminar de nuestra descripción del mundo (calificando a los demás de epifenoménicos) simplifique la ontología. ¿Es que los epifenómenos no necesitan un estatus ontológico, aunque sea fantasmal? Por tanto, el ficcionalismo débil es una teoría insatisfactoria, al menos mientras no presente claramente qué criterios ontológicos hemos de manejar para aceptar que algo es real o no.

El ficcionalismo débil puede querer recurrir a una noción últimamente muy explotada: la noción de superveniencia. Consiste en la idea de que, dadas ciertas características de un determinado nivel, necesariamente se dan en otro nivel otras características, o incluso surge necesariamente ese otro nivel. Por ejemplo, dadas determinadas características del mundo químico, surgen necesariamente las características biológicas y el propio nivel biológico, o las propiedades mentales, etc. El atractivo de la idea, para muchos de sus usuarios (de tendencia naturalista o fisicalista), es que parece dar aliento a la esperanza de explicar de alguna manera causal (causación inter-niveles, es decir, causación ontológica) lo que se produce en un ámbito y hasta la propia existencia del ámbito (por ejemplo, lo mental) a partir de otro, considerado más básico y “respetable”. Esa causación interniveles es, piensan, lo más parecido a una reducción ontológica a que se puede aspirar.

Sin embargo, hay que hacer algunas observaciones al respecto:

En primer lugar, la noción de superveniencia es ontológicamente neutral, es decir, no favorece más a una teoría ontológica que a otras. Un idealista puede ser superveniente en el sentido inverso al naturalista: una vez dadas las características del mundo mental, necesariamente supervendrá (o sub-vendrá, quizás) un determinado mundo material. Y un dualista no tiene por qué pensar que la superveniencia amenaza sus tesis.

Segundo: la superveniencia no es (no parece) una relación necesaria. Para demostrar que la superveniencia no es contingente es preciso mostrar, concretamente, cómo un ámbito surge de otro. La noción de superveniencia no ahorra el problema de cómo opera (cómo es posible, cómo es necesario que sean las cosas para que ocurra, en qué modos es posible) la superveniencia.

Volvamos ahora a nuestro asunto, el de la Libertad. Cuando nos referimos al problema de las decisiones de una persona, de un agente racional, usamos nociones como “libertad”, “responsabilidad”, “motivo”, razones”, “deseos”, “sentimientos de arrepentimiento”, etc. El lenguaje moral parece imposible sin todas o la mayoría de estas nociones, y en especial el de Libertad. Pero se plantean las cuestiones, metafísicas, de si tales conceptos son compatibles con lo que sabemos con firmeza en otros ámbitos, y si son prescindibles.

El ficcionalismo librearbitrista será, en general, la tesis de que la noción de Libertad es o Incompatible con lo que sabemos de la realidad, o prescindible, o ambas cosas. El ficcionalismo librearbitrista fuerte, y consecuente a mi juicio, dirá que la idea de Libertad es una ficción, y, si es optimista y naturalista, creerá que podemos o podremos mañana (de momento es un “programa”) prescindir completamente de esa y de todas las explicaciones mentalistas, y nos bastará con explicaciones microfísicas.

Una manera en que habitualmente se ha argumentado la incompatibilidad de la Libertad con lo que sabemos del mundo es señalando que, mientras las mejores teorías que tenemos sobre la naturaleza física abonan la hipótesis determinista, la noción de Libertad, en cambio, implica indeterminación, ya que un ser libre es aquel que puede escoger entre diferentes caminos de acción. La indeterminación de la voluntad sería incompatible con el determinismo natural. Así se argumentaba generalmente hasta el siglo XX, aunque muchos siguen haciéndolo en el siglo XXI. Pero llegó la física cuántica y trajo como consecuencia que la naturaleza no es totalmente determinista, sino que es parcialmente indeterminista: es probabilista. Pese a que Einstein se negase a aceptar que Dios juegue a los dados, la indeterminación cuántica es, en la Ciencia física actual, un elemento firme (aunque nadie sabe qué puede pasar mañana). Sin embargo, y aunque algunos creyeron y creen que la relativa indeterminación cuántica traía una tabla de salvación a la noción de Libertad, porque quizás por esa grieta del mecanismo-determinista podría operar la libre voluntad (como si se tratase de una nueva “glándula pineal” –así por ejemplo, la hipótesis de Penrose de que la libertad será explicable en términos cuánticos-), lo cierto es que la indeterminación cuántica es tan poco útil para la noción de libertad como el determinismo le era amenazante. Simplemente se trata, a mi juicio, de un planteamiento completamente desorientado y “vulgar”, que no ha reparado en la completa heterogeneidad entre lo mental-intencional y lo físico, y en la consecuente dificultad de explicar su “comunicación” o interacción. Tanto si la Libertad implica indeterminación como si no (cosa que hay que discutir), y tanto si la naturaleza física es determinista o no, el problema, si hay problema, es el mismo.

En primer lugar, es dudoso que la Libertad implique la noción de indeterminación. Por supuesto, la Libertad implica la noción de que es lógicamente y mentalmente posible, para un agente, elegir otro curso de acción; pero también implica que el curso de acción que elegimos está completamente determinado si tenemos en cuenta la suma de todos los motivos y razones (todos ellos mentales o intencionales) que determinaron nuestra voluntad. Si alguien hace algo y, ante nuestra pregunta de por qué lo ha hecho, toda la respuesta que puede ofrecer es que no lo ha hecho por nada, es decir, sin que ningún motivo o complejo motivacional le determinase a ello, no hablaremos de una persona que ha actuado libremente, que ha elegido lo que ha hecho, sino de un ser al que le ha sucedido algo al azar, de un ser no dueño de sí mismo. Así que la Libertad implica tanto la contingencia general de lo elegible como la necesidad particular de lo elegido. 

Completamente análoga es la situación en el ámbito material: aunque el mundo material (que sepamos) es tal que podría ser, en general, de otra manera (es decir, es contingente), sin embargo lo que sucede, sucede de una manera determinista o cuasideterminista (la probabilidad es un determinismo relativo: determina exactamente qué ámbito de sucesos pueden ocurrir).

Por tanto, el problema de la libertad no es el problema de la indeterminación de la voluntad frente al determinismo material. La cuestión es, primero, si son compatibles los órdenes intencional y material en que ocurren cursos de acciones y sucesos que consideramos “lo mismo” o aspectos de lo mismo, y cómo se relacionan esos ámbitos; y, segundo, si la noción de libertad es prescindible y en qué sentido.

En este sentido, el problema es análogo al de la teleología: ¿es compatible, y en qué sentido, una descripción teleológica de los fenómenos vitales, sociales, etc., con la naturaleza no-teleológica (suponiendo que sea no-teleológica) de la microfísica? Y ¿es imprescindible la teleología?

Argumentaré en la próxima entrada que la noción de Libertad (correctamente entendida):

-         es compatible con cualquier tesis, determinista o indeterminista, del mundo físico, siempre que se den ciertas características de este.
-         que la noción de Libertad es imprescindible para nuestra completa y adecuada intelección del mundo, incluida la actividad científica y filosófica que pretende sustentar al ficcionalismo librearbitrista (o sea, que el ficcionalismo incurre en auto-inconsistencia).
-         Que la relación entre Libertad y Naturaleza (o, más en general, entre lo Intencional y lo Natural) es la de superveniencia no-naturalista de analogía estructural, donde es lo mental-intencional el "analogado primero" respecto de lo físico.