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jueves, 1 de noviembre de 2012

Versos para la primera noche sin Agustín


Los versos que se escriben inmediatamente bajo el dolor, no suelen ser buenos. Para quienes no están en el mismo sentimiento, resultan "patéticos", como quien no sabe presentarse en sociedad. Pero son, quizás, los más sinceros. El dolor alegre de pensar en Agustín, que no ha atardecido ni anochecido hoy ya, y con quien querría haber vuelto a hablar mil millones de veces, me ha provocado unos versos que quizás borraré dentro de unos días, pero que querría compartir con sus amigos.

No busques, buen amigo, ya, al amigo
aquel, a quien llamabas Agustín:
faltó esta tarde, y no estará esta noche
donde teníais la manía de verle.
Que esta mañana, como por milagro,
amaneció por siempre y se hizo tiempo
definitivo y limpio, sin ahora
ni luego ni jamás, tiempo inasible,
salvaje, como solo lo es amor.
No quieras, pues, vecino, saludarle.
Ni escarbes en el suelo, pues es aire…
Es aire y fuego y agua y tierra pura.
No sueñes tú, al maestro de la Lengua,
analizarlo con la vil Gramática.
No lo hagas sustantivo, no es sustancia,
no es nombre propio, es lo común sin nombre.
Ni finjas ver su gesto en algún verbo:
no es voz activa ni voz media, es voz
que grita en el silencio y dice el no,
y no padece más que la pasión.
No pienses con pronombres señalarle:
no está ni aquí ni allí, su corazón
esta mañana fue tan grande ya
que no cupo en un trozo y se hizo todo
y nada, fuera y dentro, cerca y lejos.

Pero si de verdad quieres haberle
o que haya de él en lo que haya de ti,
velo en las hojas, las que caen sin cuando,
velo en el río que fluye sin adonde,
velo en la sierra, inmensa sin un quien,
tócalo en ti, en cada carne nuestra…
Y que esta noche, cuando nos juntemos,
amigo, los amigos a llorarle,
que nuestro llanto sepa hacerse canto,
un eco más del cuento que él cantaba
y cantan hoy las hojas, ríos y montes,
los que, como no saben de saberes,
no lloran ya por él, sino lo son.

Agustín García Calvo ya vive en nosotros




Agustín García Calvo ha decidio, al fin, desprenderse incluso de su nombre e identidad, y regresar a vivir allí donde, como nos decía incansablemente, todos somos uno y ninguno, al tiempo verdadero sin número, inasequible a la mentira del Lenguaje. Algunos no sabremos nunca desprendernos de sus canciones y razones, esos ídolos de voces que amorosamente talló para nosotros a ver si así nos acordábamos de olvidar, y siempre le tendremos por el mayor maestro, cuando en verdad era solo una buena gente y un buen amigo. Un abrazo, Agustín.

martes, 14 de agosto de 2012

A Agustín García Calvo, para que se ponga bueno


Agustín, buen amigo,
me han contado que está algo pachucho el que lleva tu nombre y tu percha,
y que se anda mezclando en su paso el traspiés, y el trasmano en sus teclas,
porque, claro, es que es ya muy mayor, si se tienen en cuenta las fechas
que traemos, cual traen en el culo gravadas por ley las conservas,
y es normal (y tú mismo -o tú otro, que llevas tu nombre- recuerdas
tantas veces) que envases y botes, por ley, y también gentes buenas,
toda cosa que a ser individuo con nombre y medida se atreva,
aunque esté fabricada, y estemos, de cifras que son siempre eternas,
empachuchan al roce constante de aquello mismito que niegan:
el del agua del tiempo; eso ya dejó escrito que es ley justiciera
quien primero escribió sobre el todo y su ley (que de nombre y de tierra
se llamó anaximandro milesio, mas fue, como todos, cualquiera):
que se dan justo pago las cosas al fin por osar salir fuera
de la nada en que todo lo había aunque justo por eso no era;
así es ley que lo que es imposible, aunque existe, al final allí vuelva;
pero lo verdadero, que es tiempo y no más (según tanto dijera
el que llevas por nombre) eso no, nunca nace, ni pasa ni queda,
o si nace y si pasa eso pasa y se fuga a tan fiera carrera
que ni el rayo incorpóreo de einstein alcance de vista le diera,
como el rápido Aquiles no alcanza a la lenta tortuga, ¡tan lenta
es la luz si se quiere medir con lo que ni Dios mismo midiera!,
eso quiere y no quiere (según tu querido heraclito dijera)
ser llamado, sea Dios u otro nombre.
                                                           Y por eso no sé a ciencia cierta
a qué cosa deseo con estas palabras que se ponga buena,
si al que firma por ti los papeles, o al otro, al que no deja seña
(también tú estás así: que a la vez no conoces mi nombre quién lleva
pero sabes quién soy donde sabes que yo es solo uno); Mas, venga,
no es preciso, quizá, conocer a quien hace uno ruego u ofrenda;
y yo quiero pedirte, maestro del ritmo y la voz, que sostengas
algo más esa voz, y ese no y ese sí, par e impar, dentro y fuera,
y que aguantes, por mí (y otros muchos que somos) un poco esta guerra.
Que es que siempre es amable (¿no crees?) tener alguien ahí que se atreva
a de veras decir la verdad, por más que esa verdad solo sea
que no hay Quien ni Tener; y nos gusta (¿no crees?) escuchar a quien sepa
dar del tiempo el latido, aunque al tiempo se pague por ello la prenda
de falsear lo que pasa, y quererle otorgar su sustancia y su esencia.
¿Eso es mucho pedir…? El que lleva mi nombre no se cómo pueda
sin tus genios vagar: sin aquel García Calvo, de voz honda y fresca,
profesor de latín complutense que ahí por los años ochenta
se atrevía a desmentir, de su amado Machado, el monótona-escuela
y lograba el milagro, mayor que el de hacer brotar agua en las piedras,
de que vida y pasión rezumasen las raíces indoeuropeas,
como si fuera cierto que Logos a veces de carne se hiciera,
mientras tedio e insidia plagaban el mundo del aula hacia fuera;
o sin ese Agustín García Calvo en canciones, proverbios y endechas
tan del pueblo que el pueblo, aturdido que está con señores y rentas,
casi no logra oír, o le duele cual duele la fuente muy fresca;
o Agustín García Calvo el que a griego y romano ha prestado una nueva
castellana garganta en que el paso más largo y más breve pasea
sin perder la canción; o el guerrero sofista, Agustín el de Elea,
contra la Realidad, contra el Tiempo, el Dinero, el Señor, la Pareja,
a argumento partido (cual lucha el amor cuando apenas da tregua),
cuya sangre hecha prosa he bebido mil veces y de mil maneras
con mis ojos y manos; o el componedor Agustín de comedias;
o, en fin, buen amigo, otros tantos sin fin, que en tu nombre tú llevas.
A esos todos lo pido, y a ti, seas quien seas que eres quien los congregas,
aunque dicen que está feo pedir (y es de gente, además, pedigüeña).
Porque no es nada fácil dejar que nos deje quien tanto nos deja,
o quedarnos sin ese que cuando se va mucho más se nos queda,
o ver cómo se apea el demon del tren de Zamora. Así que, ¡ea!,
¡que ese mono pelón que ha dejado el Señor hasta aquí que florezca,
Agustín, no se canse en su buen corazón!, ¡que levante cabeza!,
pues no hay prisa en nosotros por ya no poder dirigirse al que eras.
Pero si un día lejano, como es ley de leyes, ya no amanecieras
con tu nombre de pila, mas libre de ello, de crisis, de haciendas,
sabes bien que tu canto y razón (que es al fin lo más puro que fueras),
estará en toda cosa que hay, como el dios de la nada de eckhart,
y ya no al Ateneo, que las gentes te irán a escuchar donde sea
cómo cantas a alguna muchacha que a ser libre aun de ella se atreva
o nos vas recordando, en el aire, olvidar, mientras tú nos esperas
donde tú, buen amigo, y los otros sin cuento formamos madeja.

viernes, 1 de junio de 2012

Diálogos presocráticos (entre un itálico griego y un milesio zamorano) I

Lo que sigue no tiene más intención que ser, aparte de pura especulación –cuyo parecido con la realidad debería ser pura coincidencia-, un homenaje a Agustín (García Calvo)

Amigo.- Agustín, este amigo, que es griego y latino a la vez, ha venido a escucharte desde muy lejos, tanto en el espacio como en el tiempo.
Agustín.- Entonces, quizás esté más cerca de nosotros de lo que lo estamos tú o yo. ¿Desde dónde vienes?
Extranjero.- Vengo de Elea, una pequeña ciudad griega de la península itálica en un siglo bastante anterior al de vuestro cero.
Agustín.- ¡Ah, muy bien! Y, siendo así, ¿qué dices de lo que has oído?
Extranjero.- Puedo asegurarte que conoces el tiempo de los ritmos hexámetros mejor que muchos compatriotas míos. Tienes música en la sangre.
Agustín.- No más que cualquier bestezuela domada por el Lenguaje. Yo a duras penas la dejo salir, para que cante y cuente su propia mentira, que es a lo que buena o malamente nos dedicamos.
Extranjero.- Así es, seguramente.
Agustín.- Pero, aunque estamos siempre en el sitio en que estamos sin saber bien por qué, ¿tú has venido hasta aquí solo para oír leer a Homero en la boca de un hispano de tiempos futuros?
Extranjero.- No, la verdad. Algunos de mi escuela (nuestro padre es el venerable Parménides, que tú conoces muy bien) nos dedicamos a viajar por todas las ciudades visitando a cuantos, además del ritmo del tiempo, dejan salir por su boca vislumbres del pensamiento inmortal.
Agustín.- Ya he conversado con vosotros muchas veces, en mi soledad: en mis viajes en tren, por ejemplo.
Extranjero.- Quienes somos amigos en esta la mayor de las soledades estamos siempre dialogando, es verdad, y sin que tiempos ni espacios, fronteras ni construcciones de las que ocupan a nuestros ajetreados compañeros de tren, nos lo puedan impedir. Pero, aunque ya hayamos hablado muchas veces, esta es nueva, como siempre. Eso sí, espero que no pienses que vengo a “convertirte”.
Agustín.- ¿Convertirme? ¿A mis años? No estaría mal. Quizás no le venga mal un empujón a la contradicción algo cansada que soy…
Extranjero.- ¡Ni mucho menos! No hay nadie más vivo y joven que tú.
Agustín.- Pero, entonces, ¿me quieres convertir en un filósofo?
Extranjero.- Podría decirte, porque es verdad, que filósofo ya eres. Sé que no te gusta esa palabra, pero ¿por qué vamos a regalársele a quienes no les corresponde? Llevas años pensando más allá de la superficie donde viven perennemente la mayoría de los que se muestran en los estantes de las tiendas de filósofos. Tú has visto bien la dialéctica de nuestro maestro y de su principal discípulo, Zenón: la contradicción de la Realidad, como dices tú.
Agustín.- Si a eso lo quieres llamar filosofía…
Extranjero.- No discutamos de palabras. Seas filósofo o seas misósofo, me gustaría discutir contigo, si te parece, de lo que te une y lo que te separa de la enseñanza de nuestro maestro.
Agustín.- Muy bien, habla.
Extranjero.- Si no te he interpretado mal, tú llevas toda tu vida, por así decir, denunciando, en prosa como en verso, que lo que se nos vende como Realidad, es decir, todo lo que se puede decir con la Lengua y su Lógica, es falso, porque es contradictorio.
Agustín.- Eso es, es imposible, por más que exista. Pero no lo que se nos vende como Realidad, sino la Realidad misma, porque esta palabra sí que se la regalo para siempre a la filosofía, o a sus profesores si prefieres.
Extranjero.- De acuerdo, la Realidad misma. Pero, dices, “más allá” o “por fuera”…
Agustín.- Por debajo…
Extranjero.- Eso es, por debajo, por debajo del Lenguaje, de lo que se habla, está el tiempo, el tiempo y lugar en que se habla; no el Tiempo (con mayúsculas, como te gusta ponerlo, como a todas las ideas) que se dice en las teorías físicas o filosóficas, no ese Tiempo congelado de la geometría, sino el tiempo verdadero, sin medida, salvaje…
Agustín.- Tan salvaje que no hay filósofo ni dios que lo pueda domar.
Extranjero.- No puede, dices, ser reducido a palabras, a ideas. Pensarlo es matarlo.
Agustín.- Eso es.
Extranjero.- Es la infinitud o indefinición. Allí nadie ni nada tiene nombre, ni es el mismo o distinto que nadie, sino que todos somos, por decirlo así, uno e indistintos.
Agustín.- Ni somos… en todo caso, lo habemos; ni uno, salvo que se advierta que uno es, en verdad, negación de todo número; pero date cuenta de que ya el plural y demás morfologías (como dice vuestra lengua) traicionan la verdad.
Extranjero.- …Nuestro maestro se refiere a vosotros, a los que tenéis un pensamiento semejante, como “los milesios”.
Agustín.- Quizás hace bien. Yo he hablado, otras veces, del agua de Tales (al que los filósofos toman, tan desencaminadamente, como un “físico”), del agua como ese atisbo de que todas las cosas van saliendo y cayendo, en el tiempo sin Tiempo, de algo y a algo que ya no es ni mucho ni uno ni todo lo contrario.
Extranjero.- Lo colocáis todo en un mar de caos o caldo primigenio del que no se puede pensar nada (porque el caos de verdad, como bien dices tú a menudo, no puede pensarse ni decirse con el Lenguaje). Y, separado, completamente separado de esa agua, ponéis al Logos, a la Inteligencia que analiza para crear las cosas idénticas y contables. Esa inteligencia, que crea la Realidad y lo “separa todo”, está del todo separada de aquello que no es parte de la realidad, sino puro tiempo sin número. Muchos mitos, sumerios, babilonios, hebreos… empiezan así.
Agustín.- Razón no tiene más remedio que aflorar por donde puede. Aunque ya se encargan luego los teólogos y sus filósofos de poner orden, y borrar el agua para decir que Logos lo saca todo de su cabeza. ¿No quiso tu propio maestro prohibir el no-ser, decirle que no al No?
Extranjero.- Ahí llegamos al asunto. ¿Cómo podemos poner a dialogar a este pensamiento “milesio” tuyo con el pensamiento (itálico, quizás) de nuestra escuela? La diosa que nuestro maestro encontró en su viaje, y que algunos hemos atisbado a veces, dijo, en efecto, que el camino de la verdad es el que dice “que es, y no es que no sea”; el camino opuesto, “que no es, y es necesario que no sea”, es camino de perdición. ¿Quieres decir tú mismo qué opinión te merece esto?
Agustín.- ¡Claro! Lo primero de todo, tendríamos que decidir qué es lo que quiere decir vuestra diosa con ese “es” ambiguo: o sea, si estaba elucubrando de Física o de Lógica. En mi lenguaje español tenemos, por desgracia o por suerte (o por las dos cosas más seguramente), dos palabras: “hay” y “es”, como el latín de los galos dice “il y a” y “est”, y otras lenguas hacen algo parecido. ¿Quería decir vuestra diosa, como protofísica, simplemente que “hay”? Esto es una absurdidad, porque cuando usamos esa forma (o vuestro ésti), señalamos a algo, algo presente para los que hablan. Pero uno no puede señalar a todo, porque señalar a todo, sin definición o delimitación, es señalar a nada, o más bien, no señalar nada (como dice mi español). Supongamos, entonces, que vuestra diosa está usando la palabrita en su función de verbo o cópula (estí), y entonces solo puede entenderse como diciendo en verdad “lo que es, es lo que es”. Lo que no deja de ser, además de una bonita tautología (la madre, o el padre, de todas las tautologías o logías), a la vez la contradicción misma de la Realidad metida en una palabra, la palabra del Logos. Porque si la cópula o palabra lógica quiere contenerlo todo (es decir, tener definitivamente en su seno, sin diferencias ni guerras, todo lo que es), entonces habrá de incluir también el no-ser, con el que solo puede hacer contraste, porque ¿qué es “lo que es” más que lo que se opone a la nada? Además, está la contradicción gramatical de decirlo, que es diferente de serlo: lo que habla no puede ser el mismo que aquello de que habla, aunque sea el propio Logos.
Extranjero.- Muy bien. Pura filosofía milesia, según nos la explicaba mi maestro en las soleadas tardes de mi ciudad. ¿Se puede deducir o sacar de ahí, de esa lógica que has explicado, que hay dos… cosas, digamos: que hay, por una parte, la Realidad o Lenguaje (eso que es la contradicción pura y de cuyo servicio se ocupan los teólogos y filósofos, según dices), y que hay, por otra parte, lo que no es realidad ni definición, sino que es algo indefinido?
Agustín.- Puede decirse así.
Extranjero.- Pero, ¿no estamos usando ahí el “hay” para referirnos, por una parte, al todo de lo extralingüístico (un todo que, creo yo, está definido por lo único que podría definirlo, es decir, ser ajeno al lenguaje), y no lo estamos usando también, el “hay” (y no sé si esto es menos grave), para referirse a la Realidad toda, al Lenguaje? Porque de alguna manera tenemos que referirnos al todo de lo que es Realidad, y al todo de lo que está por debajo, e incluso al todo de las dos cosas juntas, la Realidad falsa y lo verdadero que no se deja medir por ella, si es que queremos ser capaces de decir lo que dices.
Agustín.- Así es, Extranjero. Nada puede decirse sin caer en la contradicción: cuando el Lenguaje (en que, no lo olvides, estamos también presos tú y yo, tú griego de tiempos jóvenes y yo viejo-europeo), cuando el Lenguaje, digo, quiere hacerse cargo de sí mismo y de lo que no es él mismo, también tiene que caer en su propia contradicción.
Extranjero.- Entonces, ¿reconocerás que tus palabras contra la diosa son también metafísica y filosofía, e incluso quizás alguna versión de la teología, cuando te ves obligados a decir de alguna manera que hay el Lenguaje y hay lo que no es lenguaje ni definición?
Agustín.- Reconócelo, si quieres. En todo caso, a través de su contradicción apuntamos a lo que el pueblo sabe que hay por debajo del tinglado.
Extranjero.- Lo que me importa no es tanto eso de reconocer si somos teólogos o no, sino lo siguiente: nosotros, los eleatas, no creemos que haya esa división que encuentras tú como tan primitiva en tu metafísica, o sea, esa división entre el hay y el es, entre “físico” y “lógico”. Primero de todo, no creemos que cuando uno dice “hay”, o “existe”, o algo similar, esté señalando u obligado a señalar a algo concreto, algo presente en el tiempo y contexto “en que se habla”. Y esto tus propias palabras lo muestran, a no ser que consideremos que toda tu teoría, cuando se ve obligada a decir que “hay el Lenguaje” y “hay lo extralingüístico” son absurdas, tan absurdas como las de la diosa cuando dice, sin más, “hay”. Creemos, antes bien, que cuando uno dice “que es”, o “que hay”, aunque se sale de los caminos trillados de los hombres que viven en sueños, está ni más ni menos que diciendo lo más maravilloso y fundamental (y por eso, también, en lo que menos se repara): que hay, que es, y no más bien nada. Y esto no es todavía ni física ni lógica, sino algo anterior.
Agustín.- Es sensato. Te discutiría un rato lo que dices del hay, aunque desde luego admito que lo usamos para referirnos, metalingüísticamente, a cosas como “las partes del lenguaje”, y cosas así. Pero no quiero detenerte en esto, porque prefiero saber a dónde apuntas más a fondo.
Extranjero.- Bien: nosotros no creemos, pues, que “hay” o “existe” tenga que referirse a nada parcial (y no pueda referirse a todo). Lo que es más: es muy difícil e importante entender cómo podemos referirnos a algo que esté fuera, más allá o más acá o por debajo del lenguaje. Si decimos que “hay” señala a algo, en el tiempo en que hablamos, pero ese algo es totalmente indefinido, o indefinidamente indefinido si prefieres, y en él no hay nombre ni propio ni común, ni mojón ni boya algunos donde fijar la vista, ¿a qué estaríamos señalando?
Agustín.- A algo, desde luego, que ya no es lenguaje.
Extranjero.- Desde luego. Pero ¿qué más me daría señalar para acá que para allá, si no hay nada concreto, nada correlacionable con mis señalares? Porque, si lo hubiera, sería nombrable, ¿no? Por eso, pareces dejar sin ninguna conexión lo uno y lo otro. Parece que el precio que tiene que pagar lo que está por debajo del Lenguaje, es que no se pueda decir nada de ello.
Agustín.- Eso es.
Extranjero.- Y, si es así, ¿para qué lo necesitamos, y lo ponemos en nuestra metafísica?
Agustín.- Porque, por otra parte, el Lenguaje, por más que sueñe con ello, no se vale a sí mismo, sino que todo su alimento lo saca, por así decirlo, de algún otro lado, ya innominado e innominable.
Extranjero.- Estoy de acuerdo. Eso es lo que tenemos que discutir, entonces. Qué es eso que alimenta al Logos, pero que no se reduce a él.
Agustín.- Muy bien. ¿Quieres que sigamos discutiéndolo de camino a mi reunión habitual con unos amigos? Quizás después quieras apuntarte a la reunión.
Extranjero.- ¿De qué trata?
Agustín.- De política. O sea, nos devanamos en como desmontar la mentira del Dinero y su Futuro, que no son más que otros nombres para la Realidad y, salvo que me muestres lo contrario, para la diosa.
Extranjero.- Estupendo.

(continuará)

domingo, 27 de mayo de 2012

Metafísicas de gramáticos o de la inocuidad de la crítica gramatical al "es" de Parménides

En el artículo que empecé a comentar en una entrada anterior, Agustín García Calvo da su expresión particular y radical a una de las estrategias antimetafísicas más comunes de los últimos cien años. Esta estrategia quiere hacernos creer que la Metafísica (o sea, frases como “existe Dios”, “existe la Materia”) es, en verdad, un error gramatical, incluso una “contradicción gramatical”, dice García Calvo. En esencia este error consistiría en tomar por un sustantivo decente, que pudiera ejercer de Sujeto y de Predicado de oraciones decentes, a un elemento que, en verdad, “gramaticalmente”, es otra cosa, a saber, un elemento mostrativo.
Así como la “lógica” estándar dice que “existe” es un cuantificador (no una variable ni un predicado, es decir, no parte del vocabulario), así García Calvo dice que “hay” (que es, según él, la palabra aborigen del castellano a la que quiere sustituir “existe”, invento escolástico destinado a consagrar o hipostasiar el error metafísico) es un elemento no-semántico, un elemento mostrativo y anafórico, que sirve para indicar a lo extralingüístico, aquello acerca de lo cual habla la Lengua pero que no es lengua.


Hoy en día (aunque esto no es cuestión de historia) casi nadie medianamente informado es capaz de creer que los análisis “lógicos” o “gramaticales” son análisis neutrales respecto de la metafísica, de manera que puedan solucionar (o, más bien, disolver) los problemas de la ontología por fiat “científico”. Cualquiera sabe ya que uno se puede construir la lógica que le convenga para sus prejuicios (o juicios) ontológicos, y que lo único que consigue así es un formalismo vistoso pero filosóficamente bastante inútil.
En todo caso, no voy a hacer caso aquí a esa ingenuidad (ya la he tratado en otros lugares). Una propuesta lógica o gramatical de análisis del lenguaje está tan cargada de metafísica como cualquier teoría directamente filosófica, aunque generalmente con mucha mayor inconsciencia e ingenuidad.

Por lo mismo, hablar, como hace García Calvo, de una “contradicción gramatical” es un auténtico absurdo.
Para darle algún sentido a eso habría que empezar por suponer que hay una única gramática profunda (cosa que, es cierto, García Calvo asume -y yo con él-). Porque, si no, lo más que se puede decir es que tal o cual giro es incorrecto en tal o cual lengua.
En verdad, ni siquiera puede decirse esto, porque “giro incorrecto en la lengua L” o “prohibición gramatical en L” no significa más que una prohibición política, ya que no hay ningún carácter epistémicamente normativo en una gramática, porque nunca es un imposible, por razones gramaticales, que una gramática se modifique como el hablante desee. El único límite a esto, a que el hablante use como quiera la gramática (fuera de las prohibiciones políticas, se entiende) es el límite de la lógica: que no sea lógicamente absurdo o contradictorio lo que dice.
Por eso, lo más que puede significar “contradicción gramatical” es “contradicción lógica”, o, en una palabra, contradicción. En verdad, García Calvo cree que son equivalentes “prohibición gramatical” y “prohibición lógica”, pero a mí esto me parece tan falso como pernicioso: solo se hace al precio de elevar un hecho material, como es el lenguaje, a la categoría de lógica y Logos, con el ánimo de robarle a la metafísica lo que le pertenece, llamándolo de otra manera.

Ahora bien, ¿es un absurdo lógico decir “existe la Materia”, “hay Dios”, o, simplemente, como dice la diosa de Parménides, “es”, o “hay”, si se prefiere?
Por supuesto, esto solo puede ser absurdo si es que hay una única Lógica. Démoslo por supuesto.
Y, por supuesto, esto no tiene nada de absurdo en un lenguaje o una lógica donde “hay” o “existe” sean predicados o sustantivos, o tengan un valor indistinto anterior a los supuestos valores diferentes de “ser” (existencial, copulativo…), como según Charles H. Khan tenía el griego de la época de Parménides (o el latín clásico, o el castellano antiguo “los sabios que en el mundo han sido”…).

Para convertir en “absurdo” o “imposible” la expresión “es”, o “Dios es”, hace falta una teoría metafísica de lo que es y no tiene más remedio que ser todo lenguaje. Y efectivamente García Calvo, mal que le pese, tiene una teoría metafísica así (y, como García Calvo, cualquier otro que haya tratado estas cuestiones, por muy tonto que quiera hacerse o muy listo que sea). ¿Cuál es esa metafísica de García Calvo?

Según el cuadro que nos pinta García Calvo (y cualquier versión semejante, desde el Tractatus hasta Brandom, por ejemplo) es preciso distinguir dos… ámbitos de… ¿realidad? …el problema con estos filósofos es que, cuando se refieren a sus elementos metafísicos utilizan el “hay” con total soltura (e inconsciencia): hay lo extralingüístico, por un lado, y lo lingüístico por otro.
Como consecuencia de esa dicotomía de lo que hay, también el Lenguaje (único) está estructurado en al menos dos categorías-funciones irreducibles, el aparato mostrativo (que es mediante el cual el lenguaje remite a lo extralingüístico), y el aparato semántico (que es mediante el que se “describe” lo señalado por el mostrativo).

Ambas dualidades (Extralingüístico – Lenguaje y Aparato mostrativo – aparato semántico) son irreducibles y solidarias. La dualidad Extralingüístico – Lenguaje, o dualidad “ontológica” (como la llamaremos mientras no nos digan otra cosa) es completamente irreducible, cree García Calvo (y muchos otros, incluso quienes no lo saben), porque ni la “gramática” o lógica puede dejar de ser normativa y atemporal, ni todo puede ser absorbido por el lenguaje sin que quede congelado en el vocabulario.

Esta dualidad, evidentemente, es otra manera de llamar a la dualidad kantiana Cosa en sí (incognoscible) y Sujeto-Trascendental o Normativo. Y es también lo mismo que la dualidad quineana de Lenguaje – Mundo, donde el Lenguaje como un todo, intenta referirse a una inescrutable “realidad” extralingüística, etc.

Tales tesis, no hace falta repetirlo, no tienen una gota de menos metafísicas que la tesis de la diosa de Parménides: hablan de lo que hay, en universal y sin posible contrastación empírica (creen que hay dos tipos de cosas, lo extralingüístico por un lado, y el Lenguaje, la Teoría, etc., por otro). Este tipo de tesis no puede evitar utilizar el “hay” o el “existe” exactamente de la forma que prohíbe o quiere prohibirnos hacerlo. ¿Cómo puede referirse Kant a la Cosa, o al Sujeto-Trascendental, sin utilizar alguna de esas categorías (por ejemplo y sobre todo, “existe”) que, según él, no podían utilizarse más que para referirse a fenómenos naturales? ¿Qué podemos decir de la dualidad “Lenguaje - aquello de que habla en el lenguaje”, de que nos habla el Tractatus? Wittgenstein, siempre algo más consciente que los demás, quiso distinguir aquí entre decir y mostrar (e incluso lo que está más allá de lo mostrable, pero de lo que no nos vamos a abstener de decir algo –como le objetó Ramsey: si de algo no se puede hablar, tampoco se puede silbar-). También García Calvo quiere hacerse cargo de que él está usando “hay” para referirse a cosas como las categorías gramaticales y los usos prohibidos o permitidos de “hay”, aunque cree que esto tiene un campo limitado, el de las entidades lingüísticas… (¿Cree García Calvo que es posible algo fuera, que hay o puede haber algo fuera del lenguaje? ¿Qué sentido tiene ahí el "hay"?)

El hecho es que ni García Calvo ni ningún otro quedan libres de metafísica. Lo que podemos hacer, entonces, es comparar su metafísica con otra. Por ejemplo, con la parmenídeo-platónica. Y entonces cabe preguntarse ¿es realmente más aceptable e inteligible ese dualismo, de una “realidad” extralingüística, ajena a las categorías gramaticales, y un Lenguaje, con mayúsculas, que habla de lo extralingüístico pero es todo lo contrario que aquello? Esta metafísica no es más que un ejemplo más de este dualismo radical que hemos encontrado en muchas otras filosofías “modernas”, y de lo cual solo Platón puede salvarnos.

domingo, 20 de mayo de 2012

Del ser y el haber. Principios de ontodicea

La diosa le dijo a Parménides que el camino de la verdad es este: “Que es, y no es que no sea”, mientras que el camino equivocado dice: “Que no es y que es necesario que no sea”. La verdad, la verdad plena y absoluta, a la que un mortal afortunado solo accede mediante un rapto místico, es que “es”. ¿Qué significa esto? ¿Cómo hay que entender ese “que es” (y “que no es”), o, simplemente, “es” (“no es”)?

Aquí “es”, el verbo absoluto, está utilizado de una manera absoluta, no solo en cuanto que parece estar en su valor o función “existencial” (no copulativa), o, mejor, en un valor previo a la distinción existencial / copulativo (como sostiene Charles H. Khan), sino incluso porque no tiene ningún sujeto ni se refiere lingüísticamente a nada (como no sea, a lo sumo, a sí mismo). Esa frase de la diosa quizás solo pueda ser una de dos cosas: o la inteligibilidad en sentido pleno, o lo plenamente ininteligible (la grandeza o la miseria de la filosofía). Por supuesto, al pensamiento en “estado natural”, al “sentido común”, le resulta extraña la expresión. Pero ¿quién puede hacerle caso a ese pobre personaje? Quizás haya formas más sutiles de demostrar que Parménides no tuvo un viaje alucinante, sino una mera alucinación.

En “¿Qué pasa cuando se dice “Hay” en absoluto?” (Lecturas presocráticas, Lucina) Agustín García Calvo intentó demostrar la imposibilidad de todas las predicaciones “existenciales” absolutas o totales, tales como “Existe Dios”, “existe la Materia”, o, más correctamente según él, “hay Dios”, “hay Materia” (ya que “existe”, dice, se inventó para convertir en predicado algo como lo que decimos cuando decimos en castellano “hay_”). El ateo dirá “no hay Dios”, como negación de la presunta verdad de que “hay Dios”. Si el argumento de García Calvo fuera bueno, afectaría paradigmáticamente a la frase de la diosa “que es”, o, podría traducirse: “que hay”.

Según García Calvo, ‘hay’ (como el francés “il y a”, el inglés “there is”, o, quizás también, el alemán “es gibt”) no tiene en sí mismo significado, no es parte de la semántica o vocabulario, sino que pertenece a otra categoría, no semántica, del lenguaje, a la categoría de los demostrativos. “Hay churros” no es, como cree la ingenuidad metafísica, una proposición bimembre, con Sujeto (churros) y Predicado (haberlos o existir), sino una proposición unimembre (como “Llueve”), en que, mediante el ‘ha-y’ se señala al ámbito extralingüístico, ya sea al contexto en que se está hablando (mostrativo) o a lo que se ha dicho (anafórico).

El uso universal de ‘ha-y’ (“Hay Dios”, “Hay Materia”, “Hay Átomos”…) pretende, sin embargo, estar exento de todo contexto, de manera que el elemento mostrativo (-y) señale a TODO. ¿Dónde “ha-y Dios”, dónde “ha-y Materia”?: en ningún lugar en concreto, sino en todo y ningún lugar. Pero, dice García Calvo, esto es una contradicción: un demostrativo no puede referirse o señalar a todo el campo de posible referencia. Un “esto-todo” es una contradicción en los términos. Señalar y referirse a todo es incompatible.
Ahora bien, no se trata de una contradicción semántica (como círculo-cuadrado), porque los elementos que se está juntando imposiblemente pertenecen a categorías lingüísticas diferentes (uno a la categoría de mostrar o señalar, el otro a la del designar o nombrar). Se trata de una “contradicción gramatical”, de una monstruosidad lingüística, que consiste en la implicación de una fórmula metafrástica contradictoria: algo así como “El término ‘Todo’, usado en su valor absoluto, es compatible con el demostrativo”.
Por tanto, el ‘–y’ de ‘ha-y’ usado con valor absoluto, no puede referirse a ninguna cosa, a ningún sujeto (como sí lo hace en “ha-y ropa para todos”, donde el ‘–y’ remite a lo que se encuentra en el contexto “tenemos ahí ropa”).

Podemos expresar la tesis de la imposibilidad del uso de “hay” con valor absoluto, así: “no hay (no puede haber) sujeto al que se refiera “hay Dios” (o “hay Materia”). Pero -se hace cargo García Calvo- ¿no supone esa misma proposición, un uso absoluto de ‘hay’ (o, en este caso, de ‘no-hay’, que está afectado de la misma imposibilidad)? Para evitar esto tenemos que darnos cuenta de que en esa tesis metafrástica negativa (“No hay Sujeto al que pueda referirse “hay Materia””) el ‘hay’ tampoco se puede entender como siendo usado con un valor absoluto u omniabarcante, sino que solo tiene valor respecto de un campo. ¿Cuál es ese campo al que puede hacer referencia el “no ha-y” de esa tesis? Es el campo (no exofrástico ya, sino intralingüístico) que consiste en “ese mundo de la abstracción no realizada” que es el Sistema de la Lengua.

Cuando decimos que no hay un uso posible de un ‘hay’ absoluto, queremos decir que no lo hay (no puede haberlo) en el lenguaje y solo en la lenguaje. Por las mismas, la frase “Hay Dios” (o “Hay Materia”) tampoco tiene sentido como referida al exterior del lenguaje, sino solo como referida al Sistema del Lenguaje. “Hay Dios”, o “Hay Materia” significaría, para tener algún sentido, que “hay en el Lenguaje un nombre que es ‘Dios’ (‘Materia’)”. Esto, a su vez, puede entenderse de dos formas:

     - Si suponemos que el ámbito lingüístico de los nombres (el vocabulario) es cerrado o finito, entonces la frase “hay en el Lenguaje un nombre que es ‘Dios’” tendría un mero sentido “pedagógico” o informativo: “¡Sábete que hay en el Lenguaje un nombre que es ‘Dios’!”.
     - Si suponemos, en cambio, que el campo semántico es abierto, sujeto a nuevas adquisiciones, entonces la frase que introduce el término ‘Dios’ no sería meramente informativo-lingüística, sino una frase, yusiva o votiva, que propone que se acepte ese sujeto o nombre, algo así como: “¡Haya en el vocabulario el nombre ‘Dios’!”

Y, entonces, el asunto se desplaza al de los criterios de aceptación de un nombre. Es ya cuestión de ética del lenguaje, dice García Calvo. Por ejemplo, se podría exigir, a un aspirante a nombre del vocabulario, que sea útil para comunicarnos, o que contribuya a decir algo. Solo con alguna justificación así podría un presunto nombre figurar en frases hechas y derechas del lenguaje, como las que dicen que algo (el Sujeto) es algo (Predicado).

Ahora bien, la forma simple o atómica del lenguaje no es la que presenta la estructura Sujeto – Predicado, sino aquella que, mediante algún mostrativo, remite a lo extralingüístico. En toda frase de forma Sujeto – Predicado, hay implícitas ya dos frases, una que remite a lo extralingüístico (mediante demostrativos) y otra que predica algo de ese sujeto señalado. Esto implica que, para que una expresión con Sujeto sea significativa (en el lenguaje básico) debe ser posible referir ese sujeto a lo extralingüístico, diciendo, por ejemplo (en los casos que pretende la Teología y la Filosofía) “eso es una Materia” o “ahí está Dios”.
Y esto es precisamente lo que el uso absoluto excluye. La palabra “existir” se ha inventado, en la Teología y Filosofía, para poder decir el imposible “Hay Dios”, “Hay Materia”. Pero eso implica que lo único que puede decirse de Dios es, precisamente, que existe.

“Es, pues una broma genial y digna de los más fervorosos agradecimientos el argumento de San Anselmo: pues, en efecto, si un nombre se define como constituido por todas las perfecciones o notas que se estimen positivas y al mismo tiempo el estar en el vocabulario se estima una perfección o nota positiva, es evidente que ese nombre figura en el vocabulario”.

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Esta teoría de Agustín García Calvo, contiene varios, si no todos los elementos importantes de las estrategias antimetafísicas de la “filosofía del lenguaje” moderna. Por ejemplo, la tesis de que existen categorías irreducibles en el lenguaje, especialmente y como mínimo dos: la que refiere a lo extralingüístico (demostrativos, anafóricos), y la que constituye el vocabulario o semántica. La más conocida teoría del siglo XX acerca de la esencia del lenguaje (teoría que podríamos llamar Wittgenstein-Russell-Quine), dice que la proposición mínima consta de un elemento mostrativo (el expresado por el aparato de la cuantificación) y un elemento descriptivo (el vehiculado por el Predicado). La estructura Sujeto – Predicado sería ya una construcción posterior, porque el Sujeto o Sustancia se forma (proceso de “reificación”) a partir de la anáfora (cuando nos referimos a un “esto” ya usado, por ejemplo, “perrea (ahí)” + “eso también negrea”, de donde “el perro es negro”). Por cierto, esta teoría no supone ningún cambio sustancial respecto de la de Aristóteles (quien también consideraba el tode ti como sujeto primero de toda atribución) ni con respecto a la Kantiana (donde la proposición es vista ya como la síntesis de un “esto” con unos conceptos-funciones).

Me voy a ceñir al artículo de García Calvo, intentando mostrar que se equivoca en todos y cada uno de los puntos de su tesis (lo que afecta a cualquier versión suficientemente semejante de la argumentación).

Asumamos, de momento, que en efecto no hay lenguaje sin esa dualidad mostrativo – semántico. Discutiré primero la tesis más concreta, expuesta por García Calvo, según la cual no puede decirse (es una contradicción decir) “hay Materia” o “hay Dios” porque no puede haber demostrativo de todo: ‘todo’ y ‘esto’ son incompatibles (sintácticamente incluso).
No veo suficientemente motivada esta aseveración. ¿Qué contradicción hay en la proposición “hay Materia” o “Hay Dios”, usando “hay” para referirse, aunque quizás sin una precisión absoluta, a algo extralingüístico?
Quien dice “hay Materia” está diciendo algo como “en algún lugar del campo (extralingüístico) al que se refiere el Lenguaje, hay algo que tiene tales o cuales características (lo que define al término ‘Materia’”. Esta proposición podría tacharse de imprecisa (no nos dice exactamente en donde, de todo el campo extralingüístico, está la Materia), pero no de contradictoria, y menos sintácticamente.
Podría decirse también (si es que es el caso) que es una tesis insuficientemente injustificada por lo que sabemos (no la podemos inferir a partir de lo que creemos más justificado), pero esto tampoco implica que sea contradictoria.

Empecemos por la falta de precisión. ¿Cuánta precisión necesita un término para ser respetable? Sería absurdo pedir siempre, e incluso solo alguna vez, un grado absoluto de concreción.

     - Hoy todo el mundo sabe que es imposible conectar los términos teóricos o generales (electrón, masa…) con los datos concretos. Hay un salto lógico infinito entre cualquier nombre o adjetivo y el “esto”. ¿Quiere decir eso que la proposición “hay electrones” es contradictoria? De ninguna manera (salvo a un nivel dialéctico, en que toda proposición es “contradictoria”). Es una proposición que, en conjunción con otras, ofrece la mejor teoría que tenemos sobre un ámbito de objetos o de la (presunta) “realidad” extralingüística. El término “Materia” (o “Dios”), aun siendo muy general (o alejado de lo físico), podría ser parte del total de una teoría explicativa. No son términos imposibles.
Es más, una teoría completa sobre la realidad requiere algún (o quizás algunos) términos que tengan un alcance sumamente genérico y principal. Cualquier teoría que quisiera evitar esa consecuencia, incurriría en ella. Por ejemplo, García Calvo nos habla del “ámbito extralingüístico” y d(el ámbito de) la Lengua. Evidentemente, esos dos términos cubren el campo total de todo posible discurso, según García Calvo. ¿Son, por ello, proposiciones imposibles las que dicen “hay lo extralingüístico” y “hay el Lenguaje”? Quizás, pero ni García Calvo (ni nadie) puede pasarse sin ellas.

     - Pero no es solo que no haya por qué pedir siempre concreción absoluta, es que, además, es absurdo pedirla siquiera en un solo caso. Dado el carácter holístico de toda teoría y su vocabulario, es imposible discriminar un elemento puramente concreto, que cumpliese estrictamente con la exigencia deícticista absoluta. ¿Cómo sería un término directamente referencial a lo extralingüístico? No existe tal cosa en el lenguaje (ni en ningún lado, desde luego).

Por tanto, no es verdad que la proposición “hay Materia” (o “hay Dios”, o, ni siquiera, “Hay”) sea una “contradicción gramatical” (concepto, por otra parte, carente de sentido, como trataré en otro momento). Lo es tan poco como decir “hay un árbol”. La diferencia entre ellas es en grado de generalidad y, quizás, en grado de justificación teórica. Nada más.

También sería ilegítimo pedir que la referencia de un término decente sea una referencia o deíxis de tipo natural, es decir, que tengamos que referirnos a algo que ocurre en el tiempo (como parece dar por supuesto García Calvo). Esto sería una simple tesis metafísica injustificada.
Pero es que, además, el propio García Calvo, como no podía ser de otra forma, la incumple cuando acepta que la proposición (metafrástica) atea que dice “No hay sujeto al que se refiera “hay Dios”” se refiere a un campo que es el de ese “mundo de la abstracción no realizada” o Sistema de la Lengua. ¿Por qué sería lícito (como es inevitable para cualquier tesis filosófica) referirse a ese campo de segundo orden o endofrástico, y no a otros ámbitos igualmente no-temporales?
Aquí García Calvo incurre en la misma inconsecuencia en la que incurre Kant (cuando habla del abstracto Sujeto Trascendental y de la Cosa en sí, si bien nos dice que toda proposición con sentido tiene que referirse a fenómenos espacio-temporales), o en la que incurre Wittgenstein I o Quine (si bien el primero fue consciente de esta inconsecuencia).

Por no alargarme excesivamente, dejo para futuras entradas el resto de mi refutación del artículo de García Calvo (y de todas las tesis similares).

martes, 13 de marzo de 2012

tiempo y Tiempo, la contradicción de la Realidad

Varios científicos (aficionados a la filosofía) han dicho en los últimos tiempos que la conclusión que tenemos que sacar, a partir de las mejores teorías científicas, es que el Tiempo, en verdad, no existe, es una ilusión. Incluso cuando aparece en las fórmulas más fundamentales, el tiempo es una mera variable geométrica, y, ya se sabe, en la geometría no pasa nada, todo es (todo está quieto). Un conocido físico y divulgador científico lo dice varias veces en su libro dedicado al Tiempo:

     “A menos que usted sea un solipsista, sólo hay una conclusión racional que extraer de la naturaleza relativa de la simultaneidad; los sucesos en el pasado y en el futuro tienen que ser exactamente tan reales como los sucesos en el presente. De hecho, la misma división del tiempo en pasado, presente y futuro parece no tener significado físico”. (Paul Davies Sobre el tiempo, Crítica, 1996, pg. 73)

Y, unas páginas después, nos recuerda como:

     “Weyl escribió una vez: “el mundo no sucede, simplemente es”. Suceder, devenir, flujo del tiempo, despliegue de los sucesos – todos son una ficción, si usted cree a Weyl. Einstein lo hacía” (pg. 78)

Ya Einstein, en efecto, sacaba esta conclusión, y nadie que trate este asunto puede evitar repetir sus famosísimas palabras, en carta a la viuda de su amigo Besso: “la división entre pasado, presente y futuro es sólo una ilusión, por persistente que sea”.
Algunos han identificado esto (errónea, vulgarmente) con un platonismo científico. El último gran hito en este camino, que conozco, es el libro de Julian Barbour, The end of Time. (Aquí puede verse una presentación en vídeo:-subtitulado en italiano-)

Sin embargo, contra eso siempre se ha revelado y se revelará algo, bergsoniano, muy hondo en nosotros, que nos dice que el presente, el ahora, no puede ser una ilusión, que no da igual antes que después. Antes al contrario: ¿y si el Tiempo de la Ciencia no es más que un triste espectro, un cadáver, una máscara mortuoria, incapaz de captar el verdadero tiempo, el indomable e inmatematizable tiempo que pasa?

     “Einstein –recuerda Davies- confesó, próximo al fin de sus días, que el problema del ahora “le preocupaba seriamente”. En una conversación con el filósofo Rudolf Carnap admitió que “hay algo esencial sobre el ahora”, pero expresó la creencia en que, cualquier cosa que fuera, queda “justamente fuera del dominio de la ciencia”. (pg 79)

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Recuerdo que (por aquellos tiempos de mis “ahoras” universitarios) varias veces me pregunté cómo en un mismo lugar (un aula) y haciendo algo que se llamaba igual (Latín, o Historia del Latín –no me acuerdo bien-) se podían hacer, en tiempos diferentes, cosas tan distintas en autenticidad como hacían, por una parte, el resto de profesores, y por otra, Agustín García Calvo. Sus clases eran la prueba de que los mundos que postuló Wheeler, existen. Nunca preocupado en corregir ejercicios o en evaluar (con él “aprobaba todo el mundo”), en la apenas hora de duración de una clase de Latín, Agustín era capaz de concentrar vívida y apasionantemente toda la lengua, no el Latín, sino la Lengua. Agustín García Calvo es, a mi parecer, el más pensante y profundo personaje vivo y que escriba en español, de los que yo tengo noticia. Por eso, lógicamente, cualquier cerebro académicamente bien sentado es inmune a lo que dice.

El libro suyo con el que más tiempo he bregado (hasta tenerlo muy manoseado, claro efecto del paso del tiempo) se titula Contra el Tiempo (editorial Lucina, 1993). Es un ataque (en realidad una serie de ataques (15) más una tregua), contra el Tiempo con mayúsculas, es decir, el Tiempo de la Realidad, o sea, el falso tiempo, y una “reivindicación”, a la contra, del tiempo, el verdadero tiempo, jamás aprensible por la Ciencia o el Lenguaje.

García Calvo le regala, desde el principio, la palabra Realidad (esa palabra tan pretenciosa y engolada) a lo que se sabe, o sea, a lo que hacen la Ciencia y la Filosofía. Pero, empieza diciendo García Calvo, que algo se dé, no implica que sea posible. La Realidad, por más que sea lo que se nos vende a diario, es imposible, porque es contradictoria, y esto afecta de modo especial al Tiempo.

La Realidad se constituye de acuerdo con dos prohibiciones:
   -no dos cosas en el mismo sitio AL MISMO TIEMPO
   -no una cosa en dos sitios AL MISMO TIEMPO.
Es decir, las cosas son distintas de los sitios en que están (si no, no habría cambio de las cosas), y la misma cosa está en distintos sitios, a través del tiempo. Es precisamente esto lo que les da la identidad. Que una cosa, A, esté, antes, en el lugar a, y después en el lugar b, hace definitivamente que A sea A. (Otra opción, que las cosas sean igual que los sitios –un pitagorismo, digamos- no es “lo que se nos vende” dice García Calvo –demasiado fugazmente, quizás, para no volvérselo a plantear-). La cosa es la misma en tiempos diferentes. Ahí, descaradamente, está el tiempo, a la vez que constituido, anulado. Se tiene en cuenta al tiempo, que pasa, pero para convertirlo en Tiempo, describible simultáneamente, sin paso alguno. Y así se constituye toda Realidad.

El Lenguaje (o descripción de la Realidad) intenta, pues, la anulación del tiempo contra su propia naturaleza. Se empeña en dejar quieto, conceptualizado, especializado, lo que es puro paso. Esto sucede especialmente en la Ciencia, cuyo lenguaje es la quintaesencia del Lenguaje: la Geometría y la Aritmética (por llamarlos con términos muy generales). Cada una de esas ramas de lo matemático son la depuración de uno de los dos aspectos de la gramática, la Semántica y los Cuantificadores. Cada uno de ellos representa uno de dos aspectos de toda Realidad, lo Continuo y lo Discontinuo, cuyo trasunto fundamental es la necesidad de Finitud o Límite, por una parte, y la necesidad de Indefinición o Continuidad, por otro. Ambos aspectos están inevitablemente unidos y resultan contradictorios. La Aritmética, buscando lo discreto, obliga a la línea a tener puntos, y en venganza la geometría introduce en los números la continuidad. La Realidad encierra esa contradicción, que es puesta de manifiesto por los razonamientos de Zenón. Pero la contradicción es más manifiesta cuando la matemática se aplica a describir o reducir al tiempo. Aunque lo describe como algo simultáneamente visible (como pretende serlo todo lo matemático), no puede evitar hacerlo a lo largo del tiempo, pasando: la propia experiencia de lo matemático es una experiencia temporal, nadie ve simultáneamente la línea.

Quizás la forma fundamental de la diferencia entre, por un lado, el Tiempo de la Realidad, el Lenguaje y la Ciencia, y, por otro, el tiempo verdadero que nunca se deja reducir y geometrizar, se encuentra en la diferencia entre el “mundo EN QUE se habla” y el “mundo DE QUE se habla”, con dos tiempos completamente heterogéneos. Nunca es el mismo, ni puede serlo, el Ahora del que se habla y el ahora en que se habla, como no son el mismo el Yo que habla, y el Yo del que se habla. El Yo del que se habla (yo, Juan Antonio, por ejemplo) es una parte de la Realidad, un ser congelado. En cambio, el yo que habla, el que hay en el mundo EN QUE se habla, es inaprensible. A él, el lenguaje se refiere mediante mostrativos, nunca mediante nombres. En cuanto intenta atribuirle unas características, una esencia, un nombre, pasa a ser un cuadro más de la galería, y es completamente diferente al que lo está mirando. Ni siquiera los “nombres propios”, Fulano de Tal, Agustín García Calvo, Juan Antonio Negrete, logran referirse al yo que habla, aunque son aquella parte de la semántica que más quiere acercarse. Un sujeto es ya un ser constante, perenne, con identidad “personal” a través del tiempo, anulando, pues, el tiempo. El yo que habla es siempre independiente a cualquier fijación. Y lo mismo pasa con el ‘ahora’:

     “Pero esa independencia quiere decir que eso es lo que está pasando a h o r a, no por nada, sino porque ‘ahora’ nunca puede ser ningún momento determinado, ya que ‘ahora’, lo mismo que ‘YO’, no pertenece a la Realidad, sino solo al campo en que se habla de ella.” (Contra el Tiempo, pg. 105)

Esto, por cierto, parece atisbarlo Schrödinger cuando, hablando de la presunta mezcolanza del sujeto en los hechos cuánticos, lo rechaza y dice:


     “Lo que sigue resultándome dudoso no es más que esto: si resulta adecuado dar el nombre de “sujeto” a uno de los sistemas que interactúan físicamente entre sí. Pues como la mente que observa no es un sistema físico, no puede interactuar con ningún sistema físico. Y podría ser más conveniente reservar el término “sujeto” para la mente que observa”. “Porque el sujeto, de ser algo, es la cosa que siente y piensa. Las sensaciones y los pensamientos no pertenecen al “mundo de la energía””. (Heisenberg, Schorödinger, Einstein, Jeans, Plank, Pauli, Eddington, Cuestiones cuánticas. editado por Ken Wilber, Kairós decima edición, 2007, páginas 124 y 125)

Un evento en que el ahora que en que se habla intentase ser el Ahora del que se habla, tendría que ser, no una enunciación descriptiva (“ahora estoy en Sax”) sino una realizativa: ¡Ahora! (García Calvo se hace eco de la teoría (deutero-wittgensteiniana, etc.) de que la función más básica del lenguaje no es la semántica o descriptiva, sino la práctica. El constructo semántico nace en las acciones (esta es, también, la teoría marxista de la ideología como superestructura de las relaciones de trabajo)).

El Presente es la relación entre el tiempo EN QUE y el Tiempo DE QUE se habla. Es, por eso, una contradicción viva. Igual que Yo, a quien la Realidad intenta atribuir una esencia, pero nunca logra evitar que yo sea algo siempre indefinido:

     “En verdad, en lo sin fin ni hay múltiples individuos o casos múltiples y diferentes de lo mismo (por tanto, la pluralidad de los átomos es también un remiendo, una contaminación de las condiciones reales a su sustento explicativo) ni hay trayectorias de sitio a sitio; así que, si caigo en lo sin fin, eso no es un caer ni nada que se le parezca, puesto que aquello en lo que caigo no es un espacio ni nada que se le parezca” (Contra el Tiempo, pg. 104)

Así que yo soy imposible y real, pero no al mismo tiempo. Quizá este es el tiempo elemental, el ritmo vital. Pasar de ser imposible a ser “Real”, es decir, pasar de pertenecer a lo innominado, a pasar a lo nombrable.

     “Estoy cayendo ahora (ni para abajo ni para arriba ni para sitio alguno) en un tiempo sin fin, perdiéndome en un sinfín al que solo llamo tiempo porque el Tiempo de la Realidad está fundado sobre su doma, muerte o falsificación, pero que es en verdad la negación del Tiempo […] Es como si dijéramos que al ir a caer soy fulano de Tal efectivamente, pero al ir cayendo, ya he dejado de ser tal cosa y me he quedado reducido otra vez a YO que estoy hablando, o sea, a cualquiera, lo cual es no ser nadie, o, si queréis, a ser pura razón” (pg. 105)

Recuerdo lo que decía Parménides en el Parménides:

     “-Pero, ¿cuándo cambia? Porque no cambia ni cuando está en reposo, ni cuando está en movimiento, ni cuando está en el tiempo. –No, por cierto. -¿No es, entonces, desconcertante ese momento en el que está cuando cambia? –¿Cuál? -El instante (exaíphnes). Porque el instante parece significar algo así como aquello desde donde se cambia hacia uno u otro estado. Pues no es del reposo todavía inmóvil de donde surge el cambio, ni tampoco de lo que se mueve y está todavía en movimiento. Esa extraña naturaleza del instante, situada en el intermedio entre el movimiento y el reposo, y que no está en tiempo alguno, es aquello hacia lo cual y desde lo cual cambia al reposo lo que está en movimiento, y al movimiento lo que está en reposo” (…) Por esta misma razón, cuando pasa de la unidad a la multiplicidad y de la multiplicidad a la unidad, el Uno no es uno ni múltiple, ni se divide ni se vuelve a unir”. (Parménides, 156c y ss)

Aunque ese uno en que piensa García Calvo no es, desde luego, el Uno de Parménides, o de Platón, sino más bien el uno completamente múltiple de lo completamente inmanente, es decir, de una teoría 22, como la de Nietzsche.