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viernes, 30 de agosto de 2013

Del ser y la traducción


En el Parménides de Platón, una vez que Parménides ha mostrado las aporías de la teoría de las Idea del joven Sócrates pero nos ha advertido inmediatamente también de que si no se aceptan Ideas no habrá cómo explicar el conocimiento, el venerable filósofo de Elea nos insta a ejercitarnos en la dialéctica, para que ningún discutidor pueda reducirlo todo a apariencia. Y expresa así ese ejercicio:

χρὴ (…) μὴ μόνον εἰ ἔστιν ἕκαστον ὑποτιθέμενον σκοπεῖν τὰ συμβαίνοντα ἐκ τῆς ὑποθέσεως, ἀλλὰ καὶ εἰ μὴ ἔστι τὸ αὐτὸ τοῦτο ὑποτίθεσθαι, εἰ βούλει μᾶλλον γυμνασθῆναι. (135 e).

Lo que podemos traducir, “literalmente”, como:

“Es necesario (…) no sólo suponer si es algo (ei éstin hékaston) y observar las consecuencias de ese supuesto, sino también hay que hacer el supuesto de si no es (mè esti) eso mismo, si quieres realmente ejercitarte”.

Pero también podría traducirse literalmente cambiando cada “es” por un “existe” o un “hay”: “si existe cierta cosa”, “si no existe eso mismo”, “si hay cierta cosa”, “si no hay eso”...

Como Sócrates le pide detalle, Parménides añade:

οἷον, ἔφη, εἰ βούλει, περὶ ταύτης τῆς ὑποθέσεως ἣν Ζήνων ὑπέθετο, εἰ πολλά ἐστι, τί χρὴ συμβαίνειν καὶ αὐτοῖς τοῖς πολλοῖς πρὸς αὑτὰ καὶ πρὸς τὸ ἓν καὶ τῷ ἑνὶ πρός τε αὑτὸ καὶ πρὸς τὰ πολλά: καὶ αὖ εἰ μή ἐστι πολλά, πάλιν σκοπεῖν τί συμβήσεται καὶ τῷ ἑνὶ καὶ τοῖς πολλοῖς καὶ πρὸς αὑτὰ καὶ πρὸς ἄλληλα (136 a)
“Tomemos –dijo- si quieres, como ejemplo, el supuesto que supuso Zenón, si es múltiple (o “existe(n) varios”. ei pol.lá esti), qué consecuencias es preciso extraer, para los propios múltiples respecto de sí mismos y respecto de lo uno, y para lo uno, respecto de sí y respecto de los múltiples; y en (el supuesto) de si no es múltiple (o “si no existen varios” mé esti pol.lá) otra vez observar qué se sigue tanto para lo uno como para los múltiples, tanto respecto de sí mismos como respecto del otro”.  

Cuando Parménides se aviene a ejercitarse él mismo, a “jugar el laborioso juego” ante los demás, con su propia hipótesis, la enuncia así:

περὶ τοῦ ἑνὸς αὐτοῦ ὑποθέμενος, εἴτε ἕν ἐστιν εἴτε μὴ ἕν, τί χρὴ συμβαίνειν (137b)
“…hacer el supuesto acerca de lo uno mismo, tanto si uno es (existe) como si no uno, qué es necesario deducir”.

O, si se prefiere, algo menos “literalmente”: “si lo uno es o si no (es) / (lo) uno”

Cuando empieza el ejercicio o juego, la primera frase es: 
εἰ ἕν ἐστιν, ἄλλο τι οὐκ ἂν εἴη πολλὰ τὸ ἕν (137c)
 “Si uno es, no sería múltiple lo uno”

A continuación recojo otras varias formulaciones que Parménides va usando a lo largo de los diferentes desarrollos de las hipótesis o supuestos del ejercicio dialéctico:

ἓν εἰ ἔστιν (142b y c) “(lo) uno si es (/existe / lo hay)”
ἓν εἰ ἔστι, τἆλλα τοῦ ἑνὸς τί χρὴ πεπονθέναι; (157b) “Uno si es (/existe), los otros que (lo) uno ¿qué es preciso que les afecte?”
ἐπισκοποῖμεν δὲ πάλιν ἓν εἰ ἔστιν (159b) “Si examinados de nuevo (la hipótesis de) uno si es (/existe)…”
οὕτω δὴ ἓν εἰ ἔστιν, πάντα τέ ἐστι τὸ ἓν καὶ οὐδὲ ἕν ἐστι καὶ πρὸς ἑαυτὸ καὶ πρὸς τὰ ἄλλα ὡσαύτως. (160b) “Así que, uno si es (si es uno), todas las cosas es lo uno y a la vez nada (/lo) uno es, tanto respecto de sí mismo como respecto de las otras cosas”.
εἰ δὲ δὴ μὴ ἔστι τὸ ἕν (160b) “Pero si no es lo uno…”
εἰ δὲ δὴ μὴ ἔστι τὸ ἕν (160b) “Pero si no es lo uno…”
ἓν εἰ μὴ ἔστι, τί χρὴ εἶναι (160d) “Uno si no es (si no es uno), ¿qué es necesario que sea (/exista, haya..)?”
ἓν εἰ μὴ ἔστι, φαμέν, τί χρὴ περὶ αὐτοῦ συμβαίνειν; (163c) “Uno si no es (si no es uno), decíamos, ¿qué es preciso deducir acerca de él?”
ἓν εἰ μὴ ἔστι, τἆλλα τί χρὴ πεπονθέναι. (164b) “Uno si no es, ¿los otros qué es preciso que padezcan?”
ἓν εἴτ᾽ ἔστιν εἴτε μὴ ἔστιν, αὐτό τε καὶ τἆλλα καὶ πρὸς αὑτὰ καὶ πρὸς ἄλληλα πάντα πάντως ἐστί τε καὶ οὐκ ἔστι καὶ φαίνεταί τε καὶ οὐ φαίνεται. (166c) “Tanto si uno es como si no es, él y los otros, tanto respecto de sí mismos como unos respecto a los otros, todo completamente son y no son, y aparecen  y no aparecen”.

                                                                       ****

…Es uno, uno es, existe uno, uno existe, lo uno es, es lo uno, lo uno existe, existe lo uno, hay uno, hay lo uno… Todas estas y otras quizás podrían ser maneras de traducir lo que dice Platón. Ninguna es especialmente mejor ni peor. Son mejores, desde luego, las más literales, pero este es un asunto prácticamente solo técnico y mucho menos relevante de lo que se cree. Todas son básicamente tan buenas como nosotros seamos capaces de pensarlas, y todas son tan opacas como sea nuestra opacidad para con lo que quieren decir.

La diversidad de posibles traducciones es menos relevante de lo que se cree porque, sin ir más lejos, Platón mismo la considera irrelevante. Quien analice el texto y observe en qué momento utiliza cada expresión, verá que Platón no otorga un significado distinto y específico a cada una de esas diferentes formas de decir lo mismo. Usa la misma expresión en hipótesis que concluyen cosas diferentes, y usa formas diferentes dentro de la misma hipótesis.

En especial, Platón no da ningún pábulo a una presunta distinción entre el valor “existencial” y el “copulativo” del término “ser”. La misma forma lógica o filosófica subyacente hay en “uno es” que en “lo que es, es uno”. Por supuesto, al lenguaje cotidiano (y al científico, al filólogo) le choca la expresión “si uno es”, de una manera en que no le choca la expresión “si agua cae” (y por eso intenta forzar la literalidad introduciendo artículos y otras vulgarizaciones), pero esto “sólo” se debe a que las expresiones de Platón son filosóficas, ontológicas, metafísicas, y no cotidianas (ni científicas). Se trata en el texto, “simplemente”, de la Idea Uno, es decir, de la Idea de las ideas, y de su symploké o relación con Ser y con todo lo demás que lo Uno (los Otros). Cuando Platón escribe sobre el Ser, está situándose, como corresponde a la Filosofía, antes de cualquier división o articulación de sentidos del Ser. Si hay diferentes sentidos del Ser, eso debe conquistarse mediante una reflexión que no lo presuponga sino que, al contrario, la produzca.

La discusión está, por tanto, más allá de todo lo que quiera pensarse de y con la articulación ti katà tinos (predicar algo de algo), articulación o estructura con la que algunos han intentado explicar y reducir a época tal o cual pensamiento filosófico o metafísico. Por supuesto, de una manera puramente externa, nadie habla o escribe sin usar algo que pueda describirse como “predicar algo de algo” (ni siquiera quienes señalan esa articulación como solo una forma de pensar y profetizan otro modo de relacionarse con el Ser). Pero, insisto, esta articulación es, en todo caso, producida o descubierta por la propia reflexión filosófica. Quien intente reducir a ese análisis los pensamientos de Platón, Aristóteles o cualquier otro, como si estuviese dando con sus impensados, se incapacita para entender a estos filósofos.

¿Qué puede hacer, entonces, un traductor con el texto de Platón, si hay tantas maneras de leerlo? Es tan imposible como innecesario molestarse en traducirlo de una manera esencialmente mejor que otra. Es imposible porque la traducción no puede (ninguna traducción puede) evitar las interpretaciones que para autor y lector van unidas a las palabras. Pero es innecesario, porque cualquier traducción (que sea una traducción) es buena para quien está llamado y en la medida en que está llamado a entender el texto. Cualquier manera de traducirlo permite al lector que está pensando el asunto, comprenderlo; cualquier manera de traducirlo es incapaz de hacerlo entender para quien no está en el estado de entenderlo. Los únicos límites requeridos, digo, son los mínimos que definirían científicamente una traducción, es decir, cosa de mera lingüística, no de abstrusas especulaciones.

¿Qué puede aportar el traductor, más allá de una traducción lingüísticamente más o menos correcta? Lo que puede aportar el traductor, pero ya fuera de la traducción, es su propia “lectura” o interpretación, en notas a pie de página por ejemplo. Buena parte de ello pertenecerá, seguramente, al género de la pedantería y la superficialidad, es decir del saber erudito pretendiendo solucionar lo filosófico. Lo filosófico está en sentido contrario a cualquier erudición. En algunos casos, sin embargo, sí será una interpretación filosófica, una auténtica “lectura” filosófica, pero solo una interpretación entre otras posibles, y, sobre todo, una “lectura” o interpretación que no podrá ser trasladada al texto mediante traducción, por más que se lo intente, porque los términos de la traducción permanecen irremediablemente polisémicos, abiertos a la inteligencia que es la que puede proporcionar inteligibilidad.

Podría decirse, entonces, que el traductor, si por una parte es en algún modo un traidor pese a sí, es, por otra, un traidor inocuo, que solo puede despistar a los que no tenían más remedio que despistarse. La traducción filtra las lecturas filosóficas, criba las no-filosóficas.

En general puede decirse que la calidad de un texto es inversamente proporcional a la cantidad de sufrimiento que ese texto está indefenso para sufrir en manos del traductor. También puede decirse que la calidad de una interpretación es peor cuanto más depende de una traducción escogida.

En este sentido, las interpretaciones tipo-Heidegger son el modelo de lo que no hay que hacer con un texto. De hecho ese tipo de lecturas ni siquiera respetan la traducción en su aspecto más material, sino que intentan embutir en el texto aquellas notas que los filólogos tienen al menos la pulcritud de poner a pié de página, con la pretensión de hacer pasar por traducción su interpretación. En la misma proporción, sus propuestas suelen no contar con el amparo de la filología, como es lógico.

Y la razón de todo esto es sencilla. Mientras Platón (y Aristóteles...) piensa(n) que estamos hablando de lo mismo, de la cosa del pensamiento y el ser, más allá de las palabras y los tiempos (podemos y tenemos que hablar con los antiguos), el hermeneuta busca que estemos hablando de cosas diferentes incluso pese a las palabras. Lo que consigue con eso es eliminar o disolver los problemas filosóficos (Platón y Kant no estarían hablando de lo mismo cuando hablan de la Verdad, etc.), bajo el peso de solo su filosofía, la del hermeneuta. La hermenéutica, como las otras “filosofías del lenguaje”, sueña una disolución de lo metafísico, empujada por ese dualismo moderno para el cual no hay más que lo científico-técnico, por un lado, y lo místico-inescrutable por otro.

Las palabras de Platón sobre la verdadera interpretación y lectura de las palabras, no pueden más que sonarle duras e intragables, como resultan algunas medicinas:
  
Ξένος: καλῶς γε, ὦ Σώκρατες: κἂν διαφυλάξῃς τὸ μὴ σπουδάζειν ἐπὶ τοῖς ὀνόμασιν, πλουσιώτερος εἰς τὸ γῆρας ἀναφανήσῃ φρονήσεως. (Político 261e)
Extranjero.- Muy bien, Sócrates, si preservas eso de no preocuparte por los nombres, más rico te mostrarás, con la edad, en inteligencia”