viernes, 30 de marzo de 2012

Las claves de Kant: lo sintético a priori, I

Un elemento clave de la filosofía de Kant es la tesis de que, exceptuando a la Lógica pura o formal, la Ciencia (y cualquier empresa que quiera aspirar a la legitimidad teorética, incluida la Metafísica) consiste y debe consistir, sustancialmente, en Juicios Sintéticos A priori. ¿Qué son los juicios sintéticos y a priori? Son una extraña idea de Kant. Quizás un descubrimiento profundo, quizás una quimera.

Los racionalistas (por ejemplo y claramente Leibniz) habían distinguido entre conocimientos o verdades de razón, por un lado, y conocimientos o verdades de hecho, por otro. Los primeros eran “analíticos” en el sentido de que, como decía Leibniz, todo predicado atribuible a algo tiene que estar contenido (inherente) en la noción completa de ese algo, de manera que el predicado “analiza” (separa, explicita) lo que estaba, aunque no lo viésemos, en la noción del sujeto; y eran “a priori” en el sentido de que toda verdad es eterna, y qué predicados y relaciones están contenidos en la noción de cada sujeto es algo que es así desde siempre. Por tanto, un entendimiento con una capacidad infinita podría encontrar todas las cosas mirando solo en el “interior” de cada cosa. Pero las verdades de razón de los racionalistas no eran analíticas en el sentido de que fueran triviales, ni eran a priori en el sentido de que nosotros, atados a la contingencia y al tiempo, las conociésemos ya todas (solo algunas muy generales y principales, como los principios lógicos o el principio “de razón suficiente”, las sabe todo el mundo): un entendimiento finito, como es el nuestro, no posee actualmente una capacidad analítica total. Por eso, para nosotros muchas verdades son “de hecho” y a posteriori, es decir, conocidas de manera contingente. Lo que sí postulaba el racionalismo era que las cosas, en sí mismas, tienen necesariamente las propiedades que tienen, y que todas ellas dependen de dos constreñimientos (según la versión leibniziana): de la pura lógica (el principio de no-contradicción) y del principio de razón suficiente (que, aplicado al universo, implicaba que la razón para que exista un universo más bien que otro es que sea el mejor de los posibles, es decir, el que más entidades compatibles comprende). De manera que un entendimiento absoluto podría, con solo esos principios, deducir totalmente qué es lo que existe.

El empirismo (sobre todo en su versión más nítida) asumía la distinción entre verdades analíticas y, por tanto, a priori (“relaciones de ideas”) y verdades sintéticas y “por tanto” a posteriori (“impresiones” o ideas derivadas de las impresiones). Solo las segundas hablan sobre la realidad, pero proceden siempre de la asociación o inducción, o sea, de un hábito psicológico contingente, por lo que, en verdad, no tienen ninguna fuerza lógica que permita inferir, en ningún grado de certeza (ni de probabilidad) lo que va a suceder. Las primeras, las proposiciones analíticas y a priori, no hablan de nada, son vacías, resultado inevitable de las relaciones entre ideas, o de la convención del lenguaje.

Pero la sistemática kantiana de los juicios es más compleja que esa distinción entre verdades de razón (necesarias, a priori) y verdades de hecho (contingentes, a posteriori), porque Kant separa el dúo analítico-sintético del dúo a priori-a posteriori, permitiendo el entrecruzamiento en un caso: el de lo Sintético a priori. Y esto, que es la base de toda la Filosofía Trascendental, es también lo más difícil de entender y de tragar.

¿Qué es un juicio analítico y qué uno sintético, para Kant? Un juicio analítico es, según Kant, uno en que el concepto predicado está contenido, “aunque sea de manera implícita”, en el concepto que sirve de sujeto, mientras que en un juicio sintético el predicado “añade” algo que de ninguna manera estaba en el concepto sujeto.
Esto no parece mucho decir para el bien de la claridad (sea implícita o explícita), porque, si, por un lado, un juicio analítico puede hacernos ver algo que estaba en el sujeto de manera implícita, oscura para nosotros, ¿no nos aporta, entonces, un conocimiento nuevo, no amplía en algo nuestro conocimiento? (al fin y al cabo, los propios racionalistas aceptaban que el análisis mostraba cosas a veces muy profundas e inesperadas para nuestro contingente conocimiento actual); y si, por otro, un juicio sintético nos dice algo que, por informativo que sea, tiene que pertenecer a ese sujeto y no a cualquier otro, alguna relación de “intrinsecidad” tiene que haber entre el predicado y el sujeto del juicio sintético.

Así que, hasta aquí la distinción no es el colmo de la nitidez. Pero Kant lo explica mejor: un juicio analítico es verdadero en virtud de la “mera lógica”, es decir, de la simple aplicación del principio de identidad y de no-contradicción, en tanto que para un juicio sintético se necesita algo más que simple lógica, a saber, un recurso a la sensibilidad, a la “intuición”.
A un racionalista o a un empirista pre-kantiano esto le habría llevado a pensar que un juicio sintético es, ni más ni menos, una verdad de hecho o contingente, es decir, una de esas verdades cuya negación no es contradictoria, sino que expresa algo posible. Pero la tesis de Kant es esencialmente más compleja, porque lo sintético puede (y debe, en la ciencia) ir unido a lo a priori, y esto quiere decir que no todo lo que es posible lógicamente, es posible realmente, y que no todo lo que es necesariamente así, lo es por necesidad lógica. Hay una necesidad extralógica, cuando hablamos del mundo, de la realidad. Los juicios sintéticos a priori, es más, el auténtico conocimiento interesante, según Kant, tiene una necesidad que no es lógica, pero que tampoco es psicológica. Es una necesidad “lógico-trascendental”.

Uno hubiera dicho que, si la verdad de una proposición no se puede probar con la lógica, entonces esa proposición es contingente, y no necesaria. Si, por ejemplo, el principio de causalidad (“ex nihilo, nihil”, “nihil sine ratione”, etc.) no se puede, de alguna manera, deducir de la “pura lógica”, o sea, de la mera exigencia de no contradicción, entonces, tanto un racionalista como, sobre todo, un empirista, hubieran tendido a decir, o dicho sin más, que ese principio no tiene verdadera necesidad, más que de una manera psicológica (creemos muy fuertemente en su aplicabilidad). Sin embargo, Kant cree que el principio de causalidad (por ejemplo) es, por un lado, indeducible de la “mera lógica”, pero, a la vez, necesario.

¿Cómo puede argumentarse tal necesidad de lo sintético? ¿Es inteligible, y aceptable, una necesitariedad y universalidad irreduciblemente extralógica?

12 comentarios:

  1. Ese es el gran descubrimiento de Kant, el juicio sintético a priori, el descubrimiento según el cual, si jerarquizásemos a los filósofos por el número (y calidad) de visita a la oficina de patentes, tendríamos que decir entonces que el paseante de Konigsberg es el pensador más relevante desde los griegos.

    Un caso ejemplar, a mi ver, y harto repetido por mi muchas veces: ¿por qué Funes el Memorioso ve ¡dos! perros, uno a las 15:14 y otro a las 15:15, donde nosotros vemos uno? Porque el juicio de identidad que emitimos tanto unos como el otro es sintético a priori, algo, por cierto, que ni Leibniz y adlateres, ni Hume ni adlateres, supieron ver, me temo

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  2. Héctor, pero no se trata solo de que sea sintético (que basta para Funes) sino que sea a priori: ¿tú aceptas la existencia de juicios a priori, es decir, necesariamente verdaderos, pero no en virtud de la lógica (es decir, "sintéticos")? Creía que tú no aceptabas nada necesario...

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    1. ¿Necesariamente verdaderos? Claro porque somos agentes delimitados por circunstancias materiales que constriñen nuestras potenciales acciones luego necesariamente habrá pensamientos o acciones o concepciones necesariamente ejecutadas por nuestra parte, quiero decir, tan libres somos de no flotar como de no poder pensar sin hacer uso del principio de identidad.

      Otra cosa será, claro, el alcance de esa necesaria verdad que -como bien apuntó Kant-, dado que ciertas precondiciones cognitivas preestructuran nuestras perpepciones, resulta evidente que nuestra verdad tiene, por lo pronto, apenas ámbito operativo en aquellos seres que comparten nuestra misma neurobiología, o sea y en resumen, la verdad será intersubjetiva o, si se prefiere decir así, objetiva entre nuestros pares.

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    2. Lo que dices no es auténtica necesidad. Según Kant estás cometiendo el paralogismo en que consiste cualquier materialismo: intentar reducir lo trascendental a inmanente. Es, para Kant (y para mí) tan erróneo como el psicologismo de Hume.

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    3. Pero porque para Kant (y para ti) faltó el último esfuerzo de convertir la verdad en un evento performativo y por extensión el lenguaje en un instrumento inductor de acciones, es decir, faltó el último esfuerzo de dejar ya de una vez fuera al lenguaje como visor privilegiado de una realidad protohumana y en definitiva volvernos más mundanos, más humildes

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    4. De hukmildes nada, puesto que tú ya sabes indefectiblemente que la realidad es humana. Lo que te has vuelto es humanista.

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    5. Claro, he restringido el ámbito de alcance de aquello de lo que podemos hablar, a saber: de todo lo humanamente concebible

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  3. Héctor: no sé qué le ves a ese minusválido de Funes, realmente. Tú y yo podemos ver los mismos dos perros que Funes, pues somos plenamente de que las cosas han cambiado en un minuto y es TOTALMENTE CONVENCIONAL hablar de dos perros o de uno. Depende de lo que nos resulte MÁS ÚTIL. Nuestro cerebro nos ha proporcionado atajos para descubrir la representación mental más útil de lo que estamos viendo, mientras que el pobre Funes tiene que sudar la gota negra para llegar a la misma conclusión que nosotros (pues su cerebro es incapaz de hacer de forma fluida y sin esfuerzo el proceso de "edición" que tan ágilmente hace el nuestro).
    .
    Así que, que el perro sea "el mismo" está lejos de ser una verdad a priori. Simplemente es una descripción conveniente.

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    1. Siento ser pesado con el Funes pero me parece un experimento mental muy plástico sobre la incidencia tenida por parte de nuestra neurobiología sobre las percepciones que tenemos del mundo.

      Ya entrando al trapo diré: No es verdad que podamos ver esos dos perro voluntariamente y ahí está la gracia y si quieres tenemos el ejemplo más claro de la figura pato-conejo donde la captación de un animal opaca al otro, más cotidianamente, nuestra percepción por ejemplo de que una persona a la que no habíamos visto desde hace tiempo resulta que envejeció demasiado, puede variar según quien la vea, vamos, que puede que nuestro compañero nos diga: "oye, ¡qué viejo se le ve a Fulanito" y nosotros sin embargo pensar: Pues yo no veo nada, macho; y con esto quiero decir: nuestras percepciones, al ser gestálticas, no conscientemente construidas, es decir; constituyen de por sí juicios sintéticos (no analíticos) y a priori, no corregibles, de hecho, lo contrario es pensar que existen datos empíricos puros.

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  4. Y con respecto a la necesidad de lo a priori, lo mejor que he oído se lo escuché a la reciente novia de un torero, a la que preguntaban en "Corazón, corazón" que si su relación iba en serio; respondió "de momento, es para siempre". Pues eso, los juicios necesarios son necesarios hasta que dejan de serlo.

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    1. "los juicios necesarios son necesarios hasta que dejan de serlo" es verdad... hasta que... ¿deje de serlo?

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  5. La cuestión no es si lo necesario es necesario, sino si (todo) lo a priori es necesariamente verdadero.

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