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viernes, 23 de junio de 2017

Del abismo infinitesimal entre el filósofo y el científico

Muchos filósofos han desarrollado sus especulaciones filosóficas a partir de, por analogía con, o, a veces, incluso (con la pretensión de estar trabajando) en continuidad con alguna ciencia específica. Descartes creía estar extendiendo la matemática a las raíces del árbol de la ciencia; Hume decía estar haciendo lo mismo que Newton, pero aplicado al ser humano, y algo parecido puede decirse de Kant; Marx pensaba estar haciendo economía e historia; Nietzsche, filología y psicología; los filósofos analíticos del Lenguaje, lingüística o lógica; los filósofos hermenéuticos del lenguaje, hermenéutica lingüística o historia; Foucault creía hacer literalmente ciencia: cierta historia y “arqueología” del saber; otros creyeron hacer sociología; incluso de los antiguos se dice que, por ejemplo, Platón (como Pitágoras) se apoyaba en las matemáticas, mientras que Aristóteles filosofaría a partir de la biología…

Es más, muchos de ellos han creído o se cree de ellos que su concreta concepción filosófica depende o emana de una concreta teoría científica, de modo que, si sucediese que esta teoría científica fuese superada o se mostrase científicamente errónea, en esa medida debería venirse abajo aquella teoría filosófica que dependía de ella. Así, la existencia de números infinitos habría acabado con la escuela pitagórica, el mecanicismo y el evolucionismo biológico serían la muerte del aristotelismo, las matemáticas no euclídeas acabarían con la filosofía trascendental de Kant, la superación de las teorías económicas del siglo XIX refutaría a Marx, etc.

Es, efectivamente, un hecho que muchos (si no todos los) filósofos han especulado a partir de una ciencia específica, y que hay una estrecha afinidad entre cada filosofía y ciertas hipótesis científicas concretas. Sin embargo, debe considerarse como un hecho, tan innegable como el anterior, que ninguna superación o refutación de una teoría científica afecta intrínsecamente a la filosofía que, presuntamente, dependía de ella. Sea lo que sea que ocurre en la historia de la matemática, siempre hay contemporáneamente matemáticos con inclinaciones filosóficas platónicas frente a otros con inclinaciones nominalistas;  sea lo que sea lo que ocurre en el desarrollo de la física, siempre hay pitagóricos, mecanicistas, biologistas… de la física; sea lo que sea lo que ocurre en el desarrollo de la economía, siempre hay economistas y filósofos de la economía más liberales y más marxistas; no importa en absoluto, para las tesis de Nietzsche, si la tragedia griega tuvo el origen que él creía; las geometrías no-euclídeas no suponen el más mínimo contratiempo para le teoría de la idealidad del espacio y el tiempo; el “análisis” de los filósofos del lenguaje no se ve afectado por el análisis lingüístico de los filólogos ni por el trabajo de los lógicos (pues también esta una ciencia autónoma, más allá o más acá de la metafísica que algunos confundieron con ella). Lo único que queda refutado, con cada uno de esos cambios de teoría científica, es la afirmación de tal o cual concepción filosófica era continuidad y dependía de tal o cual hipótesis científica.

¿Qué puede decirse en el sentido inverso? Los científicos, sobre todo los de los últimos siglos, están preocupados por los filósofos bastante menos que estos por ellos: nacieron o renacieron, según el tópico, reivindicando su autonomía respecto de la “reina” (o tirana) del saber y, muy razonablemente, les interesa ante todo que sus antiguos tutores no metan las manos en su mesa y su laboratorio. Pero, en la medida en que algunos de ellos dicen ser conscientes de que detrás de toda teoría científica hay una concepción filosófica e incluso metafísica, se puede decir lo mismo: los argumentos que puedan dirigirse contra esta o aquella teoría filosófica, dejan intacto el valor de las teorías científicas que pretendían depender de ellas. La física cuántica no da apoyo alguno a ningún idealismo o dualismo ni a ningún materialismo, a ningún libertarismo ni determinismo; las teorías económicas, en la medida en que son ciencia, no dan ningún apoyo especial a ni a la ideología capitalista ni a la comunista; las diversas teorías de lógica formal no ponen en cuestión el carácter fuerte ni el débil de la noción de existencia... Y es una confusión (una muy tentadora confusión, o una “ilusión inevitable”, si se quiere decir con Kant) pretender otra cosa. Como dijera Wittgenstein, la filosofía lo deja todo como estaba. Aunque, a la vez, lo transforma todo: transforma el todo. Puede decirse que la filosofía es aquello que deja todos los problemas científicos (y prácticos, y técnicos, y cotidianos) exactamente como estaban. Igualmente, demarca a la ciencia (y a la técnica) dejar los problemas filosóficos exactamente intactos.

¿Por qué esto es así? Porque Ciencia y Filosofía son, en un aspecto esencial, dos “saberes” heterogéneos. En realidad, ni siquiera se les puede llamar unívocamente saberes. La filosofía es la especulación racional acerca de lo absoluto y lo infinito, mientras que la ciencia es saber de lo relativo, de lo delimitado, de lo “dado”. No se pueden separar los términos de cada sintagma: de lo absoluto solo hay especulación, no saber; el saber lo hay solo de lo relativo. Es un fenómeno, y es por tanto relativo, determinado, enmarcado en una estructura a priori indiscutida e impensada, y es por ello objeto de saber (y de error), que la luz se mueve a trescientos mil quilómetros por segundo o que se comporta tanto como onda como haz de partículas. Pero no es un fenómeno, algo determinable, ni objeto, por tanto, de posible saber, la naturaleza absoluta de la luz, si es solo una ilusión o no…; es objeto de saber el balance de costes de cualquier proceso económico, pero es inasequible a cualquier saber el carácter de justo o injusto de cualquier reparto de trabajo….

La condición de la ciencia es que sus hipótesis no se refieran a ningún absoluto. Gracias a esa condición, la ciencia funciona perfectamente: salva los fenómenos, esto es, salva lo relativo. Ni siquiera es preciso que funcione eternamente: cualquiera de las constantes cosmológicas podrían variar radicalmente (pasar a cero o a infinito), cualquier “ley” científica podría dejar de cumplirse, no importa: la ciencia nunca prometió tener verdades absolutas, sino solo hipótesis, ni se comprometió ni podía comprometerse nunca con la afirmación de que “la naturaleza” estuviese gobernada por leyes eternas, ni que fuesen vigentes, siquiera, por un segundo: todo eso pertenece a su impensable. Eso sí, en el marco de la hipótesis, la ciencia asegura certezas absolutas acerca de lo relativo. La condición de la filosofía, en cambio, es que nada sea una hipótesis, o, más  bien, como dice Platón, que las hipótesis sean eso, hipótesis, es decir, certezas meramente relativas, absolutamente relativas, de las que hay que buscar la absoluta necesidad, lo anhipotético.

Si esto es así, ciencia y filosofía son actividades heterogéneas, que no pueden molestarse la una a la otra. Sin embargo, esto es solo uno de los momentos de la dialéctica: el de la separación. En el Parménides, Parménides nos enseña que, si se toma a la cosa en sí misma o en absoluto (a lo Uno, por “ejemplo”), ella no participa de ninguna otra característica que ella misma, está “más allá de la esencia”, podríamos decir. Y esto vale para cada cosa, y también para la filosofía misma, y ejemplarmente también: tomada en sí misma, la especulación que busca lo absoluto no depende ni participa de ninguna preocupación relativa, es completamente autónoma y vuelta hacia sí, como el dios de Aristóteles. Y así resulta inefable. Pero, a la vez, la cosa es, se da, aparece como mundo, múltiple y relativo, y, entonces, participa de los contrarios a la vez: es finito e infinito, igual y diferente tanto a y de sí como a y de su otro… De la misma manera, la especulación de lo absoluto se da como saber relativo, y, por tanto e inevitablemente, participa de los contrarios. La especulación de lo absoluto no se da más que mostrándose en lo relativo. Por eso, cuanto mayor y mejor sea el conocimiento relativo, mejor puede expresarse la especulación.

¿Cuál es, entonces, la relación de la filosofía con la ciencia (y las demás prácticas de lo finito), si, por una parte es absolutamente heterogénea con ella(s), pero, por otra parte, solo a través de ella(s), inextricablemente mezclada con ella(s) puede darse la filosofía?

domingo, 20 de marzo de 2016

El presente olvidado, según Albrecht von Müller

A menudo las grandes teorías científicas recién adquiridas y vigentes sirven de inspiración a especulaciones filosóficas que no habrían nacido o no se habrían manifestado sin ese motivo. Por lo general, y paradójicamente, aunque esas teorías científicas nuevas e inspiradoras suelen tener un carácter muy contraintuitivo para el sentido común, despiertan, sin embargo, pensamientos filosóficos que, a la vez que originales respecto de la situación de la filosofía en ese momento, son muy viejos o, tal vez habría que decir, perenne, si bien siempre fueron también muy esotéricos. Las teorías físicas de la Relatividad General y de la Física Cuántica, por ejemplo, han despertado muchas elucubraciones sobre el carácter del Tiempo y de la Realidad en general. Con frecuencia, es cierto, esas elucubraciones (muchas veces llevadas a cabo por científicos ocasionalmente venidos a filósofos) pueden ser vistas desde la filosofía seria como intentos ligeros y filosóficamente bastante desinformados. Pero los hay también innegablemente interesantes y dignos de una consideración cuidadosa, más allá de sus posibles endebleces filosóficas, propias de todo aquello que está aún tierno y no se sabe si será viable. Al fin y al cabo, ¿no puede decirse que Kant pensó a partir de, entre otras cosas, la mecánica newtoniana, Descartes desde el mecanicismo naciente, Aristóteles desde o con su propia biología…? Esto no quiere decir que la Filosofía dependa de, ni siquiera que se tenga que hacer a partir de las teorías científicas vigentes. Antes bien, lo normal es comprobar que, como decíamos, esas “nuevas” concepciones filosóficas inspiradas en los recientes descubrimientos científicos, fueron ya pensadas mucho antes, y pueden ser pensadas de manera completamente independiente. La ciencia parece servir aquí, más bien, de principio heurístico o motivador.

El último y sugerente ejemplo que he encontrado de tales especulaciones filosóficas gestadas en la interfaz entre física y filosófica, es el ensayo de Albrecht von Müller “The Forgotten Present”, primer y fundamental artículo del libro colectivo Re-Thinking Time at the Interface of Physics and Philosophy, Springer 2015, del que el propio Müller es co-editor. Von Müller es profesor de Filosofía en la Universidad de Munich, director del Parmenides Center for the Study of Thinking y fundador de la organización Parmenides Fundation. (También se ha visto envuelto en una extraña polémica).

Según Müller, la razón por la que no conseguimos acomodar teorías como, sobre todo, la Relatividad General y la Física Cuántica, a una interpretación que nos resulte aceptable, es que no concebimos la realidad con la suficiente profundidad. ¿Cómo habría, entonces, que concebirla? Según Müller, tenemos que entender el universo como “Autogenético”, esto es, como algo que surge desde sí mismo, en sí mismo y, con la llegada de la consciencia humana, también respecto de o para sí mismo. Una concepción semejante de la realidad implica unas categorías completamente diferentes a aquellas con las que entendemos el mundo. Müller explica cuáles son, a su juicio, los esquemas categoriales de una y otra concepción de la realidad, según cuatro rúbricas: a) la estructura predicativa que implican uno y otro, b) sus respectivas concepciones del tiempo, c) sus concepciones de la relación entre subjetividad y objetividad y c) sus diversas concepciones de la causalidad.

En el esquema corriente, que Müller llama “factual aspect” y simboliza como ‘F apparatus’, nosotros

  • a) entenderíamos la predicación como un sistema booleano en el que rige el principio de tertium non datur (una proposición excluye simultáneamente a las demás y excluye radicalmente a la que afirma lo contrario);
  • b) concebimos el tiempo, según ese esquema F, de manera lineal y secuencial (el pasado ya no es, solo es un presente que es un punto o un segmento en una serie);
  • c) establecemos una radical separación entre sujeto y objeto; y
  • d) lo concebimos todo regido por el llamado principio de causalidad, según el cual unas cosas siguen a y proceden de otras.


Los cuatro diferentes aspectos de F son, obviamente, coherentes entre sí, y se interimplican todos ellos. Son también los responsables de que concibamos la realidad como separada, y los culpables de que no podamos encajar en nuestra cosmovisión ciertos aspectos esenciales descubiertos por los científicos del siglo XX, como la no-localidad y la incertidumbre cuánticas, o la fuerte auto-referencialidad requerida por el pensamiento, según la prueba de Gödel.

Necesitamos otro aparato categorial, propio de una Teoría Autogenética del Universo (TAU), al que Müller denomina aparato E (a partir de la inicial común a las palabras “evento”, “emergencia” o –dice- incluso “epifanía”), que nos permita concebir la realidad como no-separada ni secuencial, sino como un proceso de autosurgimiento (ni siquiera de mera autopoiesis, pues esta ya supone preexistentes los elementos). En el aparato categorial E los cuatro elementos categoriales difieren del siguiente modo:

- El concepto de Tiempo no es el concepto lineal y secuencial propio de la concepción factual de los hechos, sino un tiempo más primario, el “tiempo-espacio del presente” (TSP), en el que el pasado no está separado del presente, sino que el presente contiene todo el tiempo, sin por ello reducirlo a mero presente factual (como ocurre en la teoría presentista). Ejemplos de ese tiempo más profundo lo tenemos en fenómenos físicos como las singularidades macroscópicas (por ejemplo, en el Big Bang) y en los fenómenos cuánticos. Pero no solo en esos estados muy básicos de la naturaleza podemos encontrar el tiempo no-separado: también en la más elevada u organizada de las formas de la naturaleza, esto es, en la consciencia, ocurren comprensiones de esta temporalidad más profunda. Müller cita un pasaje de Mozart, en que el genio de la música narra ciertas experiencias de comprensión simultánea de todos los elementos de una composición. Según Müller, con la evolución se enriquece la capacidad de vivir ese presente lleno de toda la realidad.

- La estructura predicativa propia de F es la estructura “paratáctica”, es decir, una estructura en la que son posibles múltiples juicios simultáneos e incluso contradictorios entre sí, de la interalimentación de los cuales emerge un conocimiento superior. Así ocurre de manera muy clara, por ejemplo, dice Müller, en el haiku. También en las improvisaciones del jazz, donde la creación de cada músico depende de lo que están creando los otros. Un ejemplo más, un ejemplo ejemplar, es el famoso poema de Gertrude Stein “una rosa es una rosa es una rosa es una rosa”: aquí la repetición de un mismo sintagma es todo lo contrario a banal o redundante, pues significa la más fuerte auto-referencialidad de las cosas, a la vez que expresa el carácter iterativo de la rosa como constituida de pétalos. La predicación paratáctica expresa, según Müller, lo que ya algunos pensadores de la tradición pensaron como el “nunc stans”, el eterno presente, que no es un presente congelado y muerto, sino la comprensión –insistamos- de que en el presente ocurre, de manera no separada, todo.

- En el aparato E, además, no hay la separación entre el sujeto y el objeto, que es propio de nuestra concepción factual de la realidad. En la concepción autogenética del mundo, rige la más fuerte auto-referencia (no por ello el pamspiquismo, advierte Müller, es decir, no la tesis de que todo tiene consciencia desde el principio). Hay diferentes grados de auto-referencia. La más simple de todas es la expresada por el principio de identidad, que puede figurarse mediante una banda plegada directamente, uniendo principio y fin. En un grado superior, hay la autorreferencia propia de lo que es igual a sí mismo haciéndose diferente. Podemos figurarla mediante la banda de Moebius: hace falta girar, no 360 sino 720 grados para estar en el mismo lugar. Por último, hay una autorreferencia más profunda, propia solo de la consciencia y la identidad personal, en la que la realidad es la misma en el hecho mismo de tener continuamente diferentes experiencias. El pensamiento separado no puede entender esto, y, para salvar la identidad personal, se figura un centro inalterable del sujeto, respecto del cual todos los cambios serían accidentales. Pero esto no funciona, dice Müller, porque las vivencias de los sujetos son su misma esencia. Necesitamos comprender que el sujeto es autogénesis, que su identidad consiste en su estarse haciendo, pero no de modo que el pasado deja de existir en el presente, sino desde la concepción no-separada y no-lineal del tiempo. Nuevamente, la evolución de una improvisación de jazz puede servir de metáfora.

Müller se pregunta, a continuación, qué relación hay entre las concepciones F y E de la realidad. Recurriendo a una de sus queridas metáforas, dice que la concepción factual es análoga al perfil de un dibujo, mientras que la concepción E es equivalente al colorido. El esquema F representaría, pues, una concepción abstracta y esquelética de la realidad, respecto de la que E es algo así como el “color” o plenitud. 

Sin embargo, piensa Müller (en un paso más en su vuelo especulativo), no basta con los esquemas F y E para describir la realidad, pues quedaría sin explicar la relación entre uno y otro aspecto. Hay que recurrir, dice, a un tercer aspecto o un tercer rostro de la realidad: lo llama el aspecto Ápeiron (por la idea de Anaximandro). La concepción Ápeiron comprende la realidad como una completa unidad en la que todas las posibilidades existen superpuestas. Solo este tercer aspecto permitiría entender los grandes misterios ontológicos, como el de lo Uno y lo Múltiple y el de la dualidad Mente / Cuerpo. Ápeiron es el aspecto de la realidad al que apunta la religiosidad.

La relación entre los tres aspectos crono-ontológicos debe ser concebida, según Müller, en analogía con la estructura topológica conocida como anillos borromeos. Los tres aspectos son interdependientes, y cada par de ellos está relacionado mediante el tercero.

  • En la visión F, el universo es un bloque en el que coexisten todos los hechos: el tiempo es “una persistente ilusión”, como dijera Einstein; no hay lugar para auténtica novedad alguna.
  • En la visión E o de status nascendi, todo está surgiendo. Es lo que se expresa en la física cuántica.
  • En el círculo Ápeiron (que realmente tiene su mejor símbolo en un círculo, según Müller) todo está en unidad, todo inseparable, pero también todo impredecible (no es un estado final, como en Hegel, por ejemplo).

Ninguno de los tres círculos tiene la prioridad o la centralidad, aunque desde nuestra perspectiva de seres auto-conscientes tenemos la tentación de situar en un punto privilegiado al status nascendi. La relación entre cada uno de dos de los círculos solo se explica a partir del tercero: es la unidad universal propia del Ápeiron lo que salva la distancia o dualidad entre el universo-bloque de la concepción lineal y separada, y el carácter autogenético y no separado del status nascendi; es este aspecto autogenético el que salva la distancia entre la superposición propia del Ápeiron y la separación del universo-bloque propio del círculo F; es este universo bloque el que conecta la unidad indiferente del ápeiron con el proceso de autogénesis.

En las últimas páginas de su programático “ensayo”, Müller se dedica a apuntar algunas consecuencias que sus precedentes elucubraciones tendrían para algunos problemas concretos, tales como la posibilidad de una TOE o Teoría total, o –y quizá lo filosóficamente más interesante- la posibilidad de una nueva intelección de la Cognición Humana, a la que denomina (con ese gusto suyo un tanto cabalista por los acrósticos) CPTF, de “consciousness”, “presence”, “thinking” y “free will”. Por supuesto, según Müller nuestra dificultad para encajar hechos como la cognición y la libertad en nuestra cosmovisión procede, una vez más, de nuestra pobre concepción factual y lineal de la realidad. Desde una concepción más profunda, la cognición no solo es inteligible, sino que es la forma más evolucionada de autogénesis. Respecto de la existencia de la libertad, no obstante –señala originalmente Müller- no existe ni puede existir una prueba necesaria de que existe, ya que precisamente eso iría contra la propia existencia de la libertad: solo libremente podemos aceptar la existencia de la libertad.

Por último, Müller no se priva de enunciar un nuevo imperativo categórico:

"Try to foster the further unfolding of our universe as good as you can in all taht you do",
Trata de fomentar el mayor desarrollo de nuestro universo, cuanto sea posible, en todo lo que hagas.

Como decíamos, no son raras este tipo de especulaciones, muchas de ellas excogitadas por científicos. Recordemos los ejemplos de Eddington, Schrödinger, Prigogine, R. Thom, David Bohm… Curiosamente en todas ellas puede encontrarse una concepción que podríamos llamar, de manera lata, mística y “holística”, que camina en sentido inverso a la concepción mecanicista y positivista de la ciencia y la filosofía de la primera modernidad. También en todas ellas se echa en falta un mayor conocimiento del elenco filosófico (lo que no justifica el desprecio o la indiferencia que a veces reciben de parte de los filósofos). Y en todas falta un desarrollo algo más que programático.

En las tesis de Müller (quien, desde luego, no carece del conocimiento filosófico suficiente) encuentro ideas sugerentes, y que están muy en consonancia con la concepción dialéctico-analógica que vengo sosteniendo en algunos textos. Por ejemplo, la tesis del carácter paratáctico del lenguaje merece ser puesta en discusión con la tesis dialéctica (y el propio Müller remite al Logos heracliteo, como una concepción profunda de la razón). Algo similar puede decirse del tiempo: ¿qué relación hay entre el tiempo no-separado del que habla Müller y la concepción que de la temporalidad puede inferirse de algunos textos platónicos, tales como el Parménides y el mito del Político?

miércoles, 8 de enero de 2014

Especulaciones sobre el futuro de las maneras de hacer filosofía, I

Sigue habiendo algo que todo el mundo sabría identificar como filosofía. ¿Seguirá habiéndolo? ¿Cómo? ¿Qué futuro le cabe a la Filosofía? Más en concreto, ¿hay una unidad de la Filosofía, o es una idea o pseudo-idea en desintegración? Las siguientes especulaciones no tienen que ver con la historia, ni con la profecía, salvo como tópicos para filosofar, para filosofar, concretamente, acerca de la filosofía (pero filosofar acerca de la filosofía no es tan narcisista como hacer, por ejemplo, historia de la historiografía: la filosofía es más esencialmente autorreferente, casi puro “pensamiento del pensamiento”, como el dios de Aristóteles).

Como se sabe, existen hoy dos grandes maneras de hacer filosofía, que se llevan la parte del león, y varias otras intermedias. Por una lado está la “filosofía continental”, fenomenológico-hermenéutica; por otro, la “filosofía anglosajona” o analítica. Ambas corrientes van infiltrándose, cada vez más, la una en el terreno sobre el que florece la otra: ya no es rara la buena bibliografía hermenéutica en inglés, ni la analítica en alemán y francés. Tampoco faltan intentos de acercamiento, ni denuncias de problemas de identidad e incluso oficios de difuntos, sobre todo dentro de la filosofía analítica y sobre todo respecto de sí misma (por ejemplo Aaron Preston Analytic Philosophy, the History of an Illusion, Continuum Studies in Philosophy, 2010). Pero nada de esto ha favorecido apenas la “contaminación” o el mestizaje, y los dos caminos siguen vivos por separado, con muchas dudas de que sea posible algún contacto no superficial entre ellos, un intercambio de argumentos, un verdadero diálogo. ¿Es que hablan de cosas diferentes? ¿No tienen nada esencial en común? Mi parecer es que hablan fundamentalmente de lo mismo de maneras solo relativamente diferentes, aunque, eso sí, muy diferentes dentro de esa relatividad.

¿De qué maneras diferentes hablan de lo mismo? La raíz de la diferencia en sus maneras de abordar los problemas filosóficos se puede describir de forma sencilla diciendo que, mientras que la filosofía analítica se inspira en o imita el método de las ciencias físico-matemáticas, la filosofía hermenéutica, por su parte, remeda el método filológico-histórico o de las “ciencias humanas” en general. La primera, parte metodológicamente de las nociones más simples e inmediatas desde el punto de vista tanto lógico como fenoménico-externo o “natural”. Adopta un naturalismo y reduccionismo metodológico, o navaja de Occam desde el más-acá: tratemos de explicarlo todo con los menos elementos no-naturales posibles (y, entre los naturales, elijamos los de menor nivel de complejidad); intentemos conformarnos con la extensión o univocidad semántica, evitando la connotación y la intensión. No por ello el pensador analítico  concluye siempre en un naturalismo metafísico, pero cuando acaba en alguna forma de no-naturalismo (lo que viene ocurriendo cada vez más a menudo), eso se percibe, en el mundo analítico, como una sorpresa, algo que “no debería haber acabado así”.

La filosofía hermenéutica, en cambio, intenta pasar por algo así como historiografía e interpretación literaria. Los términos que usamos en cualquier campo semántico, incluida la ciencia –nos recuerdan-, están cargados de connotaciones o resonancias culturales, históricas, psicológicas, subconscientes…, una vez se atiende a las cuales, se sitúa a cada “verdad” en su contexto y deja de ser neutral y atemporal. Hay aquí, obviamente, una irresistible tendencia a concluir en alguna forma de relativismo o constructivismo (historicismo, culturalismo) y a la vaporización de la verdad y su reducción a retórica. Pocos hermenéuticos evitan estas conclusiones, y menos aún se entregan a señalar los límites de la interpretación (una de las pocas excepciones que conozco es Más allá de la interpretación, de G. Vattimo, Paidós 1995). No hay más que interpretaciones, dijo Nietzsche. Pero ¿esto mismo no será entonces solo una interpretación?

La fenomenología es, en cierto modo, una manera intermedia de filosofar, y ello porque su referente científico es esa ciencia intermedia o de dudosa ubicación que es la psicología: una especie de Psicología introspeccionista “a lo divino” o a lo trascendental, eso es originariamente la Fenomenología (Husserl). Algo parecido puede decirse de los filósofos de Frankfurt respecto de la sociología. La fenomenología, no obstante, pronto se mezcló con la hermenéutica, por obra, sobre todo, de Heidegger, y no es fácil encontrar fenomenólogos puros (quizás M. Henry o J-L Marion). Si Frege y Husserl aún hablaban un lenguaje bastante común, sus respectivos descendientes cada vez se hicieron más “de ciencias” o “de letras”.

Por supuesto, volviendo a las dos grandes vías, analíticos y hermenéuticos, ambos se engañan en la medida en que creen que lo que hacen es ciencia. Lo que hacen los “filósofos del Lenguaje” no es lingüística, ni lógica, ni ciencia natural muy general: no espera ser falsado ni permite análisis “lógicos” alternativos e incompatibles; lo que hacen los hermenéuticos no es crítica textual ni historia: no espera ser deconstruida su propia deconstrucción, y sí pretende anunciarnos alguna verdad ahistórica. Ese engaño común no es casual: una de las pocas cosas que ambas metodologías filosóficas tienen, en cuanto metodologías, en común, es el intento de huir de la Metafísica y simular ser ciencia. Pero, mientras que en los continentales, la “muerte de Dios” es una tesis pseudo-histórica, en el positivismo anglosajón el “sinsentido de la metafísica” es una tesis pseudo-científico-natural o pseudo-lógica. Son dos formas del cientificismo. Esto apunta directamente a aquello Mismo de lo que ambas tratan pese a sí, y de lo que hablaré más adelante (en la siguiente entrada). Por decirlo rápidamente desde ya, a las filosofías analítica y hermenéutica es la Metafísica lo que las une: en lo que se refiere a sus métodos, el deseo de evitarla; y en cuanto a sus contenidos, la inevitabilidad de tenerla (o ser tenidos por ella).

Si quisiéramos acercar las dos maneras de hacer filosofía, podríamos empezar por buscar, por tanto, cómo relacionar estrechamente ambos tipos de ciencias, naturales y humanas. Hay intentos de ello, reconociendo, por parte de los unos, el papel que la interpretación tiene en el lenguaje de la ciencia natural o naturalista en general (piénsese en D. Davidson, por ejemplo) o la incorrección del viejo reduccionismo; y, por parte de los otros, aunque menos, el reconocimiento del momento más puramente referencial de todo lenguaje, y el anclaje pragmático de los signos (razón última del principio de verificabilidad de las ciencias empíricas). Pero, como decía, no se puede hablar de un verdadero diálogo filosófico entre unos y otros.

Podría imaginarse que este acercamiento sería más fácil desde filosofías que se quisieran parecer a ciencias intermedias (como la etología, desde el lado de lo naturalista, o la psicología, viniendo desde las humanidades). Sin embargo, el problema se traslada al interior de esas propias ciencias, a cómo definirlas y tratarlas. Ellas sufren internamente la tensión de esas dos fuerzas contrapuestas: el afán de cuantificación estricta y la necesidad de no matar lo que se pretende conocer. El problema profundo para la posibilidad de acercamiento de ambas maneras de filosofar parece estar, pues, en el problema de en qué manera ciencia natural y ciencia hermenéutico-historiográfica son aproximables o conjugables. ¿No serán, acaso, maneras irreconciliables de abordar la realidad, e incluso de abordar realidades irreconciliables?

Alguien dirá que, puesto que alguna vez hubo un filosofar que no era ni “de ciencias” ni “de letras” (el de todos los grandes clásicos, desde Platón y Aristóteles a Kant y Hegel –aunque ya se viese en cada uno un sesgo más naturalista o más hermenéutico-), debería ser posible volver a pensar filosóficamente sin esos manierismos. Pero hay que tener en cuenta que nunca las ciencias, tanto las naturales como las “humanas”, fueron tan conscientes de sus especificidades respectivas. Tanto el rigor analítico-naturalístico como la consciencia hermenéutica han crecido mucho, en sentidos opuestos, y no se puede sencillamente volver atrás. Con razón un filósofo analítico se queja de la falta de pulcritud matemática o claridad, de la ambigüedad y elusividad, cuando no del (al menos aparente) oscurantismo con que escriben muchos filósofos continentales. Pero con la misma razón estos se maravillan de la ingenuidad y “virginidad” histórico-literaria y política de los filósofos analíticos. Ninguna de las dos percepciones carece de razón, pero las dos yerran si creen que es tan sencillo como ignorar el otro . Lo deseable es una síntesis que supere las unilateralidades. Más que nadie, la filosofía tiene que proponer una concepción integral, haciéndose cargo de la dialéctica ahí presente, y, desde luego, considerando una adquisición tanto el desarrollo analítico como el hermenéutico.

Pero ¿cuál es esa dialéctica ahí presente? ¿Es la dialéctica propia de la relación entre lo natural y lo cultural, entre lo cuantitativo y lo cualitativo, entre lo mecánico y lo pensante? Aunque es muy tentadora, yo creo que no es exactamente esa las dialéctica aquí presente, sino una algo más pobre y confusa. Lo que hace, también, que sea más difícil de desenredar.

Intentemos un acercamiento “platónico”. ¿Qué diría Platón de esto? Se le podría interpretar así: puesto que la poesía está dos veces alejada de la dialéctica, es desde la matemática (que está a un solo paso) desde donde más nos conviene partir: no entre aquí quien no sepa geometría. Platón sería entonces, junto a Aristóteles y otros muchos de los grandes, más afín al espíritu de la actual filosofía analítica (en cambio, Hegel y, sobre todo, Nietzsche, con su idea de que el arte es el momento creativo, estaría más cerca del hacer continental). Sin embargo, esa sería tanto una pobre interpretación de Platón (y seguramente también de Hegel) como una malinterpretación de la diferencia entre filosofía analítica y hermenéutica.

Creo que esa diferencia es en buena medida un falso dilema: ni el análisis extensional y naturalista-mecanicista es el mejor paradigma de la Ciencia (con Platón y Aristóteles, pienso que hay modelos mejores para la Naturaleza, como el biológico o el simbólico) ni las ciencias humanas son lo mismo que la retórica, aunque la mayoría de los filósofos analíticos y de los hermenéuticos crean sendas cosas. Si es así, la filosofía hermenéutica debería tomarse más en serio la profundidad potencial de las ciencias de lo humano y lo espiritual, desentendiéndose de lo que hay en ella de retórica pretendidamente libre del peso de la verdad; y la filosofía analítica tendría que tomarse más en serio el “racionalismo” de la Ciencia, desprendiéndose, en cambio, de su naturalismo mecanicista y reductivo. Quizás así se podría caminar a una síntesis de las ciencias.


Pero ahí no habría acabado el proceso de acercamiento entre las diversas maneras de hacer filosofía: ahí no habría hecho más que empezar. Todavía ambas maneras de hacer filosofía tendrían que desprenderse de su cientificismo, y reconocer que son filosofía y que, por eso, tratan de algo que está más allá del alcance de la ciencia, más allá de la física y de la historiografía: que son Metafísica.

sábado, 18 de mayo de 2013

Paradoja


ι μάλιστα διηνεκς μιλοσι, τούτωι διαφέρονται, κα ος καθ μέρην γκυροσι, τατα ατος ξένα φαίνεται
“De aquello con lo que más a menudo se relacionan, están separados, y lo que se encuentran cada día, les parece ajeno”.Heráclito, D-K 72

La existencia es paradójica. La condición de lo que se llama, con dos nombres torpemente restrictivos, “condición - humana”, es la paradoja. Y lo que hace, de ese pensamiento que todavía llamamos “filosofía”, algo radicalmente extraño, indomesticable, intempestivo, impresentable…, paradójico, pero (o, más bien, “y por eso”) ineludible, es precisamente que él es el pensamiento que se hace cargo de la paradoja. Es un continuo o siempre presente (aunque también, de manera (,)naturalmente(,) paradójica, diferido hacia pasado y futuro) vencer la actitud “natural”. Lo que está en cuestión es, en verdad, la naturaleza de lo natural. Lo natural (,)paradójicamente(,) no es lo natural.

Cuando Heráclito dice (fragmentos D-K 20) que “nacidos, desean vivir y recibir muerte, o más bien reposo, y dejan niños a los que les advenga la muerte” (es de notar, de paso, que el sabio de la luminosa oscuridad usa la misma raíz para el nacimiento o llegar a ser de los unos, γενόμενοι,  genómenoi, y para el llegarles la muerte a sus niños μόρους γενέσθαι, mórous genésthai: lo más diferente de la naturaleza, paradójicamente, se dice lo mismo, porque, en verdad, vida y muerte es lo mismo), quiere referirse cuando dice eso, digo yo, al exterior de la “actitud natural”. Los hombres parecen ahí una galería de fantasmas repitiendo el estúpido proceso de venir a ser (sucederles el suceder) y venir a no-ser (sucederles el dejar de suceder). Pero ningún humano, en verdad, deja de tener u obtener, como lote en ese entre el nacer y el morir de la naturaleza, la paradoja. Eso sí, “los más” la tienen como un bicho interior, que hace la vida difícil y rara, inconfesable o inexpresable hasta para los íntimos (salvo en paradójicos momentos sin tiempo, en algún rincón de una habitación o un pasillo, una tarde anónima), como una manía (diría Pavese) que desvía del trabajo y la crianza sucesivas. Parece que la naturaleza de la “actitud natural” es la repetición. La repetición (que nos disculpe Deleuze) es la manera en que la parte (una parte, (“)naturalmente(”), de la realidad, del todo) se asume como parte y se sustantiva, para dejar ya de aspirar al todo, para olvidarse, si es posible, de él, al menos conscientemente (ya no acordarse nada de que todavía se acuerda de todo). Ahí, la existencia entra en “reposo” ναπαύεσθαι,   anapaúesthai, en ralentí. La repetición es la forma mínima de la existencia, casi una vida “bajo mínimos”. Es esa forma, ese thánatos u obtener la muerte en vida, que rige en la cadena de montaje, en el pupitre, en los tuppers …, en el aburrimiento inconsciente del negocio universal, en fin. La repetición, en verdad, no logra permanecer intacta (es imposible la pura repetición, la pura cantidad de lo mismo), pero todo lo que le sucede es precisamente eso: que le sucede, no que lo hace o lo es. Le viene de fuera, de las fuerzas de la “naturaleza”, del azar o del señor de voluntad inescrutable, que es lo mismo. Por eso, paradójicamente (y por tanto natural y “necesariamente”), la figura que de la realidad segrega la consciencia “natural” o mínima, es, a la vez que la de la pura repetición, la figura más informe: la naturaleza como azar, y misterio: lo que sucede. La máxima repetición mecánica convive necesariamente con la máxima incalculabilidad del deseo, con la creencia religiosa más oscura.

Algunos “hombres” hacen otra cosa, diferente pero igual, con la paradoja de la existencia. Se trata, también para ellos, de ignorarla, y, en ese preciso sentido y precisamente por eso, su actitud es reconocidamente natural y puede presentarse públicamente sin que nadie vaya a extrañarse: al contrario, era lo esperado, y soluciona muchos problemas, proporciona bienestar, hace más fácil el movimiento de la máquina, más previsible la repetición, menos numerosamente misterioso el suceder (aunque, claro, acumula todo el misterio en un agujero negro del olvido o inconsciente acordarse). A esto, a esta actitud natural bien compuesta, lo llamamos, en los mecánicos y repetitivos, inconscientes y para-paradójicos tiempos modernos, Ciencia (restringiendo así una palabra que alguna vez significó “más”). Esta aptitud no conoce la paradoja, no es consciente de ella, no “quiere” ser consciente de ella. Solo manipula, risueñamente, paradojas de juguete: algo parecía que iba a caer más deprisa y resulta que cae a la misma velocidad (ignorando la paradoja del caer y el movimiento); creíamos que todo lo que sucede ahora sucede a la vez y resulta que no hay un ahora privilegiado (ignorando la paradoja del instante de ahora y del tiempo)... Saca el conejo de la chistera, pero nos muestra, sonriendo, cómo el conejo estaba antes allí.

La paradoja de la existencia no es rozada. Al contrario, al potenciar la “actitud natural”, la Ciencia hace más inverosímil y ajeno lo que, sin embargo, siempre está tratando con nosotros, en nosotros, de nosotros. Se acepta como postulado (impensado, desde luego –pues, en cuanto se piensa, ya no se lo puede uno quitar de encima-) la “naturalidad” de la existencia: estamos aquí, en el mundo, en un escenario, para hacer un papel, etc. Este pensamiento casi inconsciente, esta “actitud natural reglada” (como podríamos llamarla), tiene como límite el infinito, sabe que no conoce lo natural. Pero “sabe” cómo conocerlo: la matemática, la medida. Se trata de cuadrar el círculo. Se van inscribiendo cada día nuevos polígonos regulares más precisos, con más aristas, que se acercan al círculo. Claro, el círculo está, en verdad, a la misma distancia siempre: en el infinito. Porque no es medida. Pero ¿cómo aceptar lo sin-medida? El pensamiento “natural” medido, que llamamos ciencia, no puede ni planteárselo. Tendría que aceptar que saber es no saber. Y eso no es lo que llamamos hoy ciencia. Eso necesita otro nombre muy distinto. (Así, un “error” semántico –estrechar el significado de ‘ciencia’- provoca un bien colateral: sí, necesitan nombres distintos la Ciencia y lo que está, en la consciencia, más allá de la ciencia. Pero no porque la ciencia abarque todo lo que es de la consciencia, sino, natural y paradójicamente, por lo contrario).

“Puesto que es evidente por sí mismo que no hay proporción de lo infinito a lo finito, es sumamente claro también, por lo mismo, que donde se encuentra algo que excede y algo que es excedido, no se llega al máximo absoluto, siendo como son, tanto las cosas que exceden como las que son excedidas, finitas, y el máximo, en cuanto tal, necesariamente infinito. Dada, pues, cualquier cosa, que no sea el mismo máximo absoluto, es evidente que es dable que exista una mayor. (...) De ahí que siempre permanecerán diferentes, por muy iguales que sean, la medida y lo medido. Así, pues, el entendimiento finito no puede entender con exactitud la verdad de las cosas mediante la semejanza. La verdad no está sujeta a más o a menos, consistiendo en algo indivisible, a lo que no puede medir con exactitud ninguna cosa que no sea ella misma lo verdadero; como tampoco al círculo, cuyo ser consiste en algo indivisible, puede medirle el no-círculo. Así, pues, el entendimiento, que no es la verdad, no comprende la verdad con exactitud, sin que tampoco pueda comprenderla, aunque se dirija hacia la verdad mediante un esfuerzo progresivo infinito; al igual que ocurre con el polígono con respecto al círculo, que sería tanto más similar al círculo cuanto que, siendo inscrito, tuviera un mayor número de ángulos, aunque, sin embargo, nunca sería igual, aun cuando los ángulos se multiplicaran hasta el infinito, a no ser que se resuelva en una identidad con el círculo. Es evidente, pues, que nosotros no sabemos acerca de lo verdadero, sino que lo que exactamente es en cuanto tal, es algo incomprensible y que se relaciona con la verdad como necesidad absoluta, y con nuestro entendimiento como posibilidad. (Nicolás de Cusa, La docta ignorancia, libro primero, capítulo III. traducción de Manuel Fuentes Benot)

La paradoja verdadera (no la de juguete) es un escándalo para la actitud “natural”. Es para-doxa. Para acceder a ella hay que separarse, hacer epojé respecto de la “actitud natural”. Los entendidos dicen que doxa significa “opinión”, “creencia no sustentada en razones”. Y es verdad. También dicen, (“)paradójicamente(“), que doxa es un saber, un estar convencido, un dogma. También es cierto. Un dogma y una creencia son lo mismo, aunque, en el interior del pensamiento sin para-doxa, son a la vez lo más distinto, lo que va desde el ignorante al científico (al sage –en esa descarada tontería “natural” de la lengua ilustrada-): una creencia firme, un haber apresado ya la realidad y haber disuelto el misterio, al menos en parte, una teoría científica…

El pensamiento que se hace cargo de la paradoja, de la contra-opinión y la contra-certeza, de la innaturalidad de lo natural, se le llame como se le llame pasado mañana, es la Filosofía. La Filosofía ve, está destinada a ver, “claramente”, que somos parte, todos y cada uno, del todo de la realidad, parte o aspecto o modo; pero que, a la vez, tenemos consciencia del todo. De hecho, tener consciencia del todo es una redundancia, porque solo hay consciencia de(sde e)l todo. Cuando somos conscientes de una parte, la parte tiene que ser reconocida o reconocerse a sí misma, como parte, pero esto solo puede hacerse desde el todo. No puede volverse uno completamente sobre sí mismo (como dice Proclo que hace la mente) sin pasar por fuera.

Cada una de las frases que escribo se refiere al todo, por tanto son siempre lo mismo y, por así decirlo, sólo son aspectos de un objeto visto desde distintos ángulos” (Wittgenstein, Aforismos. Cultura y Valor, 31 –traducción J. Sádaba-, Espasa Calpe)
 Pero la paradoja, ni siquiera en la filosofía se da de manera “natural”. (Eso, que la paradoja se diese en algún sitio, aunque o sobre todo en su sitio, de manera natural, sería, desde luego, paradójico). La paradoja se tiene que dar paradójicamente incluso (o sobre todo) en su lugar natural, el filósofo. Y esto se expresa o manifiesta en la escisión de dos filosofías. Dos filosofía respecto de la paradoja (o sea, respecto de su tema), que a veces son sostenidas en cabezas diferentes, a veces en la misma cabeza en diferentes momentos, y a veces, en un alarde de vitalidad, en la misma cabeza al mismo tiempo.

Una de esas filosofías consiste en la pretensión de negar o reducir la paradoja. No es que sea aquí como en la Ciencia. La Ciencia no tiene consciencia de la paradoja: eso es constitutivo de ella, de su naturaleza. En cambio, es constitutivo o natural del filósofo que sí la tenga. Cualquier filósofo la tiene: empieza a ser filósofo uno en cuanto se le plantea la paradoja. Un científico (un matemático, un biólogo…), de hecho, empieza a hacer filosofía (filosofía de la matemática, de la biología…) cuando, por la fuerza de la natural naturaleza paradójica de su existencia, llega a hacerse cargo, casi como espontáneamente, del todo, de los fundamentos, etc., a partir de su profesión científica. Un filósofo filósofo, sin embargo, es un “profesional” de la paradoja, hace profesión de ella. Esto le incapacita para la ciencia:

“(…) No me interesa levantar una construcción, sino tener ante mí, transparentes, las bases de las construcciones posibles. Así pues, mi fin es distinto al del científico y mi manera de pensar diverge de la suya”  (Wittgenstein Aforismos Cultura y valor, aforismos 30).

Pero algunos filósofos (la mayoría, como es natural) quieren negar la paradoja. Esto se puede hacer, principalmente, pretendiendo una construcción cuasi-científica del todo. Esta “filosofía pese a sí” no es ciencia, pero querría serlo. Apenas uno de estos filósofos ha terminado su edificio, alguien le envía una carta diciéndole que hay una paradoja encerrada en sus fundamentos. De alguna manera se ha querido conceptualizar el todo con una sola parte, de alguna manera se ha querido cuadrar el círculo de golpe, desnaturalizar la paradoja naturalizándola dóxica o dogmáticamente.

He aquí algunas formas de la paradoja, que puedes recibir por carta:

  • Todo es algo -dicen. Todo es Agua, Número, Energía, Lenguaje… Y eso es verdad. Pero, naturalmente, no lo es. Todo no puede ser solo algo. De hecho, todo no puede ser todo. Ni por arriba ni por abajo. Por arriba, porque todo, si es muchas cosas, no llega a ser uno, no tiene unidad (¿cuál sería, de manera que podría convivir con la diferencia?). Por abajo, porque el conjunto de todos los subconjuntos que se pueden formar con las partes de un todo, siempre es mayor que el todo, así que nunca hay un todo. Por aquí, el todo se escapa hacia lo indefinido.
  • Lo que es, es -dicen. Y eso es verdad. Pero, naturalmente, no es así. Lo que es, no puede ser lo que es. Tiene que haber y ser lo que no es. El propio ser no puede ser (lo que es). Ni por arriba ni por abajo. Por arriba, porque no hay ninguna articulación proposicional o del pensamiento que alcance la pura identidad del ser consigo mismo. Ni siquiera la más redundante y tautológica de las predicaciones quiere prescindir de ambos, del sujeto y del predicado, si es que quiere seguir pensando. Por abajo, porque no hay manera de que lo otro, el no-ser, se contenga en el ser del todo.
  • Lo que se piensa es lo que es -dicen. Y eso es verdad. Pero, naturalmente, no es así. Lo pensado no puede ser lo que es. El propio pensar no puede ser. Ni por arriba ni por abajo. Por arriba, porque ni el más puro de los pensamientos del pensamiento, el de Dios, puede seguir siendo uno y pensamiento a la vez. Por abajo, porque lo que es pensado, el referente, nunca puede ser engullido por el pensamiento.

Pocos filósofos se hacen cargo en serio de la paradoja. Estos pocos no quieren negarla. Viven en ella, eso es lo “natural” para ellos: la innaturalidad de la actitud, el asombro radical o existencial. Y esta, creo yo, es la mejor forma de estar vivos. Un pensamiento así es lo que podemos llamar la Dialéctica (que debemos entender, naturalmente, en sentido no domesticado, en sentido paradójico). Por supuesto, es de la naturaleza de la dialéctica, que ella misma no resulte aceptable (ni para sí misma), a la vez que resulta ineludible. Pero también es de la naturaleza de la dialéctica o filosofía consciente de sí misma, pienso yo, la analogía . Cuando uno se apea de ese pensamiento que hace o toma de la paradoja su naturaleza, entonces uno “cae” a un nivel de inconsciencia, y sueña, como dijo Heráclito en todas sus frases.

Pero -se dirá- ¿no hay otros filósofos (ya una amplia minoría, como se suele decir) que han asimilado y superado perfectamente todo esto? Se trataría de aquellos que, vistas las paradojas, admiten que son irresolubles, y entonces nos piden o nos aconsejan, como terapeutas, que nos olvidemos de ellas, que no pensemos, que vivamos. (A este grupo pertenecen, como pelotón de cola, los eternos y blandos falibilistas). ¿Son, todos estos pocos pensadores, una liberación de la paradoja? No: estos no son más que el reverso, el negativo, de los filósofos que nombramos al principio, de los filósofos a su pesar, de los no-dialécticos. Donde aquellos construían, estos destruyen, pero ambos son lo mismo al ser contrarios, porque ambos rechazan la dialéctica, es decir, la paradoja mirada de frente.

Parece inmodesto, que el filósofo se presente así, como el despierto, como el que realmente vive. Pero cuando hablamos de la existencia, la falsa modestia es una verdadera soberbia: creer que se puede negar la paradoja. Solo existe lo que es consciente, y solo es consciente lo que es paradójico, lo que va contra la opinión y el saber matemático. Por hacer frente a la paradoja (aunque, desde luego, la paradoja nunca está enfrente, sino también frente al enfrente, desde aquí, en el “sujeto”) la filosofía es esotérica, intempestiva, inactual. Pero fuera de la paradoja no hay naturaleza. La paradoja es la naturaleza.

domingo, 12 de mayo de 2013

Filosofía, ¿de "ciencias" o de "letras"? La filosofía analítica, la filosofía hermenéutica, y más allá

A menudo voy leyendo varios libros a la vez, y procuro que sean dispares en diversos sentidos. Por ejemplo, muchas veces leo simultáneamente a varios filósofos que no pertenecen a solo una de las dos grandes maneras de hacer filosofía en los últimos ciento y pico años, o sea, la filosofía analítica y la filosofía hermenéutica. Mi intención es buscar, por encima o por detrás de sus diferencias, de qué forma están haciendo lo mismo, pensando y escribiendo sobre lo mismo. No me gusta la idea de que alguna de esas escuelas o corrientes me abduzca y se presente como la única y correcta. Es evidente que no es así. Creo que solo cegándose uno a sí mismo (al menos de un ojo) puede negar que en ambos mundos filosóficos se encuentran profundidades, bondades y bellezas. Esto, claro está, no tiene nada de original: hoy se publican cada vez más estudios en los que se hace una comparación entre Quine y Heidegger, o entre Wittgenstein y Derrida. Pero no se puede hablar de un auténtico diálogo, sino de acercamientos y semejanzas. Todavía un filósofo suele ubicarse y ser ubicado en una de las corrientes, y se muestra bastante incapaz de meterse en la piel terminológica y metodológica de la otra. La filosofía sigue fuertemente dividida en este sentido. Creo que hay que desentrañar y, en cierto modo, superar esta división. No para eliminar la diversidad de estilos (cada uno puede seguir haciéndolo a su manera, y eso será siempre bonito) sino para disolver la falsa apariencia de que no están haciendo fundamentalmente lo mismo y, sobre todo, para poder alimentarse de los destellos de ambos. Aquí, como en todo mestizaje y en todo viajar, hay mucho que aprender. Ambas maneras de filosofar son maneras de filosofar, se plantean las mismas cuestiones últimas o primeras, y dan, a menudo, respuestas mucho más cercanas de lo que puede parecer. Lo que intento aquí es, no solo defender que efectivamente analíticos y hermenéuticos hablan de lo mismo, sino también ver de dónde viene que hablen de lo mismo aunque de formas tan diferentes, y por dónde podría o debería ser superada esa separación. Haré primero un ejercicio de historia espontánea de la filosofía, siguiendo mi impresión a partir de lecturas a las que no guió, sin embargo, una preocupación historiográfica.

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La “filosofía analítica” se remonta a unos padres fundadores, Frege, Peirce, Russell, aunque podríamos rastrear sus antepasados en autores como Hume, Locke, Hobbes y, en general, un cierto estilo o modo “anglosajón”. Los primeros años de su existencia contemporánea tienen como protagonistas, además de al propio Russell, a filósofos como Wittgenstein, Moore, y el Círculo de Viena (Carnap, Neurath, etc). ¿Qué compartieron, en esencia, estos filósofos? Por un lado, el método: usando la lógica simbólica moderna (sistematizada inicialmente por Frege y Russell-Whitehead), el filósofo analítico se propone un análisis formal, “matemático”, de(la estructura profunda de)l Lenguaje. Dentro de la filosofía analítica es un truísmo decir que la lógica simbólica trajo un nivel de rigor y claridad en el planteamiento de los problemas filosóficos, respecto del cual todo lo anterior parecía ya un juego arbitrario y confuso. El propio Russell no solo dio el método sino magistrales ejemplos de cómo usarlo. La forma en que analiza las proposiciones existenciales en general (renovando la vieja tesis de que el ser se dice de muchas maneras), es considerada paradigmática por sus descendientes. Estos filósofos piensan estar ateniéndose a todo lo que un científico podría pedir (respeto por un hecho natural y tangible, como es el Lenguaje, y por su estructura matemática) y repudian la mala literatura germánica (con Hegel como blanco preferido).

Pero esta “tesis” metodológica (el análisis formal del Lenguaje) tiende también a confundirse, o a fundirse sigilosamente, con tesis filosóficas más sustantivas: por ejemplo y sobre todo, la superación o disolución de la Metafísica. La Metafísica queda superada en dos sentidos: en sentido formal, la antigua Metafísica general (u ontología, u ontología general) se reduce a Análisis de (la “esencia” de)l Lenguaje: donde creíamos estar hablando del Ser y su estructura, solo estamos hablando del Lenguaje y la suya. En este primer sentido, aún queda sitio para tesis metafísicas diversas. Sin embargo, resulta que el análisis del Lenguaje llevado a cabo por estos autores, muestra una pertinaz tendencia a darle la razón a la tesis (metafísica pero antimetafísica) del naturalismo o fisicalismo. El análisis tiende a arrojar el resultado de que las grandes convicciones y cuestiones metafísicas (como el argumento ontológico, o el problema de la nada) son malos usos del Verdadero Lenguaje: la existencia no es un predicado sino un cuantificador, la negación no es un sustantivo sino un sincategorema... La superación de la Metafísica es una superación (¿podía ser de otra manera?) naturalista y cientificista. En principio, insisto, no tendría por qué seguirse necesariamente eso, y es indeseable que se siguiese (pues ello desmontaría la pretendida neutralidad filosófica del método). De hecho, Frege no es un naturalista, sino que otorga una independencia a los conceptos (aunque Frege no habría dicho que la Filosofía “es” análisis del Lenguaje o que el Lenguaje es su objeto: su objeto son los conceptos, y no, además, en cuanto entidades psíquicas y contingentes). El propio Russell tendrá sus dudas, por ejemplo respecto de los universales. El naturalismo parece, pues, una tesis legítima y no tautológica, alcanzada con un método pulcro y neutral. Por supuesto, hay una mayor motivación previa a favor del naturalismo. Para empezar, algo así como la navaja de Occam: subsistamos teóricamente con lo mínimo. Esto es completamente legítimo. Ahora bien, hace falta algo más que eso, que amor por la austeridad, para privilegiar al naturalismo, porque ¿qué vamos a considerar mínimo e imprescindible? Hace falta, también, el prejuicio (o presupuesto, o ejercicio de sensatez, o como se quiera llamar), a favor de lo empíricamente dado, de lo natural. Es lo otro, lo sobrenatural, lo que tiene que demostrar su necesidad. Lo natural se presupone. Esto ya no es tan neutral (sino bastante hijo de su tiempo), pero tampoco es, quizás, tan restrictivo como para que impida por principio una tesis antinaturalista. De hecho, aunque no existan apenas pensadores antinaturalistas en esos años, están en la cabeza de los que sí existen, porque nadie puede pensar filosóficamente sin su otro, sin su pareja dialéctica.

Las características más importantes de esta primera época de la Filosofía Analítica son, pues:
  • la Filosofía se autocontempla como análisis lógico del Lenguaje. 
  • Este análisis arroja una estructura, ahistórica, del nivel más profundo del Lenguaje, estructura que parece ser el nuevo equivalente de lo que era la ontología tradicional 
  • la postura filosófica más común, y quizás favorecida por, o en una cierta extraña connivencia con, la nueva metodología, es el naturalismo (ontológico y epistemológico). 


Una segunda ola de la filosofía analítica, en su línea más ortodoxa, tiene como maestro indiscutible a W. van O. Quine, y como autores con influencia a K. Popper, T. Kuhn, etc. Quine alaba la pulcritud del análisis russelliano y carnapiano, y también lucha en el bando del naturalismo (y con las mismas motivaciones: simplicidad y prejuicio a favor de lo que es objeto de la ciencia natural). Pero ciertas cosas, comunes a los primeros analíticos, se han mostrado inconsistentes: sobre todo, la distinción rigurosa (para un análisis de tipo científico) entre lo formal-analítico y lo material-sintético, y la existencia de datos empíricos puros (también han aparecido lógicas alternativas, que arrojan ontologías diferentes, aunque Quine pretende neutralizarlas con la navaja de Occam). Ya no parece posible trazar una frontera cientificista entre lo necesario y lo contingente, ni entre lo dado y lo construido. Ambas imposibilidades parecen dejarnos ante solo una alternativa: o volver atrás y aceptar un dualismo no-naturalista y metafísico (en sentido sustantivo), o huir hacia delante y aceptar, como única salvación del naturalismo, un holismo relativista. Por supuesto, la inercia intelectual de la filosofía analítica ortodoxa de la primera mitad del siglo pasado, solo podía empujar hacia lo segundo. Aún así, otra vez hace falta algo más que holismo y relativismo para ser naturalista (también un idealismo puro puede ser austero, holista e incluso relativista –solipsismo-): hace falta que todo el cuerpo teórico tenga que seguir pasando de alguna manera ante el tribunal de la experiencia: salvar los fenómenos (exergo que Quine toma de Platón para encabezar su libro La búsqueda de la Verdad). Pero, una vez que no existen los datos puros, nos vemos conducidos, según Quine, al pragmatismo: todo el cuerpo teórico tiene que seguir mostrando su utilidad en experiencias empíricas funcionales. Esto, obviamente, es una restricción al holismo y al relativismo: hay una parte por donde todo el aparato teórico (toda la red) sigue tocando con la realidad. Y eso sigue siendo lo empírico, pero ahora llamado pragmático. (Aunque, si no hay datos puros ¿puede haber hechos pragmáticos puros? ¿Qué hemos ganado, en verdad, con el pragmatismo? No hemos ganado nada -como se verá algún día-: nos hemos llevado el punto de anclaje a la función no-referencial del lenguaje… allí donde todos los gatos son pardos y podemos seguir en la ilusión empirista y anti-intelectualista. Porque ¿hay alguna manera de entender lo pragmático sin una descripción de ese hecho pragmático? -Dejemos esto ahora). Sigue operando el prejuicio a favor del cientificismo. La tesis ontológica más importante de Quine es la caracterización de la existencia, de acuerdo con su famoso criterio de compromiso ontológico: existe todo y solo aquello sobre lo que nos obliga a cuantificar nuestra mejor construcción que pase el criterio (empírico-)pragmático. Este criterio se va a mostrar muy peligroso, porque va a obligar a aceptar la existencia literal de los números (y no en cuanto algo ontológico-naturalistamente reducible). El naturalismo ontológico deja de quedar a salvo también respecto de las mentes y espíritus (quizás la ciencia postule mentes el día de mañana, si no lo hace ya la física cuántica), pero subsiste el naturalismo epistemológico, o pragmatismo cientificista.

Pese al relativismo ontológico, Quine no insiste en el carácter histórico y sociológico de las construcciones teóricas (científicas o filosóficas). En cierto modo, sigue creyendo que hay unos criterios universales de cientificidad (simplicidad, máxima de la mutilación mínima, empireo-pragmatismo) que flotan por encima de toda posible teoría científica. Mientras tanto, un filósofo-historiador de la ciencia, Thomas Kuhn, sostiene la historicidad de las propias construcciones científicas, incluso en su parte más nuclear y paradigmática. Esto puede ser interpretado como un relativismo todavía más profundo que el de Quine, porque los propios criterios de cientificidad están sujetos a la historia. Ahora bien, con gran ingenuidad Kuhn no se plantea si la propia historiografía (y con ella sus propios análisis, los de Kuhn) están sujetos a cambios de paradigmas, fundando en… ¿qué? Kuhn intenta defenderse de la acusación de relativismo extremo, sin éxito. El historicismo no va a hacer mucha mella en la ortodoxia analítica.

El otro gran filósofo, heterodoxo, de este periodo de la filosofía analítica, es Wittgenstein, en su vuelta a la filosofía. El cambio en Wittgenstein es en cierto modo paralelo al que supone Quine respecto de Carnap, aunque en otro sentido, es mucho más radical (como era mucho más radical y profundo el Tractatus que todo el Círculo de Viena junto), y más desintegrador para la corriente de la filosofía analítica, si es que alguna vez Wittgenstein ha pertenecido a ella (se dirá). También Wittgenstein rechaza el trascendentalismo de su Tractatus (la idea de que hay una esencia del Lenguaje, que hay una línea clara entre lo formal y lo material…), y también él se encamina al pluralismo y al pragmatismo. Pero se trata de un pluralismo más radical, sin veneración explícita por el cientificismo (todo lo contrario), y de un pragmatismo más “metafísico”, que no se apoya en hechos empíricos (como en Quine) sino en “formas de vida”. (El único juego de lenguaje que sigue siendo una confusión es, según Wittgenstein, el de la Metafísica: la motivación antimetafísica es la más fuerte). El camino del segundo Wittgenstein hará más fácil la comunicación con los filósofos hermenéuticos. Por lo que, no obstante, cabe seguir considerando a Wittgenstein como un filósofo analítico es porque sigue tomando por objeto de reflexión al Lenguaje y, sobre todo, porque lo hace mediante un análisis que quiere parecer científico: lingüístico, semántico, o al menos de la pragmática lingüística.

¿Qué queda, entonces, de la Filosofía analítica, en esta segunda ola?
  • sigue presentándose, en cuanto a lo formal y metodológico se refiere, como análisis lógico-científico (cientificoide) del Lenguaje. 
  • sigue inclinándose, en cuanto a tesis sustantivas, por el naturalismo epistemológico, o, al menos, por un pluralismo de lo inmanente. 


Los discípulos de Quine provocaron una nueva revolución multiforme. En cuanto a la tesis formal de la filosofía analítica (el análisis del Lenguaje), si bien algunos se mantienen fieles en eso (como Davidson –quien, sin embargo, rompe definitivamente, o lo pretende, con el empirismo-), otros varios vuelven, para escándalo de la vieja guardia analítica, a hablar directamente de metafísica: de esencias y sustancias, etc. Lo que Quine llamó tímidamente “ideología” de una teoría global, es ahora la parte más general del todo, y puede legítimamente llamarse metafísica y reconocerse en el pasado (en las discusiones de Aristóteles o de los filósofos medievales acerca de los Universales). Este es un resultado lógico del holismo: ¿por qué excluir una parte ineliminable y muy central de nuestro lenguaje? Pero hay en ello otro cambio más radical: la filosofía ya ni siquiera es, en ningún sentido privilegiado, análisis del Lenguaje. ¿Qué es el Lenguaje del que dice hablar la antigua filosofía analítica? Obviamente, no es el Lenguaje como objeto de la ciencia. Se trata de algo así como la esencia de todo posible lenguaje. Pero, cuando hablamos de eso, hay un sentido básico en que no estamos hablando más del lenguaje que cuando hablamos de cualquier otra cosa: al fin y al cabo, todas las cosas (también los objetos de la química, o de la meteorología) se expresan en el lenguaje. Pero, lo mismo que cuando hablamos de electrones no hablamos de la palabra ‘electrón’ sino de aquello acerca de lo que la palabra es nombre, así también cuando hablamos, por ejemplo, de la existencia, no hablamos de la palabra ‘existencia’, sino de aquello que nombra esa palabra, de su referencia, o de su sentido, o de ambas cosas. Al parecer, los primeros analíticos se autoengañaron, haciéndose creer que trataban con algo de indudable pedigrí científico, como es el lenguaje, cuando en verdad trataban con algo mucho más etéreo. El quineano Michael Devitt propone hacer metafísica directamente. J. Heil escribe un libro con el título Desde un punto de vista ontológico. Hay quienes adoptan un objeto de nivel intermedio entre el lenguaje y el ser: los conceptos. La filosofía, para el fregeano M. Dummett por ejemplo, es análisis de conceptos, y estos siguen manifestándose privilegiadamente en el lenguaje. Pero, como dice T. Williamson en su recuerdo de esta historia (en The Philosophy of Philosophy), tampoco tratamos, en general, de conceptos en filosofía, sino de las cosas de las que son conceptos.

En cuanto a las tesis sustantivas, sigue habiendo propensión por alguna forma de naturalismo o materialismo (¿quién puede, en pleno siglo XX, volver a una postura metafísica espiritualista?), aunque ese materialismo a veces es “anómalo”, o incluye cosas que no serían de recibo antes, como las mentes y sus estados.

A partir de aquí hay una importante brecha. Los herederos del segundo Wittgenstein desarrollan el pluralismo pragmatista que sigue encontrando en (los usos d)el lenguaje, su mejor expresión. Por otra parte, toda una serie de importantes filósofos, como los americanos David Lewis, Saul Kripke, Peter van Inwagen, etc., hacen, ya sin ningún pudor, metafísica pura y dura, y cada vez son menos materialistas. Algunos incluso se declaran aristotélicos (Kit Fine, E. J. Lowe), y recuperan la idea de la Metafísica como una ciencia primera, relativamente independiente y a priori respecto de las ciencias específicas.

Otras cosas que merecen recordarse son: sigue tratándose de una perspectiva fundamentalmente ahistórica; el criterio pragmatista de significado o de validez, no convence a todos. Es muy importante señalar, además, que, poco a poco, la filosofía analítica fue admitiendo, como temas legítimos, lo ético, lo estético, etc., proscritos al principio de los tiempos analíticos, reducidos a las posturas metaéticas o metaestéticas no-cognitivistas (emotivismo y prescriptivismo), y de lo cual autores tan importantes como Quine apenas habían dicho una palabra. También aquí aparecen ahora posturas cognitivistas, aristotélicas, etc.

Pese a todos estos cambios recientes, que para algunos suponen sencillamente la muerte de lo iniciado por Frege y Russell, sigue, sin embargo, siendo reconocible, completamente reconocible, cuándo estamos ante un texto de filosofía analítica. Estoy convencido de que Russell leería a T. Sider, T. Williamson o K. Fine, como filósofos hermanos, y no como incomprensibles y verbosos “metafísicos”. ¿Qué tienen todos ellos en común, si ya no hablan del Lenguaje sino de las Esencias, si ya no son necesariamente naturalistas (algunos defienden el argumento ontológico), si ya no excluyen la ética y la estética cognitivistas de sus contenidos…? La respuesta es que los textos de estos autores siguen siendo textos que parecen científicos, que imitan a los textos de ciencia natural y, sobre todo, formal, que adoptan la manera o la metodología del “análisis lógico”, incluso aunque ya no proliferen las fórmulas en ellos. La filosofía analítica sigue siendo, o es quizás más que nunca, una filosofía hecha desde el espíritu de las ciencias naturales y la matemática, desde las ciencias no-humanas, digamos.

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La filosofía hermenéutica tiene sus orígenes recientes en Husserl y Heidegger, aunque hay que rastrearla, desde luego, en Dilthey, Schelling, Hegel, Kant..., y en una forma “germánica” de abordar los asuntos últimos. Husserl, quien, como Frege, era matemático y se preocupó por los fundamentos de la matemática y de la ciencia en general, no adoptó, sin embargo, un lenguaje simbólico, ni compartió la veneración por el modelo galileano como proyecto omniabarcante. Sus especulaciones (tan ahistóricas y racionalistas, por lo demás, como las de Frege y descendientes) se encaminaron a la “observación” de los “fenómenos” de la “consciencia”. Fenómenos espirituales, irreducibles a fenómenos materiales. Esto le llevó incluso a una posición idealista (aunque ello no ejerció una gran influencia), y a un “análisis” o una observación del mundo de la vida en la consciencia.

Los descendientes de Husserl unieron su método de fenomenología espiritual con la gran filología alemana. En ningún sitio se ha leído los textos históricos con tanta seriedad, con tanta consciencia de la interpretación, como en Alemania. Esto viene, seguramente, de los años de la hermeneútica romántica, con los Schlegel, pero quizás tiene antepasados más antiguos, en los que ahora no caigo. Nietzsche había filosofado también desde la filología y la historia. Pero es Heidegger quien da su, para mucho tiempo definitiva, orientación hermenéutica a la filosofía centroeuropea. Desde entonces, los filósofos europeos se han hecho expertos en leer textos e instituciones, mediante etimologías y todo tipo de arqueologías: Gadamer, Deleuze, Foucault, Derrida, J. L. Marion, G. Agamben..., nos enseñan la historia y las implicaciones antropológicas de cada término, giro, forma del Lenguaje. Se trata del Lenguaje, sí, como en la filosofía analítica (esto, tomar por objeto el Lenguaje, hipostasiarlo, es algo que tienen en común analíticos y hermenéuticos, sin duda empujados por el inmanentismo cientificista dominante en el pensamiento moderno), pero no se trata de análisis lógico, sino de la interpretación histórico-cultural del Lenguaje.

También en la corriente hermenéutica a lo largo de los últimos cien años ha habido cambios. Y han sido cambios paralelos a los habidos en el ámbito analítico: desde la perspectiva trascendentalista de Ser y Tiempo (la cuestión de ser es ontológica, no óntica) hasta el pluralismo inmanentista y el pragmatismo de algunos postmodernos. Pero, a lo largo de todos ellos, se ha conservado lo que identifica a la filosofía hermenéutica: el espíritu de las “ciencias del espíritu”.

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Ahora tenemos dos maneras muy dispares de filosofar (otras maneras intermedias, como el estilo de la Escuela de Frankfurt, por ejemplo, merecerían una nota aparte). Una de ellas intenta un análisis lógico y científico-natural (propio de las ciencias mecánicas o no-humanas) de los asuntos de la Filosofía (el ser, la esencia, lo bueno, lo bello…) La otra, se dedica a la lectura e interpretación de esos términos. Es difícil que se pongan de acuerdo en la mirada. Es como, puestos ante un escrito, abordarlo desde el análisis lingüístico-gramatical (sintáctico, semántico, pragmático), o bien abordarlo desde el análisis literario de sus ideas. Para un filósofo analítico, los textos de la filosofía centroeuropea son “mera literatura”, carentes de rigor y más preocupados por analogías, resonancias históricas y etimologías, que por el “auténtico” significado de la palabra y su contenido veritativo. La verdad se pierde en la indefinida interpretación perspectiva. Para un filósofo de la corriente hermenéutica, por su parte, los textos filosóficos analíticos son un ejercicio de ingenuidad: los términos son usados como si no tuviesen una historia y unas implicaciones sociales y culturales. ¿Cómo puede uno –se pregunta, escandalizado, quien se ha cultivado en la interpretación de textos- volver alegremente a las cuestiones que si nominalismo o realismo, propias de los teólogos de la Edad Media, como si Kant o Hegel o Marx no hubiesen existido, como si los términos filosóficos no tuviesen una historia, concretamente griega?

Sin embargo, por detrás de ese desprecio, ambos se miran a veces de reojo. Entonces algunos filósofos analíticos descubren, en los textos de esos amantes continentales de la literatura, profundidades aquí o allá, aunque expresadas peculiarmente, y llegan a sospechar: ¿y si tienen estos cierta razón, y soy un ingenuo y un superficial (no es verdad que, al fin y al cabo, soy inglés)? Y algunos hermenéuticos, por su parte, descubren finura y pulcritud en los análisis ontológicos del analítico, y se preguntan: ¿y si tienen estos alguna razón, y estoy construyendo castillos en el aire (no es cierto que soy, al fin y al cabo, alemán, o, lo que es peor, francés)? Yo, al menos, tengo a veces ambas sensaciones. Me sorprende gratamente la finura y rigor de algunos textos analíticos, aunque me decepciona su constante superficialidad; y me sorprende lo mismo o más la profundidad e inteligencia de los textos de Heidegger, Derrida, etc., aunque me desagrada a veces su “jerga de autenticidad” y su etimologismo. Me parece un error monumental privarse de la lectura de alguno de ellos.

Creo que los dos deben ser admitidos, pero los dos deben ser superados. Tenemos que forzarlos a discutir de lo mismo. ¿Es la Filosofía algo de “ciencias”, o de “letras”?, pregunto a veces a mis alumnos. En general, muy sensatamente, dicen que no es ninguna de las dos cosas, o es las dos a la vez. La filosofía analítica quiso y quiere reducir la Filosofía a Ciencia natural y matemática; la filosofía hermenéutica ha tendido y tiende a intentar reducirla a Literatura y Filología, a Poesía y análisis de la poesía. O sea, también a ciencia, pero a “ciencia humana”. Cada uno de los dos caminos científicos tiene sus ventajas y sus inconvenientes. La cientificidad “natural” y matemática (como lenguaje, esta, de la ciencia más básica), proporciona una gran precisión, pero el precio que paga es la simplicidad de su objeto. No estamos en condiciones (si es que es algo solo coyuntural) de tratar matemáticamente asuntos que vayan más allá de comportamientos mecánicos simples. Es una burda pretensión estudiar lo humano (e incluso lo vivo) desde el modelo mecánico. Es como querer disfrutar una pieza musical estudiando geométricamente las líneas en el papel pautado o las vibraciones del aire y su repercusión mecánica en el oído y en las neuronas. Conseguimos una precisión completamente superficial, que no entiende nada de lo que trata. Para un filólogo, que se acerca a la comprensión de los textos, el método galileano es tan útil como puede serlo un bisturí para un escultor. Las ciencias humanas, basadas, no en el análisis empírico y matemático, sino en la interpretación, consiguen una infinitamente mayor profundidad de comprensión, pero al precio de la falta de precisión, de la eternidad. El ejercicio de la interpretación, por su parte, paga el precio de la etereidad, y la Verdad acaba perdiéndose entre los velos de las connotaciones.

Pero la Filosofía no es ciencia, y no puede renunciar ni a la verdad y la objetividad por un lado, ni a la profundidad de comprensión espiritual por otro. El modelo mecánico-matemático se funda en una concepción univocista y extensionalista; el modelo hermenéutico, en una concepción analogista e intensionalista. Es preciso superar el cientificismo analítico, univocista, y el analogismo poeticista e irracionalista. La filosofía no puede limitarse a ninguno de los dos métodos, aunque de los dos puede sacar inspiración y motivo. La filosofía necesita su propio método. Y esto es una misión tan imposible como necesaria, una misión dialéctico-analógica. Pero los grandes filósofos han sabido, más o menos instintivamente, hacerlo: Platón y Aristóteles, pese a ser uno más propenso a la hermenéutica y el otro a la ciencia natural, Descartes y Kant, e incluso, en los últimos cien años, los más grandes, los que escaparán a ser meros representantes de una corriente, Wittgenstein, Quine, Heidegger, Derrida…

lunes, 18 de marzo de 2013

Matemática y Metafísica, un parecido engañoso, III. Kant


En la entrada anterior he argumentado que la Matemática no es, como creería el racionalismo “vulgar” o “cartesiano”, el estudio de las formas puras, ni es, tampoco, homogénea a la Metafísica. La Matemática ha parecido, en todo caso, la ciencia de lo abstracto o general (de la materialidad en su estado más depurado, des-mundanizado), y cuyo método analítico y axiomático-deductivo es el de la separación de lo formal y lo material. Concebimos a la Metafísica, en cambio, como el intento de pensar la realidad más allá de todo supuesto, incluido principalmente justo ese de la articulación hilemórfica de la realidad. Si esa articulación debe ser asumida, debe serlo al final de la reflexión, no dada antes por supuesta. Y esa tesis será dialéctica.

Enumerábamos, hace unos días, otras dos teorías de la Matemática, la Empirista-trascendental (“kantiana”) y la Naturalista, y veíamos someramente qué tenían que decir estas concepciones acerca también de la Metafísica. Ahora abordaremos algo más de cerca la primera, dando por inválida la segunda. Las razones para rechazar una explicación empirista-naturalista de la Matemática son las mismas que tenemos para rechazar el Naturalismo en general. Por eso no lo desarrollaré aquí.

Si la Matemática no es la Ciencia de las Ideas puras, ¿qué es? Y ¿qué relación guarda con la Metafísica? Algunos filósofos, muy importantes, de entre quienes han criticado el racionalismo matematicista, curiosamente, aceptarían que, de ser la Matemática lo que el cartesiano se figura (una contemplación y análisis de las Formas o Ideas puras), sería una salvación para la Metafísica. Este es el caso, por ejemplo, de Kant. Sin embargo, la Matemática, dice Kant, no es como se la figura el racionalista (convencional), una contemplación de lo desencarnado y no-natural.

Según el Empirismo trascendental acerca de la Matemática, esta estudia aquellas características a priori (universales y necesarias) de la Naturaleza, como el Espacio y el Tiempo. No hay naturaleza sin tiempo y espacio, y, sin estos, no hay matemática. Un ser que no “viviese” en el tiempo y el espacio (un sujeto inmaterial e intemporal, como la mente no encarnada de Descartes) no podría hacer matemática alguna. En verdad, afirma Kant, tampoco ese ser podría concebir ninguna otra cosa: no hay pensamiento sin tiempo, o al menos a nosotros, seres finitos, no nos resulta siquiera concebible. Un ser que “intuyera conceptos” (un Dios), es, para nosotros, algo inimaginable. La creencia racionalista de que, aislándose uno en su habitación y cerrando los ojos, puede sacar la Matemática de su cabeza como Zeus sacó a Palas de la suya, es engañosa, no porque no se pueda descubrir la Matemática así (que sí se puede, y no hay otra manera) sino porque ignora que eso es posible solo gracias a que el Espacio y el Tiempo van dentro de nuestra “cabeza” como seres inmanentes al tiempo que somos. También Aristóteles dijo que el tiempo está en la psique.

Por tanto, si la Metafísica es una investigación racional acerca de aquello que está más allá del Espacio y el Tiempo, la Matemática no puede hacerse cargo de eso. Y, en verdad, ninguna actividad homogénea con ella, como lo es todo el conocimiento (uso teórico de la razón) humano. Cuando el hombre intenta pensar lo absoluto, se adentra en la dialéctica, donde la “lógica”, el inmaculado principio de no-contradicción, deja de ser válido.

Por supuesto, lo que en el ilustrado siglo XVIII era un pecado, se convirtió en virtud para el tormentoso e idealista temprano siglo XIX alemán. Justo lo que Kant ve como una prueba de que la Metafísica está desencaminada, es para Hegel lo contrario, la prueba de que la Razón va más allá del espíritu abstracto del Entendimiento matematizante, y sabe hacerse cargo de la Contradicción, como solo ocurre plena y conscientemente en la Filosofía.

Antes de ver (en una próxima entrada) por qué estoy básicamente de acuerdo con Kant (y Hegel) en cuanto a su concepción de la Matemática, pero más de acuerdo aún con Hegel (pero no Kant) en cuanto a la Metafísica, voy a matizar la tesis de Kant acerca de la Matemática, sobre todo por respecto a la concepción cartesiana o racionalista.

¿Están, realmente, tan distantes el racionalista cartesiano (o el logicista moderno) y el intuicionista kantiano o moderno? Me parece engañoso plantear la diferencia entre ellos diciendo que el intuicionista reivindica el papel de una cierta experiencia o “intuición”, mientras que el racionalista o logicista partiría de axiomas puramente conceptuales o abstractos. Estoy convencido de que un logicista dirá que, según él, se trata, en la Matemática, de un tipo de intuición irreduciblemente no-empírica, pero no de una ausencia de intuición o fenomenología (una fenomenología de “esencias”, que diría Husserl). La diferencia está en que Kant insiste, machaconamente, en que para nosotros la única intuición existente es la intuición sensible (y que, por tanto, todo concepto al que queramos dar contenido, debe ser remitido a una intuición empírica): todo nuestro conocimiento comienza con ocasión de una experiencia empírica, aunque no todo él proceda de ahí.

He buscado ansiosamente por todo Kant una justificación de este aserto, de que no hay más intuición que la sensible. En vano. Todo lo que he encontrado es alguna pregunta retórica (¿de dónde, si no, tomaría nuestro entendimiento, ocasión o materia para ponerse a funcionar?) y los (presuntos) paralogismos, antinomias e ideales de la dialéctica o uso puro de la razón. Me parece extraordinariamente insuficiente, para el peso que tiene que soportar esa tesis de la exclusividad de la intuición sensible. La dialéctica solo prueba, en el mejor de los casos, que la Metafísica es una ilusión si uno ha tomado por norma de conocimiento el que es propio del “Entendimiento” abstracto o separador.

Creo que se puede conducir lo mejor del kantismo de lo matemático a señalar que la Matemática (y con ella toda la ciencia) implica conceptos “extralógicos” (es decir, puramente tautológicos o deducibles del simple principio de identidad), que Kant identifica con el Espacio y el Tiempo, pero que, en la más moderna matemática, se identifican, más bien, con el concepto de Clase (Quine). Pero ¿es necesario acercar este elemento extralógico al empírico? Creo que un racionalista puede aceptar que la Matemática, e incluso la Metafísica, incluyen necesariamente un concepto de Materialidad (la Khorá del Timeo, quizás), sin que esto las convierta en ciencia empírica.

Al final, la discusión entre el racionalista y el trascendentalista, acerca de la matemática, puede convertirse, si no en la discusión del sexo, sí en la de la materialidad de los ángeles. Porque los teólogos-filósofos de la Escolástica discutieron si los ángeles tienen alguna composición de material, por sutil que sea (así creían los agustinianos, como Buenaventura) o bien no tienen mezcla de materia, pero sí de potencialidad, como creía Tomás. Y, antes aún, los neoplatónicos discutieron de si existe una Materia ideal, además de la materia material o natural. Pues aquí, lo mismo: un cartesiano puede aceptar que la Matemática (y la Metafísica) comportan cierta “materialidad”, pero heterogénea a la natural o física. Si en la Matemática hay, por ejemplo, algo así como un Tiempo, es -puede decir un racionalista- un trans-tiempo o super-tiempo, el Tiempo de todo mundo posible, no el tiempo de este mundo concreto. No hay que confundir el tiempo en que el sujeto concibe una cosa con el tiempo de la cosa misma. Eso, como diría Frege, es psicologismo.

La excesiva separación de conceptual y sensible lleva al problema que Kant no logró resolver, o no claramente: la relación entre Intuición y Concepto. Aunque Kant se deja el cerebro intentando conectar las formas no-figurativas de los conceptos con las formas sensibles de la intuición, no parece capaz de mantenerlos a la vez cooperando pero claramente separados, y al final de su vida se le ve empeñado en deducir la Naturaleza a partir del entendimiento. Por supuesto, debería haber reconocido aquí un caso dialéctico, que no se puede solucionar analíticamente (que es como opera Kant en su filosofía, y él mismo lo dice: analítica trascendental).

Y esto nos lleva a otra objeción a Kant. Incurre en una completa inconsistencia, porque las propias tesis trascendentales no son científico-naturales, ni se apoyan en intuiciones sensibles. ¿Qué intuición sensible podemos tener de las categorías, o de cualquier otro elemento del aparato trascendental? Lo que no quiere decir que no tengamos una cierta intuición de todas esas cosas: una intuición no-natural.

Si tenemos que minimizar la diferencia entre Kant y los racionalistas, en lo que a la Matemática se refiere, ¿qué decir de la Metafísica? Creo que Kant percibió correctamente que la Metafísica es dialéctica (cosa que el racionalista vulgar no ve, y por lo que se puede decir que efectivamente Kant despertó de cierta ensoñación “dogmática”). Pero Kant sigue preso de otra ensoñación, más profunda, de la ensoñación abstracta, al pensar que todo conocimiento válido es del tipo de la Ciencia, es decir, que opera separando analíticamente, o dando por separadas, la forma y la materia. Hegel, y mejor aún Platón, superan esto. El propio Kant, cuando filosofa, es una prueba de que su tesis antidialéctica está equivocada. Es un dialéctico inconsciente y a su pesar.